No se entiende lo que no se ve

«Los movimientos sociales seguirán en la justa búsqueda de equidad en el reparto de la riqueza»

Por Virginia Bonard

En la Argentina y desde hace casi 20 años suelen suscitarse enfrentamientos de diversa intensidad pirotécnica entre los movimientos sociales populares y los gobiernos de turno.

Este país latinoamericano, mi país, que dio vida al peronismo en la década del 40 del siglo XX (movimiento político-sindical cuyo principal énfasis estaba colocado en la reivindicación de los trabajadores y la justicia social, liderado por el general Juan Domingo Perón), engendró también un nuevo sector que lucha desesperadamente por ser visibilizado por todos los argentinos: el de los movimientos sociales que surgieron como respuestas comunitarias a la gravísima crisis socio-económica-política (que rebotó contra los límites éticos empujando a la ciudadanía hacia un estado de desconfianza social que en algunos espacios aún sobrevive) que afrontó la Argentina en los años 2001-2002; familias enteras que quedaron sin trabajo se volcaron a las calles a «cartonear» (levantar de la basura cartón y papel para venderlo a mayoristas del reciclado), a buscar en los desperdicios de los barrios más pudientes el sustento cotidiano.

Estos movimientos fomentaron diversas economías populares que, de modo creativo y respetando localías, lograron encontrar nichos de producción según las características de las geografías puntuales y las habilidades de las familias carenciadas que las habitaban. Y sumaron miles. Al mismo tiempo, ese peronismo y junto con él otros partidos políticos no lograron abarcar a estos movimientos en sus filas: los movimientos sociales no tenían sindicatos, no se agregaban a sectores ideológicos tradicionales, simplemente asumieron su propia personalidad y marcaron la cancha de la economía popular desafiando estructuras de expresión política tradicional.

Tanto el kirchnerismo -que gobernó la Argentina del 2004 al 2015- como la alianza Cambiemos que hace lo propio desde fines de 2015 y hasta la actualidad, implementan ayudas sociales desde el Ministerio de Desarrollo Social dirigidas a los miembros de estos movimientos.

Según consigna el diario argentino Clarín en varias publicaciones relacionadas con este tema, fue «durante el primer año de Cambiemos, en 2016, [que] las ‘Orgas’ consiguieron la sanción de la ley de Emergencia Social, que implica 30.000 millones de pesos a distribuirse en los años 2017, 2018 y 2019 en tres partes iguales». Y fue ese mismo diario que también dio cifras sobre los beneficiados: en total son 261.000 personas las que reciben planes sociales de las cuales 60.000 pertenecen a los movimientos descriptos.

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En este contexto y dando relieve a este repaso histórico, la Iglesia argentina acompaña evangélicamente el andar de los movimientos sociales, sus tribulaciones tanto en arenas públicas como privadas.

Monseñor Fernando Maletti, obispo de Merlo-Moreno y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, es el principal referente del episcopado argentino para estos movimientos. Con la Evangelii gaudium en una mano y la Laudato si’ en la otra, Maletti es quien se sienta en la mesa de diálogo que de modo ininterrumpido desde que asumió su cargo lleva adelante la ministra de Desarrollo Social Carolina Stanley junto a los dirigentes de las principales movimientos sociales: Carlos Alderete, Daniel Menéndez, Juan Grabois, Emilio Pérsico y el «Gringo» Castro. Aunque se exalta que Maletti no es garante del diálogo, se sabe que la escucha respetuosa y la palabra que destensa oportunamente han propiciado mucho de la paz renegociada entre el Gobierno y los movimientos.

Este mapa analítico se va completando cuando hacemos foco en el Papa Francisco quien en el Encuentro Mundial de Movimientos Populares, acontecido en Roma el 28 de octubre de 2014, dijo sin vueltas: «Este encuentro nuestro responde a un anhelo muy concreto, algo que cualquier padre, cualquier madre quiere para sus hijos; un anhelo que debería estar al alcance de todos, pero hoy vemos con tristeza cada vez más lejos de la mayoría: tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista». Y Tierra, Techo y Trabajo se convirtieron en las «3 T» que identifican las luchas de estos millones personas que en el mundo hacen visibles a los pobres descartados de las sociedades posmodernas.

