Algunas Cosas que Dios dice Cuando se Acerca

Una oración para hacer silencio y escuchar la voz de Dios.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Tú eres mi hijo muy amado en quien me disfruto poner mi predilección.

Créeme, déjame bendecirte.

Quiero servirte, alabarte, reverenciarte.

Conozco tu dolor, tus aflicciones y resistencias.

Sé de tus vergüenzas y de aquello que te pesa y no quieres decir.

Por eso estoy dispuesto a esperar toda tu vida con paciencia infinita el momento de tu sí, de tu «ven, ya es hora de que pases».

Mientras, déjame abrazarte y decirte que te recibo sin condiciones, sin maquillajes, sin reservas, sin títulos, sin etiquetas.

No te resistas, acéptame y permite que te ame como eres.

Si pudiera bendecirte desde adentro de tu corazón para que también puedas bendecir a otros, verás cómo todo sucede de una forma nueva.

Déjame hacer tu vida más buena noticia, más libre, más pura.

Déjame poner en tu intimidad la fuerza necesaria para anunciar que la felicidad es posible.

Dame, si alguna vez lo deseas, un lugar en ti para poder habitar, acampar y quedarme.

Invítame a tus decisiones y esfuerzos, deseo acompañarte e ir contigo, si quieres.

Anímate a darme cabida en tus sueños, en tus deseos y esperanzas, aún cuando tengas miedos.

Cuando quieras y puedas déjame pasar a la zona herida de tu historia, de tu personalidad, de tus vínculos, para que pueda colocar allí el bálsamo que regenera, la luz que alumbra, la resurrección que vivifica.

No temas, no puedo destruirte, ni amenazarte, ni falsearte, ni vencerte, ni engañarte, solo puedo bendecirte, pacificarte, alentarte, darte vida y amarte.

Si me permites, quiero ofrecerte placer, hacerte gozar y compartir contigo una alegría infinita, ancha, plena.

Sé valiente, no dejes que entren otros que te quitan fuerzas, vida y paz, y se van. Anímate a darme un pequeño lugar, como un pesebre, con eso me basta para salvarte y hacer cantar a los ángeles.

Además, deseo sonreírte y decirte que estoy contento con tu vida.

Fuente: Pequeñeces.blosspot

 

Releyendo Nuestras Vidas al Hilo de la Autobiografía de San Ignacio

Uno de los textos que el Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana ha recomendado fue: “Releyendo nuestras vidas al hilo de la autobiografía de Ignacio”, del Padre Carles Marcet SJ. En ella, el jesuita propone leer la propia vida, siguiendo algunas líneas que han operado a lo largo de la existencia de San Ignacio.

A medida que el texto va abarcando las diferentes etapas del itinerario, se presentan brevemente: la historia: el marco de lo que le sucede a Ignacio; la historia interior: lo que va aconteciendo en su interior al hilo del peregrinaje externo; y la historia hacia nuestros interiores: donde cada uno puede sentirse invitado a releer los acontecimientos que el Espíritu ha ido tejiendo en su propia vida.

Para leer el texto completo 

Carles Marcet, sj. Licenciado en teología. Ha sido durante años párroco en el barrio de Bellvitge (L’Hospitalet del Llobregat) y acompañante y divulgador de los Ejercicios en comunidades populares. Actualmente forma parte del equipo del Centro Internacional de Espiritualidad de la Cova de Manresa, donde coordina el «Curso de inmersión ignaciana» y el curso «Dos meses de reciclaje en teología». En esta colección también ha publicado Ignacio de Loyola: un itinerario vital, Eides nº 75.

Fuente: CPAL SJ

Simplemente, gracias

¿Cómo vivimos el agradecimiento? ¿Sabemos dar y recibir un ‘gracias’?

