MISERANDO ATQUE VII

Hemos compartido diferentes textos para reflexionar sobre la misericordia desde distintas espiritualidades y perspectivas. Ya cerca del día de San Ignacio les traemos esta propuesta, para conocer más de la misericordia en la Tradición Ignaciana.

Por Luis Mª García Domínguez, SJ. Director del Instituto Universitario de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid

La misericordia en la tradición Ignaciana

¿Cómo aparece la misericordia en el carisma original ignaciano? Es decir, en la tradición espiritual que encuentra su expresión en la misma experiencia de Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros, en los documentos fundacionales y en la comprensión que tuvieron los primeros compañeros de dicho carisma. Se trata, ante todo, de una misericordia divina experimentada como reconciliación personal y, después, reconocida como atributo divino que el creyente puede participar como virtud, desplegándose en obras de misericordia, espirituales y corporales.

Sin duda, la misericordia forma parte del núcleo carismático de la Compañía de Jesús porque es una experiencia central de Ignacio y de los primeros compañeros que se refleja en los textos fundacionales y se despliega en la praxis constante de los primeros jesuitas. Podemos verlo en seis afirmaciones concatenadas:

La misericordia es un atributo divino, un rasgo central del ser de Dios Padre hacia sus criaturas, manifestado de modo culminante en la entrega de su propio Hijo. Es curioso y significativo que, en los escritos ignacianos, la misericordia divina se cita el doble de veces que la humana, tanto en la Concordancia como en el Epistolario (69-68% de apariciones frente al 31-32%).

Los creyentes experimentan esa misericordia divina de muchas maneras pero, especialmente, en forma de perdón recibido, como Ignacio y los primeros compañeros experimentan en los Ejercicios espirituales (Ej 61, 71). Esa precedencia de la misericordia divina será una referencia constante en toda la formación y la vida apostólica del jesuita, que se hace hombre misericordioso.

Ignacio y los primeros jesuitas entendieron su vocación como «servir al solo Señor y a la Iglesia su esposa» mediante la consagración de sus vida en un cuerpo apostólico dedicado «a la defensa y propagación de la fe y al provecho de la almas» mediante el ejercicio de ministerios muy variados, pero entendidos en clave de la práctica de «obras de caridad» espirituales y corporales.

Las obras de misericordia «corporales» están desde el principio en la experiencia de Ignacio y de los primeros jesuitas. Cuando los primeros compañeros reciben la ordenación sacerdotal los ministerios de la palabra son vividos muy conjuntamente con las obras corporales de misericordia, de modo que en los hospitales tanto confiesan y dan la comunión como lavan y cuidan a los enfermos. Pero viven su dedicación a los ministerios espirituales de la palabra como ejercicio de una profunda misericordia, de modo que en ocasiones no podrá el jesuita dedicarse más que a obras de misericordia «espirituales» (ver Constituciones de la Compañía de Jesús, número 650).

Los ministerios espirituales producen sus efectos. Los ministerios sacramentales suscitan gestos de misericordia; por ejemplo, la confesión que reconcilia profundamente al individuo le mueve a perdonar a los enemigos de un modo también público, a «hacer paces». Por otra parte, los fieles que se acercan a los jesuitas se sienten también movidos a poner en práctica la misericordia. De este modo Ignacio y los primeros jesuitas predican la misericordia de Dios, pero también invitan a los fieles a entregarse o a colaborar con ellos en estas obras de caridad. Pues las dimensiones vertical y horizontal de la vida cristiana forma parte de la catequesis ignaciana desde muy pronto. Ya en los tiempos de Alcalá de Henares se formula como «visitar a pobres» y «acompañar el Santísimo Sacramento» (Autobiografía, número 61).

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La misión actual de la Compañía ha sido definida como «servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta» (Congregación General 32, decreto 4, número 2), entendiendo en esta «promoción de la justicia» una relectura histórica de aquellas «obras de caridad» y de misericordia que señalaba la Fórmula del Instituto. La «recepción» de la Fórmula por parte de las últimas Congregaciones Generales ha acercado al presente, con «fidelidad creativa», la primera formulación del carisma ignaciano mediante nuevas formulaciones que, a su vez, pueden ser iluminadas por el antiguo texto ignaciano cuando no solo lo leemos en los documentos, sino que lo descubrimos en la práctica ordinaria de los primeros jesuitas.

Así pues, es claro que la misericordia es parte integrante y nuclear del carisma ignaciano. Se trata de un ideal que Ignacio y los primeros compañeros experimentaron practicaron inicialmente de un modo casi espontáneo, aunque luego de modo más explícito. Pero esa misericordia, como parte del carisma, es siempre un ideal en el horizonte vital de quienes son llamados a la vida religiosa al modo ignaciano. Ni los primeros compañeros fueron movidos siempre y solo por esa misericordia ni, menos todavía, los jesuitas que después les siguieron a lo largo de la historia la vivieron y practicaron de la misma manera.

