Serie 7 pecados capitales: ira

Una serie de José María Rodriguez Olaizola para pastoralsj.org

“Pecados son aquellas circunstancias

en las que uno elige y apuesta

por cosas que hacen que la vida

– propia y ajena – sea menos plena.”

Mal humor lo tenemos todos, incluso quien tiene un carácter afable y casi siempre sonríe. Ratos en que se te cruza el cable, o andas molesto por algo, o las circunstancias que sean te tienen sombrío. No se trata de que uno tenga que estar abonado a la quietud –por muy bienaventurados que sean los mansos–. Pero sí se trata de no llegar a esas situaciones en las que el mal humor te domina y te lleva a donde no quieres. Porque de esto se trata con la ira, de preguntarse si uno está en control, o si una emoción –en concreto el enfado– se vuelve tan intensa que no eres capaz de controlarte. Y conviertes la irritación en agresión a los otros, al mundo, a los objetos, a lo que se te ponga por delante.

El problema de la ira es que convierte al que está airado en un bruto, un energúmeno que, poseído por su enfado, rabia o indignación por lo que sea, se salta los límites básicos y agrede al prójimo. Puede ser más zafio, y la agresión es incluso física, o más sutil, y la ira te lleva a decir lo que se clava en el otro como un puñal hiriente. La ira solo deja detrás tierra devastada.

Frente a la ira, la alternativa no es la paz de los apáticos, aquellos a quienes nada afecta. Es, más bien, la pasión de quien no olvida, por más intensidad con la que viva las cosas, al prójimo. A veces será calma, y otras enfado, pero siempre respeto. A veces será silencio, y otras palabra, pero nunca insulto. Implicará conflicto en ocasiones, pero sin convertirse en algo personal.

José María Rodríguez Olaizola

Fuente: pastoralsj.org

El Dios poliédrico

Las Escrituras nos sugieren innumerables metáforas para expresar quiénes y cómo son Dios, Jesús, el Espíritu Santo y la Iglesia.

Dios –en la Biblia– es una roca, un pastor, un alfarero, un caudillo militar, una nube, un viñedo, un águila, un león, una gallina madre, una fortaleza y un escudo. Jesús es presentado como un profeta, un pastor, un rabino, un maestro, un taumaturgo, un novio, un cordero degollado, el Mesías y el Hijo de Dios. Y hasta pan y vino dispuesto a ser comido y bebido. La Iglesia, por su parte, es considerada –al mismo tiempo– madre, esposa, familia, barca, cuerpo de Cristo, pueblo de Dios y luz del mundo.

Sin embargo, a pesar de la sobreabundancia de títulos, sabemos que Dios, Jesús y la Iglesia son todo eso y mucho más. Una metáfora nunca agota el significado, simplemente se aproxima desde un ángulo particular, realizando una cata en el suelo profundo del sentido.

Los primeros teólogos cristianos que reflexionaron sobre esta cuestión pronto cayeron en la cuenta de que los títulos divinos expresan el modo como Dios –sin dejar de ser un misterio sagrado e inaccesible– se hace próximo, transformándose en un «Dios con nosotros», cercano y accesible.

La Biblia ofrece un deslumbrante abanico de expresiones, sin embargo, muchas de ellas hoy nos resultan extrañas y precisan ser reinterpretadas. El problema que enfrentamos es que metáforas que eran claras y evidentes en otra época se han vuelto oscuras y confusas con el paso del tiempo: ¿Qué significa que Dios es un cordero que espera ser desposado? ¿Cómo interpretar que Cristo es una vid, y nosotros los sarmientos? ¿Y que la Iglesia es una barca?

Un segundo problema surge de la necesidad de articular las diversas metáforas, permitiendo que unas «equilibren» e iluminen el significado de otras, sin eclipsarlas.

