La Vida como Misión

Un texto que invita a reflexionar sobre cómo vivimos ‘nuestra misión en la vida’.

Por Sergio Gadea SJ

Si me llegan a decir hace unos años que mi misión en la vida iba a pasar por echarle horas a aprender alemán, creo que me hubiera echado a reír. Y sin embargo, aquí estamos, sin heroísmos, echando horas al estudio, con toda la paciencia que mi inquietud y mi ímpetu me permiten, y tranquilamente aceptando que mi misión pasa por estas tareas.

Hablar de misión es hablar del sentido de la vida: reconocer que tienes una misión dice mucho de tu identidad, de tus orígenes, de tus sueños y del por qué haces las cosas. Para empezar, afirma que te tomas bastante en serio aquello que haces. Es decir, que eres capaz de focalizar tus propios intereses en pro de una dedicación máxima a aquello que te apasiona. Y de hacer con más alegría aquello que toca hacer aun sin ganas (como hacer cientos de ejercicios de alemán).

Los auténticos apasionados por la vida que he conocido han sido personas con una misión. A pesar de que esto suena rimbombante, las misiones no suelen ser por lo general grandiosas. Una misión se caracteriza por ser precisa, concreta, a veces con nombre y apellidos, siempre uniendo el día a día con la utopía: cansarse cada día conviviendo con los niños de un centro de menores porque merece la pena luchar por su futuro; salir cada día a los campamentos donde viven cientos de migrantes que quieren pasar a Europa porque el Espíritu sopla en su búsqueda de dignidad; preparar apasionadamente una clase para alumnos de la ESO aunque lo que se busque es ayudarles a crecer en su auténtica plenitud humana; acompañar a una comunidad buscando que Dios tenga un lugar más grande en la vida de todos; ser madre o padre, desde luego, también es una gran misión. Y espero que mis horas de alemán, de algún modo, se puedan unir a todos estos esfuerzos.

Todas las misiones tiene objetivos más o menos concretos. Pero conviene no confundir estos objetivos con una ambición o una meta propia. Lo que le da valor a la misión es el esfuerzo por responder a la necesidad de otros. Todo ello configura un modo de vida que llamamos “servicio”, donde las aptitudes personales se unen a las exigencias de la realidad para darle un valor añadido al tiempo empleado y a la tarea en sí. La recompensa no es tanto un resultado positivo (por el que ciertamente se trabaja) como el sentimiento de plenitud por haber entregado la vida.

A poco que estemos atentos a los periódicos descubrimos que nuestro mundo está lleno de causas por las que merece la pena luchar. Pero no todas tienen que ser para nosotros. Una característica propia de la misión cuando se vive de manera cristiana es que esta no se elige. De algún modo, la misión “nos elige” y a ella nos sentimos enviados. Un gran ejemplo es Santa Teresa de Calcuta, quien durante un viaje por la ciudad se acercó a un enfermo de la calle y sintió que cuando este le dijo “tengo sed” era Jesús mismo quien le estaba hablando. Y a partir de aquel día se entregó por completo a los más pobres de entre los pobres, primero en su ciudad, luego en todo el mundo. Pero hay ejemplos más cercanos: quien se sintió llamado a entregarse a la causa ecológica después de ver la “seta” de contaminación sobre su ciudad; o quien después de un voluntariado con niños entendió que su misión en la vida pasaba por dedicarse a la enseñanza.

Y es que Dios sigue llamando a la misión. Lo hace de manera continua, a través de la realidad, a través de nuestros sentidos. Quizás tal vez no tengas aún claro a qué vas a dedicarte en la vida aunque quieras dejar tu huella en este mundo. Y sientes el deseo de entregarte con generosidad, huyendo de la comodidad. Puedes empezar por pensar que tener una misión es para todos, no para unos privilegiados. Pero hay que dejar de imaginársela como algo espectacular o como una autorrealización personal. Empieza por abrir los ojos, por escuchar y por sentir: la misión está ahí esperándote a que te arremangues la camisa, a que te unas a muchos otros apasionados y a que sirvas con alegría. Yo, mientras, a seguir estudiando alemán.

Fuente: Pastoral SJ

Motivos Para la Esperanza: Ante Tantas Desesperanzas

¿En qué tienes depositada la esperanza? ¿Qué cosas sientes que te la van robando día a día?

