Pobreza Espiritual y Adoración al Padre

La primera bienaventuranza dice así: Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 1-3). Como Mateo habla de los pobres “de espíritu” o de “alma” y Lucas habla de pobres simplemente, a veces surgen distinciones entre diversos tipos posibles de pobreza, si se puede ser muy pobre y tener un corazón de rico o ser muy rico y tener un corazón de pobre. Pero nuestra contemplación no debe ir por este lado. De entrada nomás es bueno darnos cuenta de que el concepto de pobreza, como el de riqueza, es esencialmente relativo. No existe una pobreza tan absoluta que uno no pueda despojarse de algo más, así como no existe una riqueza tan inmensa que uno no pueda incrementarla. Además, hay que afirmar también que el carácter comparativo de la pobreza es más complejo que el de otras bienaventuranzas: para discernirla hay que relacionar la actitud interior y los bienes externos que posee, considerar la sociedad y la cultura en la que se vive, relacionar lo que uno posee y lo que da, pero también ha que tener en cuenta lo que uno ha recibido, lo que tiene que usar para trabajar y lo que sería solo lujo…Y así. No es fácil saber quién es digno de esta bienaventuranza. Lo mejor es considerar que nos falta ser más pobres y volver a pedir la gracia cada día. Pero hay un camino fácil para volverse más pobre de alma y va más por el lado de las preferencias que de los despojos. Va por el lado del que vende todo para comprar el campo del tesoro y la perla. Vamos a centrar nuestra mirada en el deseo de adorar al Padre (primer mandamiento) y en los despojos que supone y da como fruto sin casi sentir el esfuerzo o la pérdida. Existe una relación hermosa y fecunda entre pobreza de alma y adoración al Padre. Es que con respecto a nuestro Padre creador, el que nos dio la vida y nos sostiene en ella, siempre somos pobres “materialmente” diríamos. Pero espiritualmente reconocernos creaturas y adorarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, es una opción libre. En este sentido, pobre de alma es el publicano y no el fariseo. Es el que religiosamente se siente como el publicano, pecador, necesitado de que Dios lo perdone y tenga piedad de él. Pobre de alma es nuestra Señora quien, al no haber en ella pecado, el sentimiento de su pequeñez y de deberle todo a Dios se convierte en pura alabanza, en adoración llena de alegría y deseo de glorificar a Dios. Al contemplar la bienaventuranza de la pobreza es bueno centrar nuestra mirada en los frutos, por decirlo así, que brotan de esta actitud espiritual bendecida por Jesús. Y el primer fruto de la pobreza de espíritu es la Adoración al Padre. En la adoración al Padre adviene el reino. Al santificar su nombre, se abre el reino de los cielos y viene a nosotros, estableciéndose como voluntad que dirige y ordena las acciones de los que la acatamos líbremente. Y por añadidura nos da el pan, nos perdona, nos libra de las tentaciones y de todo mal. Ese reino que está como oculto, como corriendo por lo bajo, velado, escondido, se abre y adquiere vigencia, cobra valor, realidad, allí donde alguien opta por la pobreza espiritual, allí donde alguien, por amor a Jesús pobre, opta por no agarrar sino por dar, por no auto-adorarse sino por adorar al Padre, allí donde alguien opta por no querer poseer ni dominar ni ejercer derecho sino que comparte, se despoja, sirve, cede.