El ejemplo de la doble naturaleza de Jesucristo es ilustrativo. Nuestra tradición afirma que el hijo de María es –al mismo tiempo– Dios y hombre. Ambos atributos resultan en apariencia contradictorios, como fuerzas que empujan en direcciones opuestas. Algo similar sucede con los atributos divinos. ¿Cómo puede ser que Yahvé sea irascible y compasivo, impulsivo y paciente, violento y pacífico, maternal y paternal? Radicalizar cualquiera de esos rasgos a costa del resto conduce a un empobrecimiento en la comprensión de Dios.

El misterio no se agota en ninguna metáfora, por ello precisamos de múltiples acercamientos para expresar su insondable riqueza. Al considerar que Jesús es –además de Dios y hombre– maestro y profeta, pastor y rey, taumaturgo y exorcista, peregrino y hermano se matizan y enriquecen sus dos atributos principales, profundizándose así en su naturaleza humano-divina.

Los títulos divinos, cristológicos, eclesiológicos o mariológicos podrían compararse a una estructura articulada en la que todos los elementos están conectados, necesitando unos de los otros para que el edificio se sostenga en pie.

Otra forma de expresar esta delicada articulación sería usando, precisamente, otra metáfora. Así lo formula el papa Francisco al referirse al poliedro, una de sus imágenes preferidas: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (Evangelii gaudium, 236).

Jaime Tatay SJ

Fuente: pastoralsj.org

Serie 7 pecados capitales: gula

Una serie de José María Rodriguez Olaizola para pastoralsj.org

“Pecados son aquellas circunstancias

en las que uno elige y apuesta

por cosas que hacen que la vida

– propia y ajena – sea menos plena.”

Habitualmente decimos que alguien es goloso cuando le gusta el dulce. Asociamos la gula a la comida, con un punto de exceso. A dejarse llevar tanto por el apetito –que no tiene nada que ver con el hambre– que a uno le cuesta poner freno o límites. La gula tiene que ver con dejarse dominar por las apetencias, con ser incapaz de resistirse a los estímulos, con un dejarse llevar por el ansia. Es curioso, porque hoy en día probablemente la gula no está muy bien vista, pero no por una concepción moral de la vida, sino por una concepción estética, y es que provoca calorías y michelines.

¿Cuál es el problema? Que uno termina dominado por lo instintivo, por los estímulos que, en lugar de ofrecerte alternativas, poco menos que te empujan. Que uno, en lugar de valorar el alimento como bendición y como fuente de energía, de salud y de satisfacción, termina, cual voraz zampón, engullendo sin freno. Sin ser capaz de resistirte o de ser señor de tus apetencias. Pienso yo que el problema no es que te guste más o menos el chocolate, o darte un atracón de algo alguna vez. El problema es llegar a ese punto en el que uno deja de controlar sus apetitos, y se vuelve compulsivo, incapaz de tener cierto dominio sobre sí. Y esto no únicamente en lo relativo a la comida, sino a tantas otras apetencias que pueden convertirse en cadenas que nos atan.

¿Cabe una alternativa? Frente a esa ansiedad, la propuesta es la sobriedad. Con un punto de auto-exigencia. Se trata de darte el espacio y la perspectiva para valorar las cosas. Y de que lo excepcional, efectivamente lo sea. Se trata de disfrutar los sabores –de los alimentos y de la vida– como una bendición, como una posibilidad y como un regalo. Y se trata de no ser como una marioneta que se mueve al hilo de necesidades –demasiadas veces artificiales– sino persona, que es capaz de vivir con un poco de orden en el océano de las necesidades infinitas que, de otro modo, te termina engullendo.

José María Rodríguez Olaizola, sj

Reflexión: Comprar un dinosaurio

Por Álvaro Zapata SJ

Es la escena de Los Simpsons que primero me vino a la cabeza cuando anoche vi la noticia de que Elon Musk había comprado Twitter. Un hastiado Homer se dirige a la tele donde el presentador del telediario presume de ganar la lotería: «puede tener todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar… un dinosaurio».

