Motivos para la Esperanza: Ante tantas Desesperanzas

Sólo una para la esperanza: Dios, para el que nada ni nadie será olvidado.

Por Iñigo Alcaraz, sj

Parece que lo que te pasa no lo entiende nadie. Crees que todo ese esfuerzo es invisible, inútil y cae en el vacío. Nunca nadie hizo tanto daño, ni enterró a sus hijos con tanto dolor, ni sufrió una amputación del alma tan profunda. Cómo alguien va a comprender lo que sucede en una cama de oncología infantil, en una residencia donde un anciano mira por la ventana recordando una vida que ya a nadie le importa. Cómo comprender la fatiga de una madre rescatada por un miembro de Salvamento Marítimo esta madrugada. El malestar de un niño que no quiere ponerse de portero en el patio, por lo que dirán sus aparentes amigos. Cómo alguien va a acoger la infidelidad en la que vive esa pareja de novios, donde uno ama y otro juega. Cómo alguien puede acompañar la infinita soledad de quien ha sido maltratada, de quien se levanta en la calle y sabe que hoy volverá a beber para soportar el frío del corazón, ese que hiela la existencia. Quién entiende a un universitario que solo escribe en una pantalla por miedo a conversar con sus compañeros, quién quiere hablar de esa herida familiar por todos conocida y silenciada. Nadie tuitea los sueños dados por perdidos, los anhelos que la vida te alejó. Ves inalcanzable volver a sentirte bien con tu cuerpo, formar una familia, hacer sonreír a quien te ha querido tanto, acercarte al agobio profesional de aquellos que tienes cerca. Qué más da saber cómo se llama tu vecino, qué importa llegar a un lugar ofreciendo ayuda, facilitar la vida de la gente. Si al final, lo que cuenta es aprobar, colarse, sacarlo, pasar, llegar.

Es una experiencia universal de sombra. La necesidad de sobrevivir en la jungla. La finitud como verdad última. La desesperanza. Hay muchas razones para pensar así.

Sólo una para la esperanza: Dios, para el que nada ni nadie será olvidado.

Fuente: Pastoral SJ

Prepararnos Para…

Ese “prepararnos” a veces nos pone a vivir en el futuro, sin dejarnos gustar el presente

Por María Bettina Raed*

Año tras año, llega el Adviento y volvemos a escuchar que “tenemos que prepararnos para” la Navidad, para recibir a la familia y a los amigos ese día, para la fiesta, para…Y comienza la carrera por preparar la casa, la comida, los regalos y no sé cuántas cosas más.

La lista de lo que hay que preparar se hace a veces interminable, y queremos arreglar, corregir, reparar y solucionar. Salimos a comprar y planificamos el menú, la mesa, la comida. Si además coincide con el tiempo en el que se inician las vacaciones anuales o tiempo de descanso, estos preparativos se suman a preparar las vacaciones. Ese “prepararnos” a veces nos pone a vivir en el futuro, sin dejarnos gustar el presente. Haciendo de la preparación un “algo” que tiene que pasar rápido para que llegue lo que ha de venir. Haciéndonos perder el gusto del proceso, la profundidad del aquí y ahora.

Incluso nos puede pasar que cuando nos ponemos a reparar, arreglar o solucionar, nos demos cuenta de que hay aspectos que no podemos lograr o que siguen otro rumbo inesperado y entonces, o nos sentimos indignos de recibir a Jesús porque la casa no está preparada o por el contrario, amontonamos todo lo que no nos gusta en el “cuartito del fondo”.

A veces nos olvidamos de lo importante: Jesús nació en un pesebre y no en el palacio de Herodes. Para él sólo hubo lugar en un pesebre, porque “no tenían sitios para ellos en el alojamiento…”. El pesebre fue digno para el Salvador porque Él lo hizo digno con su nacimiento. Jesús con su nacimiento dignificó ese pesebre.

Si hay algo que “preparar para la Navidad” es “un lugar para el Niño en el pesebre”, hacer lugar en el “cuartito del fondo”, allí donde tenemos guardado todo lo que no podemos reparar, arreglar, o solucionar allí todo huele a pesebre.