Pobreza de cosas, preferencia de Dios

En el principio y fundamento Ignacio nos dice que el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir al Señor. En el acto de adoración uno se despoja de todo, más allá de las cosas, se despoja de sentir el ser como propio y lo refiere al Padre creador. Pero ¿qué significa ‘despojarse’ del propio espíritu? ¿En qué consiste este despojarse? Ignacio habla de “pobreza espiritual” y de “pobreza actual”. La primera es una actitud de despojo y de humildad que hacemos líbremente en nuestro interior, la segunda alude a los despojos reales de pobreza que sobrevienen más allá de nuestra disposición interior. La pobreza de espíritu es despojarse del estar pendiente de sí mismo, satisfecho de sí mismo o preocupado por sí mismo, es despojarse del sentirse rico de sí mismo, que lleva a la auto- adoración. Ahora bien, ¿cómo hace uno para no comenzar por estar pendiente de sí mismo y no terminar adorándose a sí mismo? Esta pobreza de espíritu de no poseerse a sí mismo se ejercita en la adoración. Uno no puede “soltarse” a sí mismo sin agarrarse a Dios. Y viceversa, uno no puede adorar a Dios, estar atento a lo que le agrada, confiar enteramente en él, esperarlo todo de su bondad, sin estar despojado de sí mismo. En el Principio y fundamento, la actitud de indiferencia hacia las cosas, incluso hacia la misma pobreza material –no querer más riqueza que pobreza, salud que enfermedad, honor que deshonor…, es preferencia por la Gloria de Dios Creador.

Pobreza de sí mismo, posesión del Reino

Eso es lo que se expresa cuando el Señor dice que el reino de los cielos “es de” los pobres de espíritu, les pertenece. Las otras bienaventuranzas no hablan de posesión presente sino de recompensa futura, excepto la de la persecución por causa de la justicia, que también obra el efecto simultánea-mente: el reino es del que es perseguido, el reino es del que es pobre de espíritu y del que se hace como un niño. La posesión del reino de los cielos se da en el despojo del deseo de posesión autónoma del propio espíritu. El Reino de los cielos es reinado práctico y efectivo del Padre. Reinado sobre nuestra voluntad atrayéndola en la adoración, reinado sobre nuestra mente, concentrándola en la escucha de fe a Jesús, reinado sobre nuestra vida práctica concentrándonos en el servicio del prójimo y en las relaciones fraternales entre nosotros. La pobreza, como la riqueza, es relativa. Uno siempre puede ser un poco más pobre o más rico. Cuando uno habla de pobreza inmediatamente surge la pregunta pobreza de qué, riqueza de qué. Pobreza del propio espíritu, riqueza de Dios.

Los gestos pobres de la adoración

La adoración tiene dos gestos: la postración, que es reverencia y el beso – ponerse la mano en la boca mandando un beso (ad os) – que es alabanza, envío de cariño al que está lejos. Son dos gestos de pobreza espiritual: postrarse es reconocer que uno le debe todo a otro. Mandar un beso, es reconocer que uno quiere darle todo al otro, entregarle todo. Así como para amar al prójimo hay que despojarse de los bienes propios y dárselos al otro, para amar a Dios debemos despojarnos de la auto- adoración y dársela a Dios: glorificarlo, santificar su nombre. En la pobreza material no se trata de un despojo absoluto sino de un despojarse para compartir, así también la adoración es un despojarse de estar pendiente de sí en la medida en que me permite compartir con el Señor. No es un vaciamiento absoluto sino la conciencia de estar sintiendo nuestra vida y remitiéndola a Dios, sintiendo el bien y glorificando a Dios, teniendo conciencia de lo propio apropiárnoslo y soltarlo para ponerlo en manos de él. La pobreza, en este sentido, es dinámica. Quizás debamos reflexionar en eso de que el reino “es” de los pobres de espíritu. En la medida en que uno se despoja de una cosa, goza del ser del reino, de que el reino exista, sea. Y el reino adviene a la existencia, se vuelve real allí donde alguien ejercita esa relación de filiación con el Padre y le expresa su adoración, allí donde alguien ejercita su fraternidad con los hombres y la expresa en el servicio. En esta doble cara de la pobreza de espíritu el Reino de los cielos “se hace presente”, visible, se puede sentir en sus santos efectos: la paz, la cordialidad, la alegría… Por fin, un fruto más de la pobreza espiritual. Un fruto no muy destacado, quizás, pero bien propio de los pobres: el de saber reirse de sí mismos. Martín Descalzo tiene un artículo que es una joyita y puede ayudarnos a discernir la pobreza de espíritu por este fruto “indirecto” si se quiere, pero bien real.