No estoy seguro de si Elon Musk no podrá comprar nunca un dinosaurio, pero lo cierto es que la pregunta que nos ronda a unos cuantos después de la compra de Twitter, es qué queda fuera del comercio, del negocio. Desde la ingenuidad muchos creímos al inicio en las redes como un espacio público de intercambio, de conocernos, donde lo mejor –y lo peor– se ponía en común. Con el tiempo la ingenuidad ha dado paso a la sospecha, hemos conocido que las redes se vertebran en torno a algoritmos que limitan con mucho nuestra libertad. Por eso, quizás, cuando sabemos que el hombre más rico del mundo ha comprado Twitter para garantizar la libertad de expresión, según sus propias palabras, en realidad más que alivio lo que nos sucede es que levantamos una ceja del escepticismo pensando en qué será lo siguiente.

El problema no ha sido descubrir que en realidad Twitter, como el resto de redes sociales o los medios de comunicación, es un negocio que cotiza, que se compra y vende y que está sujeto a intereses económicos y privados. Esto ya lo hemos ido descubriendo. La imagen del universitario geek que crea una red social y se hace universalmente famoso y millonario hace tiempo que se nos quedó atrás conforme esas iniciativas iban formando conglomerados y multinacionales de los que es difícil escapar.

Lo que nos hace levantar la ceja del escepticismo, en realidad, es el hecho de que un hombre se convierta en garante de la libertad de expresión desde su propia iniciativa sostenida en la fuerza de su dinero. Porque esto nos abre a preguntas mucho más difíciles de afrontar que una transacción entre multinacionales, que a fin de cuentas es lo que ha sucedido con Twitter. La decisión tomada por Musk nos recuerda la falta de límites que viven unos –muy– pocos porque la enorme cantidad de dinero que acumulan arrasan con todos los límites que se les podrían poner social o políticamente.

Elon Musk no ha tomado una mera decisión empresarial, ha decidido generar un cambio social tomando el control de una red social influyente. Ha visto algo que, según su criterio, no funcionaba bien y ha demostrado que puede tomar el control sin dificultades para cambiarlo. Y será su criterio el que prevalezca. No porque sea el más adecuado, pensado o consensuado… sino porque es el que más dinero tiene detrás.

Esta es la pregunta, en definitiva. Podemos hablar de valores, de libertades, de prioridades en nuestra sociedad… pero ¿qué hacemos cuando el dinero aparece y decide?

Fuente: pastoralsj.org

Serie 7 pecados capitales: Lujuria

Una serie de José María Rodriguez Olaizola para pastoralsj.org

“Pecados son aquellas circunstancias

en las que uno elige y apuesta

por cosas que hacen que la vida

– propia y ajena – sea menos plena.”

Es tan humano, el deseo, la búsqueda de placer, el perseguir, en el contacto físico, el disfrute, un buen rato, el celebrar el cuerpo en su sentido más profundo. La lujuria tiene que ver con perseguir el placer físico al margen de otras consideraciones. Al margen de otros elementos de la relación. Es el placer por el placer, el sexo por el sexo, el disfrute por el disfrute. Es algo muy al alcance de todo el mundo hoy, en una sociedad que asume el sexo como una dimensión habitual de las relaciones sociales, y donde muchas formas de estimulación están al alcance de casi cualquiera.

¿Dónde está el problema en esto? ¿Por qué hablar de pecado? ¿Es aquí donde, tal vez, asoma lo más puritano, lo más represivo, lo menos celebrativo de una Iglesia y una moral que no comprende las bondades del sexo? ¿Por qué ver problema en la lujuria? ¿En qué sentido nos perjudica? Si dos adultos quieren, ¿dónde está el problema? El problema es que termina proponiendo una vivencia de las relaciones físicas que se agota en sí misma. Eso, a muchas personas les puede bastar. Pero se pierden –al menos desde la concepción creyente de la persona– una opción valiente y con un punto de riesgo: la decisión de vincular las relaciones sexuales a la experiencia interpersonal del amor.

