Dios No Juega con Nosotros

Sobre la experiencia del dolor, la tristeza y el mal en nuestra vida: ¿quién tiene la última palabra?

Por Quique Gómez-Puig, SJ

Creo que todos tenemos experiencia, propia o ajena, de encontrarnos en algún momento de la vida con el dolor, el sufrimiento, la culpa… el mal. La muerte de un familiar, una enfermedad que trunca la vida, una traición, un engaño, un desencuentro o, quizá, la incomprensión de los miles de muertos por hambre en el mundo, las guerras o las catástrofes naturales. Mal que nos afecta, que padecemos, o mal que hacemos. Y surge la pregunta: ¿es Dios pasivo ante nuestro dolor? ¿Por qué lo permite? ¿Me lo manda Él? ¿Acaso existe un Dios así? Preguntas que surgen de la propia fuerza del sufrimiento y la angustia. Y no es raro encontrar gente que ha dejado de creer, a veces con profunda amargura, porque no ha encontrado una respuesta coherente a estas preguntas. Y es cierto que se han dado algunas respuestas que no convencen; «Dios te ha castigado», «Dios te ha mandado tal o cual prueba» o «Dios se ha llevado a tu ser querido para que esté ya con Él» nos presentan un Dios que no es todo lo bondadoso que cabría esperar. O quizá, un Dios que es impotente ante tanto sufrimiento humano. Y de ahí, la decepción y el abandono de la fe.

Me parece, sin embargo, que hemos de partir de la propia realidad y no dejarnos engañar por los espejismos de nuestros deseos o nuestra imaginación. Esos deseos, acaso proyección de ilusiones infantiles, que nos dicen que es posible un mundo sin mal. Asumir la vida significa también asumir que el mundo tiene su imperfección y, por ello, carencia y fallo, choque y conflicto, insatisfacción y dolor. Asumir la vida significa asumir que no somos Dios, y por ello, que hay limitación en nosotros y en nuestro entorno. Así, el mundo, la vida, es buena, pero no perfecta. Y por ello, podemos decir que el sufrimiento no es un juego de Dios.

¿Es el mal lo que tiene la última palabra en la vida? Quiero centrar ahí la pregunta. Y es ahí donde entra la fe. Cuando llega el dolor, la fe no evita la oscuridad. Hay que dejar espacio para la lamentación y el duelo. Con Job podemos quejarnos y decir «¡maldito el día en que nací!» Y abrirnos a la oración de Jesús en el huerto «que pase de mí este trago». Y es desde esa mirada a Jesús desde donde podemos descubrir un Dios que no nos abandona, aunque no siempre lo veamos. Un Dios que es el primero en comprender nuestro sufrimiento, porque pasó por él. Un Dios que se coloca a nuestro lado contra el dolor, ayudándonos a soportarlo. Fue él, quien luchó contra todo tipo de opresión, injusticia y mal. A través de él, descubrimos que Dios se identifica con el sufrimiento de todos los humillados y ofendidos. Y esto engancha con lo fundamentalmente humano; el impulso radical que llama a todos a luchar contra los destrozos del mal. Creo que desde la cruz-resurrección de Jesús se puede recuperar la confianza y la esperanza. Y con ello, no ceder ante la gran fuerza del sufrimiento. Y desde ahí, tener la certeza, a pesar de todo, de que el mal no tiene más fuerza que la vida, la bondad y el amor.

Fuente: Pastoral SJ

Luces Encendidas; Historias Escondidas

Una reflexión dedicada a aquellos que desde el silencio y el anonimato, hacen posible nuestra vida

Por Dani Cuesta, sj

Hay noches en las que, al mirar por la ventana antes de echar las persianas, veo luces encendidas en los edificios de oficinas que hay cerca de mi casa. Estas luces van apagándose y encendiéndose, cambiando de plantas y zonas de los edificios. Detrás de ellas hay personas que, a esas horas, están limpiando el edificio para que todo esté en perfectas condiciones cuando lleguen los trabajadores a primera hora de la mañana.

Igual que ellos, hay otras personas que trabajan durante la noche para que muy de mañana, podamos tener el pan y el periódico en nuestra mesa de desayuno, arreglan los baches de una carretera, gestionan las solicitudes que hemos enviado, arreglan los problemas técnicos de nuestra conexión a internet, etc.