El arte de reírse de sí mismo…

Arte difícil, que no te enseñan en ninguna universidad. Arte imprescindible si uno quiere escapar de esos dos grandes demonios de la vida humana: el que nos incita a adoramos a nosotros mismos y el que nos empuja a odiarnos desde nuestro propio corazón. El noventa y cinco por ciento de la Humanidad cae en uno de estos dos pecados. Tal vez en los dos, simultánea o sucesivamente. Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y, aunque se ven más tentados en esto los llamados hombres públicos (que, como se pasan media vida subidos en púlpitos, tarimas, plataformas o pedestales, tienen la fácil tendencia a olvidar su propia estatura), afecta incluso a quienes objetivamente tienen bien pocos motivos para esa auto- adoración. Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Gentes que no se perdonan por no haber realizado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción en amargura y mal café. Aunque se piense lo contrario, no es nada fácil amarse humildemente a sí mismo, aceptarse como se es, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se conseguirá siendo feos como somos, gordos como somos y medio-listos como somos. Dios, al mandar que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a nosotros mismos como al prójimo. Cosa no menos difícil. Yo creo que el noventa por ciento de los violentos son gente que está furiosa consigo misma. Y casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos. Por eso pregono hoy el arte de reírse de sí mismo, siempre que esa sonrisa surja de la piedad, de una suave ironía; siempre que esa mirada compasiva sobre nosotros mismos se parezca a la que los padres dirigen a sus chiquitines y a ésa con la que Dios contempla a la humanidad. Es éste un arte muy difícil, que sólo le llega al hombre con la madurez, cuando se ha conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Los adolescentes difícilmente pueden contemplarse a través de ese espejo del humor, ya que éste «sólo existe en los pueblos con solera» (escribió Martín Alonso) y, añadiría yo, «en los hombres con solera». Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador: sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la amargura. Por eso yo pido a Dios todos los días que me dé el corazón de un idealista (para que siempre arda en mí el deseo de ser más alto, más hondo, más ancho de lo que soy) y la cabeza de un humorista semiescéptico (para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubro lo poco que en ese crecimiento he conseguido). Y me parece que Dios me ayudó dándome una barba muy cerrada que me obliga a enfrentarme cada mañana (y algunas tardes) con mi espejo, que es el momento mágico para sonreír ante el medio- tonto , medio-listo que soy. «Todos -dice Machado en su Juan de Mairena- deberíamos poder darnos de vez en cuando un puntapié en el trasero.» Y tiene razón, aunque yo he comprobado que es dificilísimo hacerlo contando sólo con dos pies” (Razones para la Esperanza).

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La caracterización que hace Martín Descalzo del que cultiva el arte de reírse de sí mismo describen muy bien los rasgos de alguien que es pobre de espíritu. En primer lugar, el sentimiento hondo, de fondo, el más constante: el pobre de alma siente que ni se adora ni se odia sino que se ama humildemente a sí mismo, se acepta como es y lucha por mejorar (corazón idealista) sin dejar de ser como es y de aceptarse con humor, sin enfurecerse ni avinagrarse (cabeza de humorista semiescéptico). Como decía el Cura Rural de Bernanós, al fin de su vida: Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo. Esta madurez Descalzo la llama “tener solera”, como un buen vino. Segundo, describe la mirada: el pobre de espíritu tiene una mirada compasiva para con las personas, como la de los papás para con sus chiquitines, y despojada ante las cosas: sabe vivir con el alma siempre en borrador.

 

Diego Fares SJ

 

Integrar para crecer

Una vez estaba pasando por un momento muy conflictivo, y tuve la ocasión de hacer los Ejercicios Espirituales bajo la guía de Carlos Meharu, en Montevideo. Después de varios días de escucharme e interiorizarse de mi situación, me dice cuatro palabras: “lúcidos, fuertes, buenos, libres”. Luego pasó a explicarlas: “mantente lúcido frente a todas las cosas, tal como son; como verás la cruda realidad, se fuerte; para que la fuerza no te endurezca, se bueno; para no condescender por exceso de bondad, se libre. Y así libre podrás ser más lúcido”. Además de unificarme interiormente frente al conflicto, Meharu me enseñó a complementar actitudes, buenas en sí, pero necesitadas de otras para no caer en sus propios desbordes.