¿Cuál es la alternativa? Vincular el sexo al amor. No a cualquier cosa que se llama amor. Al amor que es apertura incondicional. Que es relación. Que es historia que se va escribiendo con el paso del tiempo. Que es comunicación. Que es compromiso. Y que irá alcanzando mayores niveles de intimidad a medida que va creciendo y consolidándose. Probablemente es en este campo donde la mirada, desde la fe, debería ser menos desde la prohibición y más desde la propuesta. La propuesta creyente es vincular el sexo al amor. Para que no se quede reducido a algo demasiado mecánico, demasiado egocéntrico, demasiado inmediato o demasiado vacío.

José María Rodríguez Olaizola

Fuente: pastoralsj.org

Serie 7 pecados capitales: Pereza

Una serie de José María Rodriguez Olaizola para pastoralsj.org

“Pecados son aquellas circunstancias

en las que uno elige y apuesta

por cosas que hacen que la vida

– propia y ajena – sea menos plena.”

A todos, alguna vez, nos entra un poco de pereza, de inapetencia, de desgana. Y en ocasiones nos dejamos llevar por ella, y es que no se puede estar siempre a mil, con las pilas cargadas y motivado para todo. Pero en ocasiones la pereza se convierte en actitud vital. Pasa de ser una situación puntual a guiar todas las respuestas que das, cada vez que se te pide algo. Siempre encuentra uno excusas para no hacer lo que no apetece. Se te ocurren mil planes mejores. Reconoces que no tienes ganas. O a veces, en lugar de eso, lo disfrazas de sobrecarga y agobio. Te viene a la boca, como un mantra siempre preparado, la explicación de que es que estás muy cansado y no puedes con todo –que a veces es verdad, pero a veces se convierte en una fachada para la vagancia, tan convincente que hasta uno mismo se lo puede creer–. Y terminas posponiendo siempre lo que te resulta duro, arduo o poco gratificante, mientras abrazas con entusiasmo lo apetitoso, lo fácil o lo emocionante. Es muy humano el que haya cosas que te apetezcan más que otras y el que uno prefiera lo cómodo y fácil a lo exigente.

El problema de la pereza como actitud vital es que termina haciendo que algunas cosas que son importantes –acaso imprescindibles– se pierdan y queden sin hacer. Por pereza puede uno dejar pasar algún tren muy necesario. O puede dejar en la cuneta a alguien que le necesita. El gran pecado asociado a la pereza es la omisión, y todo lo que, por su causa, puede quedar sin hacer.

¿Cuál es la alternativa? No sé si es muy contemporáneo hablar de diligencia (que casi suena a carro de película del oeste). Hoy quizás diríamos algo así como que hay que ponerse las pilas y arrear. Como actitud, la diligencia, el ser diligente, es ser alguien que está preparado y dispuesto para ir sacando adelante las cosas. Es bueno para uno mismo, porque vas conquistando espacios, terrenos y ámbitos en la vida. Y es bueno para los otros, si las metas que te fijas tienen que ver con ellos. No se trata, al final, de ir por la vida con complejo de superhéroe o de salvamundos, pero sí de reconocer los propios talentos y ponerlos en juego para que den buenos frutos.

José María Rodríguez Olaizola, sj

Tercer Domingo de Pascua | Domingo del Compartir

Los obispos argentinos han dispuesto que el tercer domingo de Pascua de cada año se celebre el Domingo del Compartir, una jornada para reflexionar sobre la importancia de que la Misión Evangelizadora de la Iglesia sea sostenida con el aporte de sus fieles.

En una carta enviada a los sacerdotes, párrocos y a las comunidades de todo el país, la Conferencia Episcopal Argentina invita a celebrar la primera jornada este 1° de mayo.

En el marco de la reforma económica de la Iglesia, la Conferencia Episcopal ha puesto a disposición de las Diócesis el Programa FE. Una plataforma digital de donaciones donde, de diversas maneras, se puede donar a la misión de la Iglesia Argentina en general, a las Diócesis y a las Parroquias en particular. Este Domingo del Compartir es un momento favorable valorar y colaborar juntos al sostenimiento de la obra evangelizadora de la Iglesia que peregrina nuestro país.

