Reflexión del Evangelio: Domingo 5 de Junio

Lectura del Evangelio: Lc 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Reflexión – Por Alfredo Acevedo, sj

Varios elementos pueden extraerse de este texto del Evangelio de Lucas. A simple vista, nos encontramos con un relato de revivificación. Jesús devuelve la vida a una persona. Pero no se trata de una persona cualquiera. El texto es claro. Se trata de un hijo único de una mujer viuda. No olvidemos que, en el AT, las viudas, los huérfanos y los forasteros tienen cierta preferencia delante de Dios(Ex 22,21-22; Dt 10,18). El pueblo hebreo está llamado a cuidar de ellos de manera especial. El sector más débil, por decirlo de alguna manera, de la sociedad es el que debe ser atendido de primera mano. Y Jesús lo sabe.

 Pero reparemos en la escena global. Son dos cortejos que se encuentran. El de Jesús, que iba con “mucho gentío”, y el fúnebre, que acompañaba el dolor de la madre. Como si dos fuerzas se enfrentaran. La de la vida y la de la muerte.

Jesús, que es llamado por primera vez en Lucas, Señor, título perteneciente a Dios, se acerca a esa realidad de dolor y sufrimiento. “Tuvo compasión de ella”, dice el texto. A Jesús, el dolor de las personas le revuelven las entrañas, lo conmueven desde dentro. Y por eso actúa. Lo curioso es que, en el texto, la madre no dice nada, pero recibe todo. No emite sonido, pero acoge la Palabra.

La acción de Dios se da a través de su Palabra. Una Palabra que es acción, que es obra, que transforma. No olvidemos que en la Biblia, la Palabra de Dios no es para ser oída simplemente sino vivida. Por eso, es la Palabra que logra transformar las lágrimas en sonrisas, el dolor en alegría, la injustica en posibilidad.

Jesús calma el dolor de la madre y del gentío que estaba con ella. A diferencia del profeta Elías, a Jesús le basta su Palabra. Su Palabra y su presencia son las que rompen la tristeza y el dolor. Porque es Dios mismo el que visita a su Pueblo, dice el texto. Por eso, la revivificación no es tanto del hijo de la viuda sino del pueblo entero, comenzando por la madre hasta alcanzar lo más escondido de la comarca.

Así es Dios. Cuando toca la vida, la “empascua” de punta a punta. Sólo basta que nos animemos a acoger esa Vida que el Señor nos trae.

Que el Señor nos de esta gracia de dejar que nuestro mundo de sufrimiento y de dolor se enfrente con esta fuerza de vida y de alegría que el Señor quiere regalarnos.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

¿Cuánto MAGIS hay en tu vida?

Los ignacianos usamos mucho la palabra ‘magis’ y con ella, solemos hacer referencia a la búsqueda del Mas. Es una palabra muy típica y representativa de la espiritualidad ignaciana. pero también como todo concepto que se usa en diversas situaciones y contextos, se ha prestado a confusión o tergiversación.

En función de esta problemática, el jesuita Darío Mollá nos acerca a la auténtica verdad del «más» ignaciano, más allá de tópicos y deformaciones.

“Era y es un pensamiento bastante generalizado que los jesuitas somos los «más» influyentes, así como los «más» maquiavélicos. Esto para lo bueno y para lo malo, los «más»”, reconoce Mollà. Pero es que estos tópicos tienen su base. En los Ejercicios de San Ignacio, el «más» y el «todo» se repiten infinidad de veces y «la mayor gloria de Dios” (AMDG) se ha convertido en un lema que identifica la Compañía de Jesús, aunque no siempre es bien entendido.

De esta lógica del «más» han derivado actuaciones personales y colectivas admirables, entregas hasta la muerte en las fronteras del mundo y de la Iglesia, pero también han derivado actitudes personales de soberbia, orgullo y prepotencia. «En pocas palabras- afirma el autor- el «más» ha generado actitudes de una profunda radicalidad evangélica, pero también comportamientos muy mundanos.”