Más adelante comprendí que esta sabiduría podría llamarse “integración”. Para llegar a ser yo mismo, yo misma, debemos transitar la vida enhebrando las muchas polaridades que nos constituyen: cuerpo y mente, materia y espíritu, afecto e intelecto, individual y colectivo, masculino y femenino, sexualidad y trascendencia, ciencia y fe, etc. “Integrar” es, según el diccionario de la Real Academia, “completar un todo con las partes que faltan; hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo”. Viene del griego “hólos”: entero, completo; y su raíz latina “tangere” (tocar) nos remite a lo “no tocado”, lo que aún está completo.

Jesús de Nazaret, “rostro humano de Dios, rostro divino del hombre”, nos regala una maravillosa integración. La encarnación del Verbo responde a esa gran necesidad nuestra de ser plenamente humanos sin dejar de abrirnos a lo divino, y la necesidad de retornar al origen fontal de nuestra existencia, sin alienarnos del mundo al que pertenecemos.

Según John O’Malley, S.J., lo que hizo de los Ejercicios Espirituales una fecunda herramienta para los primeros jesuitas, “no fueron temas concretos o su manera de articularlos. Fue, más bien, la coordinación de las partes en una totalidad integral y novedosa”. Creemos que su pedagogía del encuentro con Jesús mediante la contemplación ignaciana, conduce gradualmente a la integración de tantas polaridades que nos atraviesan. Desde la integración de las sombras y el oscuro pasado (1ª semana), pasando por la integración de una Presencia que me habita, seduce y atrae mi libertad (2ª semana), hasta hacerse uno conmigo en su existencia pascual (3ª y 4ª semana). En la Contemplación para alcanzar Amor (EE 230) que abre “la 5ª semana”, Ignacio ofrece la máxima integración de Dios conmigo y con el cosmos (cosmoteándrica), y desde aquí aparece una nueva perspectiva: el volverse uno mediante el amor. “En Dios no hay dualidad. En Dios todo es uno. Todo tiene lugar en Él”.

 Agustín Rivarola Sj

Discernimiento, Danza de deseos

A lo largo del tiempo se han dado diferentes definiciones del discernimiento.

* Según la definición más simplista pareciera que discernir era disponer del número del teléfono celular de Dios para preguntarle en cada momento qué hacer. Evidentemente, Dios te respondería, “ya estás mayor; mira tú mismo qué debes hacer…”

* En ocasiones se ha formulado que el discernimiento sirve para “encontrar la voluntad de Dios”. Yo te diría que sí y no. Por una parte Dios no nos impone su voluntad, aunque sí tiene unos deseos fundamentales que nos los va concretando según nuestra capacidad. No es que Dios tenga siempre algo que indicarnos, Dios respeta la libertad que nos dio.

Cristo nos liberó, dice San Pablo, ¡para que fuéramos libres! Tanto así que si tú  y yo no queremos, no entra en nuestro corazón ni en nuestra vida…

* Otras personas dirán que el discernimiento es el modo para saber elegir entre dos alternativas… Otra vez tengo que decirte que sí y no. No es sólo para elegir una cosa concreta. El discernimiento es tan vital que tengo que practicarlo toda mi vida.

El título de este artículo decía “danza de deseos”, ¿verdad? Hablar de baile y de deseos corrige falsas ideas que hemos podido tener del discernimiento.

