Creer en el Heroísmo Cotidiano

Una analogía para seguir reflexionando sobre la Pascua y el modo particular que tiene Jesús de salvarnos.

Por Dani Cuesta SJ

Con casi todos los grandes superhéroes ocurre lo mismo. En su día a día son personas aparentemente normales. Tienen su trabajo, su familia, sus amigos y alguna chica que anda detrás de ellos. Sin embargo ellos saben que, pese a esta normalidad, tienen unos poderes y una misión que les hace distintos del resto de la gente.

De repente llega un día en el que todo se vuelve en contra. Los malos de descontrolan y la humanidad peligra. Es entonces cuando llega su momento y tienen que salvar heroicamente a la humanidad. Pero pasado este día de triunfo, vuelven a su apariencia de siempre. Ya no usan ni la capa ni sus superpoderes. La gente ni siquiera sabe que son estos superhéroes y por supuesto no les dan las gracias ni les aplauden cuando llegan a la oficina. De hecho, en muchas ocasiones los hombres ni siquiera eran conscientes del grave peligro que corrían, como para encima enterarse de que les han librado de él.

Cuando llega el tiempo de Pascua, pienso que con Jesús nos ocurre muchas veces lo mismo. A veces se nos hace difícil creer que nos ha salvado, porque no somos conscientes de que peligre ni de que necesitáramos una salvación. Además nuestra vida sigue desarrollándose igual que antes, y en lo aparente parece que nada ha cambiado después de su Resurrección.

Por ello quizá sea el momento de pararse a pensar en sobre qué y sobre quién ha vencido Jesús y también de qué nos ha salvado. Y por qué no, de buscarle en medio de nuestro ambiente, porque como un superhéroe que se ha quitado la capa, él sigue presente “pasando por uno de tantos”.

Fuente: Pastoral SJ

Creer en el Espíritu

Creer en que el Espíritu de Dios habita en cada uno y desde allí impulsa sentimientos, ideas y acciones…

Por José María Rodriguez Olaizola, SJ

Hay mucha gente que dice que se considera espiritual, y dice de sí mismo aquello de “yo soy una persona muy espiritual”. Eso no necesariamente significa religiosa, ni tan siquiera creyente. A veces con ello quiere aludir a que tiene vida interior, reflexiona, hace silencio, le gusta abstraerse, meditar, tal vez ayudado por músicas tranquilas, aromas propios de una tienda natura y a la luz de velas –que el fuego parece que tiene ese magnetismo que centra las miradas y aquieta los ruidos de dentro–. Otras veces sí puede implicar que quien dice eso se siente de algún modo más unido a la naturaleza, a la vida, o a algo trascendente.

En cristiano, ser espiritual hace referencia al espíritu de Dios. Espirituales, de algún modo, somos todos, pero la clave para dejar que esa dimensión de la vida crezca está en dejar que, dentro de uno, el espíritu de Dios tenga espacio para moverse, resonar y suscitar inquietudes. No se trata de que, al habitarnos, el espíritu nos invada. Es más bien una convivencia que potencia lo mejor de uno mismo; que hace que la soledad sea sonora, y mantiene los sentidos mucho más alerta.

El espíritu resuena en la oración, en la actividad, al ver un telediario, al dar un abrazo, al leer un libro, en una canción, al mirar un cuadro, dando un paseo, escuchando a alguien que te habla de su vida. Resuena en la historia, y en la imaginación que nos invita a soñar un futuro mejor. Resuena en el encuentro humano. Y bajo su impulso maduran en cada uno de nosotros algunas actitudes que nos llevan a vivir con más plenitud: compasión, justicia, verdad, amor…

Eso sí, el espíritu no se impone a nosotros. Si no le dejas hablar, se calla y espera, paciente. La cuestión es ¿cómo dejarle?

Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 7 de Mayo

Evangelio según San Juan 10, 1-10

Jesús dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.

Reflexión del Evangelio – Por Patricio Alemán SJ

El evangelio de este IV domingo de Pascua nos presenta a Jesús hablando con los fariseos y, en ese diálogo, revelándonos y revelándose en la imagen del pastor y sus ovejas. A medida que Jesús fue creciendo y fue tomando contacto con la realidad de su pueblo y con las personas concretas, encontró que “estaban como ovejas sin pastor”. Abundaban los ladrones y asaltantes que se acercaban con promesas falsas, con intenciones oscuras, con intereses particulares. Hoy también nos encontramos con ellos: ladrones y asaltantes de la dignidad humana, de los sueños y deseos compartidos; voces propias o ajenas que nos confunden, hacen dudar, paralizan, echan para atrás, que nos tientan con “amores” sin compromiso, con atajos sin salida.

En cambio, Cristo nos llama a entrar al corral por la puerta. Él es la Puerta a través de la cual nuestra vida pasa y se llena de sentido y de nuevos horizontes. Al pasar por esa puerta, descubrimos su misericordia, encontramos su abrazo, y la alegría del Padre por el hijo que ha regresado. Adentro, nos da su alimento, su Cuerpo y Sangre. Nos sentamos en una mesa compartida. Sale a buscarnos y nos llama por nuestro nombre. Ese nombre que esconde nuestra historia y nuestra identidad más profunda y originaria. Sale a buscarnos porque nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Y porque vivir ese amor es parte de su proyecto.

 Pero no sólo es la Puerta, sino que también es ese Pastor que camina delante de nosotros. Porque no nos llama para quedarnos tranquilos ni cómodos, sino que nos invita a salir, a caminar con él y a ser sus compañeros. Así, no sólo nos muestra el camino, sino que también nos revela el modo de transitarlo: con los ojos fijos en él, pero atentos a aquellos que están golpeados al costado del camino. Aquellas víctimas de los ladrones y asaltantes que también encontramos en el camino. Él nos enseña a desviar el propio camino para encontrar, acoger y cuidar de otros.