Entonces, ¿cuándo, cómo y por qué el «más» ignaciano deja de ser el «más» de la radicalidad evangélica? Darío Mollà, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana, repasa los diversos elementos que lo identifican. El «más» ignaciano no nace en la mirada a uno mismo ni en la voluntad o el esfuerzo para la autoafirmación personal o institucional, sino en el deseo y la gracia de vivir el Evangelio en su radicalidad.

No hacer más cosas, sino ayudar más y mejor a los demás

Su horizonte y referencia es la fidelidad a los valores de Jesús y de su Evangelio, lo que conlleva priorizar el servicio a los que más sufren. Es cuando se pierde esta referencia a Cristo, no en lo teórico sino en lo real, en la vida cotidiana, que el «más» ignaciano se puede desfigurar hasta pervertirse y servir, incluso, de argumento para a acumular riqueza, poder o influencia.

Mollà aclara que “en el «más» ignaciano no se trata de hacer cada vez más cosas, ni de hacer cosas más grandes, sino de hacer aquellas que son posibles para ayudar más y mejor a los demás”. Por ello se trata de hacerse presentes en personas y en lugares o estructuras donde se pueda ser más eficaz en el trabajo por la justicia y a favor de los que tienen más necesidades. El discernimiento ayudará a descubrir cuáles son los lugares y la manera de servir a los más necesitados.

Jesuitas España 

 

Pausa Ignaciana

El Examen General [EE N° 43] o Pausa Ignaciana, es una instancia que se propone al finalizar el día. En ella se intenta recorrer, en 5 momentos la jornada: dar gracias, pedir luz, revisar el día vivido, pedir perdón y proponer cambios.

Les dejamos aquí un video de Francisco Díaz Sj que ayuda a llevar adelante este momento del día.

Ver Pausa Ignaciana

 

Obras de Misericordia: Enterrar a los muertos

Cuando enterrar a los muertos ya se ha vuelto una costumbre en la sociedad que vivimos, la propuesta de esta Obra de Misericordia se actualiza para traernos un nuevo desafío. Hoy la misión es acompañar la muerte, y ayudar a quienes han perdido a un ser querido, a ‘dejarlo ir’.

Por José María R. Olaizola sj

Supongo que habría una época en la que la gente quedaba sin enterrar. Muertos en guerras, en epidemias, o en la pobreza, tal vez eran abandonados de cualquier modo, para ser fruto de la rapacidad de animales o descomponerse a la vista de cualquiera. Quizás aún ocurra en algunos lugares del mundo. Y en esos espacios, probablemente esa delicadeza última de enterrar cuerpo, cenizas o lo que se tercie; ese pudor otorgado al cadáver, como memoria respetuosa con la persona que se ha ido, seguirá siendo, literalmente, la obra de misericordia. Pero, ¿tiene sentido en un mundo más acomodado seguir hablando del entierro como una obra de misericordia, o es tan solo una profesión más, vinculada a las funerarias o subsidiada por el estado de una forma aséptica y mecánica si no hay quien lo haga?

Creo que hay otra forma de entender esto del “entierro”. Tiene que ver con acompañar la muerte. Tiene que ver con ayudar a la gente a despedirse. Tiene que ver con cuidar el duelo. Y con facilitarle a las personas que puedan “dejar marchar” a los seres queridos. La experiencia de la muerte sí que es universal –e inevitable–. Todos pasaremos por ella, y todos acompañamos a personas que tienen que lidiar con la pérdida de un familiar, un amigo… Pérdidas que en ocasiones son dolorosísimas. En ese contexto del entierro, la misericordia se pone en juego de muchas maneras, pero en todo caso es para ayudar a los vivos a despedirse y para conceder a los que se han ido el descanso digno –abierto a otra vida en función de las creencias de cada cual– .