Son gente anónima, que trabaja desde el silencio, la mayoría de las veces sin reconocimiento, pero que hace que la vida sea mucho más fácil (y algunas veces sencillamente posible) para los demás. Normalmente no les damos las gracias por su trabajo porque, o no les conocemos o ni siquiera somos conscientes de que su trabajo exista. Pero en el fondo, creo que todos estamos de acuerdo al afirmar que se trata de personas que realizan el trabajo sencillo y escondido del que habla el Evangelio.

Un ejemplo de esto es el hermano jesuita san Alonso Rodríguez que, sencillamente pasó su vida siendo portero del colegio de Montesión en Palma de Mallorca. Él, de alguna manera personifica a todas estas personas anónimas que dedican su vida a hacer más fácil a los demás la suya, encontrando allí a Dios y haciendo que los otros puedan también verle en él. Por eso su ejemplo (aunque lejano en el tiempo), nos sigue pareciendo actual, pues conecta con algo esencial de las personas: el servicio.

Fuente: Pastoral SJ

 

Francisco Javier: enviado a servir

“Javier se identifica siempre con los pobres y los más desvalidos: siendo legado pontificio, en viaje a la India, trabaja en el barco como un simple peón; acude a los enfermos y a los moribundos; en su apostolado se señala personalmente en su eximia pobreza y desprendimiento de todas las cosas; se decide a favor de los esclavos en contra de los negociantes de Portugal que quieren explotarlos. Y todo esto con un celo insaciable, a un ritmo siempre creciente, con horizontes cada vez más extensos, hasta que con el alma llena de ilusión apostólica desfallece su cuerpo en la isla de Sancián, frente a las costas de China, a la que quería entrar para convertirla a Cristo. Al morir, tiene sólo 46 años”.

Pedro Arrupe, sj

Javier, Hombre de Misión

“Muchas veces me vienen pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces como hombre que ha perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo a los que tiene más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: ¡cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos! Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas, y el talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro en sus almas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: Señor, aquí estoy, ¿qué quieres que yo haga? Envíame donde quieras; y si conviene aún a los indios.

Está en costumbre decir los que estudian: Deseo saber letras para alcanzar algún beneficio, o dignidad eclesiástica con ellas, y después con tal dignidad servir a Dios. De manera que según sus desordenas afecciones hacen sus elecciones. Estuve casi tentado de escribir a la universidad de París, cuántos mil millares de personas se harían cristianos, si hubiese operarios, para que fuesen capaces de buscar y favorecer las personas que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Muchas veces me sucede tener cansados los brazos de bautizar, y no poder hablar de tantas veces decir el Credo y los mandamientos en la lengua de ellos”.

“Estas islas son muy peligrosas por causa de las muchas guerras que hay entre ellos. Es gente que dan veneno a los que mal quieren y de esta manera matan a muchos. Les doy cuenta de esto, para que sepan cuán abundantes son islas estas de consolaciones espirituales: porque todos estos peligros y trabajos, voluntariamente tomados por solo amor y servicio de Dios nuestro Señor, son tesoros abundantes de grandes consolaciones espirituales. Nunca me acuerdo haber tenido tantas consolaciones y tan continuas como en estas islas, con tan poco sentimiento de trabajos corporales; andar continuamente en islas cercadas de enemigos, y pobladas de amigos no muy fijos. Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios, que islas de Moro”.

“Muchas veces pensé que los muchos letrados de nuestra Compañía que vengan a estas partes, sentirán muchos trabajos, y no pequeños, en estos peligrosos viajes hasta pareciendo que será tentar a Dios acometer peligros tan evidentes, donde tantas navíos se pierden; pero después pienso que esto no es nada, porque confío en Dios nuestro Señor que las letras de los de nuestra Compañía han de estar acompañadas por el espíritu de Dios que en ellos habitará, porque de otra manera tendrán trabajo y no pequeño. Casi siempre llevo delante de mis ojos y entendimiento, lo que muchas veces oí decir a nuestro bienaventurado Padre Ignacio, que los que formaran parte de de nuestra Compañía, tendrían que trabajar mucho para vencerse y lanzar de sí todos los temores que impiden a los hombres la fe y esperanza, y confianza en Dios, tomando medios para eso; y aunque toda fe, esperanza, confianza sea don de Dios, se la da el Señor a quien le parece; pero comúnmente a los que se esfuerzan, venciéndose a sí mismos, tomando medios para ello”.