Por Iñigo Alcaraz, SJ

Parece que lo que te pasa no lo entiende nadie. Crees que todo ese esfuerzo es invisible, inútil y cae en el vacío. Nunca nadie hizo tanto daño, ni enterró a sus hijos con tanto dolor, ni sufrió una amputación del alma tan profunda. Cómo alguien va a comprender lo que sucede en una cama de oncología infantil, en una residencia donde un anciano mira por la ventana recordando una vida que ya a nadie le importa. Cómo comprender la fatiga de una madre rescatada por un miembro de Salvamento Marítimo esta madrugada. El malestar de un niño que no quiere ponerse de portero en el patio, por lo que dirán sus aparentes amigos. Cómo alguien va a acoger la infidelidad en la que vive esa pareja de novios, donde uno ama y otro juega. Cómo alguien puede acompañar la infinita soledad de quien ha sido maltratada, de quien se levanta en la calle y sabe que hoy volverá a beber para soportar el frío del corazón, ese que hiela la existencia. Quién entiende a un universitario que solo escribe en una pantalla por miedo a conversar con sus compañeros, quién quiere hablar de esa herida familiar por todos conocida y silenciada. Nadie tuitea los sueños dados por perdidos, los anhelos que la vida te alejó. Ves inalcanzable volver a sentirte bien con tu cuerpo, formar una familia, hacer sonreír a quien te ha querido tanto, acercarte al agobio profesional de aquellos que tienes cerca. Qué más da saber cómo se llama tu vecino, qué importa llegar a un lugar ofreciendo ayuda, facilitar la vida de la gente. Si al final, lo que cuenta es aprobar, colarse, sacarlo, pasar, llegar.

Es una experiencia universal de sombra. La necesidad de sobrevivir en la jungla. La finitud como verdad última. La desesperanza. Hay muchas razones para pensar así.

Sólo una para la esperanza: Dios, para el que nada ni nadie será olvidado.

Fuente: Pastoral SJ

Tomar Conciencia de Nuestros Límites

Reflexión del jesuita Ignacio Rey Nores SJ para el multimedio de la Iglesia Católica de Montevideo en el que habla de la aceptación de la propia fragilidad y lo que esto puede enseñarnos para la vida.

 Somos conscientes de que no somos creaturas cerradas ni perfectas, siempre hay algo en nosotros que falta, algo que sobra… Hay límites que tienen que ver con cuestiones físicas, psicológicas, existenciales, vitales, cosas que no he llegado a alcanzar y puede que me frustren…

¿De qué me sirve tomar conciencia de estos límites?

En este mundo en que vivimos, donde todo tiene que ser exitoso, resonante, la invitación hoy es a acoger la realidad de lo propios límites; acoger la realidad de que hay algo en uno que no es perfecto ni tiene por qué serlo. Aceptar esta realidad nos ayuda a esquivar la neurosis que genera querer estar a la altura de una vara que quizás no queda demasiado alta. Tan alta que nunca la alcanzamos y acabamos viviendo frustrados.

Algunos aprendizajes que me ha ayudado a mí a aceptar la propia fragilidad:

El primero, es que nos abre a la fragilidad del otro desde el respeto.

Si yo soy consciente de mis fragilidades, de lo que no me sale bien, de lo que me duele, también voy a tomar especial cuidado con los límites que percibo en el otro. Voy a tratar de generar conversaciones que ayuden a un acercamiento y no a provocar un rechazo, una tensión… cuando yo tomo conciencia de mi propio límite me animo incluso a mirar el límite del otro con un deseo casi como de acariciarlo, de sanarlo, de curarlo… Porque he tomado conciencia de que Dios se ha acercado a mí por mis límites, no por mi perfección. “No he venido por los sanos sino por los enfermos” dice Jesús más de una vez.

El segundo aprendizaje, ligado a este anterior, tiene que ver con la capacidad de perdonar.

Si yo descubro en mis límites, en mis pecados, que Dios viene a mí; y que mi pecado es también ocasión de que Él muestre su fuerza salvadora, su capacidad de misericordia, es una experiencia que me va moviendo desde dentro a acercarme al límite y el pecado del otro con afán de perdonarlo. Y de entender que el otro no siempre va a obrar correctamente para conmigo: que puede haber situaciones que lo hayan llevado a equivocarse en su manera de decir las cosas… Si yo siento también que Dios toma en serio mi fragilidad, mi límite, nace como gesto humano, el perdonar con mayor facilidad.