Misericordia, entonces, es acompañar a los vivos en la espera, en esos días difíciles de desasosiego y de acostumbrarse a la pérdida. Acompañar cerca o lejos, con la palabra o el silencio –nunca se sabe bien–. Evitarles –si es posible–los tópicos. Es acoger su dolor, sin forzarles a pasar página demasiado rápido. Es lidiar con las incertidumbres. Es dar –si uno los tiene–motivos para la esperanza. Es cuidar también que las despedidas sean dignas. Honrar la memoria de los que se van sin enzarzarse en discusiones absurdas (porque eso también pasa), y procurarles el tipo de despedida que hubieran querido.

En la película “Despedidas” se advierte la profunda sensibilidad de una forma de despedir a los muertos. También en un libro de ciencia ficción “La voz de los muertos”, de Orson Scott Card, donde se describe un precioso rito funerario consistente en contar la verdad de la vida de las personas, su verdad más profunda, más completa, más humana. Son dos ejemplos. Pero, al final, cada uno tendremos que saber cómo despedir y honrar la memoria de los que se han ido. De eso se trata.

Pastoral SJ

*Despedidas es una película japonesa estrenada en 2008, dirigida por Yojiro Takita. En ella Daigo Kobayashi, un antiguo violoncelista de una orquesta que se acaba de disolver, acaba vagando por las calles sin trabajo y sin demasiada esperanza. Por ello decide regresar a su ciudad natal en compañía de su esposa. Allí consigue un empleo como enterrador: limpia los cuerpos, los coloca en su ataud y los envía al otro mundo de la mejor forma posible. Aunque su esposa y sus vecinos contemplan con desagrado este puesto, Daigo descubrirá en este ritual de muerte la chispa vital que le faltaba a su propia vida.

 

Obras de Misericordia: Vestir al desnudo

Más allá de las pasarelas las últimas tendencias de moda o un asesoramiento sobre que ‘look’ conviene usar para tal o cual ocasión, el vestido no se reduce únicamente a una cuestión superficial. Pastoral SJ, nos trae una reflexión de esta obra de Misericordia que parece quizás una práctica en desuso, y la actualiza, frente a la experiencia actual de la ‘desnudez’.

Se han vuelto a poner de moda los programas de televisión de cambios de estilo. En ellos, personas que quieren un “cambio” se presentan sin recursos, emocionalmente inestables, “desnudos» ante situaciones que no saben gestionar: una imagen para un trabajo, crisis que les han dejado sin medios, etc. Los estilistas les aconsejan, les visten con un nuevo look y a la vez parecen acompañarles en lo que será una nueva etapa de su vida.

La situación es cómica, el estilista comenta con desfachatez su estilo, a la vez que intenta sacarle lo más íntimo y profundo que le lleva a la televisión. Hay mucha superficialidad, emotividad y acogida barata.

La desnudez se presenta de muchas maneras, por supuesto que no podemos olvidar a quienes necesitan de nuestra ayuda para vestir con dignidad. Hay momentos donde el vestido se convierte en una urgencia.

Dice Marko Rupnik sj que “el vestido tiene que ver con la identidad más profunda de la persona. Tan es así que la desnudez es la pérdida de esa identidad y expresa su cercanía a la muerte”. Entonces, lo de vestir al desnudo ya no es solamente dar nuestra ropa pasada de moda a Cáritas, sino que se convierte en la obra de ayudar a recuperar la intimidad y la profundidad de la persona, crear espacios, situaciones, relaciones que colaboren en la rehabilitación del que ha perdido sus rasgos más íntimos.

Vestir al desnudo exige un profundo respeto, pues no se trata de imponer mis gustos o mi visión de la vida. Se trata de acompañar a quien necesita restaurar su humanidad, lo mejor de su modo de proceder y de situarse ante la vida; es ofrecer abrigo al que siente frio para que no bajen sus defensas. Vestir al desnudo no es hacer de estilista que crea algo nuevo, que experimenta con colores, tejidos y peinados, sino ayudar a descubrir o redescubrir el fin para el que ha sido creado, a vivir vidas con sentido y horizonte, a ver lo que Dios nos ha dado para que nuestra vida vaya a más.

Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio- Fiesta de Corpus Christi

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Reflexión

Así es el Corazón de Jesús: insaciable en su deseo de darse a sí mismo. Imparable en la entrega. Irreprochable en su amor. El amor más puro, que no tiene otra intención que el bien de aquellos a quienes ama.

Durante aquella tarde, el señor estuvo regalando, a quienes se acercaban a él, todo lo que tenía: su Palabra, su paz, su salud, su atención, sus manos. Él y sus discípulos habían estado todo el día al servicio de miles de desconocidos que se acercaban Jesús. Y llegada la noche, se dan cuenta de que la gente, seguramente, debía tener hambre y que ellos no tenían nada para darles.

Precavidos, le dicen entonces a Jesús que los mande de nuevo a sus casas, así pueden ir a comer todos tranquilos. Los discípulos no tienen mala intención, ni actúan con desprecio, ni desidia. Son, como cada uno de nosotros, seres humanos que reconocen sus limitaciones y se dan cuenta de que hay cosas que no están a su alcance.

Frente a esa realidad, Jesús les dice: ‘Bueno, pero ¿qué tienen?’. El resto de la historia ya la conocemos de memoria…

Sin embargo, ese momento es el punto exacto en el que el Maestro les da vuelta la lógica. En primer lugar, porque hubiera sido muy entendible de parte de Jesús, que después de estar atendiendo a esa gente todo el día, al final hubiera dicho: ‘muy bien, ha sido todo, ya es hora de que vayan a su casa’. Pero no. Para él nunca es suficiente lo que ha hecho por nosotros. En su corazón vibra siempre el deseo de ofrecer un poco más a quienes ama.

Y segundo, porque les dice que, lo que los discípulos tienen y lo que son, está bien. No tienen que intentar tener más o ser mejores, para darle de comer a la gente. Pero, sí tienen que animarse a darlo. Sólo entregándolo a los hermanos es como el pan compartido se multiplica. Y así pasa también con nuestra vida. Y con nuestro amor.

Ojalá que el Jesús Eucaristía, con el que nos encontramos en cada mesa del altar compartida, sea para nosotros, no solo recordatorio eterno del Dios que entrega TODO de sí para estar con nosotros; sino también, invitación a darnos a nosotros mismos y permitirle a Dios que bendiga, reparta y multiplique nuestra vida y nuestro amor.

Fuente: Encontrados.

 

Puentes entre el Zen y el Cristianismo

Gracias a la experiencia que le ha compartido el P. Kadowaki SJ, Ismael Bárcenas hace una reflexión sobre los puntos de encuentro que puede ver entre el Zen y el cristianismo, y cómo puede ayudar a encontrar tiempo de silencio y meditación en medio nuestro modo de vida occidental, rápido, ruidoso e irreflexivo.

Por Ismael Bárcenas SJ

Este sábado me despedí del Padre Kadowaki, jesuita japonés de 90 años, con él tomé un retiro en el santuario de Loyola. Antes de decir adiós nos preguntó si conocíamos parientes del Padre Arrupe, sabía que era de Bilbao y tenía deseo de ir a saludarlos. Se le informó de que no se sabía dónde localizarlos. Kadowaki tomó aire, lentamente soltó la respiración, como si con la exhalación saludara a quien, en 1950, fuera su maestro de novicios y años después General de la Compañía de Jesús.

El Zen es una tradición oriental que tiene que ver con la meditación. Es vasto, profundo y complejo como para intentar explicarlo en pocas líneas. Si acaso, recupero y hago síntesis de lo que aprendí en el retiro que tomé con el P. Kadowaki. El Zen tiene que ver con el arte de entrar a los propios adentros y, desde ahí, percibir el presente y la Presencia de quien nos da la vida. Es muy importante aprender a concentrarnos en la respiración, atender los sentidos y evitar ese monólogo obsesivo de pensamientos que ametralla nuestra mente. Claro, es fundamental el silencio y tener una posición corporal que ayude a la contemplación.