Conoce más en #DomingoDelCompartir

Razones para la esperanza

Un artículo de José Funes SJ* para el diario Perfil.

En estos días feriados de Semana Santa – Semana del Turismo como se conoce en Uruguay, algún día también nosotros blanquearemos el nombre de estos feriados – tal vez hayamos podido encontrar tiempo para descansar y pensar. En este contexto un poco más relajado, continúo el diálogo entablado desde hace tiempo con mi no-creyente y quizás el/la lector/a no creyente también pueda iniciar o reanudar una conversación con su lado creyente. Esta conversación de creyentes con ateos/as y agnósticos/as es siempre beneficiosa, ayuda a quien cree en Dios a la conversión de la mente y el corazón al Dios verdadero que apenas se aproxima a la mejor imagen de Dios que tengamos. El Dios verdadero nos desborda en su misterio no porque es irracional comprender algo de Él sino porque es imposible encerrarlo en nuestra pobre mente. Sólo podemos barruntar algo de su misterio tremendo y fascinante en el camino de nuestra vida. Imagino que también el/la no creyente puede aprovecharse de esta conversación. El desafío entonces es promover este diálogo considerando la honestidad intelectual como presupuesto, la suposición de que la otra persona actúa en buena fe y teniendo el coraje de cambiar nuestros propios puntos de vista si la búsqueda de la verdad lo requiere.

Siguiendo el consejo de San Pedro en la Biblia que exhorta a a los/as cristianos/as a estar siempre dispuestos/as a dar razón de la esperanza que tienen, haciéndolo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia, me pregunto qué razones para esperar en Dios tengo en esta Pascua de 2022.

Comienzo aferrándome a las palabras del profeta Isaías: “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?” Este texto pertenece a la segunda parte del libro de Isaías que se conoce como el libro de la Consolación. En el siglo VI a.C. el pueblo judío estaba todavía sufriendo el destierro en Babilonia y comienza a vislumbrarse el regreso a su tierra. En estas palabras de Dios a su pueblo hay una invitación a mirar hacia el futuro, a lo nuevo que está germinando. Para los cristianos esta novedad que florece es la Vida que nos trae la Resurrección de Jesús que celebramos el domingo de Pascua. En una historia envejecida por el pecado, el Resucitado nos da la posibilidad de lo nuevo, de ser verdaderamente creativos. Estoy convencido que lo antiguo, lo viejo, es el pecado, es el mal que hacemos a los demás, a nosotros mismos y a la naturaleza. No es lo mismo ser creativo, acoger la novedad de Dios, que seguir la moda. No hay nada más efímero que la moda porque además de ser superficial viene con fecha de vencimiento. En la próxima estación dejara de usarse por el dictamen de una minoría de iluminados/as.

En las últimas semanas he estado pensando que la creatividad y la novedad de Dios se manifiestan en el perdón que recibimos y damos. Creyentes y no creyentes tenemos la capacidad de ser creativos, es decir, de hacer algo nuevo y dar respuestas nuevas ante situaciones donde prevalece el egoísmo, la violencia, la injusticia. Esta creatividad nos hace colaboradores del Creador que renueva el universo entero en la Resurrección. Creyentes y no creyentes podemos perdonar y ser perdonados. El perdón es de las experiencias más profundas y humanas que hacemos desde nuestra infancia. El perdón y la reconciliación, fruto de la justicia, hacen posible la vida en nuestra familia, en nuestro trabajo, en la sociedad. Más que nunca necesitamos esperar contra toda esperanza que la reconciliación en nuestro país y en el mundo es posible para que de veras germine algo nuevo.

* Jesuita, doctor en Astronomía, investigador de CONICET-Universidad Católica de Córdoba, ex director del Observatorio Vaticano.

Fuente: perfil.com

Notas sobre sinodalidad

Un artículo de Mauricio López Oropeza, Director del Centro Pastoral de Redes y Acción Social del CELAM.