Por Pino Trejo

El dicho “es de bien nacidos ser agradecido” tiene poco predicamento en nuestra sociedad. Dar las gracias no suele ser una de nuestras acciones más cotidianas, ni una expresión que usemos tanto ni con tanta gente; si acaso, formalmente cuando alguien nos ha ayudado a recoger algo que se nos ha caído, cuando nos ceden un asiento en la guagua, o cuando hemos estado a punto de estamparnos contra el suelo y en el último momento, una mano nos sujetó y evitó la colisión.

En estos casos suele estar hasta justificado decir “gracias”, como si de un pacto conductual se tratara: ante la inesperada y altruista acción de un, una desconocida se establece que la persona beneficiaria de esa gracia debe, como mínimo, dirigirle un gracias.

El significado y uso de este vocablo es bien conocido por todos y todas. Desde pequeñitas se nos enseña la palabra mágica, en qué contexto y situaciones deberemos utilizarla; a quién debemos dirigirla. Así con el tiempo y la rutina se va des-magiando lo que en su momento formó parte de nuestro vocabulario cotidiano.

Ya de adultas somos más selectivas. No regalamos palabras amables a troche y moche, ni consideramos que sea tan necesario ir dando las gracias a toda hora y a cualquier persona. Y mucho menos si es por algo que el otro tiene que hacer, por lo que le pagan al prestar ese servicio a la sociedad, vamos que es su trabajo.

Aquí la cosa cambia considerablemente. Ya por el solo hecho de que perciba un salario por esas tareas de las cuales todos y todas nos beneficiamos, resulta suficiente motivo para no deleitarle con una palabra amable.

En la vorágine de sociedad en la que sobrevivimos, se nos ha olvidado lo fundamental: reconocer al otro, a la otra como un ser humano. Claro que el problema puede que radique en que ya ni nosotros, ni nosotras mismas nos veamos como tales. Hemos asumido tanto esta cultura del “sálvese quien pueda”, que nos hemos ido perdiendo en alguno de los pasillos del hipermercado en el que hemos convertido este mundo.

Dar las gracias cuando el funcionario te recoge el impreso en registro, cuando el fontanero te arregla la avería, cuando el joven te trae la telecomida que has pedido, cuando el médico te receta las medicinas para curarte ese catarro, cuando la cajera del super te devuelve el cambio por la compra que has realizado…significa que reconoces el trabajo de la otra persona y, por lo tanto, a la otra persona.

Porque trabajo y persona no se pueden separar. No nos vendemos cuando trabajamos, sino que nos damos. Una parte de mí se desprende para darse…a la otra persona, a los demás. En cada acción que emprendo en mi puesto de trabajo me lleva a la relación con otras personas; a implicarme, de alguna forma, en sus vidas; a colarme en medio de sus preocupaciones y alegrías.

Yo, receptora de esa dación, no puedo por menos que apreciar lo que recibo, pronunciando un simple gracias, y con ello seguro que ese día habré hecho un poco más feliz a alguien que simplemente hacía su trabajo.

Fuente: EntreParéntesis

 

Reflexión del Evangelio: Domingo 3 de Septiembre

Evangelio según San Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.

Reflexión del Evangelio – Por Fabio Solti SJ 

En este evangelio de Mateo de este domingo Jesús en su palabra, nos invita a reflexionar diferentes cuestiones:

Por un lado Jesús en su discernimiento está determinado a ir a Jerusalén para cumplir con la Voluntad del Padre. Y Pedro se lo quiere impedir.

A nosotros también puede ocurrirnos que, determinados en discernimiento, esto es en oración, nos vengan pensamientos, palabras, personas, que nos impidan intentar hacer aquello que nos pide Dios.

Ahora bien, las determinaciones, vale decir, las respuestas que damos a Dios, no son ocurrencias o ideas impulsivas que se nos ocurre hacer, llevar adelante, etc. El discernimiento implica proceso. Esto significa tiempo. Somos seres procesuales: necesitamos tiempo. Nacemos, crecemos, morimos.

En un mundo donde lo que importa es lo inmediato, la invitación es a lo mediato. A lo mediato con el Señor. Determinarse en discernimiento con Jesús no es inmediato. Precisa de tiempo. Precisa de relación en oración. Precisa de establecer lazos con Él en el tiempo y preguntarle que quiere que haga hoy por Él.