Como occidentales somos muy cerebrales, vivimos planeando futuros o recordando pasados, sin darnos cuenta estamos sumergidos en un sin fin de actividades y pensamientos. Hemos perdido la capacidad de sintonizarnos al hoy, a este instante que llamamos el presente. Vale la pena hacer alto en el camino y evaluar cómo andamos. Para tal motivo, puede ser que ayuden estas preguntas: ¿Cómo ando en mis relaciones con los demás, con la naturaleza, conmigo mismo y con Dios? ¿Tengo paz? ¿Cuánta serenidad me acompaña para enfrentar las adversidades y los momentos agradables de la vida?

Antes de una de las sentadas, o sesiones de 30 minutos de oración, Kadowaki leyó parte del libro del Génesis (cap. 2, 7): “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo y sopló en su nariz el aliento de vida, así el hombre se convirtió en el viviente”. Luego hizo una reflexión sobre el Señor, título que denota al creador de las plantas, de los animales y de los seres humanos. Dios nos da la vida. Nosotros somos polvo. Nosotros no somos nada. Dios lo es todo. Él nos da el aliento que nos hace vivir. El aliento es la respiración. Cada vez que inhalamos, es Él quien nos da la vida. Cuando inhalamos, nuestro cuerpo se llena de su Espíritu. Cada vez que exhalamos, podría ser nuestra ultima exhalación. El que está muerto es el que ya no respira. Así, en cada respiración recibimos el aliento del Espíritu, se nos da la vida de la Gran vida. A su vez, en cada exhalación algo de nosotros muere. En el ejercicio de respiración, se nos animó a que dejáramos que lo caduco saliera a través de cada exhalación, se recomendó hacer tensión en el cuerpo, como si hiciéramos fuerza para sacar el egoísmo, el orgullo, la soberbia, lo que nos hace ser engreídos y todo lo que no ayuda a que seamos buenas personas. Y, en este juego de Yin – Yang, que al inhalar nos relajáramos, sintiendo el regalo del soplo del Aliento de vida que sana, da paz y sintoniza con Su Presencia.

Permítanme hacer esta analogía: En occidente a ratos somos muy dados a hacer altas especulaciones intelectuales sobre el mar. En oriente se sientan, se serenan y, a través de la respiración, se disponen a percibir ese sirimiri (chipichipi, decimos en México). Dios es esa brisa suave que serenamente nos empapa y que está presente en todo lo que ha creado.

Kadowaki es especialista en Sagradas Escrituras. Ha sido profesor en el departamento de Filosofía de la Universidad de Sophia, en Japón. En los últimos años ha intentado armonizar el Zen con la Espiritualidad ignaciana. Tiene un libro muy alabado: el Zen y la Biblia.

Antes de despedirnos, Kadowaki nos expresaba su deseo de venir el próximo año. Tiene mucho interés en compartir sus conocimientos y hallazgos con los jóvenes. Quizá, en este mundo tan hambriento de la experiencia de Dios, estos puentes entre el Zen y el Cristianismo puedan ayudar al hombre de hoy a que, sumergiéndose en el silencio, en una postura corporal serena y atendiendo a la respiración, perciba esa suave brisa que está ahí, esperándonos siempre y regalándonos su Aliento de vida.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Rasgos de una teología jesuita

Por Gonzalo Villagran SJ

Rasgos de la teología jesuita

La pregunta por los rasgos propios que identifican lo “ignaciano” y lo “jesuítico” es hoy en día una pregunta muy extendida.

En el fondo de esta preocupación está probablemente el reto de ser capaces de transmitir el carisma ignaciano y jesuítico a obras e instituciones donde el número de jesuitas es cada vez menor.

Impulsores de la teología jesuita

Esta pregunta me lleva a reflexionar sobre cuáles serían los rasgos de una teología jesuita a partir del estilo común de los teólogos jesuitas de la historia.

Esta misma pregunta se hacía recientemente el teólogo jesuita francés Michel Fédou. Fédou estudiaba el pensamiento de algunos de los principales teólogos jesuitas de la historia como: Pedro Canisio, Luis de Molina, Roberto Berlamino, Francisco Suárez.