El Discernimiento bien entendido, es un diálogo de deseos: los que tú tienes con los deseos de Dios. Eso sí, tus deseos profundos, aquellos que dicen quién eres tú en lo más profundo. Ese diálogo de deseos, esa danza de deseos, es para producir algo nuevo, algo que brota del corazón de Dios y de mi propio corazón y tendrá que ver siempre con el gran sueño de Dios: ¡que venga su Reino! Y su Reino tiene que ver además con el anhelo que tengo yo también –en mi propia conciencia, en mi manantial-; sueños de solidaridad, de buscar la felicidad de todos y sobre todo de los que más sufren. ¿Ves cómo discernir no puede ser algo impuesto en mi vida, que me oprima o que me la haga más difícil?

Discernir no será una imposición de Dios.

Discernir, eso sí, me va a exigir esculcar dentro de lo más profundo mío, esos anhelos más guardados y cotejarlos con los deseos de Dios y así, seguir caminando por la vida, en una tónica de discernimiento perenne; en un baile perenne, haciendo que se provoque el Reino.

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¿Sabes por qué me agrada la imagen de la danza?, porque, además de que me gusta bailar, en la danza debe haber un acoplamiento perfecto entre la pareja para no tropezar. Cuanto más se acople la pareja, cuanto más se intuya los movimientos de la pareja, mejor sale el baile.

Es cierto que habrá momentos en los que tendré que decidir algo puntual o hacer una elección concreta y también para ello habré de usar el discernimiento.

Pero el discernimiento como tal es más grande que una elección específica.

 Los grandes deseos de Dios se concretan, gracias a Jesús, en lo que significa Reino de Dios. Fíjate que es la palabra clave de todos los Evangelios, y por mucho tiempo, permaneció soterrada. Esto nos trajo muchas deformaciones a la Iglesia y al mundo.

Reino de Dos es una palabra técnica y hace alusión a un proyecto que tiene Dios –Madre y Padre- para con toda la humanidad. Es un proyecto de justicia solidaria, de tolerancia, de amor, de paz, de equilibrio ecológico, donde los más necesitados son los más beneficiados. Es un proyecto que incluye a todas las personas, que debe comenzar aquí en esta Tierra y que culminará un día en el seño de Dios. ¿No sientes que ahí están expresados muchos de tus anhelos?

Carlos Cabarrús, SJ

María, una mujer capaz de ver distinto

Donde todos hubiesen visto una locura, María vio un horizonte.

Donde muchos hubiesen visto una trasgresión, ella intuyó la promesa de Dios.

Donde tantos se hubiesen estremecido ante la perspectiva y hubiesen exigido más pruebas, más seguridades o más garantías, ella exclamó: «Hágase».

Donde la ley era la referencia y la condena, ella fue capaz de cantar la grandeza del Dios que está con los más pequeños y da la vuelta a todos los órdenes establecidos.

Donde todo era convencional, María, con una acogida hecha al tiempo de ignorancia y valentía, de confianza y entrega, fue capaz de colaborar con Dios de un modo radical.

Fuente: pastoralsj.org

La Cuaresma de los Gordos

-Oración lentánica para adelgazar de uno mismo y llenarse más del Dios Pascual-

Señor de la Plenitud,

Ayúdame a preparar mi corazón repleto de accesorios que la cultura del consumo en la que vivo me ofrece.

De la gordura de afectos desordenados, líbrame Jesús

De la gordura de imágenes sensitivas, líbrame Jesús

De la gordura de actividades sin sentido, líbrame Jesús

De la gordura de quejas incesantes, líbrame Jesús

De la gordura de prejuicios malsanos, líbrame Jesús

De la gordura de tristezas pegajosas, líbrame Jesús

De la gordura de caras de trasero, líbrame Jesús

De la gordura de insensateces, líbrame Jesús

De la gordura de placeres pasajeros, líbrame Jesús

De la gordura de mal humor y mal genio, líbrame Jesús

De la gordura de egoísmo autocentrado, líbrame Jesús

De la gordura de reclamos y reproches, líbrame Jesús

De la gordura de críticas destructivas y condenas, líbrame Jesús

De la gordura de resentimientos históricos, líbrame Jesús

De la gordura de gastar dinero porque sí, líbrame Jesús

De la gordura de dobles discursos, líbrame Jesús

De la gordura de la envidia y los celos, líbrame Jesús

De la gordura de autojustificaciones permanentes, líbrame Jesús

De la gordura tecnológica, líbrame Jesús

De la gordura de superficialidades y distracciones, líbrame Jesús

De la gordura de culpas insanas, líbrame Jesús…

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Y de afecto por los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua

 

Y de imágenes de vida plena rodeándonos, lléname, Dios de la Pascua

Y de actividades para amar y servir, lléname, Dios de la Pascua

Y de oraciones por los que sufren, lléname, Dios de la Pascua

Y de deseos de salvar al otro más allá de sus acciones, lléname, Dios de la Pascua

Y de nostalgias superadas por la aceptación, lléname, Dios de la Pascua

Y de sonrisas resucitadas, lléname, Dios de la Pascua

Y de sentido y sensatez, lléname, Dios de la Pascua

Y de placer de encuentro con los demás, lléname, Dios de la Pascua

Y de humor que haga la vida llevadera, lléname, Dios de la Pascua

Y de salida de mí mismo, lléname, Dios de la Pascua

Y de reclamos por los los que sufren injusticias, lléname, Dios de la Pascua

Y de críticas que construyen la vida y liberan las trabas, lléname, Dios de la Pascua

Y de perdón por las heridas que me causaron, lléname, Dios de la Pascua

Y de deseos de invertir dinero en lo que vale la pena, lléname, Dios de la Pascua

Y de coherencia y testimonio, lléname, Dios de la Pascua

Y de generosidad y gratuidad, lléname, Dios de la Pascua

Y de humildad para aceptar mis límites y equivocaciones, lléname, Dios de la Pascua

Y de conexión espiritual con los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua

Y de profundidad para vivir, lléname, Dios de la Pascua

Y de liberación de nuestra libertad, llénanos, Dios de la Pascua

 

Para amarte más crucificado en los crucificados de la historia,

Para amarte más resucitando en cada uno de nosotros,

mientras esperamos la feliz memoria de la vida definitiva que nos ofreces cada día

 Amén

Emmanuel SicreSj

Cruz Gloriosa, Pascua Crucificada

Dicen los chinos que el invierno contiene la primavera, que ella fecunda el verano, el cual engendra el otoño para hacer nacer al invierno.  Nosotros podemos decir que la dinámica pascual es semejante: la Pasión contiene la Gloria, y la Pascua conlleva una cruz.  Acostumbrados a vivir por separado ambas realidades de cruz y gloria, proponemos asumirlas como dos polaridades existentes en cada una: la cruz engendra la gloria, y ésta contiene la cruz.

El dinamismo de glorificación está ya contenida dentro de la cruz, pero también la gloria entraña una dimensión crucificante, al menos mientras vivimos como peregrinos en esta historia.

Momentos de pasión, crisis, sufrimiento, contienen grandezas que no aparecen en otras instancias. Son como esas cualidades que surgen en las grandes pruebas. Podemos hacer un recorrido por los relatos de la pasión desde la grandeza mostrada en Jesús de Nazaret, y veremos que en la mayor adversidad se nos regala la mayor revelación.  Por ejemplo, la última cena revela el amor hasta el extremo (Jn 13, 1); apenas sale Judas del cenáculo, Jesús proclama “ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre” (Jn 13, 31); sumido en pavor y angustia pronuncia una oración en perfecta fidelidad a sí mismo y a su Padre (Mc 14, 36); cuando lo arrestan Jesús nos revela su opción por la no-violencia, ese “ya basta” de espadas (Lc 22, 51; Jn 18, 11); mantener la calma y decir lo justo frente a tantos falsos testimonios (Mt 26, 59ss); pedir al Padre que perdone a quienes lo están crucificando, mientras estos se le burlan (Lc 23, 34).  Para Santo Tomás de Aquino, la pasión de Cristo sirve como guía y modelo para toda nuestra vida, y en la cruz encontramos ejemplo de todas las virtudes (Cfr 2ª lectura del Oficio del 28 de enero).

