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Reflexión del Evangelio, Domingo 25 de octubre

Por Rafael Stratta SJ

El evangelio de este domingo presenta una escena muy viva y llena de movimiento. Creo que la contemplación de un pasaje como estos puede despertar los sentidos en muchas formas y direcciones diferentes y sugerentes. Pero en este momento, me quiero centrar en una de las actitudes del ciego que me despierta curiosidad: ¿por qué sólo grita desde el costado del camino cuando hubiera podido levantarse antes para llegar a Jesús? Y la palabra que me sale como respuesta es la Iglesia, la comunidad. Creo que la sanación del ciego de hoy es un milagro de Jesús que se da en la Iglesia, por la Iglesia y a pesar de la Iglesia.

Empecemos de atrás para adelante: digo que el ciego se cura a pesar de la Iglesia porque en su búsqueda de ser reconocido y escuchado por Jesús, todo su entorno –su comunidad- no hace más que callarlo. Dice el evangelio que lo “reprendían”, probablemente para no molestar al Maestro. Pero por suerte nuestro Bartimeo era un inconformista y no se queda en el molde, grita más fuerte a pesar de que todos le chisten shhhh… Y sí, hay realidades que como Iglesia preferimos no mirar, o nos cuesta asumir porque nos molestan, nos desencajan, no terminamos de entenderlas y nos cuesta reaccionar: los más más pobres frente a nuestro estilo de vida cómodo, los profetas políticos y sociales a quienes tildamos enseguida de zurdos o gorilas sin filtrar lo que hay de razón en su mensaje, los divorciados, los homosexuales… y la lista es larga.

Pero el evangelio no se queda ahí, en el a pesar de, porque gracias a los gritos de Bartimeo y el pedido de Jesús –“llámenlo”- la comunidad reacciona y la curación se da por la Iglesia. El ciego no se levanta sino hasta que otros lo animan y le dicen que el Maestro lo llama. Imagino que entre toda la multitud se habrá armado una especie de pasillo de gente expectante que le da lugar al ciego para que pueda acercarse a Jesús, de quien tanto esperaba. Y se da el milagro: por la Iglesia el ciego puede escuchar la pregunta del Maestro y expresar su deseo –“que yo pueda ver”. Como comunidad, como Iglesia, no podemos descuidar nuestra conexión con Jesús y el evangelio, él va señalando esas realidades que no queremos escuchar y nos mueve a que tengamos la misma compasión que él muestra, a que se nos muevan las tripas y nos pongamos en acción. Esta es la verdadera dimensión mística de la Iglesia: contacto con Jesús para conmovernos con él y como él y ponernos en acción.

Y finalmente decimos que el milagro de curación se da en la Iglesia. Lo que lo salva al ciego no es una magia espectacular al estilo David Copperfield, sino que lo cura nada más ni nada menos que su propia fe. Pero es una fe genuina: fe que no se puede callar, fe que es generada, alimentada y provocada por Jesús con su pregunta, y fe que tiene que haber sido transmitida por alguien. Si los otros, la comunidad, la Iglesia no le hubieran contado sobre este tal Jesús, Bartimeo hubiera seguido sumergido en su tiniebla, ni se hubiera enterado. Pero había escuchado sobre él, en la Iglesia nos vamos enterando de esta gracia que es el Dios hecho hombre. Y la vida del ciego-sanado sigue en la Iglesia: apenas vio, dice el texto, “lo siguió por el camino”. En la Iglesia, en la comunidad está el camino de seguimiento a Jesús, otros nos van acercando a él, nos van mostrando modos de atender las realidades más marginadas, de encarnar el evangelio, de compadecernos y tener misericordia. Miremos alrededor y descubramos cuántos sanados por misericordia van siguiendo a Jesús en el camino. Y miremos cómo Jesús nos ha sanado a nosotros mismos y qué hemos hecho con este regalo de misericordia.

A raíz de todo esto, me gustaría mencionar dos hechos de Iglesia que marcan este fin de semana: el viernes 23 se cumplieron diez años de la canonización de San Alberto Hurtado. Ciertamente es un apóstol que ha servido en la Iglesia, por la Iglesia y a pesar de la Iglesia. Ha sabido prestar no sólo su oído sino también su vida por las realidades menos deseadas de su ciudad (los más pobres) y nos señaló a muchísimos otros y otras dónde está la gente que grita para acercarse a Jesús porque quieren ser sanados desde lo profundo de su corazón. Él es una gran ayuda para entender este evangelio, porque no siempre tuvo todo clarísimo y también tuvo que ser sanado de su ceguera.

