Reflexión del Evangelio – 31 de Julio

Evangelio según San Lucas 12, 13-21.

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.

Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.

Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

 Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

“Y dijo a la gente: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…”

Reflexión – Por Julio Villavicencio SJ

El Evangelio del domingo nos invita a regresar sobre lo importante.

Cuento un caso que me paso no hace mucho con un habitante de la calle que tengo el honor de ser su amigo. Hacía muchos días que no lo veía, y un día reapareció. Charlamos un rato y realmente la había pasado muy mal. La vida en la calle es ciertamente muy dura, y uno está expuesto a toda clase de cosas. Entre lágrimas y abrazos él me dijo algo que me impactó, me comentó que estuvo varios días con la idea de suicidarse, de tirarse debajo del Transmilenio (transporte público de la ciudad de Bogotá). Ya sabía incluso en que lugar lo iba a hacer y todo. No se lo había contado a nadie porque no quería que lo detuvieran.

No sé bien lo que pasó con él, pero algo pasó por su cabeza y tuvo que ver con una iglesia a dónde él pasaba para rezar. Algo en una de esas visitas le hizo sentir, pensar, creer, todo junto, que no podía perder la esperanza en Dios. “Hermano, no puedo perder la esperanza en Dios. Si yo que no tengo nada, de nada, pierdo la esperanza en Dios, no me queda nada”. Por dentro yo pensaba, ciertamente que si Carlos pierde la esperanza en Dios, no le queda absolutamente nada a qué agarrarse o aferrarse. Perdió a su familia, no tiene casa, la vida lo despojó de proyectos y el dolor le ha marcado con un vició con el cual tiene que lidiar todo los días de su vida. En verdad, si Carlos pierde su esperanza en Dios, ha perdido lo único que le quedaba, todo.

En el fondo, me quedé pensando que esto es así para cualquiera de nosotros.

Todo lo que hemos construido depende de Dios. Ésta es la base, el horizonte y lo que nos envuelve. Al final de cuentas, aquello que Carlos había experimentado con un realismo brutal, es la verdad de todos nosotros. Si perdemos la esperanza en Dios, no nos queda nada. Pero tenemos una ceguera, esta tiene que ver con que nosotros no somos como Carlos. Tal vez tenemos un montón entre lo que tenemos y la esperanza en Dios. Tenemos casa, familia, amigos, dinero, proyectos.

Tenemos tanto entre la vida que vivimos y aquel hilo que sostiene todo lo que somos, que tal vez perdemos esa conciencia. Y ahí es donde comenzamos a poner nuestra vida dependiendo de nuestros bienes, de aquellas cosas o personas que nos pertenecen o creemos que nos pertenecen. A veces creemos que no solo las cosas materiales nos pertenecen, también las personas. Entonces no nos despedimos de las personas cuando mueren, las perdemos (como si alguna vez hubieran sido nuestras).

No animamos a los hijos a hacer sus caminos, los queremos siempre a nuestro lado. No aceptamos la ruptura en alguna relación que ya no iba más, sino que entendemos que hemos perdido a esa persona. Y así, nuestra vida está tan llena de “bienes” que nos hacen sentir bien, que creemos que ahí está puesta nuestra esperanza. Pienso que las personas en nuestra vida, y las cosas que vamos logrando y nos alegran el corazón son importantes, pero lo son porque nos transmiten la esperanza. La esperanza de que al final de todo, detrás de todo, está la esperanza de Dios. Y está ahí, en lo cotidiano, es lo que experimento en una caminata matinal hacia la universidad, es el sol cuando sale y me calienta las mejillas y recuerdo mi niñez en Mendoza. Es el abrazo de Carlos después de nuestra charla y su “gracias”. Son los mates compartidos con los compañeros jesuitas.

Finalmente, en el día de San Ignacio, de esto se trata de recibir el amor y la gracia de Dios como lo único importante. Es experimentar esta presencia y sentir “esto me basta”. Es el mensaje que encontró Ignacio y nos transmitió. El peregrino sabía que detrás de todo, está la esperanza de Dios y se decidió a encontrarla. Su horizonte fue “Encontrar a Dios en todas las cosas” y es lo que aún hoy, los jesuitas y las personas que nos acompañan en nuestra espiritualidad intentamos hacer, y sin darnos cuenta, Dios nos encuentra a nosotros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Misericordia y protestantismo

Así como hemos compartido material que nos permite conocer cómo se viven la misericordia en otras religiones no-cristianas, hoy la invitación es a conocer más de esta característica universal del Dios en que creemos y cómo se la concibe dentro de otras ramas del cristianismo.

Por Alfredo Abad Heras. Pastor de la Iglesia Evangélica Española (IEE)

¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso? (Martín Lutero)

Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.

Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios o Oecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.

Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.

Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.

Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio (reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino (reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.

Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen (1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.

Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana

Fuente: Entre Paréntesis

 

Hay en cada ser humano un aliado del bien perfecto

Quienes pertenecemos a ámbitos religiosos donde nos sentimos a gusto y se vive un alto nivel de identificación corremos el riesgo de cerrarnos en nuestro círculo y distanciarnos progresivamente de las instancias de encuentro con otro diferente. Quizás una cuestión para reflexionar de cara al modo que tiene Jesús de acercarse a la alteridad…

Por Miguel García-Baró

Debemos resistir a la tentación de conceder que, cuando se está inmerso en lo religioso, la capacidad de reflexión y de razonamiento disminuye muchísimo. Y es tentación fuerte, porque una y otra vez vemos que el tan habitual exceso de identificación de sí mismo con lo que se toma por el credo religioso de una comunidad impide argumentar. Impide, en realidad, escuchar lo que el otro dice. Simplemente es el Otro, y ya con eso basta. No habiendo de veras oído, no cabe realmente hablar en respuesta, sino vociferar o hacer gestos de rechazo y repudio.

Viene esto al caso de rememorar cómo se atrevía a pensar Edmund Husserl que volverse un hombre filósofo es darse a sí mismo un giro más radical que el que hay en una conversión religiosa; y viene también al caso de andar meditando el autor de estas líneas sobre el primer texto completo que nos ha legado la filosofía clásica de Atenas: el diálogo platónico que la tradición llama Hipias menor.

En estas pocas páginas se discute el más actual de los problemas, y con una profundidad y un sentido del humor y de la verdad que se echan de menos muy frecuentemente en el ensayo contemporáneo. El problema al que me refiero es el de la equiparación de todos los saberes; lo cual comporta la creencia de que en la vida no se dan misterios.

Lo primero que en Hipias menor se nos dice es que la cuestión de cuestiones es cómo vivir bien la vida, porque es evidente que podemos lograrla o malograrla. Lo segundo: que el aparente sentido común consiste sobre todo en una serie de afirmaciones y valoraciones rotundas que, en un principio, sumerge en su corriente a todo el mundo. Esta corriente tan poderosa –tercera enseñanza- cambia por completo de aspecto cuando alguien, en vez de dejarse llevar por ella, formula una pregunta de verdad, o sea, se para y hace que se pare de alguna manera el río de la vida diaria. Entonces las seguridades cotidianas se convierten en un errar de creencia en creencia, sin sitio en que detenerse. Ha intervenido la reflexión, es decir, el pensar sobre las cosas, en vez de darlas por ya pensadas y archisabidas.

El ejemplo socrático es contundente: todo el mundo cree saber justo lo más importante, es decir, en qué consiste la vida óptima. Todos dirán que lo realmente bueno es poder hacer lo que uno de verdad quiere, en el momento en que lo quiera (y ser capaz de repetir esta maravilla indefinida e infaliblemente).

El azar nunca proporcionaría la seguridad de no errar; tiene ésta que basarse en el saber. Ahora bien, el problema está en que los saberes nos dan la capacidad doble – y ambigua – de acertar siempre y, también, necesariamente, la de fallar siempre, si esto es lo que queremos. El mejor médico es el mejor envenenador, el mejor matasanos. ¡Que sane y no mate en cada caso concreto no lo debe a la medicina! Si el médico, además de buen médico, gracias a la medicina, es buena persona, empleará solo para el bien su arte.

El problema sube, pues, un nivel: hay que saber cuándo se debe querer hacer algo mal y cuándo no. Pero la dificultad se repite: todo saber parece que ha de serlo de los contrarios máximamente opuestos. Conocer cómo es la vida óptima coincidirá con conocer cómo es la vida pésima; y lo que es más grave: el mismo saber es el que interviene cuando se opta por una cosa o por la opuesta.

Y ¿qué mueve el optar? Si decimos que es un cierto saber, la paradoja surge de nuevo. Pero si decimos que esta opción es nada más que una capacidad, pero no un saber, entonces nos metemos en el temible problema de que los poderes son tanto mayores cuando permiten hacer algo mal adrede…

Solo queda abierta una posibilidad, por difícil que sea concebirla: que un último poder de nuestra existencia (o un último saber; o un saber que es también un poder) solo sea capaz de bien o solo sea saber del bien, sin saber ni poder el mal.

He ahí casi descubierto por la filosofía –o sea, por el argumento y el análisis de la vida tal como siempre es para todos– un último rincón de nosotros mismos, radicalmente secreto, que es, por así decirlo (con palabras inspiradas en Emmanuel Levinas y en Simone Weil), cómplice del bien perfecto. Algo más íntimo que nuestra intimidad.

No está mal como inicio de la historia de nuestra filosofía. Y no me digan que la filosofía no tiene nada que ver con la religión. Si me lo dijeran, regresaría a la primera línea de hoy.

Entre Paréntesis

 

La misericordia: “amor visceral”

Vivir la misericordia al estilo de Jesús es comprometerse desde lo más profundo con el dolor del otro y el propio. Y confiar en que Dios actúa también en esas realidades.

Por María Dolores López Guzmán

Es urgente. No hay tiempo que perder. Cada segundo puede ser decisivo. Muchas vidas en juego, un futuro diferente. La misericordia pide paso para ofrecer una alternativa en el modo de tratar la miseria humana. Existen otras opciones: pasar de largo ante la desdicha, hacer oídos sordos, mantenerse al margen, negar nuestra participación en lo que sucede, rebajar su importancia… Pero los pecadores, atrapados por las heridas que han causado, y los maltratados por multitud de causas, seguirán ahí, llamando a la puerta, apelando a nuestra humanidad… y a la de Dios.