Rasgos comunes en medio de una gran heterogeneidad

Fédou concluye, tras su repaso, que lo primero que tenemos que reconocer es la enorme heterogeneidad de la teología de este conjunto de autores. Ello es debido a que, siguiendo la propia espiritualidad ignaciana, se esfuerzan en “ver a Dios en todas las cosas” incluidos los problemas de su tiempo y lugar. Por ello elaboran teologías que quieren responder al contexto que es la suyo.

Sin embargo, más allá de su heterogeneidad, sí es posible identificar unos rasgos comunes en las teologías jesuitas, lo que intentaremos hacer ahora inspirándonos parcialmente en el comentario de Fédou:

En primer lugar, una teología jesuita debe ser una teología que parta del corazón del mundo. Debe estar atenta a la situación de la humanidad y a sus problemas, y debe dejarse cuestionar por las afirmaciones de las ciencias. Esta actitud humanista brota de la conciencia de “ver a Dios en todas las cosas”.

En segundo lugar, hay una preocupación común en los teólogos jesuitas que brota de la vida de San Ignacio y de las Constituciones de la Compañía y que pone en el centro el “ayudar a las almas”. El objetivo de su reflexión teológica es siempre buscar respuestas a los problemas y preguntas de sus contemporáneos. Esto hace que se privilegien disciplinas y orientaciones con relación con la práctica como la teología moral.

En tercer lugar, podemos identificar en los teólogos jesuitas una común inspiración de fondo en la experiencia de los Ejercicios Espirituales que marcan la espiritualidad ignaciana. Esto se muestra en la teología de estos autores en varios elementos como puede ser la enorme importancia que dan a la libertad humana, o un claro cristocentrismo fruto de la petición de los Ejercicios de “conocimiento interno de nuestro Señor que por mí se ha hecho hombre”.

Finalmente, en los teólogos jesuitas se da una aplicación a su quehacer teológico de las “reglas para sentir con la Iglesia” de los Ejercicios. Esto no implica limitarse a una defensa de la posición de la Iglesia y puede incluir el tener una posición crítica, pero sí supone entender el quehacer teológico como concreción del servicio a la Iglesia, a la que experimentan como “madre” en la fe y “esposa de Cristo” según el texto ignaciano.

Ese papel de la Iglesia se concreta en la figura del Sumo Pontífice, a quien los jesuitas hacen el cuarto voto de obediencia y que es una mediación privilegiada de la presencia de Cristo en su Iglesia a quien la Compañía de Jesús quiere servir.

Punto de partida: experiencia de los Ejercicios

Al hacer teología jesuita en nuestras instituciones, y al ponerla en diálogo con otras disciplinas, estos rasgos – amor al mundo, ayudar a las almas, la experiencia de los Ejercicios y el servicio a la Iglesia – deben ser los que nos den nuestro estilo e identidad, los cuatro se recogen en la experiencia de los Ejercicios Espirituales.

 Fuente: loyolaandnews.es

Miserando Atque IV

Santa Teresa: Transparencia de la Misericordia

Seguimos publicando textos que englobamos dentro de la serie “Miserando Atque”, y que nos ayudan a reflexionar en torno al Jubileo de la Misericordia que estamos viviendo desde distintos personajes y perspectivas.

Por Lola Jara Flores, cm

Santa Teresa considera toda su vida como un milagro de la misericordia divina y así lo constatamos cuando leemos que titula el libro de su vida: “De las misericordias de Dios” (Cta 415, 1). En el Libro Vida manifiesta que escribe para que se vea la gran misericordia de Dios y la ingratitud de ella (Cfr. Vida 8, 4). Por eso, se atreve a decir: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar!” (Vida, 14, 10-11; cf. 19, 5; 7, 22).

