S. Alberto Hurtado SJ: ‘¿Cómo Vivir la Vida?’

En el día de San Alberto Hurtado, compartimos un fragmento de uno de sus escritos más populares.

¿Cómo vivir por tanto, mi Vida?

En espíritu de fe. Lo que supone antes que nada comprensión de que Dios es Dios y yo soy yo. Que él lo es todo, la primera, la grande, la inmensa realidad nunca pasada de moda. El primer sitio es el suyo: a su luz deberá mirar todas las demás cosas. La grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su santísima voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote lo mismo que para el seglar esta voluntad divina es la suprema realidad.

1.- La voluntad de Dios es nuestra santificación. Hambre y sed de justicia, de santidad. En la jerarquía de amores o valores, lo primero mi santificación, a velas desplegadas, a pesar de vivir en el siglo XX, o mejor santificándome en el siglo XX y santificando el siglo XX. Y esto no es problema de prácticas, más o menos: es problema de pedir, suplicar, clamar al Señor, el serle fiel en lo grande y en lo chico y la resolución de poner por obra sus inspiraciones y de organizar mi vida en forma que mi santificación sea una gran realidad.

2.- Un gran amor a Cristo, autor y modelo de nuestra santificación. Contemplar con amor su vida para copiar en la mía sus rasgos, para seguir sus consejos, que son dados para el siglo XX, para mí. Y con inmenso valor -eso es tener fe- arrojar la red, lanzarme a realizar el plan de Cristo por más difícil que me parezca…. por más que me asisten temores… con la consulta prudente para determinadas resoluciones. Seguir a Cristo y realizar sus designios sobre mí.

Mi ideal central es ser otro Cristo, obrar como él, dar a cada problema su solución. El cuadro de mi vida será aquél en que la Divina Providencia me ha colocado, con mis deberes de estado, pero todo realizado cayendo en la cuenta de que Cristo y yo somos uno: que trabajamos.

Entre los deseos más queridos de Cristo está el de que amemos a nuestros hermanos con el mismo amor que él demostró por ellos. Por eso mi vida cristiana, ha de estar llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo “nota” apostólica sino consagración entera en mi espíritu y en las obras. Una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornada de ocho o doce horas.

Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo. Al avanzar en años disminuye el ritmo vital, el idealismo primero es menos intenso, pero por la fe no disminuirá en nada la consagración de mi vida a Cristo. Y esto en cualquier género de trabajo. Lo normal en la vida cristiana, al contrario del Ejército, es que al avanzar en años se ocupan puestos secundarios… Eso no influye en nada. ¡Para lo que Cristo quiera servirse de mí!

3.- Y esta vida de fe, que es sustancialmente un amor alimentado por una intensa vida interior: vida de oración, vida de meditación, vida de sacramentos, vida de ejercicios, vida de lectura espiritual, de amistades espirituales, de ambiente espiritual para poder, sin salir del mundo, ser sal del mundo y su luz.

4.- Así tendremos el cristiano que el siglo XX necesita, realista y santo. Una legión de éstos salvará la humanidad.

Fuente: CPAL SJ

Las Cartas de San Ignacio

La espiritualidad de Ignacio se refleja en las miles de cartas enviadas a diferentes personas a lo largo de su tiempo en la Compañía.

La comunicación por carta ha sido uno de los medios de comunicación más importantes en muchos períodos de la historia,  hoy superado por otros muchos más rápidos y atractivos. Precisamente Ignacio de Loyola vivió en una época (el siglo XVI) donde dicha comunicación estaba en pleno apogeo. Él fue uno de los grandes escribanos de la época, pues se conservan unas siete mil cartas amén de otras muchas que se perdieron.

En su epistolario llama la atención la variedad de personajes con los que se comunicó por este medio, tanto de los altos estamentos civiles (Carlos V, Felipe II, Juan  III de Portugal…), como religiosos (Papas, obispos, cardenales…), tanto con personajes posteriormente santos (Francisco de Borja, Francisco Javier, Pedro Canisio, Juan de Ávila,…), como con mujeres laicas (Inés Pascual, Isabel Roser…), tanto con religiosas de clausura (Teresa Rejadell,…) como con jesuitas esparcidos ya por medio mundo sin que falten las dirigidas a familiares y amigos.