El segundo evento de este fin de semana es la finalización del Sínodo de la Familia. Una reunión como esta se suscita desde las cuestiones abiertas y muchas veces heridas de nuestro mundo, en este caso, de la familia. Aquí hay una buena intención para que pidamos como comunidad y como Iglesia: no ser sordos a los que gritan al costado del camino y, como familia, conmovernos y acercarlos a Jesús para que él nos enseñe cómo tratarlos, cómo caminar junto a ellos en la Iglesia, cómo aprender a ser discípulos sirviéndonos unos a otros.

Que Dios nos de la gracia de ver y de ser Iglesia y comunidad que lo siga por el camino.

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 18 de Octubre

Por Julio Villavicencio SJ

El Evangelio de este domingo es bastante claro. Vemos, a rasgos generales al grupo de los discípulos enfrentados entre sí por las aspiraciones de poder. Cuán importante soy, cuánto me reconocen, cuánto éxito puedo llegar a tener, todo esto reflejado en ese pedido de dos de sus discípulos: “Maestro…, concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda (…) Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos” (Mc 10, 37.41). Tanto tiempo compartiendo con Jesús, y cómo nos cuesta entender su mensaje, así como les pasó a los apóstoles. Jesús escucha esto y el Evangelio dice “Jesús los llamó”. Esta parte me recuerda las veces que peleábamos con mi hermano cuando éramos niños y de repente mamá o papá nos llamaban. Eso era un reto seguro, cuando no, una penitencia. Sin embargo Jesús sigue apostando a sus amigos y aprovecha ese momento para seguir enseñando, entonces “Jesús los llamó y les dijo (…) el que quiera ser grande, que se haga servidor entre ustedes, y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10, 43-44).

Mientras luchamos y peleamos muchas veces por ser considerado grande, que la gente me considere exitoso, reconocimiento y tanta chachara exitista de este discurso mercantilista, la vida se nos está escurriendo de las manos, se nos escapa y ya no volverá. Es ahí dónde el Evangelio nos llega como “palabras de vida eterna”.

Ante estas actitudes, Jesús nos llama y nos dice: “Entre ustedes no debe ser así”, ser grande es ser servidor, dar la vida por otro. Es que esto encierra una verdad fundamental, la vida se gasta queramos o no. Nuestra vida esta para ser entregada, gastada y no hay nada que hacer. Llega un momento en que esta se acaba y la pregunta es ¿en qué gastaste tu vida? ¿En que estas poniendo tu vida en servicio? ¿En qué estás dando tu vida? Preguntas fundamentales que no siempre nos hacemos. Y lo que propone Jesús es servir. Da tu vida para rescatar, para sanar, para que el Reino tenga lugar aquí y ahora. Cada vez que alguien experimenta la misericordia, el amor, el consuelo, cada vez que rescatamos aunque sea con una sonrisa, estamos haciendo lugar al Reino aquí y ahora. Por eso “el que quiera ser el primero, que se haga servidor”.

Ahora, cómo hacemos para que este servicio no se convierta en algo meramente voluntarista, en algo que en vez de ayudar me haga un soberbio, o un deber ser, al cual si pudiera huiría sino fuera por la culpa que me persigue. Creo que el secreto está en mamá. Eso significa que el servicio amigos, nace del amor. Cuando uno se deja tocar por la necesidad del otro, le hace lugar en su corazón y siente dolor por el dolor del otro, surge necesariamente hacer algo para que esa situación cambie. Nace el servicio genuino, el que es por y para el otro. La experiencia de amor busca rescatar al que sufre, y cuando estamos experimentando esto, aquel al que intento servir, me está rescatando a mí. Está haciendo que mi vida tenga sentido mas allá de mí. Este domingo 18, es el día de la madre en Argentina, y si hablamos de servicio genuino que nace del amor, basta que miremos el hermoso oficio de ser mamá, como decía una canción. Ese oficio que nace del amor y se expresa en el servicio, en el cuidado, en la contención. Y hablo de oficio, porque más allá de que sea algo biológico, hay muchas personas que ejercen el oficio aunque no hayan llevado ese hijo en le vientre. Se trata de un amor que hace presente al Reino y en el cual aprendemos a hacer Reino. Valga esta reflexión para dar un gran saludo a todas esas mujeres que tienen el oficio de madre, gracias por enseñarnos a amar. Hasta luego y que tengan un lindo domingo.