Y el tercer aprendizaje es que el límite nos va haciendo más sabios, más prudentes.

Hay cosas que ya se que no puedo hacer, que no estoy para eso. En el deporte, una lesión hace que uno después no intente meterse en una cancha a hacer tal o cual jugada. Asume que está para jugar de una determinada manera, porque es consciente de su límite. También puede pasar cuando nos toca enfrentar a un adversario. El adversario siempre va a querer enfrentando buscando cuál es tu límite… Son tácticas. Quizás no las más sanas. Pero sí es cierto que vamos aprendiendo a jugar en la vida tomando consciencia de que hay límites que nos llevan a ser más cautos. En la medida en que nos vamos conociendo más a nosotros mismos, podemos poner todo lo que somos en juego, y con ello nuestros límites. En favor nuestro, y también en favor de otros.

Ojalá que esa consciencia del límite nos ayude a ir a Dios con humildad, pidiendo: “Señor, seguí obrando en mí, seguí sanando, seguí curándome”. Y sobre todo, que te haga más humilde, más sencillo para con las fragilidades y debilidades de tus hermanos.

Vayamos y Veamos

Una reflexión para preparar el corazón antes durante estos días que quedan de Adviento.

Por Emmanuel Sicre SJ 

Un trabajador mañanero de esos que esperan al sol con el mate salió esa madrugada como siempre. Acorralado en un colectivo lleno de personas iba a cumplir con su rutina. Mientras dejaba pasar miles de pensamientos por su mente, lo visitó una promesa que había escuchado desde niño en labios de su abuela. Dicha promesa rezaba: “todo va a cambiar alguna vez para nosotros y seremos felices”. Con certeza podía decir que la vida no había sido fácil. Extrañado aún de haber recordado aquellas palabras, sintió que desde lo más hondo del corazón le brotó un inexplicable deseo: ver a Dios.

Y entonces su viaje comenzó a tomar otro cariz. Empezó a mirar a todos a su alrededor como si fueran sus hermanos. “¿Qué tal si todos hubiésemos compartido la misma infancia, los mismos juegos, los mismos padres, los mismos sueños? ¿Y si todos escucharon a la abuela pronunciando la promesa?”, se decía mientras su ánimo recobraba un vigor propio de un joven enamorado o de un niño esperando a los reyes magos. Sin embargo, no le faltó la sospecha horrenda de que la promesa de la abuela o era demasiado grande para ser verdad, o era un cuento de hadas. Ambas, le provocaban cierto temor. Fue entonces cuando, en el medio del tumulto pegajoso del transporte público, el calor de diciembre, y el estresante clima político del momento, vio entrar a una mujer con una niña muy chiquita en sus brazos. “Mmm, ¿y ahora?”, se dijo para adentro. Estaba demasiado lejos como para ayudarle a encontrar un asiento.

De repente, todos en el colectivo hicieron un silencio asombroso y prestaron atención a la escena. Un joven de auriculares apagados se paró y le cedió el puesto con dulzura. Fue, por lo menos y en estos tiempos que corren, algo raro. Todos tranquilos volvieron a concentrarse en su viaje. Pero la sorpresa no acababa allí. Los tres extranjeros que venían a su lado hablando con orgullo una lengua incomprensible apuntaron para el asiento de la joven madre y su niña. Otra vez silencio. Todos expectantes. Sin mediar palabra le acercaron una botella de agua fresca que sudaba, una toalla limpia para secarle la traspiración del rostro y un sonajero de campanitas de colores que sonaba tan armónico que todos los que venían escuchando música suspendieron sus aparatos. “Ahora sí”, se dijo a sí mismo. Y es que en el momento en que la bebé sonrió a carcajadas y todos en el colectivo rieron con ella, descubrió que la promesa de la abuela no sólo era real, sino que todos la habían escuchado alguna vez.

 Que Dios nos regale escuchar la promesa, abrir los sentidos y dejar que lo de siempre se convierta en camino a Cristo que viene.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

Preparativos de Adviento

Los preparativos de diciembre a veces nos dejan poco espacio en el corazón y en la vida para prepararnos para La Venida.