Este proceso me deja des-ensimismado. Lo inmediato tiene que ver con el ensimismamiento, con estar mirándose el ombligo todo el tiempo y no saber lo que quiero. La invitación de Jesús es a vaciarse de ese narcisismo vacuo, enderezarse y mirar el horizonte que me llena de sentido: la construcción del Reino.

Y ahora sí las palabras de Jesús tienen otro sabor: Renunciar a si mismo tiene que ver con salir de mi propio amor, querer e interés y aprender a mirar el mundo como Dios lo mira, como Dios nos mira.

2. Por último esa pregunta ultima de Jesús ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?. Y se me viene una pequeña reflexión que se comenta mucho acá, en Brasil: Nacemos sin traer nada, morimos sin llevar nada. Y en el medio del intervalo entre la vida y la muerte, peleamos por aquello que no traemos y no llevamos…

Ahora sí: la invitación es a salir de nosotros mismos, mirar el horizonte de Reino a que me invita Jesús y seguirlo: construir un mundo de amor. Amor qué no solo se dice, sino que se hace.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

 

¿Cómo es Crecer en la Vida de Fe?

El modo en que vivimos la fe cambia con nosotros y nuestro proceso de crecimiento a lo largo de la vida.

Por Emmanuel Sicre SJ

En nuestra vida, a medida que vamos creciendo, es necesario cotejar que la fe vaya al ritmo de los cambios que experimentamos a todo nivel: corporal, mental, moral, psicológico, social, etc. ¿Qué significa esto? Que no lleguemos a ser adultos con fe infantil, por ejemplo, o que no le pidamos a un niño que viva la fe como una persona experimentada, o que le exijamos a un adolescente que no haga crisis de su imagen de Dios por miedo a que deje de creer.

La fe es una dimensión humana, dinámica y personal, heredada que crece junto a la comunidad/familia que convive con la presencia viva de Dios en medio de ella. Sin comunicación de la fe no hay fe porque la fe es la comunicación que Dios hace de su propia vida al hombre. Es decir, la relación que Dios establece con nosotros haciéndonos experimentar su amor nos abre al misterio de confiar en él.

En efecto, se trata de vivir de manera fecunda los cambios que experimentamos en nuestras etapas de la vida junto con la experiencia religiosa del Dios de Jesús. Y es que ese Dios nos acompaña de manera real en cada momento de nuestro caminar por este mundo y está bogando porque crezcamos sanamente, superando las crisis y dándonos sentido a cada cosa que vivimos. Pero, ¿cómo es una actitud madura de fe?

Una actitud madura de fe encuentra que la realidad está habitada por el Espíritu de Dios y no se escandaliza de la libertad del hombre, sino sólo con aquello que atenta contra la dignidad de cualquier criatura. Quien va madurando en la fe ha logrado descubrir que la ley es una amiga en la que apoyarse en determinados momentos, pero se rige principalmente por la voz del espíritu del amor que susurra en su conciencia y lo invita a discernir siempre de la mano con otros. Por eso, la actitud madura no se casa con ninguna ideología y supera las polaridades meditando en su intimidad qué es lo que está en favor de la vida real habitada por Dios. Es una actitud que discierne, por eso relativiza lo inmediato y toma distancia para saber que todo le es lícito, pero no todo le es conveniente, como enseña san Pablo (1Co 10, 23).

La madurez espiritual se reconoce en una mirada sabia que distingue las dificultades de las posibilidades, que no transa con el error, pero que comprende profundamente a quien se equivoca porque conoce su propia fragilidad, y no podría juzgar mal a nadie dado que se siente incapaz. Es una hermosa actitud de compasión por el otro y por sí mismo que termina por hacer lo que Dios hace.