Por eso la Iglesia, que anima a todos los cristianos «a contemplar el misterio de la misericordia» (Misericordiae vultus, n. 2), nos estimula a los que queremos vivir el carisma ignaciano a re-descubrir este verdadero misterio de la misericordia recibida, para que sea motor de la misericordia practicada en nuestra vida.

Este texto está tomado de las conclusiones del artículo «La misericordia en el carisma de la Compañía de Jesús», publicado en la revista Manresa, vol 88, n. 346 (2016), págs. 5-18. Agradecemos al autor del texto y al director de la revista las facilidades dadas para reproducirlo aquí.

Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 10 de Julio

Evangelio según San Lucas 10, 25-37.

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”.

Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”.

Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”.

“Has respondido exactamente, –le dijo Jesús–; obra así y alcanzarás la vida”.

 Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”.

 Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”.

 “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor.

 Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

Reflexión – Por Gustavo Monzón SJ

Este domingo, la Iglesia nos invita a que meditemos en la imagen del Buen Samaritano. Este pasaje de la escritura, nos recuerda cuales son nuestros deberes para con el prójimo. Por otra parte, nos presenta el rostro de Dios, encarnado en Jesús quien como Buen Samaritano, nos rescata de nuestras heridas, nos consuela y nos llena de esperanza.

Esta narración se enmarca en un diálogo entre Jesús y un Maestro de la Ley. Entre ellos tenemos dos formas de vivir a Dios. Por un lado al Doctor de la Ley. Por el otro a Jesús. No son antagónicos, uno es la tradición, el otro la novedad. Uno es la forma, el otro el contenido. Ambos son camino de sentido y de misericordia. El Doctor, como nos muestra el Deuteronomio, ha escuchado la voz del Señor. Es fiel a su palabra, en sí lleva la Ley y le da cumplimiento. Con este cumplimiento quiere alcanzar la vida eterna. Y ahí se presenta Jesús. En Él está condensada la esperanza. Como nos recuerda Pablo, es “la imagen del Dios invisible”. En su persona se nos revela el rostro de Dios. Todo esto, lo intuye el Doctor de la Ley quien se siente atraído por su persona y por su mensaje. Y así le pregunta, “¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?”. Ante este interrogante, Jesús no se impone. Le deja que saque de su Tradición, el camino de conseguir la vida eterna. Sin embargo, no lo deja encerrado en ella. Lo anima a que vaya más allá y que no se centre en el cumplimiento de la norma, sino en la actitud frente al hermano. Para eso, pone de modelo de comportamiento a un samaritano. Esto trastoca los valores y modelos del Doctor de la Ley. El último que sería ejemplar en su esquema, se transforma en modelo de vida eterna.

Con esta imagen, Jesús nos muestra como es Dios con la humanidad. Ante una humanidad herida y caída, no pasa de largo. Se acerca, la venda, cura las heridas con aceite del consuelo y la fortalece con el vino de la esperanza. La carga sobre sí en la Cruz y la lleva a la Posada de la Vida eterna. En esto está nuestra salvación, en la confianza que estemos donde estemos en el camino, Dios no abandona, ni pasa de largo, sino que nos devuelve siempre la esperanza.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Espiritualidad Ignaciana en la 3° Edad

La espiritualidad Ignaciana no tiene utilidad limitada al tiempo de juventud en que las personas deben decidir qué rumbo seguir en la vida. Sin embargo Dios tiene algo para decirle a todos, y en cualquier momento de la vida.

El próximo mes de septiembre, el Centre Internacional d’Espiritualitat Cova Sant Ignasi empieza un nuevo curso, esta vez dirigido a las personas que se encuentran alrededor de los 65 años o que superan esa edad.

Se trata de un programa que propone «asumir creativamente» la llegada a este tramo de la vida y que permite prepararse desde diversas perspectivas. Para el coordinador de este curso, el jesuita Francesc Riera, esta nueva propuesta de la Cueva responde a la voluntad de ayudar a las personas a tomar las decisiones cuando llega este momento.

«En cada etapa de la vida la persona debe tomar sus opciones, hacer su elección, dicho en lenguaje ignaciano. Es evidente que entre los 20 y los 30 años se hacen elecciones importantes sobre cómo conducir la propia vida. También cuando la persona supera los 65 años se sitúa ante opciones importantes y deberá decidir si desea vivir la vida creativamente, o sólo dejarse llevar por ella.»

La metodología del curso está marcada por la tradición de Ignacio de Loyola y de sus ejercicios espirituales, que invitan a vivir la vida conscientemente, creativamente y con plenitud.