Pero la cruz de la gloria no es algo tan frecuente de escuchar. La resurrección es secreta, nocturna y escondida, acontece a partir de la región de los muertos (1ª Pe 3, 19), bien desde abajo, en lo profundo, sin pruebas, sin testigos.  A los primeros cristianos los acusaron de ladrones (Mt 28, 13), y hasta los judíos más piadosos los tenían por borrachos (Hch 2, 13).  Creer en la resurrección rompió el molde machista de los discípulos, pues era creer en cuentos de mujeres (Mc 16, 11). Vivir la resurrección en comunidad significa poner los bienes en común (Hch 2, 32.34), a eso que hoy llamaríamos comunismo.  A Pablo, anunciar la resurrección le trajo insultos (Hch 13, 45), lo tomaron por charlatán (Hch 17, 18), fue denunciado, azotado y encarcelado (Hch 16, 16-24).  Anunciar la resurrección es motivo de burlas (Hch 17, 32), arruina fortunas (Hch 19, 19), y exaspera los intereses de todo un sindicato (Hch 19, 24 ss).

Vivir en el Resucitado tiene su cruz cotidiana, es una alegría que integra el sufrimiento, como Jesús que dice “alégrense” mientras enseña sus llagas.

En el enfoque ignaciano, es la tercera manera de humildad (EE 167), donde la mayor configuración y semejanza con Cristo se encuentra compartiendo su pobreza y humillaciones: “por imitar y parecer más actualmente a Cristo, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre… oprobios con Cristo lleno de ellos… ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal…”.

Agustín Rivarola, SJ

Cuaresma Ignaciana

Como escuchamos en la Buena Nueva del miércoles de ceniza, la vivencia cuaresmal se plasma en la limosna, la oración y el ayuno (Mt 6, 1-18). Así nos preparamos a celebrar la Pascua, la entrega amorosa de Jesús, y lo hacemos desde nuestra tradición ignaciana.

La Limosna es el gesto símbolo de mi amor al prójimo: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” (EE 230). Ignacio también desarrolla una serie de recomendaciones sobre la distribución de limosnas, costumbre muy propia de su época, que hoy las podemos traducir como “criterios de solidaridad”. Ignacio pretende que elijamos bien, con rectitud de intención, quiénes serán los destinatarios de mi caridad.
“Si yo hago la distribución a parientes o amigos o a personas a quien estoy aficionado… la primera (cosa que tendré que mirar) es que aquel amor que me mueve y me hace dar la limosna descienda de arriba, del amor de Dios nuestro Señor, de forma que sienta  que el amor, más o menos, que tengo a las tales personas es por Dios, y que en la causa por que más las amo reluzca Dios” (EE 338).

La Oración es el gesto símbolo de mi amor a Dios. A través de la plegaria, entramos en sintonía con el amor apasionado de Cristo, principal razón por la cual se entrega por nosotros. Ignacio nos invita a dejarnos abrazar y abrasar por este amor: “más conveniente y mucho mejor es, buscando la voluntad divina, que el mismo Criador y Señor se comunique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante… deje inmediate (directamente) obrar al Criador con la criatura y a la criatura con su Creador y Señor” (EE15).

El Ayuno es gesto símbolo del amor a mí mismo. El principal ayuno de nuestra vida cristiana lo tiene que sufrir el estómago de nuestro egoísmo, principal obstáculo para el encuentro amoroso con el Señor y los demás, en limosna y oración. Ahora bien, amar a Dios y al prójimo sin amarse a sí mismo sería tergiversar el principal mandamiento (Mt 22, 39). En el ayuno tenemos una práctica eficaz para entrar en contacto con mis necesidades, con aquellos nutrientes que realmente necesito. “Guardándose que no caiga en enfermedad, cuanto más el hombre quitare de lo conveniente, alcanzará más presto el medio que debe tener en su comer y beber, por dos razones: la primera, porque así ayudándose y disponiéndose, muchas veces sentirá más las internas noticias, consolaciones y divinas inspiraciones para mostrársele el medio que le conviene; la segunda, si la persona se ve en la tal abstinencia, y no con tanta fuerza corporal ni disposición para los ejercicios espirituales, fácilmente vendrá a juzgar lo que conviene más a su sustentación corporal” (EE 213).