Reflexión del Evangelio, domingo 4 de octubre

Por Emmanuel Sicre Sj

Evangelio según San Marcos 10, 2-16.

Se acercaron a Jesús algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. 

Él les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”.

Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, “Dios los hizo varón y mujer”. “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne”. De manera que ya no son dos, “sino una sola carne”. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.

Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. Él les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquélla; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”.

Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

¿Qué hacer con el divorcio? Y ¿cómo considerar a los niños?

La liturgia nos regala dos momentos de la vida de Jesús muy importantes para la comunidad cristiana del primer siglo, cuando se redactaba el Evangelio de Marcos, el primero de todos: ¿Qué hacer con el divorcio? Y ¿cómo considerar a los niños? Ambas cuestiones nos llegan a nosotros hoy donde al parecer aún seguimos buscando cómo enfrentarnos al fracaso en el amor de los esposos y al trato de los niños. El tema es muy serio.

Hoy 5 de octubre comienza en la Iglesia católica un sínodo sobre la Familia que aborda justamente estos temas, entre otros. Veamos algunas actitudes de fondo.

Los fariseos: ellos quieren poner a prueba a Jesús frente a un tema escabroso. En verdad pareciera que la respuesta nos les interesa, sino que tienen la intención de hacer caer a Jesús para tener otra razón para acusarlo. La pregunta que ellos plantean ya está respondida en la Ley. Pero Jesús va más allá de la Ley y los pone en contacto con el origen del amor de la familia humana. Los conecta con el ideal de la creación: De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pero Jesús no es torpe y sabe que entre el ideal y la realidad hay que trabajar mucho. Por eso vuelve a responder a la pregunta de los discípulos cuando llegan a casa. En esto anda la Iglesia en el año de la Misericordia y del sínodo de la Familia.

¿Cómo y qué le preguntamos hoy a Jesús nosotros sus discípulos sobre estas cuestiones difíciles? ¿Acaso nos interesa de corazón saber qué piensa Jesús sobre la realidad de hoy? ¿O tenemos miedo a que nos responda algo que no nos guste? ¿Qué diría Jesús ante la realidad tan dura de los matrimonios que fracasan en su intento? ¿Los condenaría? ¿No será que nos pide al emprender un proyecto de vida que nos conectemos con el origen, en vez de con la Ley? Por eso el Papa Francisco ha dicho que con cuatro charlitas prematrimoniales para un sacramento que dura toda la vida, hay algo que no funciona. Se necesita algo que sea mucho más profundo, más auténtico, más originario en la preparación, que las flores, la iglesia y el cura. Por eso cuando no hubo algo más hondo y honesto desde el principio de la pareja, cuando venció uno sobre el otro y no fueron “una sola carne”, sino una idea bonita pero desencarnada de lo que a cada uno realmente le toca para entregarse al otro, la cuestión no funciona, y en este sentido es que algunas veces se habla de nulidad matrimonial (y no de divorcio católico, cosa que no existe porque nunca hubo matrimonio).

Los discípulos, en el segundo momento, apartan a los niños de Jesús quizá reproduciendo la actitud de la época que no valoraba los niños, (y de hecho muchas veces si sobraban los mataban). Jesús una vez más nos revela cuál es la actitud de Dios para “los que son como ellos”: los más débiles y frágiles de la sociedad son los que reciben la Buena Noticia del Reino. ¿Qué hacer? Tomar la actitud de Dios: acoger a los pequeños y ser como ellos de corazón. Cuidándolos, respetándolos, siéndoles sinceros para que cuando crezcan no se venguen de una familia humana que los maltrata.

Creo que hoy Jesús nos pide unas actitudes hondas: amor, honestidad y cuidado mutuo. No podremos acceder a ellas por nuestra propia voluntad. Es un regalo que se recibe en el diálogo con Jesús desde la realidad que a cada uno le toca. ¿Dejaremos pasar esta oportunidad de disponernos a escuchar lo que tiene para decirnos en nuestra propia conciencia y en la de la comunidad?

