P. Juan Berli SJ sobre la misión del Hogar de Cristo: «De la cueva al Hogar»

Un Artículo extraído de la publicación anual «Jesuitas 2023», que presenta diversos testimonios de La Familia Grande Hogar de Cristo, «Virgen de Luján».

«Nuestras “villas” son ámbitos de impermeabilidad de la justicia, donde la policía no entra, a no ser que esté aliada con los narcos. Lamentablemente es muy fácil consumir y traficar; por los pasillos se pelean por venderte. Una noche me encontré en un calabozo suplicándole a un Dios que ni conocía, que, si de verdad existía, me sacara de ese estado de situación de calle por consumo. Fue ese mismo amanecer que me encontró un excompañero de colegio quien, conmovido por verme en tal abandono, me llevó a su casa, me dio ducha, ropa y comida, y al otro día me llevó al Hogar de Cristo» (Lucas Sánchez).

Amar al estilo de Jesús, sabiendo del riesgo de construir un ámbito del Reino en nuestras comunidades religiosas y parroquiales en el Hogar de Cristo, fue y sigue siendo el desafío que nos presentó la Providencia, mientras discurríamos en el encuentro de Provincia sobre cómo asistir y rescatar a los jóvenes en situación de calle por consumo. Hoy celebramos el poder transformador del atrevimiento emprendido.

«Llegar a las fronteras de las heridas familiares, de las que quiebran la unidad y de las que es muy vergonzoso hablar por el desbordamiento de las adicciones. Entrar a las periferias existenciales que están al margen de la misericordia de Dios» (P. Rafael Velasco).

La Familia Grande Hogar de Cristo nace diez años atrás, con sacerdotes de la arquidiócesis de Buenos Aires, inspirados y acompañados por el Papa Francisco. Comenzaron abriendo las parroquias, desde una fe que construye comunidad, a personas marginales cuya dignidad había sido gravemente dañada, actuando como un «hospital de campaña» para ofrecerles otra oportunidad de formar parte de una familia.

La obra del Padre Hurtado guio la elección del nombre. Las consignas del cardenal Bergoglio fueron sus líneas de acción: «Abrazar la vida como viene y al hermano como es», sin prejuicios ni condicionamientos; «apostar al calor de hogar, para reconstruir vínculos de familia»; «optar por un modelo de Iglesia antes herida por salir a la calle que enferma por quedar encerrada en sí misma».

«Nosotras, mujeres de la parroquia, los acompañamos en la reflexión del evangelio cada mañana, los aconsejamos para administrar el dinero, facilitamos la revinculación con sus familias, y cuando hace falta los reprendemos con el cariño propio de una madre» (Yanina Fernández).

«El paisaje parroquial y barrial ha cambiado. El joven que antes estaba en la esquina fumando sustancias o bebiendo alcohol, ahora participa de las labores comunitarias parroquiales, prestando servicios a la comunidad: cocina en centros comunitarios, colabora con la limpieza, está al cuidado del jardín, participa en las actividades en los festejos parroquiales. Ese joven es quien recibe a los que llegan a consultar actividades y a quienes piden iniciar el tratamiento» (P. Fabio, SJ).

«El carisma ignaciano nutre la recuperación desde los Ejercicios Espirituales. Los jóvenes transmiten permanentemente su gratitud, aportando con sus dones y capacidades, mientras sacan lo mejor de nosotros. Les conmociona recibir apoyo de las personas que creen en ellos, les da una esperanza nueva. La presencia de Cristo va abriendo caminos y conduciendo hacia aquello que incluso nunca habíamos imaginado. Él “nos primereó”, mientras clama en los heridos del borde del camino. La clave sigue siendo salir del propio amor, querer e interés» (P. Juan, SJ).

«Colaborar en el Hogar de Cristo es recibir y dar amor en abundancia, aprendiendo cada día a amarse mejor a sí mismo, a cuidar y a cuidarse, a valorar al otro y a la propia vida. Está presente el Amor de Dios en una comunidad que los acoge, los integra y los valora; en este hogar sencillo, Jesús clama desde el Sagrario de cada joven y es la fuente que invita a reflexionar la Palabra, contar sus pesares y celebrar las resurrecciones. Yo experimento a este Dios que se ocupa del mañana, en cada cotidianeidad de Amor necesario. Es Quien les abraza su corazón lastimado para sanarlo» (Rosaleen Blanco).

«Llegué a vivir en una cueva al costado del arroyo que está enfrente de la villa. La cavé con mis propias manos. Llegué a ducharme una vez al mes en casa de algún amigo, si es que me dejaba. Vi prostituirse por el vicio a muchas menores amigas. Ellas, dentro de su indigencia, venían a visitarme a la cueva para traerme algo de comida, y consumíamos juntos. Una madrugada, al escuchar chillidos en mi cabeza, desperté con una gran rata que comía mis zapatillas. Ahí fue cuando le pedí a Dios que me diera la oportunidad de una nueva vida y salir del consumo. Hoy sé que Él me envió una vecina, cuyo hijo había muerto por drogas, que, al llevarme té y tortas fritas, me acompañó al Hogar de Cristo» (Gabi Duarte).

 

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