Excusas para la Alegría

‘Haciendo propia la alegría ajena es como acostumbramos nuestro corazón a la felicidad’

Por Javier Rojas SJ

Debemos alejarnos un poco del «yo», para compartir la alegría de los demás.

Pocas personas están dispuestas a sonreír con la alegría de los demás. Cada vez menos personas se alegran de que los demás estén felices. Quien no aprenda a sonreír y alegrarse con la felicidad de los demás, no lo será nunca. ¿Por qué?

Porque para ser feliz hay que tener un corazón generoso capaz de salir de sí mismo, de alejarse un poco del «yo», para compartir la alegría de los demás. Haciendo propia la alegría ajena es como acostumbramos nuestro corazón a la felicidad. La alegría no es asunto de «propiedad privada» sino comunitaria.

Cuando nos alegramos con los demás nuestro espíritu se expande, se alimenta el alma y se libera la mente. Cuando sonreímos ante la alegría de los demás el propio corazón se ensancha y se contagia con la felicidad de los otros. Este es un arte que tenemos que aprender y una condición para entrar al Reino de Dios.

Había un rey que celebraba las bodas de su hijo y envío a sus servidores a avisar a los invitados que todo estaba listo para la fiesta. Sin embargo, todos se excusaron. Todos estaban tan ocupados en su propia felicidad y alegría, que no tenían tiempo para sonreír y celebrar la alegría de aquel rey.

Ser mezquinos hasta el punto de no sonreír ante la felicidad de los demás es la máxima expresión de egoísmo. Quien no aprende a apreciar y disfrutar con la alegría del que está a su lado, cuando le toque «en suerte» celebrar algo no tendrá cerca suyo con quien hacerlo. ¿Acaso puede sentir gozo verdadero el corazón de aquel que no experimentó alegría alguna por la dicha del otro?

 

Sobre EE 230…

¿Cómo expresamos nuestro amor a Dios en las obras?

Por Mariano Durand SJ

Una de las frases más conocidas de San Ignacio se encuentra al final del libro de los Ejercicios: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras” [EE 230]. Repasar esta frase nos recuerda cómo Jesús nos invita a responder al abundante amor y dones que Dios nos ofrece.

¿Cómo expresamos nuestro amor a Dios en las obras? Todo comienza por recordar, interiormente, los dones con los que Dios nos bendice y conectar con el deseo de compartirlos.

Para esto, contamos con herramientas que Dios mismo nos provee para discernir cómo usar nuestros dones. También Él mismo nos da medios y oportunidades para que los pongamos en acto y que no quede en la mera intención. De este modo, puedo recorrer el camino de la gratitud Su amor en mi vida, ofreciéndolo a los demás.

¿Cómo te está invitando Dios a expresar tu agradecimiento?

 

Presentación del ‘Manual de Oración Ignaciana’ en CEIA

‘Manual de Oración Ignaciana’ se presentará el lunes 22 de octubre, en el Centro de Espiritualidad Ignaciana Argentina (CEIA). Es una obra enfocada en la enseñanza de la oración ignaciana a niños y niñas especialmente pensada para el ámbito escolar y parroquial.

El P. Leonardo Nardín SJ y un grupo de colaboradores dedicados a la pastoral y la catequesis escolar, ofrecen a padres y educadores un material didáctico para introducir a los niños en el camino de la oración, a través de ejercicios prácticos presentados con sencillez.

El libro, que edita PPC en Argentina, presenta la experiencia de veinte años de oraciones con niños y jóvenes en 90 fichas, siguiendo el itinerario de los Ejercicios Espirituales de Mes Ignacianos, distribuidos y segmentados por edades.

Se hace una adaptación práctica del camino que enseña San Ignacio, de fácil aplicación en el aula y con grupos pequeños, logrando mucho fruto en un espacio que resulta sumamente fecundo. La cita será el lunes 22 de octubre, a las 19.30 hs, en Av. Callao 542 (CABA)

Dios está…

‘La medida que experimentamos su cuidado, nuestra visión de todo se irá transformando.’

Por Mariano Durand SJ

Repasar la historia de nuestras vidas es un ejercicio interesante. Sea que escribamos o la relatemos, siempre surgen nuevas miradas sobre los mismos eventos. Y reaparecen sentimientos y emociones con los que nos identificamos.

Si regresas sobre tu historia, puedes preguntarte a cada paso, ¿dónde estaba Dios? En tal evento, tal conversación, tal encuentro, situación o experiencia interna. Porque Él ha estado presente, en todo momento y lugar.