Una época de gratuidad

Una de las circunstancias de cambio que más inciden en esta época es, a menudo, el final de la etapa laboral. Sin embargo, para el organizador del curso, Francesc Riera, se abre la posibilidad para que las personas se dediquen en esta etapa a actividades más gratuitas, que han pospuesto a lo largo de toda su vida.

La propuesta ha tenido un muy buen recibimiento: ya hay varias personas inscriptas, procedentes tanto de España como de América Latina y algún otro punto de Europa.

Fuente: Info SJ

 

Miserando Atque VI

Seguimos compartiendo textos y perspectivas que nos ayuden a lo largo de todo este Jubileo a reflexionar sobre la Misericordia desde distintas espiritualidades y experiencias.

Por Javier Aparicio Suárez, OSB. Prior del Monasterio de San Salvador del Monte Irago. Rabanal del Camino (León)

La misericordia en el Camino

“… y jamás desesperar de la misericordia de Dios” (Regla de San Benito 4,74)

El Capítulo 4 de la Regla de San Benito está dedicado en su totalidad a la enumeración de los instrumentos con los que el monje ha de crecer en la caridad. Al comienzo y al final del mismo nos presenta el amor a Dios y la misericordia de Dios como principio y final de toda vida monástica, y no solo como un compendio de “instrumentos” con los que ganar y conquistar la respuesta de Dios.

El ábside de nuestra vieja iglesia de Rabanal presenta una impresionante grieta que lo atraviesa desde la parte superior hasta prácticamente el inicio del muro absidial. La fábrica original no fue capaz de soportar todo el peso superior que se dejaba caer sobre la seatera central. Desde la nave tan solo el Cristo crucificado rompe la visión total de la que bien podría considerarse una ruina.

A lo largo de los años la mirada contemplativa del peregrino que camina hacia Santiago me ha enseñado a descubrir la belleza de esta ruina como metáfora de nuestra propia vida, rasgada por nuestra miseria y fragilidad. Sin embargo, toda nuestra vida se muestra diferente cuando se contempla y se ve desde la perspectiva del Crucificado, del Cristo clavado en la Cruz .

El ábside de nuestra iglesia es un espejo de esa nuestra propia vida. Uno puede y debe ver todas y cada una de las grietas, el paso de los años, los pesos y las cargas, el pecado y nuestra debilidad… pero a través de Cristo, esa misma realidad cobra un significado diferente. Porque todo, absolutamente todo en nuestra vida forma parte de la historia que el Dios de la misericordia va escribiendo en nosotros.

Todo es motivo de salvación; nada se queda al margen de la misericordia de Dios. El ábside resquebrajado, nuestra propia vida rota y marcada por una historia de desamor, de envidias, de falta de solidaridad, de ceguera, es bella si somos capaces de mirarla a través de la Cruz de Cristo. Es la belleza escondida de saber que la última palabra es la de Dios, que la misericordia se ríe del juicio (Sant. 2,13), que todo está impregnado del amor de Dios, que lo derrama abundantemente sobre nosotros, en el aquí y ahora de nuestra particular historia porque es eterna su misericordia (Salmo 117).

Dios es eternamente misericordioso con nosotros tal y como somos, y no tal y como deberíamos ser. Por eso San Benito recuerda a sus monjes que ahora y siempre, estemos donde estemos, y seamos lo que seamos, no podemos ni debemos “desesperar jamás de la misericordia de Dios”.

La misericordia de Dios -en palabras del Papa Francisco- es como ese sol que nos visita cada mañana, “… una gran luz de amor, de ternura. Dios perdona pero no son un decreto, sino con una caricia, acariciando las heridas del pecado”.

El monje al igual que el peregrino y, en definitiva, todos y cada uno de nosotros hemos de caminar cada día con la confianza de ser acariciados por la mano de Dios. Es la confianza y la certeza de saber que “aunque una madre pueda olvidarse del hijo de sus entrañas”, Dios jamás se olvida de nosotros (Is 49,15).

Fuente: Entre Paréntesis

 

El pórtico de los misterios desvelados

En El día de Santiago Apóstol te contamos algunas curiosidades del pórtico de Santiago de Compostela.

Más de 50 especialistas, los mejores del mundo, han examinado las entrañas del pórtico de la Gloria. Su investigación desvela la primera imagen científica de su aspecto original policromado con vivos colores que mostramos en exclusiva y aporta nueva e interesante información.

Los devotos peregrinos que llegaron a Santiago de Compostela a finales del siglo XII se quedaron boquiabiertos al encontrarse frente al Apocalipsis. Lo tenían ante sí narrado en un fabuloso pórtico de granito en la entrada de la catedral. Para la mayoría de aquellos piadosos caminantes, la visión de ese pórtico colosal -presidido por un enorme Pantocrátor, habitado por más de cien figuras policromadas con pan de oro y lapislázuli y de expresiones tan vivas- era la primera ocasión en la que leían por sí mismos páginas enteras del Antiguo y el Nuevo Testamento.