Ya estamos en diciembre. ¡Qué vértigo! La Navidad a la vuelta de la esquina. Ya toca prepararse. Hace semanas que la gente hace reservas para las cenas de empresa o de amigos. Empiezan a subir, cada vez más rápido, los precios de turrones, carnes y pescados de fiesta. Las calles se adornan (con un gusto cada vez peor, todo hay que decirlo), con una mezcla de símbolos florales, luces y algún vestigio religioso –cada vez menos para no herir sensibilidades–. Empieza el baile de fechas: ¿viajaré este día, o este otro? Nos veremos pronto las caras con la familia. Hay que comprar lotería, que este año toca seguro. Y si no, que haya salud. ¿Trapitos de gala para cenas y festejos? Algo caerá.

Prepararse por dentro

El Adviento que comenzamos es tiempo de disponerse a algo grande –pero que a veces queda silenciado ante el folklore de diciembre–. Porque cuando llega algo que esperas con ansia, ¡anda que no le das vueltas! A veces hasta te quita el sueño, por la ilusión, la incertidumbre, el deseo de que las cosas lleguen, de ver a ese ser querido, de saber el resultado de un examen muy importante para ti, de tantas cosas. ¡Pues lo que estamos esperando es alucinante, grande, inmenso!

Es tiempo de disponernos a un encuentro, algo que no por sabido deja de ser nuevo. Un encuentro con un Dios al que, una vez más, admiramos como ser humano. Un encuentro con una lógica (la de la encarnación, un Dios capaz de hacerse humano con todas sus consecuencias), que nos desborda. ¿Cómo prepararse? Desde la gratitud por lo que uno tiene. Desde la escucha de esas promesas de un Dios que te dice: «vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia, para estar presente ahí. Vengo a ti»

Fuente: Pastoral SJ

Seguir a Jesús… Aprehender a Jesús

Seguir a Jesús implica un compromiso, una ‘conversión’ de la propia vida que, de a poco, la vaya transformando por completo.

Por Leticia Alonso

¿Te imaginas esta escena en el evangelio? «Jesús les dijo: Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. De inmediato pulsaron ‘¡me gusta!’… y siguieron pescando». ¡Menudo chasco! ¿Cómo hubiera continuado entonces la historia de los primeros seguidores de Jesús?

Está claro. En el seguimiento a Jesús no basta un ‘me gusta’. A Jesús no le basta engrosar su lista de seguidores con un amigo más. Jesús nos anima a dar respuestas que empiezan por ahí, para ir más allá: ‘me inquieta’, ‘me comprometo’, ‘quiero’.

Esas respuestas pasan por el deseo profundo de parecernos a él, de imitarle en sus modos, en cómo se relaciona, cómo mira la realidad y la afronta, qué dice, cómo ama, cómo entiende la justicia, cómo apuesta por cada persona, en especial por los más pobres… Es maestro que enseña y modelo al que imitar. Pero esto no siempre es sencillo. El seguimiento a Jesús no es algo evidente, que nos surja de manera natural, a veces porque no lo entendemos, porque no se lleva, a veces porque no hemos aprendido a hacerlo… Responder a Jesús pasa por formarnos, entre otras cosas, en el entendimiento y en la caridad.

Leer, estudiar, acudir a charlas, realizar cursos… nos puede ayudar a ordenar nuestras ideas y argumentos, a alimentar el entendimiento de nuestra fe en el camino hacia su madurez. Cuidar nuestras relaciones, vivirlas de una manera altruista y generosa, desde la reconciliación sincera (aunque duela) y el amor entregado (aun con sus limitaciones)… Acercarse a otras realidades, dejarse tocar por ellas, pringarse las manos y sentirse afectado… Exponerse, arriesgarse, siendo conscientes de por qué lo hacemos, de qué nos mueve, y desde ahí leerlo, releerlo, aprender… Cada momento es una oportunidad para formarnos en la caridad y entrenarnos en el amor: a amar se aprende amando.

Conocer a Jesús nos lleva a seguirle, a seguirle de cerca para conocerle más, para estar con Él. ¿Seguir a Jesús? Aprehender a Jesús en la propia vida.