Adaptación de cartas de San Francisco Javier a sus compañeros

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

La Batalla por un Tiempo con Dios

Hay momentos en la vida donde lo urgente nos consume y dejamos de hacerle lugar a lo importante.

No sé si es algo muy general, pero la verdad que a ciertas edades y en ciertos contextos, la vida se acelera. Tienes mil historias, estudios, academias, deportes, gentes a las que ver, una vida social inexcusable, reuniones, encargos que entregar… Y así se empiezan a poblar las páginas de la agenda –o los bytes si es electrónica, que también puede ser–, de contenidos que te producen vértigo sólo de pensarlo. Cuando esto me ocurre (por ejemplo al inicio de curso) es un reto el no dejarme arrastrar por el huracán de actividades y sí, en cambio, ser un poco dueño de las cosas y de mi propia vida.

Fuente: Pastoral SJ

 

Palabras de Amor, Obras de Justicia

Ponerse al servicio de los pobres como un modo de vida y no sólo como un pasatiempo o actividad extracurricular.

Por José María Rodríguez Olaizola, sj

«No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida».

Estas palabras son parte del mensaje que el papa Francisco ha promulgado con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres. Con el título «No amemos de palabra, sino con obras», se trata de una invitación a acercarnos a la vida de los pobres, con la intención de compartir y de encontrarnos. El evangelio nos urge, nos recoloca y nos invita a acercarnos a los más pobres, a los que sufren a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. Y en ese compartir, habrá intercambio. Por una parte, bienes que han de administrarse de manera diferente. Por otra, el desprendimiento y la libertad que nos hace libres y nos enseña a vivir. No hay teorías. No hay demasiados matices. No hay excusas ni alternativas. He ahí una de las exigencias más radicales y más constantes del evangelio. Un Dios que se hace pobre. Un Jesús con los más pobres. Una misión entre los pobres. Una comunidad abierta a los pobres. Una bienaventuranza que nos ayuda a ver lo esencial. Una vocación que nos abre al encuentro.

Ojalá pongamos nuestros talentos al servicio de la causa de los más débiles, los más frágiles, los más golpeados por la vida. Ojalá cada uno sepamos amar con las palabras, pero sobre todo con las obras. Ojalá descubramos formas de transformar las estructuras que invisibilizan, que apartan o que excluyen. Ojalá creamos, de verdad, que ese proyecto merece la pena y es posible. Ojalá, en fin, esta jornada sirva para que los 365 días del año se conviertan, para nosotros, en ocasión para la compasión, el encuentro y la conversión profunda a los valores evangélicos más radicales.

Fuente: Pastoral SJ

Honestidad y Corrupción. Dos Banderas

Una reflexión sobre las estructuras de pecado e injusticia que atraviesan la realidad cotidiana y nos ponen de cara a nuestras opciones.

Por José María Rodríguez Olaizola, SJ

No consigo quitarme de la cabeza la idea de que hay gente que se merecería que la embadurnasen de alquitrán, la rebozasen de plumas y la tirasen al río (sin ahogarse, claro). Y cada vez que veo un telediario, y me asaltan imágenes de mangantes, corruptos, abusadores y energúmenos varios, la palabra “escarmiento” me viene a la cabeza. No es por venganza. Incluso, desde la fe, pienso –de veras- que hay que ser benévolos, caritativos y misericordiosos. Pero es que me enerva la impunidad, la injusta justicia que castiga a los pobres, pero no tanto a los ricos, la hipocresía con que se justifica lo deshonesto y la facilidad con que la lógica de la mangancia se extiende. Me aterra leer que el crimen es lo más globalizado de esta aldea global. Y me asusta ver cómo cierta dosis de amoralidad permea muchas esferas de la vida y muchas decisiones cotidianas (las que nunca saldrán en los titulares). Me estremece pensar que tal vez el umbral de lo lícito y lo ilícito se nos vaya difuminando a todos un poco, a base de ver que aquí el que no corre vuela, muchas veces entre sonrisas de autosatisfacción, teatrales proclamas de dignidad y exigencias de ética en el ojo ajeno.

Es hora de recuperar y pelear por valores, valores que habremos de exigirnos primero a nosotros mismos. Valores que no sean armas arrojadizas, sino herramientas para levantar espacios humanos donde puedan acampar la dignidad y la justicia. Y esto por respeto a las verdaderas víctimas de estas historias, que son quienes siempre pagan los platos rotos.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 26 de Noviembre

Evangelio según San Mateo 25, 31-46

Jesús dijo a sus discípulos: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a éstos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fluimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Éstos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.