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 27/09

Por Matías Yunes SJ

Las lecturas de hoy son duras e incisivas. Y muchas veces le esquivamos a la dureza del Evangelio. Intentamos matizarla con interpretaciones más dulzonas, pero la crudeza de las palabras siguen ahí, calando hondo. Sin duda, estamos en un tiempo particular. Es tiempo de dejar de lado nuestros planes y escuchar a los profetas. El Papa durante su visita a Cuba sintió este llamado en su reunión con los religiosos de la Isla. Ante el testimonio de dos consagrados que hablaron de sus experiencias de pobreza, dejó a un lado su discurso preparado y reflexionó espontáneamente sobre las palabras que acababa de escuchar. Estamos en tiempos donde el Espíritu sopla donde quiere y donde la acción de Dios supera las barreras de nuestros ámbitos conocidos. ¿Cuántos de nosotros, durante esta semana, no hemos quedado sorprendidos por la acción de Dios a través de los gestos del Papa en su recorrido histórico por Cuba y EEUU?. Cuántas barreras se salta el Espíritu cuando lo dejamos soplar y no lo “encorsetamos” donde nos parece más cómodo escucharlo.

Las palabras de Jesús en el Evangelio son un reflejo de las de Moisés a los sabios del pueblo del AT. “El que no está contra nosotros está con nosotros”. Aquí no hay camisetas que valgan ni bandos delimitados. No era común la acción profética en tiempos del éxodo, pero Moisés se da cuenta que Dios quiere transmitir su espíritu a otros para que le ayuden con su misión. “Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor”. Ojalá todos podamos abrirnos a la acción vivificadora del Espíritu que es novedad constante en nuestras rutinarias y acomodadas vidas.

Hablando de profetas, Santiago no tiene pelos en la lengua. Una segunda lectura difícil de digerir. El lujo y el placer de los ricos es la fuente de sus desgracias. La autosuficiencia es la condena que cada uno puede sentenciarse a sí mismo. Ya lo decía también el Papa en estos días: “en el mundo no hay lugar para la pobreza (…) El espíritu mundano no la conoce, no la quiere, la esconde, no por pudor, sino por desprecio, y si tiene que pecar y ofender a Dios para que no le llegue la pobreza lo hace. El espíritu del mundo no ama el camino del Hijo de Dios que se vació a sí mismo, se hizo pobre, se hizo nada, se humilló para ser uno de nosotros”.

Y Jesús nos amonesta con la misma dureza. Si por sólo mirarnos a nosotros mismos somos escándalo para los pequeños nuestra vida no tiene mucho sentido. Los pequeños son los pobres, los indefensos, las víctimas de la injusticia, el hermano que pide mi ayuda. Por lo tanto, si nuestra mano no es ocasión para que la estrechemos hacia otros y los sirvamos con justicia, mejor será cortarla. Porque, aunque sea de nuestras posesiones más preciadas y únicas, no nos servirá retenerlas para nosotros egoístamente. Si nuestros ojos no saben reconocer las dolencias que sufren nuestros hermanos o nunca han visto la necesidad del que grita a nuestro lado, arranquémoslos. Porque habrán perdido la capacidad de sorpresa ante una realidad que necesita de nuestra compasión.

Podríamos matizar nuestro mensaje sabiendo, sin duda, que la invitación de las palabras de Jesús no son a provocarnos un daño físico a nosotros mismos, pero ¿no sería más doloroso que nuestra automutilación la experiencia de una vida vacía y sinsentido por no dejarnos interpelar por los otros y reconocer en la historia la acción de Dios que nos pide una respuesta?

Reflexión del Evangelio, 19 de Julio

Por Gustavo Monzón Sj

La figura del Pastor en el pueblo de Israel, correspondía al líder del pueblo, a aquel referente de la comunidad que era presencia de Dios. Por otra parte, era aquel que estaba llamado a celebrar la Nueva Alianza. En esa función, se habían ido sucediendo “malos pastores”. Aquellos que no atienden a su pueblo, que no son capaces de mantener a las ovejas en el redil. (Jeremías 23, 1-6). Ante esta imagen de Pastor, nos encontramos a la persona de Jesús que se preocupa por su pueblo y va formando Pastores. En este Evangelio, tenemos el doble pastoreo de Jesus. Al interior de la comunidad de sus discípulos, “vayamos a descansar a un lugar apartado” (Mc. 6, 31) y ante la multitud del pueblo “sintió compasión de ellos” (Mc. 6,34).