La actitud madura, pues, está abierta a las diversas personalidades y no ve que ninguna sea superior a otra, las encuentra ubicadas en sus múltiples sitios en favor de la existencia humana, aun cuando esto le demande una paciencia infinita. Por eso, aborrece la división y busca la armonía en el amor más allá de las diferentes opciones que cada uno va tomando en la vida. En esto consiste su humildad. Comprende, también, de modo equilibrado y en libertad, la necesaria institucionalidad de los grupos humanos. Es una actitud que toma conciencia de las deficiencias que tiene toda realidad, pero no se queja como si fuera imposible vivir con la carencia. La acepta y convive sanamente con la duda y la incertidumbre, hasta con humor. Por ello, genera respaldo y apertura en donde se desenvuelve.

Ritualmente logra acoger el misterio de la comunicación espiritual que se da en los múltiples símbolos religiosos, en la liturgia celebrada, en la fiesta y en el sufrimiento compartido con los más débiles. Asume sin problemas la dimensión antropológica del hombre que lo hace un ser ritual. Es capaz de distinguir en una imagen, en una expresión artística o metafórica una referencia a algo que está ahí, pero, al mismo tiempo, va más allá. Es decir, logra trascender lo meramente racional para entregarse afectivamente a una experiencia que no siempre controla, pero lo involucra en una dinámica abrasadora.

Un rasgo profético propio de la actitud madura de un creyente es la confianza. Confía en que es el Dios de la historia el que acompaña al hombre en su camino. Confía en los procesos lentos, amplios, serenos que marcan los hitos en la vida. Confía en el hombre, en su capacidad de pedir perdón, de animarse a ser mejor, en su solidaridad. Confía en que será parte de una historia y no su dueño, de ahí que pueda comprometerse con los demás en el tiempo. Confía en Jesucristo que vino a rescatar a todo hombre existente sobre la Tierra para llenarlo de vida y felicidad, y cuenta con él para llevarlo a cabo.

Por último, existe en la persona que va madurando en la fe un sentido creciente de la gratuidad en el amor. Ama sin poseer al otro, por eso se entrega sin esperar nada a cambio para sí, sino para los demás. La persona con una fe así se convierte en un servidor fiel que no manipula con su servicio, sino que acepta darse sin condiciones hasta perder parte de su ser para encontrarse plenamente vivo en esa donación de sí. ¿Acaso no nos recuerda esto a Cristo? Pues sí, una fe que madura poco a poco ha logrado en la persona que el proceso de cristificación se encarne transformándolo en otro Cristo capaz de hacer presente la fuerza arrolladora del espíritu que hace del mundo un lugar y un tiempo más justo, más pacífico y más humano para cada uno de nosotros.

Fuente: Blog Pequeñeces

‘Sentir y Gustar de las Cosas Internamente’ [EE 2]

Una reflexión sobre este lema ignaciano a la luz de la experiencia de Ignacio.

Por Mari Luz de la Hormaza, ACI

Este aforismo se encuentra al final de la 2ª anotación [EE 2] en la que Ignacio pone de relieve la importancia de la interiorización, y lo hace en los términos siguientes: “No el mucho saber harta y satisface al anima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es una invitación a pararse a gustar y sentir, pues los Ejercicios son tiempo de encuentro, tiempo de “estar”, tiempo de conocer con el corazón. Esto no significa minusvalorar las dimensiones racionales o intelectuales del sujeto, sino que el sujeto las ha de articular con las afectivas… La experiencia le ha enseñado a Ignacio que lo que está atravesado por el mundo de los afectos es más hondo, más profundo y por lo tanto lleva más fácilmente a la persona a un camino de conversión.

El sentir hace referencia a componentes espirituales, pero también a otros más de carácter psíquico, psicológico. Sentir internamente nos remite al mundo de la sensibilidad y por tanto nos habla de una oración, de una experiencia espiritual integrada en la que participa de la dimensión corporal. Gustar hace referencia al mundo de la consolación, el gustar y sentir de las cosas internamente es un camino de percibir y aprender a reconocer la acción del espíritu en uno mismo. Por ello hay que partir de las propias mociones siguiendo las reglas que propone Ignacio. [EE 227]

Sentir, nos proporciona un material rico sobre el que poder discernir, nos proporciona las mociones que nos van mostrando por dónde nos va llevando el Dios de la vida y de la historia, nos ayuda a descubrir el paso de Dios por la vida concreta del ejercitante.