Fuente: Pastoral SJ

 

Concepción del Ser Humano en el Marco de una Ecología Integral

Una reflexión a la luz de la encíclica Laudato Si’ que nos da pistas de cómo mirar el rol de la humanidad en el universo.

En su encíclica sobre «el Cuidado de la Casa Común» el Papa Francisco sometió a una rigurosa crítica el clásico antropocentrismo de nuestra cultura a partir de una visión de ecología integral, cosmocentrada, dentro de la cual el ser humano aparece como parte del Todo y de la naturaleza. Esto nos invita a revisar nuestra comprensión del ser humano en el marco de esta ecología integral. Cabe subrayar que las contribuciones de las ciencias de la Tierra y de la vida subyacentes al texto papal vienen englobadas en la teoría de la evolución ampliada. Ellas nos han traído visiones complejas y totalizadoras, insertándonos como un momento del proceso global, físico, químico, biológico y cultural.

Después de todos estos conocimientos nos preguntamos, no sin cierta perplejidad: ¿quiénes somos, al final, en cuanto humanos? Intentando responder diríamos: el ser humano es una manifestación de la Energía de Fondo, de donde todo proviene (Vacío Cuántico o Fuente Originaria de todo Ser); un ser cósmico, parte de un universo, posiblemente entre otros paralelos, articulado en once dimensiones (teoría de las cuerdas), formado por los mismos elementos físico-químicos y por las mismas energías que componen todos los seres; somos habitantes de una galaxia media, una entre doscientos mil millones y de un planeta que circula alrededor del Sol, una estrella de quinta categoría, una entre otros trescientos mil millones, situada a 27 mil años luz del centro de la Vía Láctea, en el brazo interior de la espiral de Orión; que vive en un planeta minúsculo, la Tierra, considerada un superorganismo vivo que funciona como un sistema que se autorregula, llamado Gaia.

Somos un eslabón de la cadena de la vida; un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens, dotado de un cuerpo de 30 mil millones de células y 40 mil millones de bacterias, continuamente renovado por un sistema genético que se formó a lo largo de 3.800 millones de años, la edad de la vida; que tiene tres niveles de cerebro con cerca de cien mil millones de neuronas: el reptiliano, surgido hace 300 millones de años, que responde de los movimientos instintivos, en torno al cual se formó el cerebro límbico, responsable de nuestra afectividad, hace 220 millones de años, completado finalmente por el cerebro neo-cortical, surgido hace unos 7-8 millones de años, con el que organizamos conceptualmente el mundo.

Portador de una psique con la misma ancestralidad del cuerpo, que le permite ser sujeto, psique ordenada por emociones y por la estructura del deseo, de arquetipos ancestrales, y coronada por el espíritu que es aquel momento de la conciencia por el cual se siente parte de un Todo mayor, que lo hace siempre abierto al otro y al infinito; capaz de intervenir en la naturaleza, y así de hacer cultura, de crear y captar significados y valores y de preguntarse sobre el sentido último del Todo y de la Tierra, hoy en su fase planetaria, hacia la noosfera, por la cual mentes y corazones confluirán en una Humanidad unificada.

Nadie mejor que Pascal (†1662) para expresar el ser complejo que somos: «¿Qué es el ser humano en la naturaleza? Una nada delante del infinito, y un todo ante la nada, un eslabón entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde viene y el infinito hacia donde va. En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Chardin). Siendo todo eso, nos sentimos incompletos y todavía naciendo pues nos percibimos llenos de virtualidades. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos. Y a pesar de ello experimentamos un proyecto infinito que reclama su objeto adecuado, también infinito, que solemos llamar Dios o con otro nombre.