A lo largo de este capítulo del Evangelio, vemos que los Apóstoles, venían de dos experiencias fuertes. La primera el envío misionero por parte de Jesús en donde los constituye dispensadores del mensaje evangélico (Mc. 6, 6-21). La segunda la muerte del Bautista (Mc. 6, 14-29), que presagia la suerte del “buen pastor”. Estas vivencias, les exigen “bajar un cambio”, hacer una pausa, apartarse de la cotidianeidad del ministerio para entrar en relación con el Señor. ¿De qué manera descanso en el Señor?, ¿Cómo me dejo acompañar por Él?, ¿Dónde descansan mis “éxitos” y mis “fracasos”?.

Este pasaje que la Iglesia propone para la liturgia de hoy, nos introduce en el corazón de Pastor de Jesús. En este hecho, narrado por Marcos, vemos como el Señor va tomando conciencia de su identidad de Pastor anunciado y esperado. Él cómo líder de la comunidad de los Apóstoles va acompañando el proceso de descubrimiento que la palabra de Dios es obra, anuncio, misión. Para eso, los lleva a descansar a un lugar apartado. Por otro lado, aparece la multitud. Vemos en ella rostros cansados, abatidos, decepcionados por sus malos pastores, abandonados a la buena de Dios. Ellos reconocen a su Pastor, son el pueblo que ve en Jesús el sentido de su vida, el sentido de la espera. En Jesús encuentran la más profunda verdad que les ilumina su camino. Ante esta actitud del pueblo vemos la compasión de Jesús. La misericordia lo decide a actuar. No es solo lástima, no es solamente caridad, sino una decisión radical de liberar al que está sin sentido, oprimido por un vacío que no lo deja en paz. Jesús ve que la gente está como “oveja sin pastor” (Mc. 6, 34). La compasión actúa, no se queda en palabras. Pone remedio, consuela, sostiene. A diferencia de los malos pastores, Jesús Buen Pastor comparte su Palabra, renueva el corazón.

El llamado de Jesús a nosotros, que nos toca transmitir su mensaje a nuestro medio, pasa porque seamos buenos pastores, que podamos ejercer el liderazgo en los distintos ámbitos en donde nos toca ejercer nuestro pastoreo.

Contemplar el pastoreo de Cristo, en este tiempo de ausencia de liderazgos claros y honestos, de crisis de sentido y de valores, de cambio de paradigmas y confusión, nos permite ver que tenemos una roca firme en la cual anclarnos, un modo de proceder que nos invita a ser compasivos en acción, convicción. Para esto, tenemos que descansar con Él. Estar en un tiempo de intimidad con el Señor, en la oración, en los Sacramentos, pues en el fortalecernos espiritualmente está la fuerza de nuestro liderazgo, ya que pues por él “podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu (Ef. 2,13-18). De esa manera, podremos ser significativos en la vida de los demás. La persona significativa es aquel que alumbra, que acompaña en dar sentido, que deja que se den los procesos, que acompaña fielmente como San José sabiendo ponerse a un costado cuando es necesario. En definitiva, deja huella. Eso es lo que nos invita Jesús en nuestro pastoreo. De eso se trata la verdad y credibilidad de nuestro compromiso. Que el Señor nos regale la gracia de poder ser buenos pastores, creíbles, coherentes pero por sobre todas las cosas, compasivos.