Dios está en la persona en la que confiamos, la que nos sostuvo en momentos difíciles. Está en la decisión que tanto costó tomar, pero que nos hizo crecer. Dios está en el deseo recurrente, en la superación y en el encuentro casual que terminó forjando una profunda amistad. Está en las elecciones –y sus respectivas renuncias- que trajeron hasta donde llegamos hoy.

San Ignacio de Loyola – y muchos otros peregrinos espirituales antes que nosotros – descubrieron que el amor y la presencia de Dios son constantes. No importa por lo que estamos pasando, ni cómo estemos respondiendo, Dios está con nosotros. Y a medida que experimentamos su cuidado, nuestra visión de todo se irá transformando.

¿Estás dispuesto a ver la historia de Dios entrelazada en la tuya?

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 09 de septiembre

Evangelio según San Marcos 7, 31-37

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Ábrete”. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Reflexión del Evangelio – Por Marcos Stach SJ 

El Evangelio de la Misa de este domingo contiene en sí una catequesis bautismal que es válida para nosotros. Lo primero que resalta es un dato no menor, que es la ubicación donde sitúa Marcos al Señor Jesús: “volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea…” (Mc. 7, 31). Jesús se encuentra en tierra no judía, es decir, extranjera; lo cual constituye un dato escandaloso si nos atenemos a la mentalidad de esa época. Es ahí donde el Señor cura al sordomudo, quizá se trate de un pagano como los de la región donde se encuentra. Y es clara la intención del evangelista, que con esa ubicación viene a decirnos que la salvación de Jesús es universal, para todos, judíos y los que no lo son. Nos viene bien a nosotros, que a veces delimitamos nuestro metro cuadrado, incluso en los ámbitos eclesiales y no nos animamos a mirar más allá, aun entre nuestros hermanos; esto hace que la vigencia de Jesús en Tiro y Sidón siga siéndonos patentes.

Sin embargo, existen dos datos en el Evangelio en los que quisiera detenerme, porque creo que allí se contienen algunas claves para nuestra vida cristiana: Uno consiste en la curación y su método de aplicación tan singular, y lo segundo es aquello que se esconde entre ser sordomudo y la consiguiente recuperación de las facultades comunicativas, es decir, oír y hablar.

De la extraña metodología que emplea el Maestro para curar al sordomudo, pareciera que Jesús emplea una liturgia para restituirle el oído y la voz: “Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: ‘Ábrete’.” (Mc. 7, 33-34). En el modo de proceder del Señor lo que se esconde es una hermosa catequesis bautismal, que aplica a nosotros: El sordomudo es separado, no pertenece a la confusión del amontonamiento, el Señor viene a devolverle su dignidad de Hijo y eso exige distancia saludable de aquello que resulta nocivo. La apelación de Jesús a los sentidos es ejemplar: toca oídos y lengua, suspira y dice “Efatá, ábrete”. En el ritual del bautismo existe un signo del rito, que suele hacerse al final y que está inspirado en este Evangelio, en el cual el Sacerdote dice, mientras toca oídos y boca del recién bautizado: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre. Amén.” Y lo tomo porque es para nosotros, que fuimos bautizados, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Pocas veces consideramos la grandeza del don que se nos regaló con el bautismo, y puede hacernos bien volver al mismo. El bautismo nos sumergió definitivamente en la Pascua de Jesús, participamos ya de su Pasión y de su Resurrección. Allí hemos recibido nuestra Vocación, con mayúscula; esa que nada la borra, porque el bautismo es la consagración por excelencia del cristiano, ungido, quien se acerca a Dios, cara a cara, con la alegría de saberse amado y viviendo ya ahora una vida nueva, incluso con flojeras y límites.

Por otra parte, llama poderosamente la atención en este Evangelio que la persona sanada es un sordomudo. En este hecho podemos vislumbrar un punto que nos viene muy bien en la vida espiritual: el fenómeno del mutismo interior, con el cual la tentación suele sentirse como en traje cortado a su medida y se mueve a sus anchas. Sobre esto, me permito citar la regla de discernimiento de la primera semana de los Ejercicios Espirituales, la número 13, conocida como Regla del vano enamorado, que la renombro en este contexto, como “regla del chamullero”, entendiendo por “chamullar” ese fenómeno que es cercano a lo que entendemos como “engañar”. Precisamente, la Real Academia Española define como “chamullero” a aquel que “habitualmente utiliza expresiones confusas para desorientar a su interlocutor.” Así es el mal espíritu cuando nos tienta. Pero, en concreto, lo que se expresa en la Regla es un dato clave para derribar la tentación, conteniendo en la mente de San Ignacio una verdadera táctica, un “modo de proceder”. Dice así:

«[El mal espíritu] se hace como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto. Porque, así como el hombre vano que, hablando a mala parte, requiere a una hija  de un buen padre o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras y sus acciones sean secretas; y el contrario le displace  mucho [disgusta], cuando la hija al padre o la mujer al marido descubre sus vanas palabras e intención depravada, porque fácilmente colige [concluye] que no podrá salir con la empresa comenzada: de la misma manera, cuando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones al alma  justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; más cuando las descubre a su buen confesor, o a otra persona espiritual que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa; porque colige [concluye] que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engaños manifiestos.» (San Ignacio. Ejercicios Espirituales. n. 326).

El milagro de oír y hablar es clave para vencer la tentación, y es válido para nuestra vida: El enemigo es hábil para chamullarnos y fomentar el mutismo y la sordera interior, que por lo general está mediada por la vergüenza: Si el resto se entera de la tentación que tengo,… ¡qué desastre! Cuando estamos bajo el efecto de la tentación, lo primero que nos pasa es que no solemos querer hablar de aquello que nos tienta. Clave para animarnos a vencer la tentación es hablar y oír, pero en el contexto y con la persona adecuada. La observación de Ignacio es totalmente vigente: El espacio del Sacramento de la Reconciliación y del Acompañamiento espiritual – espacios que por definición pertenecen a Dios, por eso son tan privados- ayudan a que la tentación quede vencida, por la única y sencilla razón de que queda descubierta, desenmascarada y uno mismo se escucha y se libera con la gracia. Quizá podamos preguntarnos: ¿Qué cosas no quiero a hablar y me dejan en el hermetismo, siempre tan tóxico, que no libera? Vivimos aturdidos, en una realidad donde los sordos abundan… y también los mudos para el anuncio del Amor. Podríamos aventurarnos a resumirlo así: ¿Querés vencer a la tentación? Entonces animate a hablar. Dios hará lo suyo.

El sordomudo recupera el habla, vuelve a comunicarse. Y eso provoca en la gente esa exclamación llena de sorpresa y asombro maravilloso, es lo que dicen del Señor: Todo lo ha hecho bien. Y así es Jesús: Todo lo hace bien, en tu vida, en la mía, en la de los que luchamos por abrirnos a seguirlo, a veces con algún raspón del camino. Y lo hace bien a su manera, con sus gestos y su estilo.

Pidamos en este domingo a la Virgen Santísima, que habrá enseñado a Jesús el arte espiritual de ser cercano al dolor y a la vida de los demás, que nos ayude a ser transparentes para hablar y derrocar la tentación del hermetismo… y también para oír a nuestros hermanos.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

12 Razones para Transmitir la Fe

Transmitir la grandeza del Dios de Jesús es una ganancia. Y muchas razones lo avalan.

Por María Dolores López Guzmán

«Con ser una buena persona basta». Esa podría ser una rúbrica de nuestra cultura. «Vive y deja vivir». Algunos creyentes, arrastrados por este sentir, están perdiendo el interés en la comunicación de la fe convencidos de que ahí no reside lo importante. Pero no es cierto. Transmitir la grandeza del Dios de Jesús es una ganancia. Y muchas razones lo avalan:

  1. Por dar a los otros LO MEJOR. ¿Y qué es lo mejor? Nada es comparable a Dios. La vida está llena de variables (salud/enfermedad, pobreza/riqueza, honor/deshonor, vida/muerte), sólo Dios permanece siempre.
  2.  Por construir RELACIONES SANAS. Dios ‘ordena’ todo; es un buen ‘corrector’ (siempre con la misericordia a cuestas) de nuestros excesos (deseo de posesión, indiferencia, violencia…).
  3. Por COHERENCIA. Si somos bautizados, si hemos confirmado nuestra fe, si comulgamos… será porque lo consideramos importante. Si no fuera así, transmitiríamos a los demás una gran incoherencia.
  4. Por COMPROMISO. No se puede decir «soy de los de Jesús» y, sin embargo, actuar por cuenta propia. Ser miembro de la Iglesia compromete.
  5. Por no echar a perder lo que a su vez HE RECIBIDO y tiene valor. Nadie puede sustituir mi labor, ni puede realizar la misión que me ha sido encomendada. Los talentos que se tienen, o se invierten en beneficio de los otros, o se pierden.
  6. Por tratar de construir un mundo más JUSTO. El Evangelio es una Buena Noticia. Educar en los valores del Evangelio contribuye a crear personas justas.
  7. Por dar ESPERANZA. La visión materialista ahoga porque pone sus ojos en realidades caducas; la visión cristiana, que trasciende las apariencias, libera.
  8. Por animar a ser ‘hombres FUERTES’, como decía san Pablo (1Co 16, 23), de aquellos que depositan su absoluta confianza en Dios, fortaleza nuestra (Sal 46, 2). La religión cristiana es lo contrario de la ‘blandenguería’, porque el precio que se paga por un amor que te hace libre es muy alto: marginación, burla, desprecio… la muerte incluida.
  9. Por presentar MODELOS DE VIDA que merezcan la pena. Mejor parecerse a Francisco de Asís que al líder del último grupo musical de moda. La historia de la Iglesia está plagada de ‘buena gente’.
  10. Por reconocer y amar nuestras RAÍCES. Quiénes somos, de dónde venimos… tanto en su sentido original (Dios es Creador y Dador de la vida), como histórico (la fe de nuestros padres nos fue a su vez transmitida).
  11. Por crear unión y COMUNIÓN con otros, más allá de lo biológico.
  12. Por amor y para comunicar la alegría que nace de UNA FORMA DE AMAR.

Fuente: Pastoral SJ

De Turistas y Guías

Y digo yo, ¿No será que en el camino del seguimiento de Jesús somos a veces turistas y a veces guías?

Un turista es una persona pegada a un mapa, cuyo campo de visión oscila entre sus manos (donde tiene el mapa) y el horizonte en el que quiere moverse. Sin el mapa no es nadie, pero el mapa, aquella pequeña cosa, es un seguro de vida, le hace encontrar el camino que tiene que recorrer, le confirma si su meta es lejana o cercana, le asegura si va en dirección correcta o le alerta si va en la contraria.

Algunos turistas tienen la suerte de tener un guía y, especialmente si es un amigo, entonces todo cambia. Te fías de esa persona que conoce los caminos, te pones en sus manos sin dudar de que te llevará a los mejores sitios, a los más interesantes, a donde tú querrías ir. Te fías de su experiencia. Él ya ha recorrido el camino primero y por eso tú ahora le sigues. Pero cuando llegas a los sitios, ahí, tú vuelves a tener el papel principal, el guía te explica, te da datos, pero la experiencia de ver las cosas, de descubrir los detalles y grabarlos en la retina, eso sólo lo puedes hacer tú.

Cuando vuelves a un sitio donde ya ha estado antes eres un poco menos turista. Aquello no es tu casa, pero empiezas a sentirse en ella; ya no te guía el mapa, y tal vez tampoco el amigo, sino el recuerdo de los sitios familiares, por los que has pasado y en los que disfrutaste, allí donde te ocurrió algo. Pero no te quedas ahí; te aventuras a descubrir nuevos lugares, nuevas rutas, has perdido el miedo a extraviarte, porque sabes que al final todos los caminos llevan a Roma.

Y entonces llega ese último momento, en el cual de turista te acabas convirtiendo en guía, y ahora eres tú el mapa andante de amigos, familiares… que quieren conocer aquel sitio del que tanto les has hablado. Y como guía disfrutas contando aquello que ves, y lo haces desde tu perspectiva, desde tus emociones, pasiones… no puedes dejar de transmitir aquello que llevas dentro, para que el otro pueda empezar a gustarlo a su propia manera.

Y digo yo, ¿No será que en el camino del seguimiento de Jesús somos a veces turistas y a veces guías?

Fuente: Pastoral

Amores Virtuales

“El deseo de amar a un otro de carne y hueso distinto de mí implica salir de lo virtual para entrar en el mundo real del corazón humano.”

Por Marta Porta, HVN

Muchas veces cuando comenzamos a experimentar las cosas del amor, casi todo sucede en línea. Comienza con un me gusta, sigue con un chat. Entonces hablemos del fenómeno virtual en el mundo afectivo. Más particularmente en las relaciones amorosas que nacen, se crean o se sostienen en la red. Creo que asistimos a una innegable construcción. Está entre nosotros y nos atraviesa. El gesto más cariñoso puede expresarse en un mensaje y la indiferencia más fría puede sentirse en el silencio de un ‘visto’. La palabra puede tener una fuerza poderosa para armar o desarmar un vínculo cuando cliqueamos ‘enviar’. Señales con una fuerza imparable que cuelgan las relaciones en la nube y nos atrapan en un mundo afectivo potencialmente imaginario donde casi todo es posible.