LOS SECRETOS DEL PÓRTICO

Santiago recibe a la entrada.

Apóstoles, profetas, discípulos, ángeles y demonios aparecen en el pórtico. La figura sedente de Santiago el Mayor, el patrón de la catedral, está en el parteluz. Lleva su báculo o muleta del viajero y un pergamino en el que está escrito san Juan Evangelista, aplicado en la escritura, conserva la policromía mejor que otras.

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El concierto del apocalipsis.

Los 24 ancianos de los que habla el libro del Apocalipsis afinan los instrumentos con los que entonarán el canto de la Gloria. Los instrumentos están tan bien retratados que se han podido reproducir en madera y utilizarlos en conciertos. Así se descubrió que una de las arpas está invertida, de modo que solo la podía tocar un zurdo.

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Provocación.

Puede ser Esther o la reina de Saba. Mateo la esculpió voluptuosa, pero un arzobispo, escandalizado, ordenó que se le rebajara el pecho. Dicen que por eso el queso de tetilla tiene esa forma.

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La primera sonrisa.

La del profeta Daniel en el pórtico de la Gloria es la primera sonrisa del románico. ¿Por qué se ríe? Según la sabiduría popular, porque tiene enfrente a la exuberante reina de Saba.

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Cabeza intrusa.

Se cree que podría representar a san Andrés. Lo extraño es que esta cabeza es de mármol. se ha descubierto al desprenderse la policromía. El resto del pórtico (excepto el parteluz) es de granito.

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Con la cara lavada.

Cuando se terminó el pórtico, en 1188, se veía bien desde lejos gracias al brillo de su policromía. El color se ha ido borrando con el tiempo. Tras la restauración y la limpieza parecerá que el pórtico se ha repintado, lucirá mucho más colorido, pero no será así porque no lo permite la ley. Aquí se aprecia el antes y el después de la limpieza.

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Los tormentos del infierno.

El castigo va acorde con el pecado. De izquierda a derecha. el glotón debe morder una empanada pero no la puede tragar porque tiene el cuello estrangulado. Los avaros están maniatados. Las serpientes muerden el pecho de los lujuriosos. Los demonios se comen la cabeza de quienes pecaron con ella. envidiosos, orgullosos

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Fuente: XL Semanal 

Cuando las cosas no van como uno quisiera…

No siempre las cosas salen como planeamos y podemos sentir que no hay salida de dicha situación o que ya no vale la pena volver a intentarlo. Aquí, el jesuita Emmanuel Sicre nos regala una mirada esperanzada frente a una realidad inesperada

Por Emmanuel Sicre SJ

Más de una vez nos sucede que las cosas toman un rumbo inesperado, poco deseado, que no nos gusta. Si miramos la política internacional no pareciera que haya en realidad un esfuerzo por acabar la guerra o el hambre. Al observar nuestros países vemos que un manto de indignación encubre nuestros ojos, tanta corrupción, tanto revanchismo, tanto egoísmo y desmemoria.

Y así nos vamos acercando a nuestro mundito. Las condiciones en las que trabajamos podrían mejorar, pero a menudo se estancan y nos quedamos en una especie de mediocridad ambiente. Las personas con las que vivimos no son como quisiéramos que fueran. Sin miedo a equivocarnos podemos recodar más de un proyecto por el que apostamos buena parte de nuestras mejores energías mentales, espirituales y físicas, y nada. Se cayó, fracasó o simplemente salió el tiro para otro lado. Como cuando rezamos para que alguien se cure, y pasa todo lo contrario. Entonces, nos invade un sentimiento como de bronca, de hastío, de resignación… Aunque en el fondo quizá sea un dolor no aceptado.

Este sinsabor amarga nuestra sensibilidad que poco a poco se va endureciendo para no volver a pasar por lo mismo. Nos ponemos más bien defensivos, toscos contra la realidad y los demás, y nos involucramos cada vez menos en procesos personales, sociales o estructurales de transformación.

El mal espíritu nos sopla al oído que «siempre me pasa lo mismo», o «a mí nunca me salen bien estas cosas», « a los otros siempre les va bien», “siempre lo mismo”. Y así es que nos suspendemos hasta que aparece algún otro proyectito que nos entusiasme de nuevo. Pero vamos precavidos, como quien se quemó con leche y ve una vaca y llora. A veces tan cautelosos que lo dejamos pasar. Y con los años hasta se llega a adormecer la capacidad de soñar. Todo bien condimentado con el sarcasmo, la ironía y el escepticismo.

¿Qué puede decirnos esta situación?

Quizá que el fracaso y la decepción no son tan malos como parecen porque pueden llegar a convertirse en una fuente de sabiduría interesante. Experiencias de ruptura son las que nos detienen a pensar, a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre los demás, aún con el riesgo de caernos dentro de nuestro ego desilusionado.