Y somos mortales. Nos cuesta acoger la muerte dentro de la vida y la dramaticidad del destino humano. Por el amor, por el arte y la fe presentimos que nos transfiguramos a través de la muerte. Y sospechamos que en el balance final de las cosas, un pequeño gesto de amor verdadero e incondicional vale más que toda la materia y la energía del universo juntas. Por eso, sólo vale hablar, creer y esperar en Dios si Él es sentido como prolongación del amor en forma de infinito. Pertenece a la singularidad del ser humano no sólo aprehender una Presencia, Dios, pasando a través de todos los seres, sino entablar con Él un diálogo de amistad y de amor. Intuye que Él es el correspondiente al deseo infinito que siente, Infinito que le es adecuado y en el que puede reposar. Ese Dios no es un objeto entre otros, ni una energía entre otras. Si así fuera podría ser detectado por la ciencia. Se presenta como aquel soporte, cuya naturaleza es Misterio, que todo sostiene, alimenta y mantiene en la existencia. Sin Él todo volvería a la nada o al Vacío Cuántico de donde irrumpió cada ser. Él es la fuerza por la que el pensamiento piensa, pero que no puede ser pensada. El ojo que ve todo pero que no puede verse. Él es el Misterio siempre conocido y siempre por conocer indefinidamente. Él atraviesa y penetra hasta las entrañas de cada ser humano y del universo. Podemos pensar, meditar e interiorizar esa compleja Realidad, hecha de realidades y es en esa dirección como debe ser concebido el ser humano. Quien es y cuál es su destino final se pierde en el Incognoscible, siempre de alguna manera cognoscible, que es el espacio del Misterio de Dios o del Dios del Misterio. Somos seres siendo sin parar. Por eso es una ecuación que nunca se cierra y que permanece siempre abierta. ¿Quién revelará quiénes somos?

Fuente: CPAL Social

 

Abrazos de Vida

Prestar atención a los gestos que hablan el lenguaje de Dios

Por Natxo Morso

Hay gestos cotidianos que nos ayudan a descubrir en profundidad quienes somos realmente. Un abrazo, un beso, una mano en el hombro, una mirada serena… Son gestos que nos recuerdan que somos seres básicamente amados. De acuerdo que hay momentos donde esto no es tan evidente pero, con todo, hoy más que nunca es urgente entrenar esa sensibilidad que nos permita rastrear esos gestos que en tantas ocasiones se nos escapan, como el agua entre los dedos.

Sin duda este es el lenguaje de Dios, no el de las palabras, sino el de los gestos, que dan contenido a tantas palabras ya desgastadas. Gestos que condensan esa realidad básica y primera, la de ser amados, a la que todo ser humano aspira en su interior, y a la vez, a la que tantos se ven privados de ella.

Hoy, como ayer, seguimos llamados a reproducir esos mil gestos de amor, que ayuden a nuestros semejantes a experimentar el abrazo de Dios. Esos gestos que nos alienten en nuestros cansancios y que nos alivien las heridas de cada día. Es la mejor forma de expresar, sin decir palabra alguna: «Tú también eres amado en el Señor Jesús» y así, despertar a una nueva conciencia de sí mismo, más digno, más libre, más querido, más humano, en definitiva, sentirse hermano/a.

Quizá todavía hoy existan muchos rincones de nuestro planeta donde todavía no hayan descubierto esta verdad profunda. Pero, a decir verdad, somos muchos más los brazos capaces de hacer llegar esos gestos a tantos que aún esperan ese abrazo. Dios, como tú y como yo, se apaña mejor con los gestos. Son precisamente estos, los que permiten a nuestros semejantes, los pequeños y olvidados, descubrirse hoy hermanos.

Fuente: Pastoral SJ

Adviento: Compartir la Alegría

Evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!

Por Néstor Manzur SJ 

El tiempo de Aviento es un tiempo de reflexión, de “bajar un cambio” diríamos hoy y de repasar y repensar algo que esta a punto de suceder: la novedad de la llegada del “Emmanuel”, el que nos trae la buena noticia. Y de esto justamente me gustaría escribir hoy.

El mundo y los medios de comunicación nos ponen día a día frente a las “realidades” del mundo, pero casi siempre estas realidades tienen que ver con: violencia, catastrofes, corrupción, etc. No son “malas noticias” son las que se muestran y casi no hay una buena noticia para compartir. Mirando a nuestro alrededor, a veces nos sucede a nosotros mismos, cuesta encontrar personas que nos den una BUENA noticia, muchas veces rodeados de “pesimismo” nos cuesta encontrar la Buena Nueva, y nos cuesta dar la Buena Nueva.

María es la imagen de aquella persona que no se “guardó” la buena nueva, sino que la dio a conocer, y la dio a conocer a través del servicio, se puso en camino para compartir la alegría de la vida con su prima Isabel. Un encuentro cargado de Gozo, de saltos y emociones. Las personas que comparten la alegría laten al unisono y hasta sus vientres gozan de ese encuentro.