El estudio a fondo de las cartas ha  puesto de manifiesto la importancia de su espiritualidad formulada especialmente en el libro de los Ejercicios y en las Constituciones y  su capacidad para iluminar desde ella las mil y una situaciones que le iban presentando la gran variedad de destinatarios de las mismas. Sin duda alguna fue uno de los medios más importantes por el que canalizó su preocupación apostólica de “ayudar a las ánimas”.

Hoy diríamos que Ignacio fue un gran comunicador a la vez que un gran acompañante, cualidades que le han convertido en un auténtico “líder espiritual”.  Liderazgo envuelto en una característica esencial de su personalidad –tanto humana como espiritual- que fue la discreción con la que trataba a cada persona, adentrándose con delicadeza en su interior y procurando dejar a la persona con quien trataba pacificada y consolada. Hoy que se valora tanto el acompañamiento espiritual, tenemos en Ignacio un auténtico maestro del mismo. Pues han cambiado los medios de hacerlo pero persisten algunas constantes que Ignacio cultivó de un modo especial.

Fuente: Espiritualidad Ignaciana

Instrumento en sus Manos

Dejarse en manos de Dios para que haga de nosotros una obra de arte

Por Angel Benítez Donoso, SJ

De entre todos los instrumentos musicales no hay ninguno que se pueda comparar al violín: sus curvas elegantes, su fino mástil culminado en la bella voluta y sus cuatro cuerdas de las que brotan inigualables melodías cuando se desliza sobre ellas el arco. Pero por más que lo intente, el violín por sí solo no conseguirá sacar ni una sola nota. Se retorcerá y luchará toda la noche pero de sus cuerdas no saldrá un solo sonido. Y es que el violín parece haber olvidado que es un instrumento, el más bello de todos ellos pero instrumento al fin y al cabo.

Todo violín necesita de las manos del artista, ese músico que lo conoce a la perfección, que lo quiere y lo cuida con esmero. En sus manos el violín es capaz de interpretar las más bellas sinfonías que se han escrito en la historia de la música pero sin él no es más que otro trozo de madera. Si el violín se empeña, y hay violines muy tercos, acabará por desafinarse, o incluso puede que rompa alguna de sus cuerdas, pero jamás conseguirá por sí solo sacar un sonido de entre sus cuerdas.

En algunas ocasiones al violín le toca ser solista y de pronto todos los focos recaen sobre él, otras aparece en cuarteto y entonces debe aprender a acompasarse con el chelo y la viola, pero la mayoría de las veces se encuentra en medio de una orquesta, pasando más desadvertido pero disfrutando también de la variedad de instrumentos que la componen y de la aportación imprescindible de cada uno de ellos. Lo que nunca se ha visto y nunca se verá es a un violín sin su músico.

No luches, no te desafines, deja que sea el artista el que haga vibrar tus cuerdas, conviértete en instrumento en sus manos.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 13 de Agosto

Evangelio según San Mateo 14, 22-33

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. “Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.

Reflexión del Evangelio – Por Julio Villavicencio SJ

Hay pasajes del Evangelio que son claros, lo dicen todo y más de lo que solo presentan. En esta oportunidad tenemos uno de esos pasajes. Sin embargo, me gustaría enfocar dos aspectos de este riquísimo pasaje en imágenes y acciones del Señor. Los dos enfoques que propongo son, la invitación del Señor y el grito de Pedro en la experiencia de su miedo.