En verdad, lo que ha pasado cuando fracasamos es que en algún momento nos adueñamos de la realidad y pretendimos controlarla de tal manera que nos comimos en cuento de que éramos todopoderosos de nuevo, como cuando niños.

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Alguna vocecilla traviesa nos dijo que podíamos hacer y deshacer a nuestro antojo, y lo creímos. Por eso, el fracaso en verdad nos cura de la omnipotencia infantil y nos redirecciona hacia lo real mismo. Hacia aquello que no nos pertenece, hacia la necesidad de despojarnos para quedarnos con aquello que es invisible a los ojos.

¿Y entonces…?

Es el momento de agachar la cabeza y empezar de a poco a juntar los pedacitos de nuestro interior herido para rearmarse con paciencia.

Es el momento en que, aceptar con humildad ser parte de la realidad y no sus amos nos da la certeza de que caminamos hacia la madurez.

Es el momento de dejar que nuestro pretencioso ‘yo’ se desinfle y descanse en los brazos de quien puede darle paz.

Es el momento de evitar todo autocastigo alejando cualquier sentimiento de culpa malsana que pueda llegar a hundirnos en la depresión de jugar al todo o nada.

Es el momento de sentirnos pequeños e insignificantes para dejar que sean los vínculos con quienes nos aman de verdad los que nos sostengan y ayuden a pararnos.

Es el momento de reconocer la fragilidad que intentamos maquillar y acariciarla diciéndole: “vamos de nuevo”.

Es el momento de abrirnos y dejar pasar el consuelo de Dios que se va filtrando lentamente por nuestras gritas como un bálsamo que todo lo regenera.

E insistir, e insistir, e insistir…

 

Espiritualidad: Integración a la Ignaciana

En un artículo publicado a principios de 2015 en la Revista de Manresa España, titulado Integración Ignaciana, el padre Agustín Rivarola, SJ comparte una anécdota personal en la que cuenta desde su experiencia espiritual cómo alguien le acercó a la temática de la Integración. Reproducimos aquí la cita porque creemos que expresa en pocas palabras y con mucha claridad su proceso:

‘Hace unos 18 años estaba pasando por un momento muy conflictivo, y tuve la ocasión de hacer los Ejercicios Espirituales bajo la guía de Carlos Meharu, en Montevideo. Después de varios días de escucharme e interiorizarse de mi situación, me dice cuatro palabras: ‘lúcidos, fuertes, buenos, libres’. Luego pasó a explicarlas: ‘mantente lúcido frente a todas las cosas, tal como son; como verás la cruda realidad, se fuerte; para que la fuerza no te endurezca, se bueno; para no condescender por exceso de bondad, se libre. Y así libre podrás ser más lúcido’.

Además de unificarme interiormente frente al conflicto, Meharu me enseñó a complementar actitudes, buenas en sí, pero necesitadas de otras para no caer en sus propios desbordes.

Más adelante comprendí que esta sabiduría podría llamarse “integración”. Para llegar a ser yo mismo, yo misma, debemos transitar la vida enhebrando las muchas polaridades que nos constituyen: cuerpo y mente, materia y espíritu, afecto e intelecto, individual y colectivo, sexualidad y trascendencia, ciencia y fe, etc.

Y para este desafío contamos con nuestros ancestros en la fe, aquellos y aquellas que supieron reproducir esa maravillosa integración que se nos regaló en Jesús de Nazaret, ‘rostro humano de Dios, rostro divino del hombre’. La encarnación del Verbo responde a esa gran necesidad nuestra de ser plenamente humanos sin dejar de abrirnos a lo divino, y la necesidad de retornar al origen fontal de nuestra existencia, sin alienarnos del mundo al que pertenecemos. De entre todos estos ancestros en la fe, seguiremos a Ignacio de Loyola para rastrear la integración que logró en su tiempo, y quizá para todo tiempo.”

Fuente: CPALSJ

 

La misericordia de Dios en el Corán

La misericordia no es un tesoro exclusivo de la fe cristiana. El judaísmo y el Islam también tienen esta imagen de Dios misericordioso, compasivo, amoroso…

Te invitamos a conocer más de la misericordia para el Islam en este artículo.

Texto original de Francis X. Clooney, SJ en America Magazine

Irónica y tristemente, justo cuando Donald Trump quería cerrar la puerta a los musulmanes, el papa Francisco abría la Puerta Santa en la basílica de san Pedro, insistiendo en que la misericordia divina no es nunca una puerta cerrada.