Allí, “en el pesebre”, hay que hacer un lugar para que Jesús con su nacimiento lo dignifique. Jesús no quiere, palacios, ni pisos lustrados, prefiere el pesebre, porque ahí viene a dar VIDA, ahí viene a TRANSFORMAR todo lo que existe con su nacimiento.

Prepara el pesebre en tu corazón y en tu vida cotidiana, allí quiere nacer Jesús.

*Coordinadora Click to Pray versión española.

Co – Coordinadora Internacional Click to Pray.

Red Mundial de Oración del Papa AO / MEJ.

Fuente: Click to pray

Un Tiempo para Ilusionarse

Recuperar el Adviento es recuperar la esperanza.

Qué bueno es tener motivos para esperar. No pasa nada si nos falta algo, si hay heridas, si en algún momento la vida va achuchada. En realidad hay etapas en las que lo importante es escuchar la promesa de algo bueno. Y creerla, si quien promete es alguien de fiar (Dios lo es). Llegará la sanación para las heridas. Llegará la luz para disipar las sombras. Llegará la paz a las personas. Llegará el amor a poblar las soledades. Llegará la palabra a tender puentes. Llegará el descanso, compartido. Llegarán nuevas ideas, nuevas canciones, nuevos proyectos. Llegará Jesús.

¿Qué me ilusiona hoy?

¿Qué espero, anhelo, deseo en este momento de mi vida?

Fuente: Pastoral SJ 

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Los Santos no nacieron en los Altares

‘¿Qué tienen de especial los santos canonizados y los anónimos? Precisamente que no tienen “nada” de especial.’

Por Javier Rojas SJ

Hay momentos en que Dios nos permite comprender el amor que nos tiene, descubriendo cómo es capaz de amar un hombre o una mujer, como vos o como yo. Tal vez me dirás, ¡esos son los santos! Sí, los santos son tales por su capacidad de amar y servir a Dios y al prójimo; pero los santos no nacieron en los altares. Existen personas de carne y hueso que las encontramos caminando por las calles, sentados en un banco en la plaza, compartiendo su tiempo con amigos, ayudando y sirviendo a los que necesitan de apoyo y consuelo, que embellecen nuestro mundo con su capacidad de amar y de perdonar. Esas personas también llevan en su corazón la misma pasión que los santos canonizados.

¿Qué tienen de especial los santos canonizados y los anónimos? Precisamente que no tienen “nada” de especial. Su amor no es especial, es simplemente amor. Al igual que el amor de Dios, es simple y generoso a la vez. En ocasiones ni siquiera ellas son conscientes del amor que son capaces de dar. No se sienten distintas ni diferentes al resto. Sólo son ellas mismas. Su capacidad de amar (perdonar, compadecerse, sacrificarse, etc.), pasa inadvertida para ellas, pero no para quienes sabemos que esa calidad de amor proviene de la Fuente del Amor: Dios.

Hace poco conocí una persona así. No quiero dar su nombre por respeto, pero me gustaría decir que me cautivó su historia. Cuando lo escuché hablar me sorprendió. Estaba algo nervioso y hasta podría decir que sentía vergüenza, no lo sé con exactitud, pero en su voz fui percibiendo mayor serenidad a medida que relataba y ahondaba en su historia, no sin hondas pausas producidas por las lágrimas. Era una historia de dolor y de amor. Historia de pecado y de perdón. Historia de desconciertos y de confianza. Historia de pérdidas dolorosas y de reencuentros. En pocas palabras, alguien que aprendió lo que es amar y perdonar.

Las personas que desarrollan y potencian su capacidad de amar y perdonar tienen en común que han atravesado por momentos muy difíciles en sus vidas. A veces incluso, trágicas. Pero, en lugar de hundirse en el dolor, el lamento o la depresión, han sacado sabias experiencias de esos momentos. Es como si el dolor las hubiera fortalecido en la bondad y el amor. Las dificultades no les amedrentan ni los fracasos les impiden continuar. ¿Qué hay en estas personas que parecen invencibles? Se han conectado con la Fuente de Amor. El amor que tienen hacia los demás, y las ganas de vivir traspasan los límites del bienestar meramente personal. No se mueven por la sensiblería empalagosa de los anuncios televisivos que invitan a colaborar en alguna colecta por los “más pobres”, sino que amar y servir se ha convertido en un estilo de vida para ellos.