Creo que universalmente estamos invitados al encuentro con el Señor. Este Jesús que aparece en las tinieblas, en medio de un viento en contra e invita a ir hacia a él a Pedro. No sé si alguno de ustedes ha estado alguna vez remando con viento en contra. Es agotador y angustiante. Uno no puede descansar ni un segundo porque retrocede lo poco que ha avanzado. Y lo que uno avanza, transpirando, casi sin aire, con los músculos hinchados de tanta fuerza, es realmente muy poco. Tan poco que uno cree que no avanza nada y que todo lo que está haciendo es en vano ¿Alguna vez sentiste esto en tu vida? ¿Sentiste que tus fuerzas no daban más? ¿Que ese problema que te desgasta, que te deja angustiado parece que te está venciendo? ¿Qué por más que te esfuerces ante esa situación, pareciera que todo es en vano? No saldrás nunca de ese lugar. Pues bien, es muy probable que esa haya sido la sensación de los apóstoles. Están remando contra el viento y sus fuerzas están a prueba. Es en ese preciso momento, en esa angustia que a veces sentimos, que aparece el salvador. Aparece Jesús. Lo curioso es que en un principio, no hace que el viento o la dificultad deje de soplar. El viento sigue ahí, el miedo está ahí. Sin embargo él está y le dice a Pedro “ven”. Ahí las fuerzas de Pedro ya no son puestas a prueba, sino que lo que entra en juego es su fe. Sí el cree, llegará al Señor. Cuando estés ante el miedo de la vida que parece que sopla en contra, cuando tu angustia de sentir que no avanzas y estás en una “tormenta”, recuerda, ahí, en medio de esas olas, y de esas tinieblas, está Jesús y te llama a tener fe. A sostenerte por encima de tu miedo para encontrarte con él.

Sin embargo Pedro comienza su puesta en fe, pero no resiste. Aún no es el Pedro que dará su vida por el Evangelio en medio del Imperio romano. Está en medio de una fe que está madurando. Aún así lo intenta, tal vez con más valor personal que con fe. Pero su valor no alcanzó y su fe pronto se achico ante la tormenta. Pedro siente que se está hundiendo. Entonces pasa algo que a veces no tenemos en cuenta. La fe de Pedro no alcanzó, su valor no alcanzó. Nuestra fe a veces no nos alcanza, nuestro valor se nos escapa como arena por nuestras manos y sucede la misericordia del Señor. Jesús rescata a Pedro. No cree que podrá caminar por sobre las aguas, y sin embargo tiene un último aliento para suplicar al “Señor, sálvame”. Y Jesús que ha estado en medio de la tormenta esperándolo, “extendió la mano, lo agarró”.

Creo que aquí vemos dos movimientos, la fe a la que nos invita Jesús y la misericordia del Señor. Ojalá que cuando nuestras fuerzas no den más, y nuestra fe sea haga pequeñita ante los miedos que soplan fuerte, tengamos esa mezcla de amor y humildad de Pedro y podamos gritar desde lo más profundo de nuestra humanidad, desde el límite, “Señor, sálvame”. Y sentiremos en nuestro corazón, la mano misericordiosa de Aquél que nos ha buscado siempre en medio de nuestras tormentas, rescatándonos de nuestros miedos.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Idealismos Equivocados

¿Cuál debe ser la actitud cristiana frente a los problemas de este mundo?

Por Raúl González Fabre

Los cristianos preocupados por lo social en virtud de nuestra fe, solemos tener una visión muy crítica de la economía, de la política, de la estructura social… Ello no es raro porque nuestro “punto de vista” típico es literalmente la “vista desde un punto”: el lugar social de las víctimas, sus vidas concretas, sus experiencias como ellos las narren y nos ayuden a sentirlas.

De hecho, se trata solo de algunas de esas víctimas, las que nos quedan más cerca física o afectivamente: ojos que no ven, corazón que no siente. Ello supone unos riesgos, como que victimicemos más aún a los lejanos para ayudar a las víctimas cercanas y conocidas, apoyando dinámicas que ayudan en lo concreto que vemos, pero hacen más daño a los remotos que no vemos…

En todo caso, ello es ciertamente mejor que ignorar a todos los que no somos nosotros o no son como nosotros. La apertura del corazón constituye un buen principio, sobre el cual puede construirse una conciencia atenta a más situaciones, y una inteligencia en búsqueda de soluciones que mejoren netamente las oportunidades de más de aquellos a quienes se les han negado estructuralmente. Si no hay apertura del corazón, todo lo demás va sobrando.