 

 

Profetas de la debilidad

Por Matías Yunes SJ

(Reflexión en torno a lecturas del Domingo XIV del tiempo ordinario)

Recuerdo hace muchos años haber escuchado una prédica de domingo de Adviento sobre la figura de Juan el Bautista. La recuerdo porque era una misa para jóvenes y el cura hablaba muy bien. Tengo todavía grabadas las imágenes que se iban haciendo en mi cabeza cuando el cura nos pintaba la vida de este extraordinario personaje. Potente, lleno de energía, valiente, rudo, poniendo en palabras una fe que yo envidiaba tener. Sin miedo a dar la vida por Jesucristo, generando esa incomodidad positiva que viene de alguien que encarna el Reino en su vida. La verdad que en ese momento me enamoré de ese profeta, pero había algo que me entristecía. Me quedaba lejos. Era un ideal que me entusiasmaba, pero era muy difícil de alcanzar. Miraba mi vida de estudiante, rutinaria, algo monótona, con grandes deseos pero con pequeñas posibilidades para ponerlos en práctica. De a poco, Juan Bautista se fue alejando, enfriando, hasta volver a convertirse en piedra, como muchos de esos personajes que juntan polvo en los estantes de la Biblia.

Parece que la Buena Noticia de hoy vuelve a renovar el fuego de esta historia. Las lecturas nos hablan de los profetas. Profeta es aquel que anuncia (y por lo tanto denuncia) un mensaje de salvación, un mensaje vivo y presente hoy. Es aquel que teniendo “los ojos fijos en el Señor” (Salmo 122) nos habla de su misericordia, de su perdón y de su justicia. Es la voz de esperanza que necesitamos en los momentos de angustia. Es aquel que se anima a romper con lo establecido, salir de sí y agarrarnos desprevenidos con una palabra de vida. Pero, fundamentalmente, profeta es quien se sabe en las manos de Dios. “Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad” (2 Cor 12, 9) dice San Pablo en la segunda lectura. Esto es lo que nos diferencia de la historia anterior con Juan el Bautista. No es profeta el héroe inalcanzable, el predicador exitoso o el pastor todopoderoso sobre el pedestal. Nuestro modelo está en Jesucristo pobre y humilde. Aquél que se entregó en el sufrimiento y en la muerte, en pleno fracaso, en los brazos de su Padre. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Esas palabras de Pablo sí me invitan a vivir una entrega más real. Desde allí sí se puede vivir un profetismo en el día de hoy. A pesar, y justamente en nuestras debilidades, tristezas y limitaciones el Señor nos invita a darlo todo. A sentirnos llamados y enamorados de un proyecto que es suyo y no nuestro. Sabernos sostenidos por su amor y su gracia.

Este es el milagro que Jesús no pudo hacer en el Evangelio de hoy. Sus familiares y conocidos desconfían de él porque es “demasiado humano” para enseñarles y predicarles sobre Dios. No creen en el testimonio de alguien que no sea todopoderoso, fuerte y elocuente. El Mesías no puede ser alguien “tan conocido”. Este no es el modo en que lo estábamos esperando… Y así recae sobre él el desprecio. El desprecio por no ser más perfecto. “Jesús era para ellos un motivo de escándalo” (Mc 6, 3). Cuántas veces nos escandalizamos porque medimos a los otros con criterios tan altos que todos terminan quedando fuera de nuestro “círculo”. Cuántas veces nuestros juicios responden a un modelo donde no hay lugar para la humanidad. En cambio, hoy el Señor nos invita a ser profetas de la debilidad. Anunciadores de buenas noticias desde nuestros dones más preciados y también desde esas “espinas que cargamos en nuestra carne” (Cfr. 2 Cor 12, 7). Toda nuestra vida puesta al servicio de Dios y de los demás. Confiados en la promesa de que él está con nosotros como el fundamento de nuestra fe. Y esto es lo que nos convierte en testimonios actuales de su Reino. Esta puede ser la marca distintiva de nuestra fe. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10).

 

¿Siervo, Amo o Amigo?

Raúl González SJ

¿Quien es el «siervo»?

 El siervo es aquél que hace todo para agradar a su Señor; y esto no es malo, pero tampoco es suyo.

Pero también sabemos que muchas de nuestras relaciones necesitan adaptarse para que funcionen, pero cuando esta actitud no es un momento de la relación sino que es un constante la cosa cambia: la relación empieza a tener sabor a servilismo: complacer o no desilusionar al otro.