Pero ¿que sucede con el amor? Él necesita expresarse realmente. Los sentidos (ver, tocar, gustar, oír, oler) son las puertas que abren a los afectos. Son las primeras ‘palabras’ de nuestro lenguaje afectivo.

El deseo de amar a un otro de carne y hueso distinto de mí implica salir de lo virtual para entrar en el mundo real del corazón humano. Donde las emociones y los afectos no son sólo ilusiones. Allí la frustración –esa experiencia de que las cosas no suceden como las imaginamos, nos incómoda– nos entristece. En el corazón nos encontramos heridos y vulnerables, pero también dignos y capaces de amar y ser amados. Allí, en lo escondido y profundo del corazón que se deja tocar por el amor aparece nuestra verdadera identidad. Allí se da lo posible, que alguna vez quizás sea doloroso.

¡Anímate! A cruzar la frontera de la red. A asumir el desafío y la construcción del amor humano.

Es verdad: puede ser más trabajoso. Puede ser más largo. Porque las relaciones necesitan tiempo, lugares, gestos. Necesitan de lo real.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 02 de Septiembre

Evangelio según San Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras, de la vajilla de bronce y de las camas. Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”. Él les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos’. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”. Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ 

El Evangelio de este domingo fue escrito en un contexto particular y respondía a situaciones históricas complejas. Los cristianos comenzaban a separarse de los judíos abandonando sus tradiciones, sus lugares de culto, su sistema organizativo, sus leyes. Entendían que todo ello era importante, pero que existían cuestiones centrales que quedaban marginadas por la obsesión que despertaban las tradiciones. Recordaban la libertad con que se movía Jesús frente a la Ley y las costumbres a las que no descartaba, pero las ubicaba en un lugar nuevo.

Con esto, los primeros cristianos también se sintieron legitimados para abandonar antiguas tradiciones y abrirse a lo que el Espíritu les invitaba. Y el Espíritu les invitaba, esencialmente, a compartir el pan y el vino, a formar comunidad, a escucharse, a vivir según el mandamiento del Amor, a invitar a otros a unirse a una fiesta y un proyecto común. No abandonaron las leyes: mantuvieron algunas tradiciones judías, crearon otras nuevas, incorporaron algunas venidas de otras tradiciones. Todo era bueno si conducía a amar plenamente (1Tes, 5,21).

Y estas palabras, ¿qué tienen para decirnos a nosotros, cristianos del siglo XXI?

Las normas y costumbres son importantes y necesarias. Son producto de nuestra cultura, de nuestro modo de relacionarnos con las cosas y las personas. Han nacido para ayudarnos a convivir y se ponen a nuestro servicio. Todos, de distinta manera y con distinta intensidad, nos aferramos a ideas, ideologías, leyes o tradiciones. Ellas nos dan seguridad, sentido de pertenencia al grupo, respuestas de cómo vivir y cómo comportarnos. Por ello, cuando sentimos que nuestro sistema de vida está siendo amenazado, fácilmente podemos convertirnos en fariseos y escribas de la Ley, personas que condenan a los transgresores para defender las normas y costumbres. Nos aferramos a ideas y preceptos como si fuesen la última y única respuesta a todo lo existente, poniéndolos por encima de las personas.

Para los cristianos, esto es especialmente grave, porque nuestra ética, nuestras tradiciones y nuestras leyes, paradójicamente, deberían promover nuestra capacidad de amar y perdonar. Ninguna defensa de una idea, ley o tradición debería conducir a eliminar al otro. Después de invitar, dialogar y escuchar, deberíamos amar y servir al prójimo, aunque no comparta nuestro estilo de vida. Porque a nosotros, los cristianos, no se nos debería reconocer por el cumplimiento de normas y costumbres ni mucho menos por su defensa, sino porque nos amamos los unos a los otros, nos deseamos el bien, nos hacemos servidores de las necesidades de los demás (Jn 13,35). Nuestro modelo es Cristo, aquél que amó plenamente a todos y puso al hombre por encima de la Ley y que, como consecuencia, fue condenado a morir en una cruz.