Cada página de este libro es un canto a la misericordia que experimenta honda y profusamente en su relación de estrecha amistad con Dios: “Por cierto que es grande la misericordia de Dios. ¿Qué amigo hallaremos tan sufrido? (Meditación de los Cantares 2, 21); y porque sabe que sin la conciencia convencida de la misericordia divina no se puede mantener el ánimo ni “la determinada determinación” para seguir radicalmente a Jesús: “Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para poderos mejor alabar a Vos. Que estando en mí, sin Vos, no podría, Señor mío, nada” (Vida 14,10-11; cf. 7 M1, 1).

Ante la clarividente visión de su propia debilidad y limitación se le presenta la misericordia divina como un mar de consolación en el que ella se sumerge para salir renovada, liberada, con la mente y el corazón ensanchados. Al mismo tiempo, la llena de asombro: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y tan crecida merced a quién te ha traicionado con traición tan fea y abominable? ¡Que no sé cómo no se me parte el corazón cuando escribo esto! ¡Porque soy ruin!” (Vida 19, 6). “Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia” (Vida 4, 10)

Santa Teresa es como una esponja de la Misericordia divina. Y como recipiente preparado para acogerla comprueba que Dios «nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias» (Vida, 19, 15). Su propia experiencia nos da la clave para abrirnos al don de Dios: “Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud…. Miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme, no nos cansemos nosotros de recibir. (Vida, 19, 15), que tenemos capacidad infinita. Porque el alma se dilata o ensancha en la medida que recibe (4M 3, 9; CV 28, 12)”.

La experiencia de verse inundada por la misericordia sin tasa del Señor la conduce a estar cerca del prójimo, con amor desinteresado, libre de egoísmo, practicado con obras y no sólo con sentimientos: “obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma” (5M3, 11). Amor sacrificado, como el de Jesús, verdadero “capitán del amor” (C 6,9), acogiendo y perdonando de corazón cómo se siente amada y perdonada (Cf. 1M1, 3, cf. 5 M 4,10). “No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno” (CV 36, 12).

Fuente: Entre Paréntesis

 

Asistir al enfermo – Obras de Misericordia

Hoy no utilizaré metáforas ni rodeos. No hablaré de las enfermedades espirituales, ni de enfermedades sociales. No. La enfermedad es esa realidad que nos acaba alcanzando a todos. Es esa condición natural a la que nuestro cuerpo tiende por el hecho de estar vivo y no ser perfecto. La sufrimos en nosotros y la vemos en otros. La podemos negar, cambiar de nombre y evitar en nuestras conversaciones. O la podemos afrontar y aprender de ella.

Con el tiempo he ido descubriendo algo que sólo intuía cuando elegí medicina como profesión. Y es que la enfermedad nos sitúa en nuestro justo lugar y saca de nosotros una de las verdades más profundas. Se convierte en maestra. Dura y exigente, pero maestra.

Hay enfermedades banales que nos ponen apenas una piedra en el zapato. Un pequeño susto. A veces un tratamiento crónico que no nos condiciona mucho más. Esa piedra en el zapato se convierte casi en la oportunidad de hacer consciente el que caminamos.

Otras veces la enfermedad, propia o ajena, nos pone ante una realidad más seria, más grave. Nos pone frente a frente de nuestra finitud. Echa por tierra nuestro afán de omnipotencia y fortaleza. Nos desgasta hasta que un día nos lleva consigo o nos arrebata al ser querido.

Es ahí donde aparece, casi por milagro, la realidad más honda. Que ni salud ni enfermedad; ni vida larga ni corta; nos quitan un ápice de nuestra verdad más profunda: ser criaturas de Dios. Todo lo demás no añade ni resta nada a esa dignidad y belleza fundamental. Por eso asistir a un enfermo no es más que visitar a la otra persona en esa verdad desnuda: eres mi hermano. Y yo no soy ni más ni menos. Puedo entonces acompañar sin verborrea ni moralina, puedo quedarme en silencio sin compasiones doloristas, puedo hasta bromear sin que eso sea una huida del problema. Es simplemente estar con el otro. Visitar la persona y no la enfermedad. Ahí está el alivio más profundo.

Pastoral SJ