Si uno se identifica afectivamente con los grandes perdedores de cada estado de cosas, va a estar a disgusto en cualquier mundo, porque en todos los mundos hasta ahora ha habido grandes perdedores, y podemos esperar que los siga habiendo. Por motivos vivenciales, los cristianos somos descontentos sistemáticos.

En antropología teológica, ese descontento permanente se puede simbolizar usando el ‘pecado original’. Un mundo perfecto no existe; sería el Reino de Dios, la Tierra sin Males poblada por Personas sin Pecado. Hay que asumir que tal ideal no existe, ni lo podemos hacer existir dentro de esta Historia humana.

Lo contrario, suponer que el ‘pecado original’ puede eliminarse con un cambio estructural constituye un error antropológico de consecuencias a menudo fatales. Sea en la propiedad de los bienes de producción, en la naturaleza social del poder, en la relación de la tecnología con la naturaleza, en el cambio de balance de influencias de los géneros sobre la configuración social…, podemos pensar muchos cambios deseables, algunos incluso obligaciones morales y/o necesidades prácticas. Pero una vez hecho nuestro cambio favorito, seguiremos teniendo una Persona con Pecado y una Tierra con Males (quizás con males distintos, si nuestro movimiento salió bien).

Otra posición, una suerte de reflejo invertido que a veces se da en las mismas personas, consiste en suponer que la solución a algún gran problema se encuentra en un ‘cambio de conciencia’ de todos, una ‘conversión’ universal. Esto tampoco ha ocurrido nunca, ni va a pasar ahora. Acabar con el pecado por la vía de ser menos pecadores, es una opción perfectamente abierta a cada uno. Pero confiar la cuestión ecológica, de género, de educación, de protección social, de justicia… a que todos cambiemos, es apostar a un fallo seguro. Veinte siglos lleva la Iglesia intentando que desaparezca el adulterio en las parejas católicas, objetivo bastante modesto comparado con otros, y sin embargo no acabamos de tener éxito…

Ambos casos, la revolución radical o la conversión universal, denotan una impaciencia personal, un deseo nuestro de resolver la tensión interior del descontento; en el fondo la búsqueda de una excusa para abandonar. Si hemos considerado que alguna de las dos, o una combinación de ambas, es la única vía de salida para aquello que nos duele, entonces es fácil que cesemos en el dolor tan pronto notemos que se trata de imposibles históricos, procesos ideales para resultados ideales a los que la realidad nunca se ajustará. Probablemente ese cesar en el dolor sea entonces nuestro objetivo último, inconfesado incluso a nosotros mismos. No nos preocupan tanto las víctimas como poder por fin descansar.

El malestar generado en la empatía, el acompañamiento y/o la convivencia de las víctimas, nos habita como una disonancia profunda con el mundo, tanto mayor cuanto lo sea nuestra implicación existencial con los grandes perdedores. Contribuir a cambios que ayuden a mejorar algo las cosas, cambios de la escala en que cada uno trabaje, puede hacer diferencias considerables en las oportunidades de algunas de esas víctimas. Para ellas, ‘un poco mejor’ resulta a menudo mucho mejor que ‘un poco peor’, porque han recibido tan escaso horizonte, tan mal punto de partida. Poner nuestro malestar en términos de blanco y negro, es el camino más expedito para acabar no haciendo nada, no sirviéndoles de nada.

El descontento sostenido con el mundo constituye así la clave de la transformación. La actitud cristiana (‘estar en el mundo sin ser del mundo’), requiere mantenernos en ese malestar sin pretender resolverlo con un solo toque de idealismo mágico. Solo en quienes aceptan un malestar interior sin soluciones rápidas, quienes resisten la fatiga de ese malestar, encuentra Dios los trabajadores para construir su Reino en la Historia humana.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 6 de Agosto

Evangelio según San Mateo 17, 1-9

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ 

Si pensamos en nuestra vida, todos nosotros hemos sentido la invitación a subir difíciles montes. Todas nuestras relaciones son, en definitiva, caminos que debemos transitar y donde los problemas y complicaciones habrán de empañar el horizonte. En el ascenso, hemos sentido que el cansancio se acumula tras cada paso. La sed se hace más intensa y el agua que llevamos no es abundante. Sentimos el dolor en los pies y nuestras manos y fuerzas parecen inútiles o escasas. Cada tanto miramos en el horizonte todo lo que queda todavía para llegar arriba y poder, finalmente, descansar.