Y podemos vivir como siervos, del propio jefe, o del marido o la mujer, de los mismos padres o de los amigos… y a veces decimos: «lo hago solo por ti», «hagamos como tu quieres» «no quiero desilusionarte»…

El problema del siervo es que no sabe nada de gratuidad: todo es intercambio, todo es debido; por eso es servil… sirve para algo… y por eso el que vive de siervo muchas veces es un inseguro: necesita comprar afecto, necesita dar cosas para ser aceptado, necesita coaccionar a los los demás para que lo avalen. y lo más triste el siervo siempre necesita una «amo».

También se puede vivir la relación como dueño o amo.

El amo es aquel que no acepta las razones de los demás, es aquel que cree que el afecto de los demás es un derecho, en definitiva son aquellos que sabe coaccionar al siervo para que siga esclavizado en su tarea de producir afectos.

 El siervo y el amo se buscan, se encuentran y se usan: porque aunque se usan jamás llegan a quererse bien.

En cambio el amigo es una relación gratuita. El amigo jamás siente que su amistad es un «deber», el amigo no tiene medida del amor.

A diferencia del siervo, el amigo no tiene turnos de trabajo, y justamente por esto el amigo nos sorprende con su presencia.

El siervo no ve la hora de terminar su turno, el amigo no ve la hora de encontrarse con el amigo.

 

La Responsabilidad

Leyendo lo que escribió el italiano Alejandro Pronsato sobre la responsabilidad, advierto que juega con esa palabra y dice que sufre terriblemente de soledad.

“He salido a buscar la palabra responsabilidad –escribe-. Por un lado, he oído a un criminal protestar: ‘No me siento culpable de nada, los otros eran los que decidían’.

También he tenido ocasión de oír a un político que no contestaba las gravísimas acusaciones contra él, justificarse descaradamente diciendo: ‘No entiendo de ninguna manera por qué tienen que extrañarse de estas cosas, todos hacían lo mismo’. Y hace tiempo también escuché declarar solemnemente a un hombre de Iglesia: ‘No tenemos que pedir perdón por nada’. O sea, me he dicho entonces, la situación es dramática. Y me he precipitado con evidente inquietud a buscar en una docena de diccionarios la palabra ‘responsabilidad’. Tenía miedo de que la palabra hubiera desaparecido, estuviera fuera de circulación, estuviera excomulgada.

Sin embargo, dando un suspiro de alivio, he podido comprobar que todavía existe, pero que está en un estado lastimoso. Está vieja, decrépita, con el rostro devastado por las arrugas; la piel marchita, signos evidentes de desnutrición y hasta de malos tratos en todo el cuerpo. Con un cierto olor a moho y vestida totalmente fuera de moda, de una manera casi ridícula”.

Con este modo irónico de expresarse, Pronsato, al jugar con la palabra responsabilidad, está remarcando la carencia de responsabilidad, o sea, la falta de costumbre de hacernos cargo de las cosas. Si buscamos en el diccionario la definición de “responsabilidad” encontramos la siguiente: “Condición de quien es responsable de algo”. Y si buscamos “responsable”, leeremos: “Aquel que debe dar cuenta de sus acciones y de las ajenas”. Es una palabra que viene del latín “responsare” es decir, responder.

En un mundo donde nadie quiere responder, donde todos preferimos hablar, denunciar, condenar, interpelar, protestar es como que hay muy pocos que quieren responder.

Por otro lado, la palabra “responder” tiene otra palabrita metida adentro que es “respondus”, que significa “peso”.

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Es decir, que la Responsabilidad puede ser un peso fastidioso, difícil; que es incómoda de llevar, y la gente quiere liberarse de la responsabilidad lo antes posible.

Es una palabra que todos aman, pero la aman en brazos de los otros. Diríamos así: Hay gente habilísima para descubrir, para desenmascarar responsabilidades, pero en los otros. Lo hacen –o lo hacemos- a veces por oficio, y encontramos en ello un gusto loco, pero rara vez decimos “fue culpa mía” o “yo también me siento responsable al menos en parte de las cosas que suceden”.

La responsabilidad suena a algo engorroso que complica las cosas; algo opresor, que pareciera no respetar la libertad de los individuos, su espontaneidad.

Pero, en realidad, es al revés. Un hombre es libre sólo si es plenamente responsable.