Y el Señor ha respondido; porque no existe nadie más Humano que Él, con la misericordia. No se pone a cubierto ni se esconde bajo el silencio o la indiferencia a pesar de recibir constantes acusaciones de ser cómplice con su supuesto mutismo. Respondió de forma contundente hace algo más de dos mil años cuando vino, no para rechazarnos, sino para estar aún más cerca de nuestras debilidades haciéndose uno como nosotros, tan frágil como un niño.

Y responde ahora a través de aquellos que quieren participar de su obra y su vida, en su Cuerpo, convirtiendo las situaciones más desdichadas en su prioridad. Por eso, el papa Francisco nos recuerda que la misericordia no es una idea abstracta, sino una realidad tan concreta como el amor de un padre o una madre que se conmueve en lo más profundo de sus entrañas por el hijo al que tratan con ternura y compasión, indulgencia y perdón. “Amor visceral”, radical y entregado, presente en las situaciones más penosas (Misericordiae Vultus, n.6).

Dios actúa. Lo hace de múltiples maneras, todas ellas atravesadas por la misericordia. Que no es un atributo más que según las circunstancias unas veces aplica y otras no, sino que forma parte de su naturaleza. El Señor no puede no ser misericordioso. Él es así. Y el abrazo es la expresión que mejor condensa su significado; pero no uno de tantos que damos y recibimos en la vida cotidiana, como cuando saludamos a un amigo que no vemos hace tiempo, al despedirnos de un ser querido que ha venido a visitarnos, o para agradecer un regalo estupendo; sino aquel que se ofrece en los momentos en los que la persona está en situación de extrema necesidad, donde la miserabilidad se hace especialmente patente.

Esto sucede en dos contextos dramáticos: cuando el ser humano es acosado por la desgracia (consecuencia de enfermedades, muerte, paro, accidentes…); o bien cuando ofendemos (a otros y a nosotros mismos) y no nos atrevemos a mirar a la cara a nadie por miedo a que descubran en nuestros ojos lo que hemos hecho o deseado. En el primer caso, el abrazo es signo palpable de apoyo, cercanía, compasión, y sostén para que la persona no decaiga. Un “hombro en el que llorar” (nada fácil de encontrar, por cierto). En el segundo, es el símbolo del perdón. Quizás por ello lo empleó Jesús para explicar la maravillosa acogida del padre a su hijo pródigo en su regreso: conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente (Lc 15, 20).

La reacción del padre ante la miseria de su hijo no fue quedarse paralizado por su escandalosa e ingrata conducta; tampoco la palabrería inútil, ni el reproche continuo y legítimo por el daño que le había causado a él, a su hermano, a su casa, a su imagen o a su buen nombre. Fue la espera anhelante, los brazos abiertos huérfanos de contacto por la separación y la distancia que la ofensa había generado. El pecado no estaba en el centro de su mirada, aunque lo rechazara, sino en el regreso de aquel a quien tanto añoraba y que sabía perdido.

Una buena lección de lo que es el “amor visceral” y que nos recuerda que solo hay una cosa que puede impedir a la misericordia actuar, y es no confiar en que, de verdad, es más fuerte que el peor de los males que hayamos cometido. Para Dios no existen los imperdonables. La vuelta es la salida. Por eso lo que al Señor de verdad le importa es que anhelemos su abrazo aunque sea a través de las manos de los otros en esta vida.

Fuente: Entre Paréntesis 

 

¿De Dónde viene el Perdón?

Por Emmanuel Sicre, SJ

La realidad más loca, más difícil y contracorriente que ofrece el cristianismo es la posibilidad de un perdón infinito. Frente a la tendencia natural de todos los seres humanos de condenar para siempre, el Dios de Jesús ofrece un perdón definitivo. No resulta curioso que sea el meollo de la fe porque aún es un misterio que nos trae gustos y disgustos. Es decir, nos cuesta pensar que la persona que merece el peor de los castigos pueda ser perdonada. No entra dentro de la lógica de la meritocracia con la que crecemos, vivimos, nos movemos y existimos, parafraseando a San Pablo.

Los hombres somos muy poco proclives a perdonarnos, preferimos siempre el rencor y la venganza, al dar vuelta la página y ofrecer la mano. Así se cumple el viejo dicho: «Dios persona siempre, el hombre a veces, y la naturaleza nunca».

Sin embargo, no podemos negar en nuestra vida que hemos sido perdonados, desde las pequeñas travesuras de niños, a las andanzas de juventud, y a las más gruesas de la vida en vías a la madurez. Y, siguiendo la sensatez aguda del evangelio, a quien mucho ha pecado, mucho se le perdona.

Eso sí, resultan sorprendente dos cosas en principio paradójicas. Por un lado, que hemos sido perdonados en silencio muchas, tantas, incontables veces… Más de las que podemos imaginar. ¡Cuántos familiares, compañeros de trabajo, amigos, en silencio han preferido comprendernos ante nuestra fragilidad que condenarnos! Es el perdón invisible.

Por otro lado, no hay perdón que se dé si no se pide. Y aquí es donde más nos retobamos. Pedir perdón cuesta porque es reconocer el error, y en la sociedad del éxito eso es un fracaso. No nos entrenan para esto salvo contadas excepciones. (Y no hablo de quienes piden perdón por existir, que es un problema de otro orden). Es el perdón visible.

La fuente del perdón: el vínculo

Pero ¿de dónde viene el perdón? ¿Cuál es su vehículo? ¿Cómo fluye? ¿Por dónde transita su intensidad? Son preguntas que surgen cuando nos atrevemos a pensar en el perdonar, el perdonarse y el ser perdonado.