Es posible que, en el camino de las relaciones, el desaliento se haya apoderado de nosotros y seguramente hemos cuestionado su sentido. En definitiva, abajo estábamos cómodos. Quizá no plenos, pero sí cómodos. Pero escuchando la invitación al monte, nos hemos despojado de esas comodidades para comenzar a caminar. Y así abandonamos lo que nos es habitual, relaciones de familia y amistad, para buscar plenitud en otras que aparecen como promesas sin garantías.

Y hay momentos en que sentimos que finalmente hemos llegado. La claridad se apodera de nosotros. Vemos con orgullo lo que hemos podido alcanzar con nuestro esfuerzo bajo la compañía de Aquél que nos invitó a ponernos en camino. Sólo tememos que esta estabilidad no sea permanente. Como Pedro, queremos instalar tiendas en lo alto, donde pocos habrán de llegar para perturbar nuestra paz.

Pero Aquél que nos invitó a subir, nos invita ahora a descender. Porque la plenitud que podemos alcanzar en nuestras relaciones con amigos y parejas o, incluso con Dios, no es para que nos sintamos cómodos. No es para que nosotros gocemos de la alegría y claridad que se nos regala. Es para transformar nuestro entorno, nuestra realidad, aquella que se encuentra abajo entre la gente, en los trabajos, en las dificultades, en los pueblos. Se nos regalan estos momentos para que invitemos a otros a ascender, para que demos aliento y para que gocen por un momento de la claridad que a nosotros nos fue dada. Y seremos nosotros los que tendremos que invitar, luego, a descender.

A estas invitaciones hay que responder con la vida, con todo nuestro ser, con todos nuestros sueños y esperanzas, dudas y miedos, heridas y frustraciones. Tenemos que ascender con esta pesada carga, aunque el camino sea fatigoso, porque se nos dice que arriba seremos aceptados, amados, transformados y clarificados. Y tenemos que regresar para llevar esta luz a nuestro difícil contexto en el que la oscuridad parece apoderarse de todo.

El monte es el lugar del encuentro con lo más sagrado, con la plenitud, con la luz, con la revelación. Es el lugar donde el amor se hace presente y clarifica, transforma, transfigura y conduce. Pero no es un lugar para permanecer. Por ello, es significativo que tras este momento en que Cristo es confirmado en su misión por el Padre, descienda a Jerusalén para transformarlo todo. Pasará por la humillación, por el desprecio, por la soledad, por el abandono y, finalmente, por la muerte en la cruz. Pero su presencia herida abrirá una nueva era.

La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación a vivir, plenamente, encuentros significativos con el Señor y con los hombres y mujeres que nos rodean para, luego, descender llevando la claridad que se nos ha ofrecido a los lugares donde todavía la oscuridad parece reinar.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Relaciones Asimétricas

La asimetría de las relaciones nos invita a respetar las diferencias y vivir el amor con gratuidad.

Por José María Rodríguez Olaizola, SJ

¿Por qué será que nunca parece que el amor sea exactamente correspondido? Todos conocemos historias en las que parece que Cupido, de existir, es un canalla. Luis ama a María, que está coladita por Jorge, que babea por Laura que a su vez bebe los vientos por Alfredo… y así hasta el infinito. Y, como dice una amiga mía, encima tienes que aguantar que el que te gusta –que no te corresponde– te presente a su amigo (que es el que no te gusta), por qué a él sí le gustas tú. Incluso cuando hay correspondencia, tampoco es todo recíproco. Las dos medias naranjas no dan una naranja perfecta. En las relaciones siempre hay alguien que apuesta más, o que parece tirar más, y el juego de pasiones, frialdades y afectos es sutil y a ratos turbulento.