Todos, de distinta manera y con distinta intensidad, nos aferramos a normas o costumbres. Pero todos, a su tiempo y a su manera, deberíamos emprender un camino para que Cristo y otros ocupen nuestro centro existencial. Esto no es fácil, porque vivir no desde la seguridad de la ley sino desde la experiencia del amor supone una la precariedad absoluta, un abandono en el otro, una provisionalidad existencial, una confianza en el dar generoso y no en lo que espero recibir. No es fácil, pero es esencial porque, como dijo San Juan de la Cruz, en el atardecer de la vida, seremos examinados en el amor. Y, más recientemente, Casaldaliga:

“Al final del camino me dirán:
– ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré mi corazón lleno de nombres”.

En el fondo, las palabras de Cristo nos invitan a examinar qué habita en el nuestro corazón, en nuestro centro existencial, en el punto de partida de nuestras relaciones y horizonte de nuestra vida. Nos invitan a ver si en este camino de despojarnos de la seguridad de las normas para abrirnos a la intemperie del amor, hemos avanzado algún paso. Nos invitan a examinar cuántos rostros pueblan nuestra vida y qué valor tienen. Cuando éstos ocupen el lugar que merecen, las leyes y tradiciones nos ayudarán a servirlos.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

Mirados desde Dentro del Dolor

Vivimos tiempos en que el Papa Francisco nos invita a compartir el dolor de inocentes asumiendo como él lo hizo en la cruz los pecados que no eran de Él.

Por Tomás Bradley SJ

Esta expresiva imagen está en una capillita de Campaña de esta zona de Tacuarembó, Rincón de la Aldea. Le llamaron Cristo Redentor. Un rostro dolido, sangrante, bien vivo, que mira de frente.

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Los invito a rezar con ella. Rezar en ella con los dolores concretos que conocemos de nuestra gente. Los dolores de nuestra Iglesia sumida en la vergüenza de faltas graves de hijos que han traicionado sus ser “padres”. Vivimos tiempos en que el Papa Francisco nos invita a compartir el dolor de inocentes asumiendo como él lo hizo en la cruz los pecados que no eran de Él: «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. (…)La única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. (Carta al pueblo de Dios del Papa Francisco del 20 de Agosto de 2018).

Pedimos en los EE en la primera semana, vergüenza y confusión. Esta situación es bien concreta y nos “escracha” contra el pecado real que daña. Se nos está invitando a dar desde nuestra debilidad, desde nuestra miseria. Y digo “nuestra”. No “de” otros. Si así lo viviéramos, no estaríamos entendiendo la lógica de los EE que nos invita a entrar y padecer con. Y desde allí gozar de la misericordia.

Es tentación frente al pecado encerrarse en él, solamente, y quedarse lamiendo la herida de la “fantasía narcisista herida en su orgullo de no ser quién se pretendía”. Puede aparecer en lo personal o en lo comunitario. La defensa y la excusa suelen ser los atajos para esquivarle al pinchazo de ser hermanos en serio. El corazón que ha dejado que Cristo esté en centro, sentirá la vergüenza ajena y la hará propia. Aunque el pecador material no lo haga. Porque la actitud interior del corazón herido de amor se deja alcanzar por la mancha de la suciedad de sus hermanos. Lo deja hacer a Cristo que se embarra con él y ofrece su vida para que Cristo pueda volver a redimir, asumiendo el dolor de la consecuencia del daño.

¿Qué soluciona con esto? NADA. Ese no es el punto. Sino generar una conciencia de fraternidad que vincula desde la ternura herida que acompaña y muere con. ¿Qué solucionó Cristo en cruz? La petición que hacemos en esa primera semana de los EE, nos confronta a nosotros. No cuestiona la efectividad de la acción del Señor. Por ello hablamos de la teología del “fracaso”. Es en la total inutilidad de nuestra entrega, en la total infecundidad del amor en el Cristo que mira de frente y desde dentro el dolor inocente y culpable desde la cruz (como en la imagen que contemplamos) que puede obrar la misericordia infinita del Padre. Desde dentro. Desde abajo.

La resurrección manifestará eso: los amo como son. En su huidas a Emaús (Lc. 24), en sus encierros por miedo (Jn. 20, 19), en sus añoranzas de tiempos pasados (Jn. 20, 11-18). La fidelidad cristiana se fragua desde la experiencia de la impotencia. No puedo conmigo, ni con los demás. Y se hace grito de plegaria con el salmista: ¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! (Salmo 51) Que la oración de súplica nos envuelva en estos tiempos. Que ahondemos. Que huyamos de la opinología y nos dediquemos a pedir perdón desde el compromiso real en el que está cada uno. Más misericordiosos, más humildemente comprometidos.

Fuente: Fundación Jesuitas Uruguay