En verdad, lo primero que se puede constatar es que no hay perdón ni visible ni invisible sin vínculo. Y esto porque la energía regeneradora del perdón viaja por el canal que nos une a los demás, a Dios, a lo que hemos recibido en nuestra vida, y a nosotros mismos. Imaginemos, así, el perdón como algo que viaja por las venas.

Cuando el corazón reconoce la posibilidad del perdón (tanto de acogerlo como de darlo) envía una señal al cerebro recordándole su deber de hacerle espacio a este pensamiento, para que abra las arterias tapadas por las autodefensas y el narcisismo. Por esto sentimos el recurrente remordimiento sano de que hay algo que obstruye el vínculo creando un nudo.También caemos en la cuenta de cuánta distancia puede haber entre el corazón y el cerebro, entre nuestro cuerpo que pide a gritos liberación y nuestra cabeza acostumbrada a vivir en la ilusión de controlarlo todo.

La arteria que nos vincula con el mundo

Cuando se nos tapa la arteria que nos vincula con el mundo que hemos recibido nos volvemos un poco déspotas con la creación y nos adueñamos de la naturaleza pensando que está al servicio de nuestros caprichos. Es el momento cuando no nos duele ver cómo se deteriora el mundo por causa de nuestras acciones y omisiones.

También sucede que perdemos la memoria de las raíces y nos convertimos en un árbol volador. Entonces, nos volvemos arrogantes y despreciativos con los recuerdos de nuestra historia. Los olvidamos intencionalmente tratando de que no aparezcan porque nos molestan, cuestionan o entristecen. Perdemos el vínculo con el tiempo y el espacio generando una especie de ‘inmunidad diplomática’ de nuestra conciencia para que nunca visite esas zonas que no podemos perdonarnos ni dejar que entre el perdón que viene del buen Dios.

 Mother and teenage daughter giving each other a big hug.

Pero cuando el perdón logra atravesar el vínculo que nos une con la creación, con la historia y con el espacio que hemos recibido es que nos sentimos bien donde estamos en ese momento de nuestra vida. El aquí y el ahora se convierten en un espacio oxigenado y digno de ser habitado. Sentimos que no necesitamos nada más, que somos felices con lo que tenemos y no pedimos de más. Reconciliarnos con nuestra historia herida compuesta de lugares y momentos concretos no borra de la memoria las páginas oscuras pero las acepta como son con su función providencial dentro de la trama de nuestra vida, porque nos lleva a comprender que Dios anduvo caminando con nosotros por allí. Así nos sentimos parte de un todo mayor y encontramos nuestro lugar en el mundo.

La arteria que nos vincula con nosotros mismos

La arteria que nos vincula a lo que somos queda tapada y comienza en nosotros un proceso de autodestrucción, autoexigencia y desprecio propio. Es el momento ese cuando odiamos nuestro cuerpo, rechazamos nuestro carácter y sentimos sequedad en nuestro espíritu. Por eso muchas veces comenzamos a desconocernos y a sentir que no somos los de siempre, que algo nos ha velado la capacidad de autopercepción, como si se nos hubiese empañado el espejo. Fruto de muchos estándares no logrados de los círculos en los que nos movemos, y que hemos introyectado. No es fácil descubrir que no nos gusta lo que somos. Y como siempre se nos pega el ser con el hacer, nos cuesta perdonarnos lo que hacemos, y terminamos identificando que somos lo que hacemos.

Sin embargo, cuando se nos da la posibilidad de perdonarnos a nosotros mismos lo que somos, o dejamos que el perdón que viene del Buen Dios mediado en los que nos rodean avance, comienza un momento de autoaceptación hermoso. Nos damos cuenta de que al dejar fluir el perdón se regenera nuestra capacidad de amarnos de verdad, honestamente y sin el falso sentimiento de autoelogio. Descubrimos que somos como somos y que eso está bien, más allá de nuestras fragilidades. Cuando nos perdonamos a nosotros mismos sentimos que somos iguales a los demás y que los comprendemos mejor en sus flaquezas. Sentir cómo el bálsamo del perdón va reconstituyendo nuestra imagen hace que descubramos en el fondo de nuestro ser la imagen de Aquél por el que fuimos creados: Cristo Vivo.

La arteria que nos vincula con los demás

Esta arteria es la más compleja de considerar en algunos momentos de nuestra vida porque por ella circula la energía vital con la que nos movemos en el mundo. Sabemos que nadie vive realmente solo, porque las relaciones nos constituyen de tal manera como personas, que cuando alguien queda completamente solo, abandonado o marginado de su red de relaciones, se le congela su dignidad y muere. A menudo encontramos en nuestras ciudades personas abandonadas de los demás y de sí mismos tiradas en la calle. Bueno, ellos viven la realidad de que, sea por los motivos que sean y que nunca podremos reprochar del todo, se les destrozó su dignidad y por eso sus condiciones son no humanas. Sólo el vínculo de un amor paciente, servicial e incondicional que muchas personas solidarias ofrecen, puede hacer que vuelva a circular la dignidad de un perdón global que les devuelva la vida y los conecte con su función dentro de la creación. Mientras tanto, están ahí cuestionando nuestra capacidad social de perdón y amor a los que caminamos por la calle.