Para que esto sea así se necesita un buen clima de silencio. Sin silencio y sin tiempo tranquilo no hay posibilidad de encuentro hondo. Se trata de apartarse de todo lo que pueda condicionar la libertad y distraer de lo fundamental que es acercarse y llegar a su Criador y Señor, llegándose así al conocimiento interno (personal) y vital del Señor Jesús. El fin del conocimiento interno es crecer en el amor… Solo quien es capaz de gustar y sentir podrá llegar al conocimiento del Señor que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga. [EE 104]

Cuando el sentir y gustar nos lleva al conocimiento interno es cuando el creyente se convierte en testigo vivo, en discípulo obediente de la voluntad del Padre, que consiste en que el hombre viva.

El conocimiento que se da en el “corazón” -en el centro íntimo de cada persona- es el que realmente puede satisfacer y dar sentido a una vida.

Fuente: Espiritualidad Ignaciana

Reflexión del Evangelio del Domingo 27 de Agosto

Evangelio según San Mateo 16, 13-20

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes”, les preguntó, “¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Reflexión del Evangelio – Por Ignacio Puiggari SJ

En este pasaje del evangelio escuchamos una conversación entre Jesús y sus discípulos. En este peculiar intercambio podemos entrever también los roles de cada uno: Jesús, por una parte, queriendo escuchar y preguntando y, por el otro lado, los discípulos y Pedro respondiendo. Mirando este cuadro y volviéndonos parte de su escena, como quien se entremete en una conversación ajena, podemos preguntarle a Jesús por aquella necesidad que lo mueve a hacer esas preguntas. De seguro que la pregunta no es en él un ejercicio de vana simulación, algo así como que “te pregunto, pero en verdad ya me sé la respuesta y esto no es más que un juego narcisista y solitario”. Tampoco me parece que se trate de una crisis de identidad. Más bien lo que hay en Jesús es una búsqueda sincera por escuchar que alcanza en la respuesta de Pedro un hallazgo de gozo para él. Porque en Pedro y en su palabra inspirada se manifestó la voluntad del Padre. Recibiendo esa palabra, Jesús, el Hijo tocó una vez más lo propio de sí: ser quien acoge cuanto el Padre da de sí. Pedro, inspirado por el Espíritu, metido por el mismo Jesús en una conversación que lo sobrepasaba, tocó con su palabra, su mediación, algo de Dios; con ello, como de rebote, alcanzó lo propio de sí mismo en tanto seguidor del Señor en función de recibir lo que es del Reino y apartarse de lo que no. Y, al parecer, dicho acontecimiento fue fundacional para la Iglesia.

 Esto nos puede dar algunas pistas sobre nuestro modo de buscar. Pues, como Jesús, es posible que encontremos palabras inspiradas en las conversaciones que tengamos con los otros. Para ello, en primer lugar, es bueno procurar instancias de conversación, enriquecerlas con preguntas que nos afecten y estar atentos por si sucede, en algún momento, el goce de un hallazgo inesperado. Sabemos que en la oración, nuestra lectura del evangelio es también un modo de escuchar y conversar con Aquel que no vemos, pero con el que sí podemos intercambiar silencios y palabras. También en el género de nuestras ocupaciones diarias, en nuestras acciones, mandamos muchos mensajes y recibimos otros tantos ¿Por qué no ir hacia los otros con esta intención de hospedar también a Dios? ¿Por qué no atrevernos a descubrir lo esencial de nuestro seguimiento en los caminos que la alegría misma nos abre? En esta escucha de los acontecimientos inspirados, acaso, nos sobrevenga la gracia de una mayor orientación sobre aquello que la vida nos invita a recibir o a rechazar. En cada paso de vida, por singular que sea, algo del destino comunitario y eclesial está en juego: acertar o no con ese movimiento querido del Señor que, de un modo insospechado, comulga con el ser de la Iglesia y el de todos los seres.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

 

Magíster y Diplomado en Acompañamiento Psicoespiritual

La Universidad Alberto Hurtado abrió sus procesos de postulación a los programas 2018-2019.