Para hacerlo más complejo, esto no ocurre únicamente en las relaciones de pareja, aunque quizás es donde más se nota. También la amistad tiene desproporciones, y hay quien da más de lo que recibe, o quien espera más de lo que encuentra. Y el equilibrio entre la libertad y la dependencia es delicado y a veces fuente de mucha zozobra. Hay quien sufre mucho por esa inadecuación, y vive como fracaso o rechazo el no ser respondido con idéntica entrega de la que pone. Sin embargo las cosas empiezan a cambiar cuando te decides a amar sin cálculo ni estrategia, sin recibo ni minuta. Cuando abrazas la cercanía, pero también aprendes a aceptar las distancias. Cuando amas, pero no impones. Cuando aprendes a acoger la distinta manera de querer de otros, y a respetar su libertad en el camino. Cuando la amistad, y el amor, la das, no lo exiges. Cuando te das cuenta de que las historias compartidas se construyen desde la diferencia, y no hay dos iguales.

Hay quien diría que es imposible, o inhumano, querer así. Que el amor siempre espera vuelta. Que todos buscamos un eco poblado de abrazos o ternura. Pero la verdad es que nosotros somos el eco. Porque hay una voz que nos grita desde dentro palabras infinitas: “No temas, yo te he elegido, te he llamado por tu nombre, eres mío… porque yo te amo” (Is 43) Hay un Dios que nos ama tan incondicional y definitivamente, tal y como somos, que ya nuestra entraña vibra con ese amor. Somos el eco de Dios, el que ama primero.

(PD: El que no exijamos respuesta no quiere decir que no la valoremos, y cuando la encontramos hay que saber cuidarla como un tesoro, que en nuestro mundo ya hay suficiente soledad y sequedades.)

Fuente: Pastoral SJ

 

Palabras y Más Palabras

Sobre todo el bien que podemos hacer a través de las palabras.

Por Javi Montes, SJ

A veces tengo la sensación de que nos saturan las palabras: en las clases, en la televisión, en los periódicos, en las liturgias, en internet… Y dice san Ignacio que el amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras. Y es verdad, pero poner el amor en las obras no impide ponerlo en palabras, aunque eso nos compromete a cuidar la calidad de las palabras.

Y es que hay palabras que aunque no son necesarias tienen una fuerza enorme. Como cuando tu amiga te dice que la conversación de esta mañana le ayudó mucho más de los que sospechabas y no te queda otra que darle un abrazo; cuando el cliente al irse te da las gracias por haberlo tratado con amabilidad y te deja con esa sonrisa medio boba en la boca; cuando tu hijo te dice que te quiere o que la comida está muy rica y se te encoge el corazón; o esa alumna que te ha dado tantos quebraderos de cabeza durante todo el curso te dice que eres la mejor profe que ha tenido y se te humedecen los ojos; o esa vecina mayor que te dice que está más tranquila sabiendo que puede llamarte en cualquier momento.

Como nos indica san Ignacio podemos poner mucho amor en las obras, y también empapar nuestras palabras de ese mismo amor, porque en las palabras nos decimos y en las obras nos realizamos.

Fuente: Pastoral SJ

 

San Ignacio: Convalecencia y Conversión

Después de ser herido, parecía que a San Ignacio se le venía el mundo encima. Sin embargo, Dios le permitió conocer un mundo nuevo, y también, construir una nueva versión de sí mismo.

 Por Nestor Manzur, SJ

La herida que sufrió en Pamplona fue un momento decisivo en la vida de Ignacio. Fue durante su larga y dolorosa convalecencia que empezó a sentirse interesado en el Señor y decidió que, en lugar de buscar la gloria de hazañas militares y el honor del mundo, se convertiría más bien en soldado del ejército celestial y trataría de lograr conquistas espirituales.

Y eso fue lo que hizo. Ignacio siempre había sido un joven apasionado y, tras su conversión, su naturaleza impetuosa encontró otro interés que le fascinó: la Persona de Jesús. Así pues, cuando se hubo recuperado lo suficiente para poder viajar, se dirigió a la ciudad de Montserrat, en la que hay un santuario dedicado a la Virgen María.