La danza de la vida para tantos es danza de muerte, infligida por seres completamente descentrados, alejados del camino de humanización. El ser humano tiene la capacidad de vibrar con la música del otro y, sin embargo, hay seres que viven promoviendo el descarte, consideran a otros y a sí mismos basura, viven en medio de situaciones inefables. Ante esto, la sinodalidad es también experimentar el llanto de Dios sobre el mundo en cada expresión que arranca la vida.

Sinodalidad es asumir la esperanza latente, que nos anima a sostener la mirada sobre esas realidades cuando pareciera que todo se sustenta en descartar al otro, y soñar otros horizontes más fraternos. En este mundo desintegrado si tan sólo nos pudiéramos mirarnos unos a otros a los ojos, en verdad, en el anhelo de caminar más juntos y juntas sinodalmente, habría otras posibilidades de tejer otros mañanas.

¿Es el destino del mundo romperse y resquebrajarse? Frente a esta interrogante, estamos llamados a reconocer en el amor la única fuerza integradora, superior a todo, capaz de conducir a la sinodalidad plena desde la comunión de o diverso; Si bien, sabemos que el amor es complejo, a veces desconcertante, pero en la fibra más esencial de nuestro ser sabemos con certeza que sin amor no somos nada. La Sinodalidad genuina, como un modo de ser en el mundo y en la Iglesia, se sostiene en el amor para superar cualquier vacío y encontrar el sentido que nos permita pasar del yo al tú, y entonces alcanzar el nosotros. Aquí no hay cabida para los activismos sin conexión con las raíces, sin conexión con los frutos, es necesario que los caminos compartidos partan de las fibras más profundas de la vida cotidiana, o no serán genuino camino compartido. Por ello, sinodalidad es decir mil veces sí al amor compartido y en comunión; recordando, en medio de un mundo roto, tanto bien recibido como Gracia que viene de arriba. Estamos llamados a querer seguir viviendo en el amor, a sostenernos desde ahí, para seguir sintiéndonos vivos y caminando juntos.

Mantener la fidelidad en la vida, y en el Dios que llama a más vida

Acompañar la conversión para hacerla vida y vida duradera, más allá del momento presente o de los instantes pasajeros, depende de la capacidad de franquear las duras pruebas que se viven en la pugna epistemológica de ideologías contrapuestas y desencontradas. Una pugna que está también dentro del corazón de la Iglesia en su opción vital, y en el corazón mismo de las personas que siguen creando muros para afirmar una superioridad que no permite tender puentes. Toda opción por el Reino debe estar sostenida en la vida concreta del pueblo, en los territorios, en escuchar y abrazar las distintas voces, miradas, carismas y espiritualidades; ahí se teje la verdadera Sinodalidad, porque ella nace del reconocimiento de lo más profundo de cada persona y su propio camino.

Estamos en una durísima disputa que llega como gracia luego de más de casi 60 años desde el impulso del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II para toda la Iglesia, y con especial sentido y fuerza en América Latina y el Caribe. Al respecto, debemos mantener la fidelidad en la fuente primera, la encarnación de Dios en la vida concreta, en acompañar esa vida que se territorializa, defenderla, defender culturas, espacio vital, diversidad, pues ahí está sucediendo el hecho de la encarnación día tras día. Somos llamados a asumir una libertad que se nos ha dado como espiritualidad concreta que nos hace vulnerables ante las estructuras, los tejidos institucionales, pero que se vuelve un bello regalo escondido cuando se comparte, y que al partir el pan logra encontrar nuevos modos más ciertos, nuevos caminos inspirados en los llamados del Espíritu.

La sinodalidad que he podido vivir como laico en mi ministerio dentro de la Iglesia ha sido una Gracia que se ha ido tejiendo progresivamente, que ha mantenido la fidelidad al llamado primero, purificando la intención para ir comprendiendo poco a poco ¿qué significa trabajar juntos por el Reino para todos, sabiendo que nadie es ajeno a este llamado de Jesús? Sinodalidad es el nombre de la Iglesia del presente, lo ha dicho el propio Papa Francisco, pero qué difícil se ha vuelto tejer esto como una posibilidad real en medio de polos en tensión, de pugnas ideológicas y de intentos de someter a los otros bajo las pequeñas verdades particulares.