El acompañamiento de personas es y ha sido un ministerio fundamental dentro de la tradición de la Iglesia y de la Compañía en particular. La ayuda personalizada y la escucha activa del otro son aportes esenciales para que las personas conozcan los movimientos interiores que los acercan a descubrir la Voluntad del Señor.

El Magíster y el Diplomado en acompañamiento psicoespiritual están orientados a agentes pastorales como sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas que estén comprometidos con la experiencia pastoral en el campo del acompañamiento de personas y que deseen tener una formación en el área de la psicología.

Para tener más información visita

Objetivos de los Programas

  • Formar acompañantes de personas con herramientas y habilidades, integrando las dimensiones psicológica y espiritual.
  • Proporcionar herramientas psicológicas para la atención y ayuda inmediata de personas en el área pastoral.
  • Entregar contenidos que ayuden a diferenciar el acompañamiento espiritual de la psicoterapia.
  • Preparar agentes pastorales capaces de poner en diálogo su dimensión de fe con una comprensión holística de la persona, en la que el componente psicológico juega un rol fundamental en el crecimiento del ser humano.
  • Comprender la tarea pastoral dentro de un marco teológico y ético que ponga de relevancia las diversas actitudes que se puede tener en una relación de ayuda.

El plan de estudios del magíster contempla la aprobación de 13 cursos teórico-prácticos, además de la elaboración de una tesis final y dos prácticas supervisadas. Los cursos corresponden a dos áreas del saber (psicología y espiritualidad) y combinan la transmisión de conocimientos básicos con la práctica pastoral de los temas específicos tratados en los cursos.

Fuente: Jesuitas Chile

Dios es Plural

La fe cristiana no es posible desde el aislamiento sino compartiéndola con otros.

¿Quién puede imaginar un club de fans o una asociación deportiva compuesta por el cantante en cuestión, o los jugadores del equipo, y yo? ¿Duraría? ¿Con quién compartir la vibración del momento en que, por privilegio especial nos (me) permiten el acceso a camerinos a por un autógrafo en persona? ¿A quién abrazar en el momento del esperado o sorprendido GOL? ¿A quién mirar transmitiendo el brillo en los ojos que expresa todo lo que bulle sin necesidad de palabras? ¡Qué tontería! No es ni imaginable porque no tiene sentido, es incompatible hablar de club de fan sin ellos, el plural lo dice por sí mismo.

No soy fan de Alejandro Sanz, aunque me gusten algunas de sus canciones, ni socia del Cádiz club de fútbol pero… ¿cuánto tiempo duraría apasionada por el Señor acudiendo sola a estar con Él, celebrando sola una Navidad o Pascua de Resurrección sin nadie que entienda las lágrimas que brotan por la emoción, o los bostezos por el sueño en alguna que otra oración…? ¡Qué tontería! No es imaginable si quiera, porque no tiene sentido, es incompatible hablar de Dios sin hablar de más de uno, de humanidad, de relaciones, de afectividad de… pues ¿qué estamos celebrando sino el regalo y la sorpresa de encontrarle, unidos, en la encarnación? Es incompatible hablar de Dios y no hablar al mismo tiempo de Iglesia.

¿Quién soy? Desde la encarnación “el nosotros de Dios”… y el plural vuelve a hablar por sí mismo. ¿A quién pertenezco, cuáles son mis raíces? No hay que inventarlas, sólo recordar que bajo tierra están, y desde ahí dándonos vida, manteniendo y sosteniendo nuestro ser, nuestra identidad. Ese es su sitio, y como la cabeza la solemos llevar bastante alta, vemos que hay horizonte sí, pero porque hay tierra, hay esperanza sí, pero porque hay raíz, hay sueños sí, pero porque hay savia. Sólo hay que parar, escuchar y reconocerlo: Iglesia. Sé que soy Iglesia, siempre lo he “sabido” ¿experiencias de Iglesia? las que me hacen sentir en casa, las que hacen vibrar, templar y sonreír a mi raíz ¿A quién pertenezco? A la Iglesia. Lo sé.