El camino cuaresmal se dirige al encuentro con el amor apasionado de Cristo en la Cruz. El fruto de estos cuarenta dias es “tridimensional”: amor a Dios, al prójimo y a mi mismo, lentamente macerado en oración, limosna y ayuno.

Agustín Rivarola, SJ

Ser Yo

«En algún momento necesitamos enfrentarnos a la pregunta, ¿estoy dispuesto a ser amado por quién soy?. Porque si no lo estamos no podemos pretender ser amados, sino solo necesitados.Es preciso dejar de ser “algo” que complace y satisface anhelos ajenos para vivir con autenticidad.

¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué deseo? ¿Cuál es mi destino y misión en la vida? Son cuestionamientos que sólo yo puedo responder. Urge dejar de encarnar “vidas, proyectos y sueños ajenos” para asumir la propia con valentía, confianza, fe y esperanza en Dios.

Necesitamos forjar la propia historia, con sus luchas, asumir los propios errores y aciertos, y celebrar junto a los que nos aman de verdad las propias conquistas. Nuestra vida no estará completa hasta que no hayamos encontrado alguien a quién amar y nos ame con el misterio que soy».

Javier Rojas SJ 

Primera Semana

Para un Dios que busca, nada es suficiente sino es todo.

Noventa y nueve ovejas no son suficientes, si una no está.

Para lo que sea no le alcanza, si le falta una moneda.

Un hijo no llena, si siempre hay otros por volver.

Pérdida, búsqueda, rehabilitación y misión

son un solo camino en el protagonismo de amor

del Señor por nuestras vidas. 

Camino que va haciendo con mucho respeto,

con mucho silencio, con mucho cariño.

Como cordero manso, si lo llamamos viene,

si lo echamos se va, si lo matamos se calla.

Pero gracias a Dios, gracias al Padre, siempre vuelve,

para ponerse ahí, junto a la puerta,

junto a nuestra puerta, de pie, Mirándonos.

Marcos Alemán Sj

 

En Todo Amar y Servir

Una máxima ignaciana que define un idea, un deseo, una aspiración legítima del creyente. Amar a cercanos y lejanos. Con amor que recibe muchos nombres: amistad, pasión, compasión, respeto… Es verdad que no es fácil, y que en ocasiones resulta difícil querer a algunas personas. Y no por mala voluntad, sino porque las relaciones humanas son complejas. Pero también se aprende.  A mirar con benevolencia. A comprender otras vidas. A desearles lo mejor. Y a trabajar por ello.

Ahí entra el servir. Servir es ponerse manos a la obra para tratar de dejar el mundo un poquito mejor de lo que lo conocemos.  Servir es la disposición para ayudar, para atender, para sanar… Servir en lo cotidiano. En la familia, en el trabajo, en el descanso.  Sirven las palabras y los gestos; los silencios y las miradas; sirve nuestro tiempo, si lo empleamos bien; y la risa que se contagia; las canciones que esponjan; los esfuerzos por levantar al que anda caído.

Sirve dar la vida cada día.

Ignacio de Loyola lo aprendió al mirar a Jesús. Al conocerle, amarle y seguirle.

Es un buen eslogan para esta época nuestra. Un poco contracorriente, y para muchos, difícil de entender. Pero es una buena disposición vital. Darse, a tiempo y a destiempo. Porque de egoístas  va el mundo sobrado. Y así nos va. De modo que, aunque sea difícil y a veces cueste, ¿por qué no ser ambiciosos? Para amar y servir, en todo.

 

 José Mª R. Olaizola, sj