Casa de la bondad: el hóspice que le devuelve la dignidad al final de la vida

Un recorrido por la obra de Fundación Manos Abiertas que acompaña a personas en el final de su vida, sin posibilidad de tratamiento.

Ana vivía en la calle. Cuando llegó al Hóspice Casa de la Bondad, algo tan simple como una pregunta de cocina la dejó sin palabras: «¿Qué quisieras desayunar?». Su respuesta, que el equipo de la casa guarda como una síntesis de todo lo que hacen, resume también el espíritu de esta institución: «Cuando vivía en la calle no tenía qué comer? y acá me preguntan qué quiero desayunar».

El Hóspice nació en 2001, cuando el padre Ángel Rossi SJ -actual cardenal y arzobispo de Córdoba- abrió en esa ciudad un hogar gratuito para personas enfermas en la etapa final de su vida, con especial atención a quienes atraviesan mayores necesidades socioeconómicas.

Años después, un grupo de laicos junto al padre Diego Fares SJ, replicó la iniciativa en Buenos Aires. La llamaron Casa de la Bondad, en referencia a la parábola del buen samaritano. A sus pacientes los llaman «Patroncitos»: en ellos, dicen, cuidan al mismo Cristo.

La obra trabaja en articulación con el sistema público de salud y recibe derivaciones hospitalarias de pacientes -principalmente oncológicos- sin posibilidad de tratamiento curativo. Desde su fundación, el Hóspice acompañó en el tramo final de la vida a 488 personas.

Los números recientes muestran la brecha entre la necesidad y la capacidad de respuesta: en 2025 recibieron 121 pedidos de derivación y lograron ingresar a 44 personas; en lo que va de 2026, de 100 pedidos admitieron a 41. La casa tiene disponibilidad física para ocho camas, pero el presupuesto actual solo alcanza para sostener a seis.

Un día en la Casa
La jornada en el Hóspice empieza temprano, con los voluntarios acercándose a enfermería para conocer las indicaciones del día. Mientras el equipo de salud controla los signos vitales de los pacientes, los voluntarios de cocina reparten algo tan sencillo como significativo: la posibilidad de elegir el propio desayuno.

Siguen los baños, coordinados entre enfermería y voluntariado, y luego el tiempo se abre a lo que cada Patroncito necesite: el jardín, el living, la radio, la lectura, la oración en la capilla, la guitarra, la siesta. «Cuidar no solo es hacer. Muchas veces es ser», resume el equipo.

La fe como sostén del acompañamiento
Para quienes trabajan en el Hóspice, los cuidados paliativos exceden la definición médica de control del dolor: son, según explicaron, una respuesta humana, espiritual y amorosa frente a la fragilidad del otro.

La distinción entre curar y cuidar es, para ellos, el centro de la misión: curar se ocupa de la dimensión biológica de la enfermedad; cuidar es un acto relacional y espiritual que puede restituir la dignidad y la paz interior, incluso cuando el cuerpo no se recupera. Por eso sostienen que es posible «morir sanado».

El acompañamiento espiritual atiende cuatro planos de conexión que suelen emerger en el final de la vida: con uno mismo, con los demás, con lo sagrado y con la naturaleza. El equipo encuentra su modelo en la Virgen al pie de la Cruz, que sostuvo con la mirada a su Hijo sufriente en silencio, y en la figura del Buen Ladrón, a quien describen como consuelo de Jesús en su agonía.

Cuando el paciente es católico y lo desea, se celebra la Palabra con distribución de la Eucaristía junto a la familia. Tras el último suspiro, la cama baja hasta la capilla, frente al Sagrario, donde permanece hasta que la familia pueda despedirse. El nombre de la persona se coloca en la entrada de la casa, con una vela, para que todo el equipo sepa que, en el próximo turno, ya no estará.

Voluntarios de 21 a 95 años
El Hóspice funciona en la actualidad con 162 voluntarios, de entre 21 y 95 años, organizados en áreas de cocina, lavadero, administración y acompañamiento. En 17 años de historia, 979 personas pasaron por su voluntariado. No se pregunta la religión al admitir a un paciente: reciben Patroncitos de todas las creencias, del mismo modo en que el samaritano de la parábola no preguntó de dónde venía el herido.

Lo que sí buscan en quienes se acercan a colaborar son dos condiciones: compasión y una vida espiritual profunda, necesarias para sostener la ecuanimidad frente al misterio de la muerte.

Una brecha que atraviesa el mundo
El equipo del Hóspice interpreta en clave estructural el dato de que, según la Organización Mundial de la Salud, solo el 14% de quienes necesitan cuidados paliativos a nivel global accede a ellos.

Señalan que se trata de un problema multicausal, atravesado por el envejecimiento poblacional, el aumento de enfermedades crónicas no oncológicas y, sobre todo, por desigualdades económicas: hay familias, explican, que deben elegir entre comer o pagar un traslado al hospital. «Es como si el cuidado tuviera código postal», resumen.

Sostener la obra
El 85% de los costos del Hóspice corresponde a honorarios de enfermería, que cubre atención las 24 horas los siete días de la semana, y a los médicos especializados en cuidados paliativos. A eso se suman, en ocasiones, gastos de sepelio para familias sin recursos -cercanos al millón de pesos- y asistencia alimentaria discreta a quienes la necesitan.

De cara al mes de los Cuidados Paliativos, el Hóspice invita a sumarse a su Comunidad de Benefactores con aportes mensuales sostenibles, para poder habilitar las dos camas que hoy permanecen sin presupuesto. Quienes deseen colaborar pueden comunicarse al 11 3330-4300.

Lo que deja el acompañamiento
Consultados sobre qué aprendieron acompañando a tantas personas en el final de su vida, desde el equipo resumieron la experiencia en una frase: aprender a velar juntos, en silencio, de la mano, en el instante en que la persona deja su cuerpo.

«Uno no puede más que descalzarse al ser testigo de este misterio», señaló Silvia Nocetti, codirectora del Hóspice. La referente de Espiritualidad y Comunicación, Celeste Arias Álvarez, lo describió como una experiencia que desborda las palabras: «Le doy un beso en la frente y rezo: nos vemos en la Eternidad».+

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