Reflexión del Evangelio – Por Ignacio Puiggari SJ 

El día de hoy el evangelio nos propone imaginar un juicio. No sé si alguna vez han estado en uno; recuerdo a mi tía algo fastidiada hablándome de los tribunales de La Plata en Buenos Aires, teñidos por la lógica del mérito, el acomodo y el puesto. En Santa Fe también suele haber muchos abogados y la gente todavía no sabe si ello se debe a la tradición o a la soledad. Lo cierto es que este juicio es distinto. Lo hace Jesús, Nuestro Señor. El mismo que busca con empeño sanar nuestras heridas y liberarnos de cuánto mal nos oprime y destruye. Su juicio se levanta como una invitación de libertad y de bien. Señalemos entonces algunos rasgos de esta invitación.

En primer lugar es bueno reconocer –en efecto eso es lo que nos salva- la necesidad que, en última instancia, reside en el exceso de sentirnos amados. Aun cuando el muro de nuestras defensas legales y racionales funcione, adentro, detrás de las máscaras, nos encontramos con el solitario salvaje que pide encuentro y pide amor de miradas, de palabras, caricias y oídos. Allí reside el hambriento solitario que somos, la sedienta y prisionera carne de nuestro corazón. Comencemos por habitar esos lugares, quitándole la mordaza a nuestro afecto ¡Y cuántos discurso morales, cuántos méritos a veces nos lo impiden! Pero no son los perfectos los que se salvan en este concurso, sino los que aprecian la pobreza. En segundo lugar, y desde ese afecto, descubrimos también la belleza de regalarnos porque sí al cuidado de la indigencia del otro. Porque el otro, a pesar de sus defensas y honores, también es su propia urgencia de amor ¿Cómo hacer esto si no es con la ayuda de Jesús, que nos invita primero a la difícil tarea de dejarnos amar? ¿Cómo hacerlo si no es mirándolo a él que lo hace con los más necesitados y urgidos? Descubriendo al otro en su necesidad, emerge también nuestra indigencia: pero ya no como algo de lo cual renegar, sino como casa de encuentro y comunión.

 Pidámosle entonces al Señor que nos enseñe su arte, y a María la delicada persistencia de su amor sin miedos, libre y agradecido.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 05 de Noviembre

Evangelio según San Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla, será elevado.

Reflexión del Evangelio – Por Marcos Stach SJ 

El Evangelio de este domingo nos presenta las excepciones al servicio contrarias al estilo de Jesús de Nazaret, que tiene que ver con la humildad. Se ha gastado mucha tinta en escribir tratados sobre la humildad, todos oímos con frecuencia algo de la misma y hasta la valoramos. Nos moviliza eso del Evangelio de hoy: porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla, será elevado. Hace unos días, el 31 de octubre, recordábamos la memoria de San Alonso Rodríguez, Jesuita hermano, portero del Colegio de Palma de Mallorca durante casi cincuenta años. Y el Evangelio de la Misa de ese día tomaba estas mismas palabras citadas (pero del Evangelio según san Lucas) que valen para un modelo como es San Alonso: bancarse el tedio de la rutina de cincuenta años haciendo lo mismo, ser tenido por el último en un cargo con poco atractivo y nada exitoso, hallar a Cristo que golpea a la puerta a cada rato, atender a veces a inoportunos…