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Y en casa, en el trabajo o el estudio nos pasa algo similar. Dejamos que los rencores, los infantilismos y demás inmadureces nos congelen el vínculo con la persona en conflicto. Es cierto, hay daños que parecieran irreparables, pero también es verdad que, por el mero capricho de pensar que eso no puede ser perdonado, vivimos toda la vida encapsulando el veneno de la posible venganza, o de la autolamentación, e ingiriendo una cápsula diaria de dolor para no olvidarnos de que nos han herido. Con esto lo único que logramos es alimentar un cáncer espiritual que muchas veces se convierte en uno corporal que devine en muerte.

Pero cuando nos animamos a olvidar que lo importante no es nuestro ego herido, o nuestra imagen pertrechada, o nuestra omnipotencia infantil frustrada, sino el vínculo que nos hace dignos seres humanos en relación; todo toma otro color. Surge en nosotros la alegría de entrar conectar con quienes nos rodean. Florece la posibilidad de ser uno mismo sabiéndose aceptado de antemano. Se disuelven los nudos. Transitan las palabras de comprensión y mutua responsabilidad por la vida. Se respira el aire de la paz social. Se cumple la utopía más radical y necesaria: amarnos unos a otros.

La arteria que nos vincula con el Dios de Jesús

Finalmente, la arteria que algunos pueden pensar es la más importante. Pero me atrevo a decir que no. Todas están en la misma línea porque el modo en que nos relacionamos con el mundo, con nosotros mismos y con los demás es el modo en que nos relacionamos con Dios. Porque somos nosotros en tanto vinculares los que entramos en contacto con estas cuatro dimensiones constitutivas de lo que somos. Si alguien destruye la creación, no puede pensar que con Dios se relacionaría de una forma distinta porque las creaturas somos la respuesta a su Palabra creadora. Por lo mismo, si alguien siente odio de sí o a una persona, también odia a Dios porque él habita en cada uno de los seres humanos. En este sentido debemos sospechar de aquella relación con Dios que nos hace amarlo cada vez más a él y menos a los demás. Alguna fuga se está tramando en lo secreto.

Lo curioso del perdón que nos llega por esta arteria ligada al Dios de Jesús es que es un perdón incondicional, infinito y siempre renovable. No se agota. Al ser un don y no una fabricación, de este perdón podemos beber hasta los últimos segundos de nuestra vida. Porque nuestra condición de seres frágiles sólo puede ser sostenida por un perdón de estas características. Entonces, cuando caemos en la cuenta de la abundancia de amor que viene de esta fuente es que todos los demás vínculos se alimentan de allí. He aquí la fundamental retroalimentación de nuestras cuatro dimensiones.

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En efecto, el perdón toca desde estas cuatro puertas al corazón del la mujer y el hombre honestos. Desde la creación el perdón llama a reconciliarnos con el mundo. Desde nosotros mismos el perdón llama para que nos reconciliemos con lo que somos. Desde los demás el perdón pide permiso para crear fraternidad. Desde el Dios de Jesús el perdón llama como un médico que viene a curar las heridas.

Eso sí, al abrir algunas de estas cuatro puertas debemos tener presente que las demás estallarán dejando paso a un tiempo de esperanza y gozo que más de una vez le desearemos a aquellas personas que viven a nuestro alrededor.

 

La dificultad de ser cristiano en la cristiandad

¿Qué significa ser cristiano? Ismael Bárcenas se basa en unos escritos de Kierkergaard sobre los modos de ser del cristianismo para dar su definición de qué significa para él ser cristiano.

Por Ismael Bárcenas Orozco SJ

La cristiandad es esa sociedad que mayoritariamente pertenece a una iglesia cristiana, sea católica, luterana, anglicana, etc. En estos ambientes, hay quien cree que ser cristiano consiste en tener un acta bautismal. También se cree que ser cristiano es cumplir con ciertas reglas, preceptos, devociones y tradiciones. Incluso votar por tal partido político o pertenecer a alguna cofradía. . O no comer carne roja los viernes de cuaresma. O crisparse y dar manotazos en la mesa ante ciertos temas. O tener alguna jaculatoria de muletilla. O colgarse algún escapulario o algún otro detalle externo que lo demuestre. En fin, podríamos tener, dependiendo del país o del lugar, algunos parámetros para decir, por ejemplo, tal persona es muy católica.

Sin embargo, la pregunta sobre qué significa ser cristiano, fue algo que Søren Kierkegaard. Este filósofo, en algunos de sus escritos, inventó dos personajes: Juan Clímaco y Juan Anti-Clímaco. Juan Clímaco se presentaba como alguien que se interesaba por analizar y entender el cristianismo, aunque se reconocía no creyente. En cambio, Juan Anticlímaco sí se reconocía cristiano convencido y se exigía vivir su fe hasta el grado más alto. Ambos decían que ser creyente no es tan fácil.

Juan Clímaco decía que ser cristiano implica una decisión y un apropiarse internamente de lo que se cree que es la verdad. Es importante «qué» crees, pero es más importante el «cómo» lo vives. La fe es un regalo que da Dios y, también, es una decisión. Por su parte, Juan Anticlímaco dice que, en el caso del cristianismo, la fe significa ser discípulo del Maestro, es decir, de Jesús.