Cuando conectamos con Dios y comprendemos que su amor hacia nosotros es más grande que cualquier dificultad, cuando nuestra confianza en Jesús es más fuerte que la muerte, y comprendemos que nada nos separará de Él, encontramos que en cada tropiezo hay una mano firme y fuerte que se tiende para levantarnos. Ese es Dios, el Padre bondadoso y misericordioso que nos ama como ningún otro. Amor que no se entiende hasta que lo compruebas, o vislumbras latiendo en el corazón de personas con capacidad para amar. Todos llevamos en nuestro corazón las mismas pasiones que los santos canonizados. Tu y yo somos llamados a la santidad. ¡Qué no se nos olvide que al celebrar a los santos no estamos haciendo otra cosa que reconocer nuestro destino! Tu corazón, ¿Es capaz de amar y perdonar?

 

Recuperar el Adviento

Es tiempo de anticipar, con ilusión, algo bueno

Esto no es solo el tiempo previo. No es únicamente una temporadita que tiene que pasar para que llegue algo bueno. El Adviento tiene su propio ritmo, su propia historia, su propio encanto. Es el tiempo de prepararse. Es tiempo de anticipar, con ilusión, algo bueno… Es tiempo de abrir las ventanas de fuera y de dentro, para que se airee la vida y se renueve la esperanza. Es el tiempo del deseo, de las expectativas, de las promesas que te llenan de expectativas. Quizás estas próximas semanas puedo vivir este tiempo con toda la hondura que me ofrece.

Fuente: Pastoral SJ

Esperaré

Una oración que invita a la espera activa.

Por Benjamín González Buelta, sj

Esperaré a que crezca el árbol

y me dé sombra.

Pero abonaré la espera con mis hojas secas.

Esperaré a que brote el manantial

y me dé agua.

Pero despejaré mi cauce

de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte

la aurora y me ilumine.

Pero sacudiré mi noche

de postraciones y sudarios.

Esperaré a que llegue

lo que no sé y me sorprenda

Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.

Y al abonar el árbol,

despejar el cauce,

sacudir la noche

y vaciar la casa,

la tierra y el lamento

se abrirán a la esperanza.

Fuente: PastoralSJ

 

A Veces hay que Esperar

A veces hay que tener paciencia y sentarse junto a las losas, que no han de durar eternamente.

 Por José María Rodríguez Olaizola, sj

A veces hay que esperar,

porque las palabras tardan

y la vida suspende su fluir.

 

A veces hay que callar,

porque las lágrimas hablan

y no hay más que decir.

 

A veces hay que anhelar

porque la realidad no basta

y el presente no trae respuestas.

 

A veces hay que creer,

contra la evidencia

y la rendición.

 

A veces hay que buscar,

justo en medio de la niebla,

donde parece más ausente la luz.

 

A veces hay que rezar

aunque la única plegaria posible

sea una interrogación.

 

A veces hay que tener paciencia

y sentarse junto a las losas,

que no han de durar eternamente.

Fuente: Pastoral SJ

 

atardecer

Pregoneros y Profetas

“Cuando pase el mensajero que no le vuelva la cara para esquivar su propuesta.”

Por José María Rodríguez Olaizola SJ

Cuando pase el mensajero

que no me encuentre dormido,

afanado en otras metas,

indiferente a su voz.

 

Que no sea su relato

semilla que el viento barre

o luz que a nadie ilumina.

Cuando pase el mensajero

que no le vuelva la cara

para esquivar su propuesta.

Se presentará en un libro,

en un verso,

o será estrofa de un canto

que me envuelva.

 

Vendrá, tal vez, en un amigo,

en un hombre roto,

o en el pan partido.

Le abriré la casa,

pondré en juego el corazón

y escucharé, con avidez,

sus palabras.

Y entonces

me cambiará la vida.

Fuente: Pastoral SJ

Imagen: Cathopic

 

Aprendizaje Vital

Nos hemos vuelto muy racionales, calculadores, y poco creyentes.