Vuelvo al inicio: a todos nos conmueve y movilizan testimonios de esta talla y nos parecen a veces remotos a nuestra existencia por demás contemporánea, tapada de ocupaciones, persecución de éxitos y competencias de toda índole. Y es curioso, porque en última instancia no nos gusta cuando la humildad nos toca de cerca, porque la humildad se construye con la base de las humillaciones. Es lo que les pasa a los escribas y a los fariseos: ocupan la cátedra de Moisés, son autoridades que enuncian principios vigentes que deben cumplirse, pero la vida de ellos raya en lo contrario. Es el típico fenómeno de la incoherencia que también a nosotros suele afectarnos. Todos contamos con esas zonas donde la contradicción halla su sitio. Y es aquí donde viene precisamente Jesús a poner su cuota de color: En cuanto a ustedes no se dejen llamar “maestro”… a nadie en el mundo llamen “padre”… No se dejen llamar tampoco doctores”… En el fondo el Señor viene a decirnos que no nos la creamos, ¡No te la creas! Porque todos estamos en alguna cátedra: todos enseñamos a otros de alguna manera, es el rol que a cada uno le toca desempeñar. No es un problema, digamos, de cargos, sino más bien de la intención del corazón con la que los afrontamos, los empañamos cuando los separamos del servicio y anteponemos nuestro amor propio. El que esté en la cátedra de ser padre o madre de familia, el catequista, el que es docente, o político, o Sacerdote… da igual, todos enseñamos a los demás pero esto se desvirtúa cuando olvidamos la óptica del servicio, que es a lo que estamos llamados. Vuelvo a San Alonso, modelo se servicio humilde y retomo algo que escuché a un compañero Jesuita decir una vez: “Por el Colegio de Montesión en Palma pasaron insignes e ilustrísimos personajes: teólogos, poetas, príncipes, doctores… pero Santo fue el portero”, como decir que lo importante no está en el cargo sino en cómo se lo abraza desde el servicio.

 Siempre que leo este Evangelio, me resulta prácticamente imposible no pensar en la Iglesia. Y me recuerda siempre a la primera regla para el sentido verdadero que en la iglesia militante debemos tener, es decir, a la primera de la serie de reglas que cierran los Ejercicios Espirituales. La misma dice literalmente: Despuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica. (EE. 353). Pareciera que en la mente de San Ignacio lo que surge bajo la formulación de “en todo amar y servir” se circunscribe al espacio de la comunidad, donde el servicio tiene el centro con el que se testimonia al Resucitado del que se ha tenido motivo sobrado para “alegrarse y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (Cf. EE. 221): el ejercitante que está terminando sus Ejercicios, ahora es equipado de estas reglas que las necesitará afuera, en la “quinta” semana, o sea, en la vida diaria. Ahí es donde se hace a la Iglesia dejando de lado todo prejuicio y se aventura a servir como lo hizo el Maestro.

 Pidamos a la Virgen Santísima, de quien Dios miró con bondad la pequeñez de su servidora (Lc. 1, 48) que nos alcance de su Hijo y Señor crecer en ser humildes servidores en el cargo que nos toque ocupar en la vida diaria buscando el bien de los demás.

Por Red Juvenil Ignaciana 

¿Por qué Hacemos la Pausa Ignaciana?

El P. Emmanuel Sicre SJ explica la pausa ignaciana a la luz de lo que él considera el fundamento antropo-teológico del hombre pleno: ser imagen de Cristo.

Por Emmanuel Sicre SJ

“Decimos, en efecto, que Dios y el hombre se sirven mutuamente de modelo el uno para el otro, y que Dios se humaniza para el hombre, en su amor por el hombre, en la misma medida en que el hombre, fortalecido por la caridad, se transforma por Dios en dios”.

Máximo en Confesor 662 d.C.

Cuando hacemos la pausa que san Ignacio nos recomienda al terminar alguna actividad tomamos contacto con algo muy importante: lo que somos y Dios siendo en nosotros, en la historia, en el mundo. De allí que el hábito del examinar nos dé alguna novedad sobre nosotros mismos, o una confirmación de algo que está pasando en nuestra vida, o alguna invitación a crecer. Se trata de un ejercicio de autonocimiento y, al mismo tiempo, de reconocimiento de Dios. Por eso, para quien está en conflicto con la fe, lo primero es más fácil que lo segundo. Sin embargo, el hábito del examen al buscar el cuidado de la interioridad, de la dimensión espiritual de cada uno, puede convertirse en una acción más de siembra a largo plazo que una constatación directa de la vida de fe.

En efecto, una vez que uno haya hecho la indagación por el ser del hombre y habernos asomado a su misterio, esto es, al entramado de hilos diversos que constituyen su condición de posibilidad, cabe preguntarse: ¿Por qué el hombre anhela conocerse a sí mismo? ¿Por qué la fuente de la sabiduría radica en la verdad de su ser? ¿Qué hace al hombre ser un buscador de sentidos a su existencia? En definitiva, ¿por qué el hombre?

Desde una comprensión antropológica integral que abarque la mayor cantidad de vínculos constitutivos del hombre y su circunstancia -como la que pretendemos en la educación ignaciana, nos llega la certeza de la complejidad de relaciones que nos atraviesan y constituyen, pero, al mismo tiempo, brota el asombro por la belleza de lo que es el ser humano. ¡Qué increíble ser es el hombre! ¡Qué admirable!