Si hoy nos pusiéramos a repasar nuestro corazón, la pregunta sería: ¿Cuántas alegrías he compartido con mi prójimo este año? ¿He sido capaz de dar “buenas nuevas” y disfrutado de contarlas? O en un mundo de pesimismo ¿me sentía culpable de dar buenas noticias y me las guardaba solo para mi?

Ese Emmanuel, que esta hoy dentro mio quiere renacer, quiere darse a conocer y darme a conocer la felicidad, las palabras de Isabel son también para mí: ¡Feliz la/el que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Recibir y dar “buenas noticias” me hacen feliz y hacen felices a quienes están cerca mio, hacen feliz a una sociedad que necesita “buenas nuevas”.

Que ojalá este tiempo de Adviento nos encuentre como María, en camino, con la buena nueva, y que al encontrarnos con los demás podamos darla a conocer en el servicio que se hace justicia cuando se lo prestamos al mas necesitado. Que Dios que se hace carne en Jesús, nos anime día a día en el camino de compartir la alegría a través de las buenas noticias.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

La Muerte como Parte de la Vida

Ana Núñez, enfermera uruguaya, egresada de la carrera y estudiante de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) cuenta su experiencia y visión de los cuidados paliativos y de la interacción entre pacientes, médicos y otros profesionales de la salud.

Estudiante de la Maestría en Cuidados Paliativos, Ana Núñez se especializa en brindar calidad de vida a pacientes terminales. Pasó gran parte de su niñez en centros de salud: su madre era enfermera y, mientras trabajaba, Ana hacía los deberes en los hospitales. Será por eso que para ella los servicios de salud y el cuidado de los enfermos siempre fueron algo natural, “de todos los días”.

Ana Núñez se licenció en Enfermería por la UCU y cursa la Maestría en Cuidados Paliativos que ofrece la Facultad de Enfermería y Tecnologías de la Salud. Actualmente se desempeña en la Unidad de Cuidados Paliativos Oncológicos de la Asociación Española, trabajo que requiere de profesionalismo y actitud de servicio para acompañar a los pacientes durante sus últimos días de vida. Profesionalismo y trabajo en equipo

“Tratamos con pacientes que están en una etapa terminal, entonces es fundamental lo que aportes al bienestar físico, psicológico y también espiritual” de los pacientes, contó Ana. Y ese aspecto es justamente lo que más le gusta de su trabajo “el contacto con la gente, pero en una situación en donde yo puedo brindar lo que aprendí”, destacó. En esta especialidad, el abordaje es holístico e integral por lo que es necesaria la presencia de diferentes miradas y abordajes.  Es, sin dudas, un trabajo en equipo: “somos cinco médicos, todos oncólogos especializados en cuidados paliativos, tres auxiliares de Enfermería y yo, la única licenciada en Enfermería”.  También tienen el apoyo de la psicóloga, fundamentalmente para el paciente y su familia, “pero que muchas veces nos da herramientas para afrontar como equipo determinadas circunstancias en el relacionamiento con el paciente y con la familia”. El aporte de la MaestríaAna destacó algunas asignaturas que le abrieron el espectro sobre cómo posicionarse frente a una persona en una situación terminal, el respeto a su ser, no desde lo religioso sino desde lo espiritual. Este enfoque también colabora en lograr empatía con el paciente, porque “si no hay empatía, si no hay algo que nos conecte, mal vas a poder acompañar a esa persona”.

Por otra parte, destacó las clases de Antropología que también complementan a los cursos que tienen más que ver con los cuidados médicos y de enfermería. Otro paradigma Para Ana, la muerte es parte del proceso: “nacemos, vivimos y morimos”. Por eso trabaja desde un paradigma diferente: “hay pacientes que no se curan pero que tienen derecho a tener calidad de vida hasta el último día (…) Esa gente vive y tiene derecho a vivir dignamente. Con los conocimientos que tenemos en nuestro equipo, si podemos dar calidad de vida…  ya está, cumplimos con nuestra misión. Para el cirujano la muerte es fracaso, para los cuidados paliativos la muerte es parte de la vida”.

Fuente: UCU