Podemos recordar dos testimonios lindos de lo que implica comprometerse, de lo que significa la “responsabilidad”. Una es de Pieter Van Der Meer De Walcheren, autor del libro Nostalgia de Dios, en el que escribió: “Me es imposible desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad, todos los sufrimientos tanto corporales como espirituales; no quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos amenazados por el hambre y por el frío están, ahora, durmiendo entre harapos en los túneles y escaleras del subte; solamente porque allí, en el aire enrarecido del subterráneo, se está más caliente”. Y agrega: “Esta miseria me concierne, soy también responsable de esta miseria”.

El otro testimonio es el que describe Antoine de Saint Exupéry en la experiencia de su amigo y colega aviador Henri Guillaumet, quien vivió en la cordillera de los Andes algo similar a lo que padecieron los rugbiers uruguayos cuyo avión se estrelló en esas cumbres.

Lo de Guillaumet ocurrió muchos años antes. Perdido por una tormenta, su avión aterrizó a los tumbos en la cordillera, pero él se salvó y tras caminar seis días, casi congelado, llegó hasta el lugar donde lo rescataron. Quedó internado en un hospital de Mendoza y luego en un hotel para restablecerse. Saint Exupéry lo fue a visitar, y nunca se olvidó de lo que su amigo le dijo acerca de la responsabilidad en medio del relato de su tremenda experiencia: “En la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de 2 o 3 días de marcha sólo se desea el sueño, es decir morir: `he hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas ´, me decía yo en aquellos momentos. ¿Por qué obstinarme en este martirio? Me bastaba cerrar los ojos para lograr la paz en el mundo, para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Apenas cerrara mis pupilas no habría ni golpes ni caídas ni músculos desgarrados ni quemantes hielos, ni ese peso de la vida cuando se vuelve más pesada que un carro. Esto era lo que yo deseaba, pero a la vez me decía a mí mismo:

‘Si mi mujer cree que yo estoy vivo, me imagina caminando, los compañeros creen que yo camino también, todos tienen confianza en mí, por lo tanto, soy un canalla si no me pongo de pie y camino’.

Entonces, yo me ponía de pie y caminaba. Lo que salva es dar un paso más. Es siempre el mismo paso que se vuelve a dar. Lo que hice –se confesó Guillaumet con su amigo-, te lo juro, creo que ningún animal lo hubiera hecho”.

Saint Exupéry dice que su grandeza, la grandeza de Guillaumet, fue sentirse responsable.

Responsable de ser fiel a los compromisos con aquellos con quienes se había comprometido. Era responsable de él y de los que lo esperaban; tenía en sus manos las penas y las alegrías de ellos.

Hay que tener en cuenta que ellos, Guillaumet y Saint Exupéry, eran los encargados del correo del sur, por lo tanto, llevaban consigo muchas cartas. Guillaumet era responsable de lo que se construye de nuevo allá entre los vivos y en lo cual debe participar.

En definitiva, dice Saint Exupéry, lo que salvó a Guillaumet fue ser hombre. Eso significa ser responsable con las personas con las que estamos comprometidos, aquellas que llevamos colgadas del corazón.

Creo que es una imagen muy linda de lo que significa esta palabra desgastada. Por un lado la responsabilidad de aquellos que nos quieren y por otro, la responsabilidad de lo que es mi misión.

Hay que volver a reencontrarse con la responsabilidad y no suponer que es una carga pesada, sino que las personas responsables, no obsesivamente sino sanamente responsables, también son libres y sobretodo son confiables. Cuando no cumplimos, cuando no nos comprometemos, la gente comienza a alejarse, a no acercarse porque sabe que no le cumplimos, que le fallamos; entonces toman distancia y terminamos perdiendo nosotros mismos.

Responsabilidad es responder por aquello con lo que uno se ha comprometido, por aquello por lo que nos van a pedir cuentas la gente, nuestra conciencia y también Dios. Este es el desafío. Juan Pablo II decía una frase fuerte que siempre me pegaba.

Decía que un modo de poder ponderar la dignidad de una persona, en el sentido de una dignidad onda del corazón, es ver qué capacidad tiene de saber sostener los compromisos tomados. De hacernos cargo de las cosas.

Esta es una definición humana muy justa. Y tengamos en cuenta que, compromiso significa compartir una promesa, no es algo doloroso, es algo lindo, una promesa común, que la comparto con aquel con quien estoy codo a codo.

P. Ángel Rossi SJ

 Fuente: Periódico Encuentro