De hecho, como ya afirmaba en abril cuando anunció el Año Santo de la Misericordia, esta es una verdad compartida ampliamente con judíos, musulmanes y creyentes de otras religiones. Después de ofrecer unas palabras sobre la misericordia de Dios en la tradición judía, habló sobre el Islam:

Entre los nombres privilegiados que el Islam atribuye al Creador se encuentran “Compasivo y Misericordioso”. Esta invocación se encuentra a menudo en los labios de los musulmanes devotos que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su debilidad cotidiana. Ellos también creen que nadie puede poner límites a la divina misericordia porque sus puertas están siempre abiertas.

Así que empecemos por ahí, con las primeras palabras del propio Corán: “En el nombre de Dios (Allah), el Compasivo (al-Rahman), el Misericordioso (al-Rahim)” (1:1). Desde los primeros versos, aprendemos mucho acerca de la compasión y la misericordia de Dios. Nos confrontamos con ella, nos dejamos sorprender por ella, nos dejamos sumergir en ella. Esta es una verdad esencial del Islam, repetida una y otra vez, y ni los violentos ni los intolerantes pueden oscurecer este hecho.

“El Compasivo” es un nombre divino que nadie más puede sustentar ya que “implica la Misericordia-Amorosa por la que Dios trae a la Vida”. “El Misericordioso” indica “la bendición de nutrir por la que Dios sustenta a cada ser en particular”. La Compasión es como el sol, la Misericordia es el rayo de sol que calienta y vivifica todas las cosas sobre la faz de la tierra. La primera (Compasión) hace al mundo ser, la segunda (Misericordia) “es aquello por lo que Dios muestra Misericordia a aquellos a quienes se la mostrará.

El profeta Mahoma es enviado por Dios como un acto de misericordia: “Nosotros no te hemos enviado sino como misericordia para todo el mundo”. El comentario aquí explica diciendo que esto es una manifestación de la misericordia a la que tiende la Ley, y una misericordia para todo el mundo, no sólo para los creyentes musulmanes. Incluso aquellos que no creen en el profeta experimentan su misericordia, que libra de la muerte también a quienes le rechazan: él intercederá por todos el Día del Juicio.

Y finalmente, pues no me puedo alargar, esta misericordia trae paz y armonía a hombres y mujeres, quienes encuentran sus parejas por divina misericordia: “Y entre Sus signos está el haberos creado esposas nacidas entre vosotros, para que os sirvan de quietud, y el haber suscitado entre vosotros el afecto y la bondad” (30:21). Se nos dice en el comentario que esta es una llamada de atención tanto para los hombres como para las mujeres sobre la manera en la que Dios extiende su propio Amor y Misericordia a través del amor y la misericordia que ellos se manifiestan mutuamente. Podríamos continuar siguiendo la pista al “misericordioso” durante mucho tiempo ya que a Dios se le invoca de esta manera en más de 100 ocasiones en el Corán (o así he podido contar en el índice).

Y como acabo de mostrar, hablar de la apertura de la Puerta Santa de la Misericordia por el papa Francisco, algo que él mismo ve como un acto que resonará con los judíos, musulmanes y creyentes de otras tradiciones, ha abierto paso con suavidad y facilidad a estos pasajes del Corán.

El papa Francisco hace un llamamiento a un encuentro misericordioso entre los creyentes, lo más opuesto al miedo, la discriminación, el odio y la violencia contra los de fuera:

Confío en que este Año Jubilar celebrando la misericordia de Dios propiciará un encuentro con estas religiones y con otras nobles tradiciones religiosas; ojalá nos abra todavía más a un ferviente diálogo para que podamos conocernos y entendernos mejor; ojalá acabe con toda forma de cerrazón y falta de respeto, y elimine cualquier forma de violencia y discriminación.

Fuente: EntreParéntesis

 

Reflexión del Evangelio- Domingo 3 de julio

Evangelio según San Lucas 10, 1-12. 17-20.

El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’. Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’. Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad”.

 Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”.

Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”

Reflexión del Evangelio – Por Franco Raspa SJ

En el evangelio de este domingo, Lucas nos relata el llamado que hace Jesucristo a todos los hombres, a anunciar la venida del Reino de Dios, que ya está entre nosotros. El evangelista nos relata que el llamado que el Señor hace, no es exclusividad del grupo de los discípulos. El llamado y el envío de Dios a anunciar el Reino, es para todos. El discipulado que Jesús describe en el evangelio, se transforma en hoja de ruta para todos aquellos, que hemos decidido seguir sus pasos y creer en sus promesas.

El señor envía a sus discípulos a anunciar el Reino, a personas y lugares a donde Él debía ir. Él, los envía delante, a preparar “su” camino. La efectividad de la misión no depende de los enviados, sino Dios. Nosotros vamos delante del Señor, liberando nuestro grito de salvación, que brota de la experiencia de haber sido alcanzados por su amor.