Esta paradoja que somos está en plena sintonía con la tradición judeocristiana cuando ve a Cristo como la plasmación de Dios en el hombre por medio del Espíritu. Es decir, cómo el Espíritu realiza en el hombre la nueva creación que nos es dada en Cristo Resucitado y entonces descubre el sentido de su vida en este mundo. Cristo es el hombre vincular pleno hecho carne, esto es, hecho historia. Él es el hombre que vivió el vínculo con sus cuatro dimensiones (con el mundo, con él mismo, con los demás y con Dios) plenamente vivo y, si bien sufrió la tensión que corta el vínculo, nunca se dio, gracias al amor del Padre y la fuerza del Espíritu que siempre circuló por los canales de su ser.

La nueva creación que inaugura Cristo con su entrega de la vida por amor al hombre manifiesta cómo es que Dios revela el ser del hombre en su plenitud. Cristo es el hombre nuevo, Cristo es el ser humano integral que ha restaurado todos los vínculos que sostienen el ser del hombre. Por medio de él es que ahora sabemos cuál es el hombre que Dios crea a su imagen y semejanza: el hombre pleno. Por esto, toda nuestra vida tiende a estar tensionada a dejarnos salvar en nuestros vínculos constitutivos, para que podamos ser imagen de la Imagen por la que fuimos plasmados al venir al mundo.

¿Para qué? Bueno, para que podamos hacer lo que hace Cristo y que nos es comunicado por la Palabra de los Evangelios: dar, entregar, ofrecer la vida por amor sin esperar nada a cambio. Por eso, la fuente de la sabiduría radica en el hombre mismo, porque al buscarse a sí mismo encuentra la imagen del Cristo interior que es y desde la cual Dios le comunica su sostén, su gracia, su vida.

Cuando la ruptura de los vínculos obtura los canales por donde circula el ser del hombre y lo encierra en sí mismo, la percepción del Cristo interior plasmada en lo más íntimo del ser humano queda disminuida o muerta. He aquí la dificultad de sentir y creer en la dignidad propia y del hermano, en la del mundo como creación y no sólo mera naturaleza, en la del amor como fuente y destino del ser del hombre. Sólo esa dignidad es la que le permite al hombre creer que un Dios como el de Jesús sea real, verdadero y divino. Por eso, cuando nos enamoramos de la dignidad del hombre, del mundo y del amor, nace en nosotros el deseo de ofrecer la belleza de nuestra vida por la verdad.

Por Emmanuel Sicre SJ

 

Diccionario de Espiritualidad Ignaciana

Una obra que reúne diferentes explicaciones de conceptos de la espiritualidad ignaciana enmarcados en su contexto, y desde diferentes perspectivas. El  mismo ha sido elaborado por el “Grupo Espiritualidad Ignaciana” varios años de trabajo.

Entre la muy abundante literatura ignaciana se echaba de menos una amplia y rigurosa síntesis que pudiera ofrecer de forma sistemática y clara los elementos más significativos del carisma y la espiritualidad del Santo de Loyola. El “Grupo de Espiritualidad Ignaciana”, tras siete años de trabajo, ha elaborado este Diccionario que pone los elementos fundamentales y conexos del carisma del fundador de la Compañía de Jesús al alcance de los laicos, de las personas consagradas, de sacerdotes y jesuitas.

Aunque el hilo conductor de la obra es la “espiritualidad”, el Diccionario incluye otras perspectivas complementarias como la histórica, la bíblica, la antropológico-psicológica o la lingüística para abordar de una manera integral, la riqueza de la herencia ignaciana.

El Diccionario incluye 383 artículos, redactados por un equipo internacional de colaboradores. Hasta 157 especialistas de 25 países diferentes han aportado sus conocimientos e investigaciones. Las más de 3.800 referencias bibliográficas, cuidadosamente seleccionadas, abren un sinfín de puertas a la “curiosidad ignaciana” del lector.

La obra contiene, además, una propuesta de lectura sistemática y siete mapas conceptuales para facilitar el acceso a este inmenso caudal que ahora se ofrece en estos dos bellos volúmenes. Una obra, sin duda, novedosa y singular, de consulta obligada para posteriores estudios sobre la espiritualidad ignaciana.

Fuente: Blog Espiritualidad Ignaciana