Ser cristiano de verdad implica una decisión sería de asumir el riesgo y, a su vez, estar arraigado en una estrecha relación con Dios. Es Jesús quien tiene la iniciativa de salir a buscar y quien, a través de su vida, expresa con callada y sincera elocuencia de los hechos que Él es la verdad. Ser cristiano de verdad significa seguir sus pasos y estar dispuesto a ser injuriado o humillado por su causa. Aquí radica el problema que vive la cristiandad, pues ha hecho del cristianismo algo soso y se ha desmarcado de las dificultades. Aceptar la invitación de Jesús y atreverse a ser su discípulo significa exponerse a perderlo todo a los ojos de los prudentes, razonables y encumbrados. La burla podría caer despiadada sobre la propia espalda. Pensemos en lo irritados que están algunos cardenales ante los gestos de solidaridad y sencillez del Papa Francisco.

Cristo es el Maestro que impulsa, estimula e invita a la interioridad. Otro problema de la cristiandad es que ha eliminado esta relación interna entre el creyente y Dios, y la ha suplido al divinizar usos y costumbres externas. No cumplir alguna de estas costumbres hace que la persona entre en pánico. Pero esto no es temer a Dios, sino a los hombres. Y si alguien no se subordina a lo establecido, será acusado de falsedad. Siempre que un testigo de la verdad convierte la verdad en interioridad, se escandaliza de él el orden establecido.

Juan Anticlímaco enfatiza que el cristiano de verdad debe conformar su vida ante paradigma que es la vida de Cristo en la tierra. La verdad en Cristo era su vida, pues Él era la verdad. Y solamente conozco la verdad, en verdad, si ella se hace verdad en mi vida. Esta sería la prueba que ayuda a palpar la sintonía y relación que hay entre el discípulo y su Maestro, entre el cristiano y Cristo. Y si Cristo sufrió, padeció y fue humillado por la maldad de algunos, su respuesta no fue la venganza, no fue devolver mal por mal. Ante la maldad, la respuesta de Cristo fue la bondad. Esto lo tendrá en cuenta el cristiano que deseará y se obligará a responder con bondad.

Por lo mismo, no es tan fácil ser cristiano en la cristiandad. Creer es decidir dar el salto de fe que significa recorrer el camino. Jesús es el «camino». Peregrinar este camino es lo que realmente nos hace libres. No será fácil, pues como dice una canción: “El que siga un buen camino tendrá sillas, peligrosas, que lo inviten a parar”. Mi oración por el Papa Francisco.

Entre Paréntesis

 

MISERANDO ATQUE VII

Hemos compartido diferentes textos para reflexionar sobre la misericordia desde distintas espiritualidades y perspectivas. Ya cerca del día de San Ignacio les traemos esta propuesta, para conocer más de la misericordia en la Tradición Ignaciana.

Por Luis Mª García Domínguez, SJ. Director del Instituto Universitario de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid

La misericordia en la tradición Ignaciana

¿Cómo aparece la misericordia en el carisma original ignaciano? Es decir, en la tradición espiritual que encuentra su expresión en la misma experiencia de Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros, en los documentos fundacionales y en la comprensión que tuvieron los primeros compañeros de dicho carisma. Se trata, ante todo, de una misericordia divina experimentada como reconciliación personal y, después, reconocida como atributo divino que el creyente puede participar como virtud, desplegándose en obras de misericordia, espirituales y corporales.

Sin duda, la misericordia forma parte del núcleo carismático de la Compañía de Jesús porque es una experiencia central de Ignacio y de los primeros compañeros que se refleja en los textos fundacionales y se despliega en la praxis constante de los primeros jesuitas. Podemos verlo en seis afirmaciones concatenadas:

La misericordia es un atributo divino, un rasgo central del ser de Dios Padre hacia sus criaturas, manifestado de modo culminante en la entrega de su propio Hijo. Es curioso y significativo que, en los escritos ignacianos, la misericordia divina se cita el doble de veces que la humana, tanto en la Concordancia como en el Epistolario (69-68% de apariciones frente al 31-32%).

Los creyentes experimentan esa misericordia divina de muchas maneras pero, especialmente, en forma de perdón recibido, como Ignacio y los primeros compañeros experimentan en los Ejercicios espirituales (Ej 61, 71). Esa precedencia de la misericordia divina será una referencia constante en toda la formación y la vida apostólica del jesuita, que se hace hombre misericordioso.

Ignacio y los primeros jesuitas entendieron su vocación como «servir al solo Señor y a la Iglesia su esposa» mediante la consagración de sus vida en un cuerpo apostólico dedicado «a la defensa y propagación de la fe y al provecho de la almas» mediante el ejercicio de ministerios muy variados, pero entendidos en clave de la práctica de «obras de caridad» espirituales y corporales.

Las obras de misericordia «corporales» están desde el principio en la experiencia de Ignacio y de los primeros jesuitas. Cuando los primeros compañeros reciben la ordenación sacerdotal los ministerios de la palabra son vividos muy conjuntamente con las obras corporales de misericordia, de modo que en los hospitales tanto confiesan y dan la comunión como lavan y cuidan a los enfermos. Pero viven su dedicación a los ministerios espirituales de la palabra como ejercicio de una profunda misericordia, de modo que en ocasiones no podrá el jesuita dedicarse más que a obras de misericordia «espirituales» (ver Constituciones de la Compañía de Jesús, número 650).