Unidos en la oración, a Dios Padre, nos advierte el Hijo, que avanzamos en un camino, en el cual se haya agazapado el malvado. El ilusionista, que engañando al hombre en su mentira, lo hace sordo al amor de Dios. Es por eso, que el Hijo también llama a no distraernos por el camino, y confiar en la misericordia de su corazón. Porque Aquel que nos dio el deseo de seguirle, nos dará también el poder y la gracia para el camino.

El llamado de Jesús, que nos relata el evangelista Lucas, posee una fuerte impronta acerca de la urgencia del Reino. “Él está cerca” ¿Acaso no nos damos cuenta? Él, se haya entre nosotros, se hace presente en la persona misma de Jesucristo. Él, es la encarnación del amor del Padre. La paz, que los discípulos derraman en personas, casas y ciudades a las que llegan.

En el relato, el Señor se lamenta de aquellos espacios, que aún permanecen distraídos y cerrados a la invitación, y anuncio del Reino. Les advierte a sus discípulos, que no lleven el polvo de estos lugares, a otros. Que no se carguen de la tierra del malvado, que se liberen de él. No permitan llevarlo consigo. No dejen que esa tierra que hoy ensucia pocos lugares, se siga expandiendo. Llegará el día en que estos caminos, que hoy peregrinan aquellos que van delante, sean transitados por el mismo Señor. Él, los limpiará del polvo que hoy ensordece a estas ciudades.

Si la incertidumbre del llamado y el envío de los discípulos, marca el principio del evangelio de este domingo; el gozo que embarga el regreso de estos, sella el encuentro con el Hijo del hombre. La alegría de Jesús junto a sus amigos es indescriptible. Los discípulos, confirman frente a Jesús, que ha sido la experiencia del camino transitado, la que les ha revelado la fuerza del amor de Dios.

No será sino al final del camino, que veremos con serenidad el amor de Dios, que ha permanecido a lo largo de toda nuestra historia. Mientras este tiempo se acerca, el Señor continúa llamando y enviando a anunciar su Reino, en medio de las luchas, sufrimientos y alegrías de cada una de nuestras vidas.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

El Problema de Interpretar a Francisco

Sin duda el Pontífice actual rompe con muchos esquemas que tenemos, no sólo sobre la figura del Papa, sino también sobre un modo de pensar y ser Iglesia. El jesuita Emmanuel Sicre comparte algunas claves para poder pensar e interpretar al Papa Francisco.

Por Emmanuel Sicre, sj

Sorprende a menudo la increíble ligereza y liviandad con la que se interpreta no sólo el magisterio de Francisco (es decir, los textos oficiales de la Iglesia como Evangelii Gaudium, Laudato Si’, y su reciente Amoris Laetitia), sino también, sus gestos y restantes discursos a nivel político y eclesial. Tanto los de derecha como los de izquierda, progresistas y conservadores, doctos e ignorantes… pareciera que todos tenemos algo que decir. Cuando hablo de ligereza y liviandad, no quiero referirme a los periodistas que no ejercen, por lo general, el oficio de interpretar, y que sólo comentan, y, la mayoría de las veces, lo hacen de forma corta y superficial. Quiero referirme a quienes llamamos cardenales, teólogos, obispos, sacerdotes, monjas, catequistas y profesores de religión.

Las tradiciones de comprensión

En el marco de la opinión como derecho de la subjetividad pareciera que las posibilidades son infinitas. Cada uno, sepa o no sepa sobre el tema, puede decir lo que le viene a la mente, juntando algunos pocos conceptos preconcebidos (cuando no prejuicios) y reformularlos con un ropaje nuevo pero con el mismo pensamiento de siempre. Como quien pinta con idéntico color todas las veces.

La cuestión de las tradiciones de comprensión resulta ser aquello que provoca la pluralidad de lecturas que se hacen de Francisco. Y esto pareciera que da para todo. ¿A qué se debe? Por un lado, al estilo simbólico y metafórico con el que a menudo se expresa el Papa, haciéndolo imposible de atrapar en un concepto único, claro y distinto. Los matices que ofrecen sus imágenes hacen justicia a la inagotable realidad siempre tan rica y preñada de sentidos, la de Dios y la nuestra. Y, por otro lado, resulta paradójico porque, mientras que a la mayoría de los fieles les queda muy claro lo que dice Francisco, a los de la academia o la cátedra les cuesta “aclarar” lo que expresa, enredados en sus tradiciones intelectuales y formativas.

Si redujéramos a dos las tradiciones, quedarían en intérpretes historicistas e intérpretes dogmatistas. Los primeros, más cercanos al espíritu que impulsó el Concilio Vaticano II (1959-1965), logran percibir en los textos y gestos de Francisco, la vida del Espíritu, dada su dinámica siempre en movimiento y en marcha en la historia, dispuesta a autocuestionarse y abrirse a lo que Dios pide a la Iglesia hoy. Por eso, los intérpretes historicistas, aman las posibilidades de cambio, aunque solo sean un preámbulo a algo que no se ha visto del todo.