Por Javier Rojas

Con cuánta facilidad decimos que tenemos que aprender a aceptar lo que nos sucede y confiar en Dios, pero cuánto nos cuesta vivirlo en profundidad. Aceptar lo que venga, sea lo que sea, de buena gana y hasta con cierto humor, es una de las tareas más arduas en nuestra vida. ¡Cuánto cuesta aceptar lo que acontece!, lo que no imaginábamos ni proyectábamos que iba a ocurrir. Los imprevistos nos ponen los “nervios de punta” porque no nos gusta encontrarnos con los límites y complicaciones. Nos programamos mentalmente de tal manera que no admitimos con facilidad que suceda algo a nuestro alrededor que no hayamos previsto antes.

Todos queremos concretar nuestros sueños, metas y proyectos, pero necesitamos aceptar con paz, que no todo lo que planificamos sea posible de realizar. Esta incapacidad para aceptar lo que simplemente sucede, nos viene en gran parte de nuestra manera de entender la vida y la felicidad. Estamos de acuerdo de que es bueno proyectar o soñar, e incluso, planificar lo que queremos vivir; sin embargo, es fundamental aprender que no solamente hay vida y oportunidad en lo que deseamos que suceda, sino también en todo aquello que nos contradice y que acontece a pesar nuestro.

La falta de capacidad para aceptar con buen talante lo que sucede a nuestro alrededor, ha debilitado la sabiduría interior y la fe. Nos hemos vuelto muy racionales, calculadores, y poco creyentes. Confiamos en nuestros pensamientos, en nuestros planes, en nuestros sueños, en nuestros proyectos, en definitiva, en lo que podemos programar; pero no nos animamos a abrir la mente y el corazón para descubrir a Dios en el misterio de lo que simplemente ocurre.

La vida tiene su misterio comprensible por la fe que ilumina la razón. La vida es una maestra sabia, que de manera un tanto sorpresiva, nos pone en situaciones, acontecimientos y ante personas que necesitamos en los momentos claves para seguir creciendo. ¡Cuántas veces hemos encontrado esa misteriosa coherencia entre los acontecimientos de nuestra historia! ¿Acaso no vemos que los momentos difíciles que hemos atravesado, fueron verdaderos maestros de sabiduría? En definitiva se trata de aprender a mirar y a leer de una forma nueva lo que nos ocurre, para descubrir la promesa de vida nueva que se abre ante nuestros ojos.

Por medio de la fe adquirimos una manera distinta de mirar, un conocimiento distinto del que tiene nuestra mente. Esta última se cierra a la posibilidad de descubrir lo bueno en aquello que no controla. Es sorprendente cómo ella recorta a la fe la posibilidad de darnos conocimientos nuevos. Solo quienes aceptan que vivir es aprender en todo, y de todo lo que se presenta, adquieren la capacidad de descubrir en lo que acontece a los maestros sabios. No es tanto lo que nos sucede, sino lo que hacemos con lo que nos pasa. La vida no se elige, se vive y quien aprende a vivir puede ayudar a otros a hacerlo.

 

Prepararse por Dentro

¿Cómo prepararse? Desde la gratitud por lo que uno tiene.

El Adviento que comenzamos es tiempo de disponerse a algo grande –pero que a veces queda silenciado ante el folklore de diciembre–. Porque cuando llega algo que esperas con ansia, ¡anda que no le das vueltas! A veces hasta te quita el sueño, por la ilusión, la incertidumbre, el deseo de que las cosas lleguen, de ver a ese ser querido, de saber el resultado de un examen muy importante para ti, de tantas cosas. ¡Pues lo que estamos esperando es alucinante, grande, inmenso!

Es tiempo de disponernos a un encuentro, algo que no por sabido deja de ser nuevo. Un encuentro con un Dios al que, una vez más, admiramos como ser humano. Un encuentro con una lógica (la de la encarnación, un Dios capaz de hacerse humano con todas sus consecuencias), que nos desborda. ¿Cómo prepararse? Desde la gratitud por lo que uno tiene. Desde la escucha de esas promesas de un Dios que te dice: «vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia, para estar presente ahí. Vengo a ti».

Vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia. ¿Cómo me resuena esa palabra?

¿Cómo puedo prepararme para cuando llegue la navidad? ¿Tal vez un poquito de oración? ¿Alguna lectura distinta? ¿Una revisión agradecida de lo que es mi vida y lo que puede llegar a ser?

Pastoral SJ