Los ministerios espirituales producen sus efectos. Los ministerios sacramentales suscitan gestos de misericordia; por ejemplo, la confesión que reconcilia profundamente al individuo le mueve a perdonar a los enemigos de un modo también público, a «hacer paces». Por otra parte, los fieles que se acercan a los jesuitas se sienten también movidos a poner en práctica la misericordia. De este modo Ignacio y los primeros jesuitas predican la misericordia de Dios, pero también invitan a los fieles a entregarse o a colaborar con ellos en estas obras de caridad. Pues las dimensiones vertical y horizontal de la vida cristiana forma parte de la catequesis ignaciana desde muy pronto. Ya en los tiempos de Alcalá de Henares se formula como «visitar a pobres» y «acompañar el Santísimo Sacramento» (Autobiografía, número 61).

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La misión actual de la Compañía ha sido definida como «servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta» (Congregación General 32, decreto 4, número 2), entendiendo en esta «promoción de la justicia» una relectura histórica de aquellas «obras de caridad» y de misericordia que señalaba la Fórmula del Instituto. La «recepción» de la Fórmula por parte de las últimas Congregaciones Generales ha acercado al presente, con «fidelidad creativa», la primera formulación del carisma ignaciano mediante nuevas formulaciones que, a su vez, pueden ser iluminadas por el antiguo texto ignaciano cuando no solo lo leemos en los documentos, sino que lo descubrimos en la práctica ordinaria de los primeros jesuitas.

Así pues, es claro que la misericordia es parte integrante y nuclear del carisma ignaciano. Se trata de un ideal que Ignacio y los primeros compañeros experimentaron practicaron inicialmente de un modo casi espontáneo, aunque luego de modo más explícito. Pero esa misericordia, como parte del carisma, es siempre un ideal en el horizonte vital de quienes son llamados a la vida religiosa al modo ignaciano. Ni los primeros compañeros fueron movidos siempre y solo por esa misericordia ni, menos todavía, los jesuitas que después les siguieron a lo largo de la historia la vivieron y practicaron de la misma manera.

Por eso la Iglesia, que anima a todos los cristianos «a contemplar el misterio de la misericordia» (Misericordiae vultus, n. 2), nos estimula a los que queremos vivir el carisma ignaciano a re-descubrir este verdadero misterio de la misericordia recibida, para que sea motor de la misericordia practicada en nuestra vida.

Este texto está tomado de las conclusiones del artículo «La misericordia en el carisma de la Compañía de Jesús», publicado en la revista Manresa, vol 88, n. 346 (2016), págs. 5-18. Agradecemos al autor del texto y al director de la revista las facilidades dadas para reproducirlo aquí.

Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 10 de Julio

Evangelio según San Lucas 10, 25-37.

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”.

Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”.

Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”.

“Has respondido exactamente, –le dijo Jesús–; obra así y alcanzarás la vida”.

 Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”.

 Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”.

 “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor.

 Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

Reflexión – Por Gustavo Monzón SJ

Este domingo, la Iglesia nos invita a que meditemos en la imagen del Buen Samaritano. Este pasaje de la escritura, nos recuerda cuales son nuestros deberes para con el prójimo. Por otra parte, nos presenta el rostro de Dios, encarnado en Jesús quien como Buen Samaritano, nos rescata de nuestras heridas, nos consuela y nos llena de esperanza.

Esta narración se enmarca en un diálogo entre Jesús y un Maestro de la Ley. Entre ellos tenemos dos formas de vivir a Dios. Por un lado al Doctor de la Ley. Por el otro a Jesús. No son antagónicos, uno es la tradición, el otro la novedad. Uno es la forma, el otro el contenido. Ambos son camino de sentido y de misericordia. El Doctor, como nos muestra el Deuteronomio, ha escuchado la voz del Señor. Es fiel a su palabra, en sí lleva la Ley y le da cumplimiento. Con este cumplimiento quiere alcanzar la vida eterna. Y ahí se presenta Jesús. En Él está condensada la esperanza. Como nos recuerda Pablo, es “la imagen del Dios invisible”. En su persona se nos revela el rostro de Dios. Todo esto, lo intuye el Doctor de la Ley quien se siente atraído por su persona y por su mensaje. Y así le pregunta, “¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?”. Ante este interrogante, Jesús no se impone. Le deja que saque de su Tradición, el camino de conseguir la vida eterna. Sin embargo, no lo deja encerrado en ella. Lo anima a que vaya más allá y que no se centre en el cumplimiento de la norma, sino en la actitud frente al hermano. Para eso, pone de modelo de comportamiento a un samaritano. Esto trastoca los valores y modelos del Doctor de la Ley. El último que sería ejemplar en su esquema, se transforma en modelo de vida eterna.

Con esta imagen, Jesús nos muestra como es Dios con la humanidad. Ante una humanidad herida y caída, no pasa de largo. Se acerca, la venda, cura las heridas con aceite del consuelo y la fortalece con el vino de la esperanza. La carga sobre sí en la Cruz y la lleva a la Posada de la Vida eterna. En esto está nuestra salvación, en la confianza que estemos donde estemos en el camino, Dios no abandona, ni pasa de largo, sino que nos devuelve siempre la esperanza.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Espiritualidad Ignaciana en la 3° Edad

La espiritualidad Ignaciana no tiene utilidad limitada al tiempo de juventud en que las personas deben decidir qué rumbo seguir en la vida. Sin embargo Dios tiene algo para decirle a todos, y en cualquier momento de la vida.