Los intérpretes dogmatistas, en cambio, se sienten más afines al espíritu de las disposiciones venidas del Concilio de Trento (1545-1563) que aún sigue funcionando en la mayoría de las mentes y prácticas religiosas de la feligresía católica. Esta tradición ve algo irrefutable, infalible e intocable en las formulaciones de las verdades de la fe; como si fueran cosas almacenadas en un depósito de alguien que amábamos y al que solo vamos a reverenciar; como si fueran verdades caídas del cielo -todas juntas- y no como producto de una comprensión progresiva (¡después de dos mil años de cristianismo!) que se alcanzó en un momento de la historia de la Iglesia y que hoy no tienen, por lógica, la misma fuerza vital que hace, por ejemplo, un siglo. Así, los dogmatistas, parados sobre una concepción estática de la doctrina, festejan el nuevo impulso solo cuando desempolva sus viejos manuales de moral con los que juzgan los movimientos del Espíritu en la Iglesia. El depósito limpio y ordenado.

Y Francisco, al igual que un artista interpreta lo esencial del Evangelio pero con una música nueva (decía por allí el General de los jesuitas Adolfo Nicolás) que al ritmo de metáfora, símbolo y gesto, comienza a hacer crujir las viejas versiones de la misma partitura. Como cuando escuchamos un tango de Gardel interpretado por Piazzola. Ambos son geniales, pero es notable la diferencia, por muy valiosos que sean.

Al son del discernimiento

Entre estas dos tradiciones -simplificadas aquí-, hoy nos encontramos tratando de oír el ritmo del papado. En mi opinión, la ambivalencia que se registra radica en el lento tránsito que hace la Iglesia para comprenderse a sí misma y su misión. Más allá de la personalidad inclasificable del Papa. Esto provoca incertidumbre, pues, estábamos acostumbrados a una Iglesia poderosa y bien definida. Pasar de ser príncipe en un palacio a un enfermero de hospital de guerra puede ser un poco traumático para algunos.

A nivel doctrinal, lo que está sucediendo es que, por primera vez, se hace tanto énfasis en el discernimiento. Esta es la categoría por la que parece jugarse Francisco, fiel a su tradición ignaciana. El caso de la comunión de los separados vueltos a casar lo muestra claramente. ¿Se les permite o no el acceso al sacramento? Los dogmatistas dicen que no, porque la doctrina lo impide y la doctrina no cambia (cosa falsa si nos acercamos a la historia de la Iglesia, por ejemplo). Los historicistas, en cambio, preguntan a los orígenes del cristianismo para saber cómo se hacía antes, entendiendo que volver a los inicios puede ser una manera de purificar la experiencia cristiana de tanta “crema pastelera”.

Francisco dice que hay que discernir a la luz del Espíritu, hay que ver con los ojos del Padre misericordioso, hay que evaluar y ayudar a las personas a que se hagan cargo cada vez más de su fe y dejen de delegar en el cura las decisiones de su conciencia. Porque este Papa confía más en el santo Pueblo fiel de Dios que en las doctrinas demasiado claras y distintas, que terminan cargando pesos insoportables sobre las espaldas de los creyentes.

Esta realidad descrita hasta aquí da la sensación de una división en la Iglesia. Pero esto no debe sorprendernos porque, a decir verdad, la Iglesia nunca estuvo unida, materialmente hablando. La diversidad de culturas desde los orígenes cristianos hasta nuestros días hace que sea algo imposible para nosotros. Sólo el Espíritu ha sido capaz de regalarnos el don de la unidad, pero no en el Papa, sino en Cristo. Por eso, algunos católicos tiemblan cuando les cuestionan la infalibilidad del Papa (al creer erróneamente que el papa nunca se equivoca) y rezan a diario para que el papa no meta la pata.

Ya es hora

Es momento de aprender a leer al Papa sin aprovecharse de desviar el agua hacia el propio molino. Agua con la que podríamos ahogar a quien busca honestamente saciar su sed en Dios, demostrando con eso que no nos importa la sed profunda del otro, ni tampoco la actitud de Jesús, quien no cayó en la trampa de las soluciones meramente jurídicas que le planteaban los fariseos. ¿Es lícito?, solían preguntarle. Pero Él no respondía con una ley o un mandamiento, sino, que se remitía a la voluntad del Creador. Jesús no legisla, enseña. Por eso se le reconoce como Maestro, me dijo un buen profesor.

Es necesario dejarse sorprender un poco para que por alguna grieta entre el Espíritu y nos bendiga con su vitalidad. Alguna vez, quizá, podremos abrir los ojos para sentir, como decía la sabia Simone Weil, que “uno no se compromete a amar a Dios, uno cede a ese compromiso operado en uno mismo sin uno mismo”. Incluso en cuestiones doctrinales.