Y es que tiene su lógica. “Cuando dos o más se reúnen…” (deporte, asociación, peña de carnaval o de caza) da gusto pasar cerca y respirar la vibración que desprenden, el olor, el sabor, el ruido, la música… porque comen y beben juntos, ríen y cantan juntos, celebran y sufren juntos, luchan juntos, buscan y encuentran juntos (la lotería la han jugado juntos, la repartirán juntos si les toca y seguramente la gastarán juntos) Y es que tiene su lógica. Ese juntos es el Señor, el que moviliza y hace VIDA desde la raíz. Siempre nos han exhortado a levantar la cabeza, llevarla alta y no como un avestruz (pobre animal…qué nos ha hecho él) Hoy te invito a imitarle de vez en cuando, agacha la cabeza hasta que se hunda en la tierra y ahí encuéntrate con tu raíz, nuestra raíz ¡es el Señor! Y déjate sorprender porque ahí, abajo, hay un núcleo, un centro, sólo uno, y para todos. Descúbrelo, o haz memoria y RECREALO.

Fuente: Pastoral SJ

S. Alberto Hurtado SJ: Hay que Darse con una Sonrisa

Una Reflexión sobre San Alberto Hurtado y su capacidad de llegar y motivar los corazones de las personas para ponerse al servicio.

¿Cuál fue la magia del Padre Hurtado? ¿Dónde radicaba esa fuerza que movía los corazones? Sin duda, en su relación personal con Jesús. En un amor apasionado por ser otro Cristo.

¿Pero cuál era su arma secreta para entrar en los corazones? Algunos podrán decir que es una ingenuidad o una nimiedad. Creo que mucho de lo que hizo se jugó en su sonrisa. Sí, en esa sonrisa transparente –tal vez, la sonrisa de Dios-, esa sonrisa que abría los corazones, derribaba cualquier obstáculo, espantaba las penas, unía a las personas.

“¡Contento, Señor, contento!” No es la alegría ingenua de quien parece no darse cuenta de las cosas, de los dolores y de las carencias de los demás y pasa por la vida sin afectarse con nada. No, la del Padre Hurtado, es la alegría de quien acepta su vida, reconoce los regalos recibidos, no esconde sus dolores, pero pone toda su confianza en el amor bondadoso y paterno-materno de Dios.

“¡No sólo hay que darse, sino darse con la sonrisa!” Acá hay tanto que aprender. Quien está así de contento, buscará por todos los medios transmitir esa convicción. Eso es lo que hacía el Padre Hurtado. Por eso su energía incansable. Quería contagiar su alegría, la dicha que sentía por dentro. Compartirla, especialmente, con los que más desfavorecidos.

Es la alegría de Cristo resucitado: porque conoce el dolor, porque lo ha vivido y se ha dejado afectar por él, es capaz de consolar.

“¡Contento, Señor, contento!” es la expresión del que está consolado con quien se es, y antes de manifestar una queja, un lamento, encuentra muchas razones para agradecer. Solo quien tiene esta experiencia interna, se volcará a servir enteramente a los demás, no importando lo que haya que hacer. Hasta que no se produce esta experiencia, uno gasta tiempo en sí mismo, porque toda la atención está puesta en la propia búsqueda o necesidad.

Qué gran cosa sería si a todos se nos viera contentos. No con la alegría impuesta, fingida. No con esa máscara que a veces nos ponemos y nos hace aparecer con un rictus que acalambra el rostro, sino la alegría que nace de un corazón que se siente amado aún en medio de las dificultades.

Que San Alberto nos ayude en este camino.

Fuente: Fundación Manos Abiertas