Paralelamente y otra vez en la Argentina, un escenario de continuas y masivas expresiones de los movimientos sociales está situado en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Esto trae aparejadas repetidas situaciones conflictivas que colocan en aparentes veredas opuestas a la citada ministra Stanley y a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Tal el repique ocurrido hace unos días cuando Bullrich vinculó a los movimientos sociales, las villas de emergencia y el narcotráfico: «Hemos tenido situaciones de desarme de búnkeres y detenciones de personas que los atendían, y una situación de ataque hacia las fuerzas de seguridad por parte de determinadas personas que participan de ciertos movimientos sociales, intentando parar estos procedimientos. Es necesario que los dirigentes entiendan que las personas que venden drogas no pueden ser protegidas», publicó el diario La Nación. Y estalló la polémica entre las áreas de competencia de Bullrich y Stanley.

También durante la semana pasada, los sacerdotes de villas de emergencia de la capital y el Gran Buenos Aires, acompañados por monseñor Gustavo Carrara, dieron a conocer el documento «Los movimientos sociales y su compromiso por una patria para todos». En él no se defiende tanto a los movimientos populares como que se intenta mostrar el rostro de cientos de miles de trabajadores pobres que no están en blanco, que reciben salario social complementario para seguir «parando la olla», y que a la vez pugnan por entrar al sistema laboral formal porque las economías populares forman parte de la economía grande del país aunque no se la vea. En estos barrios relevados, en perspectiva histórica, prácticamente no hubo presencia del Estado, y en muchos de ellos se instaló el narcotráfico.

«Los vecinos y vecinas son los primeros en padecer las consecuencias, en aquello más sagrado que tienen, en sus hijos e hijas. Eso los ha empujado a organizarse y a pensar no sólo en sus hijos sino en los de los vecinos. Al encontrar un espacio de participación comunitaria en distintos movimientos sociales, empezaron caminos de prevención y de asistencia directa», indica el documento.

Carrara nunca se reunió cara a cara ni con Grabois ni con Pérsico; sin embargo, considera válidas muchas de las argumentaciones que ellos sostienen al dialogar con las instituciones porque buscan visibilizar al pobre, hacer escuchar sus necesidades, acompañarlo en su búsqueda de dignidad.

Los curas de las villas de emergencia comprenden la pobreza y a los pobres de sus barriadas porque los ven: están ellas, celebran ahí la vida con alegría y sufren los impactos de la violencia instalada por el narcotráfico enseñoreado especialmente entre los más jóvenes casi como una fuente de trabajo «digno» más. La lucha por la integración urbana de las villas la semana pasada también tuvo su punto de inflexión pero esta vez fue positivo, y aquí también mucho tuvo que ver la convicción de los sacerdotes de villas junto con las organizaciones sociales: se sancionó la ley de regularización dominial para la integración socio urbana que beneficiará a 4 millones de personas que hoy viven en 4.416 barrios populares de todo el país.

La filósofa española Adela Cortina habla de «aporofobia»: odio al pobre junto a sus lógicas e inmersos en sus contextos. Y si no nombramos a los pobres hasta (quizás) no existen de veras. Saliendo de los sarcasmos, ampliar la mirada implica incluir. Quizás sea el momento de traer unas cifras indicadoras: si el 15% del presupuesto del Ministerio de Seguridad se trasladara, por ejemplo, para recuperación de adictos cambiaría esta realidad y muchísimo.

En tanto nuestras sociedades sigan apañando políticas que desdibujen estigmatizando a estos millones de vidas sumidas en la pobreza y la angustia social que ella conlleva, los movimientos sociales seguirán portando en alto sus banderas en la justa búsqueda de equidad en el reparto de la riqueza que nuestro desigual mundo hoy exhibe sin pudores ante las necesidades básicas insatisfechas de niños, jóvenes, adultos y mayores repartidos en el globo más allá de las geografías.

Fuente: Periodista Digital

 

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