El próximo mes de septiembre, el Centre Internacional d’Espiritualitat Cova Sant Ignasi empieza un nuevo curso, esta vez dirigido a las personas que se encuentran alrededor de los 65 años o que superan esa edad.

Se trata de un programa que propone «asumir creativamente» la llegada a este tramo de la vida y que permite prepararse desde diversas perspectivas. Para el coordinador de este curso, el jesuita Francesc Riera, esta nueva propuesta de la Cueva responde a la voluntad de ayudar a las personas a tomar las decisiones cuando llega este momento.

«En cada etapa de la vida la persona debe tomar sus opciones, hacer su elección, dicho en lenguaje ignaciano. Es evidente que entre los 20 y los 30 años se hacen elecciones importantes sobre cómo conducir la propia vida. También cuando la persona supera los 65 años se sitúa ante opciones importantes y deberá decidir si desea vivir la vida creativamente, o sólo dejarse llevar por ella.»

La metodología del curso está marcada por la tradición de Ignacio de Loyola y de sus ejercicios espirituales, que invitan a vivir la vida conscientemente, creativamente y con plenitud.

Una época de gratuidad

Una de las circunstancias de cambio que más inciden en esta época es, a menudo, el final de la etapa laboral. Sin embargo, para el organizador del curso, Francesc Riera, se abre la posibilidad para que las personas se dediquen en esta etapa a actividades más gratuitas, que han pospuesto a lo largo de toda su vida.

La propuesta ha tenido un muy buen recibimiento: ya hay varias personas inscriptas, procedentes tanto de España como de América Latina y algún otro punto de Europa.

Fuente: Info SJ

 

Miserando Atque VI

Seguimos compartiendo textos y perspectivas que nos ayuden a lo largo de todo este Jubileo a reflexionar sobre la Misericordia desde distintas espiritualidades y experiencias.

Por Javier Aparicio Suárez, OSB. Prior del Monasterio de San Salvador del Monte Irago. Rabanal del Camino (León)

La misericordia en el Camino

“… y jamás desesperar de la misericordia de Dios” (Regla de San Benito 4,74)

El Capítulo 4 de la Regla de San Benito está dedicado en su totalidad a la enumeración de los instrumentos con los que el monje ha de crecer en la caridad. Al comienzo y al final del mismo nos presenta el amor a Dios y la misericordia de Dios como principio y final de toda vida monástica, y no solo como un compendio de “instrumentos” con los que ganar y conquistar la respuesta de Dios.

El ábside de nuestra vieja iglesia de Rabanal presenta una impresionante grieta que lo atraviesa desde la parte superior hasta prácticamente el inicio del muro absidial. La fábrica original no fue capaz de soportar todo el peso superior que se dejaba caer sobre la seatera central. Desde la nave tan solo el Cristo crucificado rompe la visión total de la que bien podría considerarse una ruina.

A lo largo de los años la mirada contemplativa del peregrino que camina hacia Santiago me ha enseñado a descubrir la belleza de esta ruina como metáfora de nuestra propia vida, rasgada por nuestra miseria y fragilidad. Sin embargo, toda nuestra vida se muestra diferente cuando se contempla y se ve desde la perspectiva del Crucificado, del Cristo clavado en la Cruz .

El ábside de nuestra iglesia es un espejo de esa nuestra propia vida. Uno puede y debe ver todas y cada una de las grietas, el paso de los años, los pesos y las cargas, el pecado y nuestra debilidad… pero a través de Cristo, esa misma realidad cobra un significado diferente. Porque todo, absolutamente todo en nuestra vida forma parte de la historia que el Dios de la misericordia va escribiendo en nosotros.

Todo es motivo de salvación; nada se queda al margen de la misericordia de Dios. El ábside resquebrajado, nuestra propia vida rota y marcada por una historia de desamor, de envidias, de falta de solidaridad, de ceguera, es bella si somos capaces de mirarla a través de la Cruz de Cristo. Es la belleza escondida de saber que la última palabra es la de Dios, que la misericordia se ríe del juicio (Sant. 2,13), que todo está impregnado del amor de Dios, que lo derrama abundantemente sobre nosotros, en el aquí y ahora de nuestra particular historia porque es eterna su misericordia (Salmo 117).

Dios es eternamente misericordioso con nosotros tal y como somos, y no tal y como deberíamos ser. Por eso San Benito recuerda a sus monjes que ahora y siempre, estemos donde estemos, y seamos lo que seamos, no podemos ni debemos “desesperar jamás de la misericordia de Dios”.

La misericordia de Dios -en palabras del Papa Francisco- es como ese sol que nos visita cada mañana, “… una gran luz de amor, de ternura. Dios perdona pero no son un decreto, sino con una caricia, acariciando las heridas del pecado”.

El monje al igual que el peregrino y, en definitiva, todos y cada uno de nosotros hemos de caminar cada día con la confianza de ser acariciados por la mano de Dios. Es la confianza y la certeza de saber que “aunque una madre pueda olvidarse del hijo de sus entrañas”, Dios jamás se olvida de nosotros (Is 49,15).

Fuente: Entre Paréntesis