Llamados a mirar con los ojos renovadores de la Sinodalidad

Sinodalidad es una invitación a crear nuevas posibilidades de vida plena a la manera de Cristo, que, a pesar de la amenaza y la muerte inminente, siempre triunfa. Estamos llamados a redimir el caos y a definir criterios que permitan trazar, progresivamente, nuevos caminos de esperanza para reorientar el mundo desde la posibilidad de una verdadera fraternidad universal. Derrumbando y edificando, como decía Dios mismo a Jeremías, para que se abrieran posibilidades de futuro, uno que se construya en plural y en colectivo, sinodalmente.

Vivir en clave sinodal, se trata de honrar la vida que florece en el Señor, que en absoluta libertad interior nos invita a abrazar las novedades del Espíritu que sucede en el diario vivir, que aparece en el camino, que camina entre nosotros en medio de la realidad porque ha querido compartir nuestro destino y hacer parte de esta peregrinación; Sinodalidad es una invitación a no defender solamente nuestras certezas sin espacio al diálogo, para no caer en los fundamentalismos o miradas autorreferenciales que se toman los espacios y asfixian al Espíritu. Solo la mirada en comunidad tiene sentido, ahí donde la perspectiva más allá de nosotros abre posibilidades hacia una genuina sinodalidad.

En definitiva, no podemos someter este Kairós de Dios bajo ‘megaestructuras autoafirmantes’, que pierdan de vista nuestro llamado a ser un solo cuerpo de Cristo en medio de la diversidad; si bien las institucionalidades resultan muy importantes, solo son realmente esenciales cuando sirven al propósito mayor del Pueblo de Dios, que es el encuentro con el Señor de la vida. Para ello, estamos invitados a vivir en honesta sencillez, al sabernos frágiles y limitados, para que el Espíritu sea el que moldee nuestro rostro, nuestro servicio, nuestro ser Iglesia todos los días y cada día.

Fuente: vidanuevadigital.org

Serie 7 pecados capitales: Avaricia

Una serie de José María Rodriguez Olaizola para pastoralsj.org

“Pecados son aquellas circunstancias

en las que uno elige y apuesta

por cosas que hacen que la vida

– propia y ajena – sea menos plena.”

Todos necesitamos, en la vida, algunas seguridades. Y aspiramos a unas condiciones de vida dignas. Es legítimo tratar de ir mejorando un poco, hasta poder darnos algún capricho… Pero, hay una línea que separa la necesidad verdadera de la ansiedad impuesta, la seguridad del exceso y la prudencia del abuso. Hay una tentación muy humana, la de tener más, acumular, acaparar. Parece que no basta nunca con lo que uno ha conseguido. Todo resulta insuficiente, y la aspiración a acumular –riquezas, bienes, relaciones o experiencias– se convierte en voracidad.

¿Dónde radica el problema? Que en algún punto de ese camino ocurre que dejas de ser dueño para ser esclavo. Los bienes dejan de servir para aquello que necesitabas, para convertirse en tu cadena. La vida va girando en torno a ellos, y poco a poco el miedo a perder puede más que la gratitud ante lo que uno tiene. Además, el ansia de poseer mucho puede producirse a costa de que el otro no posea apenas nada, porque no hay para tantos.

¿Cuál es la alternativa?. Frente a la avaricia, la respuesta es el desprendimiento. Desprendimiento que es una forma de libertad. Una apuesta por la mesura. Se trata de tener una mirada agradecida a la vida, una mirada que te permita valorar lo que tienes como un privilegio. Y que te permita verlo en perspectiva, en un mundo donde tantos carecen de tanto. No se trata de no necesitar nada –eso no es nuestra espiritualidad ni nuestra fe– pero sí de no volver imprescindible lo que en realidad es accesorio.

José María Rodríguez Olaizola, sj

Fuente: pastoralsj.org