Muchas veces como Ignacio, los procesos de “curación” son procesos de encuentros con nuevas realidades, nuevas miradas, nuevas decisiones. El Encuentro con Dios se produce a través de “una herida”, una ventana que nos anima a mirar nuestra vida desde otra óptica, nos limpia la mirada cegada por un mundo que siempre nos invita a cosas ilusorias, de cosas que nos nublan el entendimiento. La conversión de Ignacio tiene un proceso: el hombre de los grandes deseos y la construcción del hombre de Dios.

El hombre de Grandes deseos. 

El desafío de ser como San Francisco de Asís o como santo Domingo. La pregunta, se cuestiona sus “fuerzas” para seguir la invitación a hacer grandes cosas, si ellos pudieron, ¿por qué yo no?. Él interpreta la invitación de Dios como un desafío a sus fuerzas, sin embargo a lo largo del tiempo se da cuenta que la invitación de Dios no va por la “fuerza”, sino más bien por el Mayor bien “A la Mayor Gloria de Dios”.

La construcción del hombre de Dios.

Para ser hombre de Dios hay que conocer a Dios. Nadie ama lo que no conoce. Y por eso se pone en camino. Una vez que mi “herida” comienza a sanar, debo ponerme en movimiento, poner “las manos en la masa” y comenzar a construir esa nueva realidad, no nos podemos quedar quietos esperando que Dios nos cambie o nos construya la casa, debemos vivir y experimentar la construcción o para conocer el camino debo ponerme a peregrinar. Esto en Ignacio supone despojo y confianza, dos elementos sumamente necesarios en nuestra vida de hoy. Confiar en que esto es una invitación de Dios: hacerme cargo de “mis” cosas, de mis “problemas”, de mis “conflictos” y creer mas en los dones que Dios me regala, despojarme de aquellas cosas que no me dejan libre, que me esclavizan: esas máscaras o armaduras que no me reflejan la verdadera persona que soy.

La herida, la convalecencia son momentos de espera, de paciencia y de reflexión, son un momento propicio para prestar atención a las invitaciones que recibimos a diario, tener paciencia al proceso de “sanar” y no hacerlo con rapidez o con magia. Es momento de pedir a Dios: claridad, en los nubarrones, para encontrar el camino a transitar y así ser: Hombres y Mujeres de Dios. Ser Hombres y Mujeres para los demás.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Ser Uno Más

Sobre la necesidad de encajar y el imperativo de parecerse a los demás.

Integrarse en la muchedumbre. No destacar. No ser diferente. Ser igual. Ser uno más. Adaptarse para ser aceptado. Qué terrible presión para ser igual que todos. Para caber. Para gustar. Para no perder el sitio.

Compartimos una canción de Alvaro Fraile, quien, en esta ocasión, pone su música al servicio de los excluidos, los invisibles, los nadies (como diría Galeano). Nadie es uno más.

 Dicen que hay que salir

vestirse de valor

tragarse el sol

“nunca estés solo”

y despertar

no es fácil si el colchón

y el edredón

son tu refugio

 

Dicen que hay que seguir

saber disimular

y aparentar

que algo hace gracia

tal vez buscar

secreto algún rincón

algún lugar

sitio seguro

 

Solo ser uno más

ser uno más

Solo ser uno más

 

Dicen que hay que vivir

barrerse el dolor

¿y qué hay peor

que no estar vivo?

y hay que callar

no llames la atención

es el silencio

un buen escudo

 

Que tienes que venir

y entrar en el redil

y parecerte

a otras ovejas

y hay que asumir

si llueve hoy también

mañana habrá

nuevas tormentas

 

¿Cómo ser uno más?

Ser uno más

Solo ser uno más

 

Deja de buscar tu sitio

No ves que estás siempre

Fuera de lugar

 

No le des más vueltas

siempre sobras, eres raro,

tú no eres normal

 

Deja de buscar molinos

que estos son gigantes

y son de verdad

 

No busques remedio

pato feo, oveja negra,

no eres uno más

 

Tú no eres uno más

Que no eres uno más

 

Dicen que hay que salir

luchar por cada hoy

que cada herida

te hace invencible

creo que hay que salir

luchar por cada hoy

sería mejor

 

Fuente: Pastoral SJ