 En el mismo relato del evangelio, Jesús nos presenta dos claves para reconocerlo: oír y ver. No se trata de formular grandes oraciones y/o peticiones. Eso vendrá después. Lo primero es hacer silencio en medio de tanto ruido y voces que aturden, para escuchar su voz y descubrir que Él se puso en camino y a buscarnos antes que nosotros lo hagamos. Y poner la mirada y el corazón fijos en Él y en sus pasos, para levantarnos y ponernos en camino. Para reconocer que, aunque crucemos quebradas oscuras, ningún mal temeremos, porque Él nos sostiene. Porque Él nos vino a dar vida, y vida en abundancia.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

 

 

El problema de creer: Los conflictos con la fe

Frente a la elección de creer o no, e incluso siendo creyente (o no) pueden plantearse una serie de conflictos, internos y para con el resto. El jesuita Emmanuel Sicre reflexiona sobre cada uno de estos casos posibles.

Por Emmanuel Sicre SJ

A menudo sucede en nuestra vida que se nos plantea una cuestión muy humana: creer o no creer. A lo que le sigue, lógicamente, creer en qué. El tema resulta inevitable porque es algo que hace parte del ser humano, es decir, se trata de una pregunta antropológica. En este sentido, todos los hombres de la historia han tenido que responder a la pregunta de su conciencia sobre aquello en lo que dicen creer. ¿Cómo daremos cuenta de esto hoy?

A pesar de que la cultura del entretenimiento en la que nos toca vivir hace lo imposible por apar nuestra sed de creer, se da también que hay un regreso de lo religioso, de la búsqueda espiritual, pero quizá fuera de los límites de una religión determinada. Algunas veces, el mundo del consumo logra mutilar en las personas la posibilidad de trascender, de ir más allá de sus narices creando necesidades y satisfacciones inmediatas. Sin embargo, el deseo de creer está tan vivo en este momento como siempre. Porque, no lo olvidemos, en el hombre hay cosas que cambian, se transforman, varían; pero hay otras que no. Creer es una de ellas.

Los que dicen creer

Quienes dicen creer, por lo general, están hablando de Dios -o algo que está en su lugar. Y aquí se nos presenta la primera dificultad: el significado y sentido de esa palabra se ha diluido. Pero supongamos que quien dice creer en Dios asume que existe algo superior a sí mismo. Un ser por ahí que no es humano y que de alguna manera tiene que ver con los destinos del mundo. Incluso se lo refiere, en algunas oportunidades, a la Naturaleza o a las fuerzas cósmicas del universo. La cuestión es que se trata de algo que no es el ser humano, y a lo que pareciera no poder renunciarse. De ello hablan los relatos de todas las religiones a lo largo de la historia.

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Las reacciones frente a un ser divino así son diversas según la etapa de vida que transitamos y el modo en que nos transmitieron esa creencia. Hay quienes lo respetan, quizá con un poco por temor a que le suceda algo malo -“pórtate bien que si no Dios te va a castigar”. Hay quienes le rezan para ganarse sus favores, bendiciones y protecciones -“pídele a Dios antes del examen para que te vaya bien”. Y también están los que saben que está, y si bien no tienen una relación con él, marcan el teléfono de Dios cuando alguna situación límite apremia -“Por favor, Diosito, no te lleves a mi abuelo”.

Hasta aquí solo hablamos de un tipo de creyente natural, común, general, típico. Que sólo le alcanza con responder ‘sí’ a la pregunta por si Dios existe, y no mucho más. Le estresa pensar en el porqué del mal en el mundo y prefiere un “Dios Parche”, podríamos decir. Pero cuando ese Dios le “quite” algo importante para él, probablemente deje de creer. Esto no significa despreciar a nadie, sino constatar que su dimensión espiritual está referida a un Dios que se manifiesta con un cierto paternalismo.

NOTA: el caso del fundamentalismo religioso no es un problema de fe, sino de una debilidad psicológica no tratada que se manifiesta en la religión, en la política, en el deporte, etc. Se da cuando entre una persona y su creencia no se hace uso de razón -no piensa-. Es como quien traga sin masticar. Por lo general, se lo identifica por su agresividad contenida o proyectada hacia los demás.

Los que dicen no creer o dicen que no se puede creer

Por otro lado, hay gente que se cansó de la pregunta por un Dios y prefirió negarla por alguna situación particular difícil de explicar aquí. O respondieron que no se puede creer en algo que no es posible conocer de verdad. Entonces prefieren no entrar en tema, y si lo hacen comienzan por el lado filosófico o histórico de la cuestión. Es decir, que si Dios existe o no, que si Dios es bueno por qué el mal en el mundo, que si Dios quisiera podría hacer que yo creyera, que las religiones son un invento de los hombres por eso me abstengo de creer -¡como si la religión asegurara la fe!

Todo este mambo racional, de a poco, apaga la sed espiritual del hombre hasta agotarla y/o transferirla a otras dimensiones de la vida dadoras de sentido. Por ejemplo, “creo en mis hijos, mi familia, mis hermanos, mis, mis, mis…, pero no creo en nada más allá que no pueda ver ni tocar.”

Este tipo de materialismo se radicaliza según el momento de nuestra vida y, como ya dijimos, depende de cómo nos transmitieron esta negación a creer. Es decir, “¿para qué creer si todo depende al final si eres buena persona o no en la vida?” “¿Yo conozco mucha gente creyente que hubiera preferido no conocer?” “No se puede creer en Dios porque si existiera el hombre no podría acceder a él con su mente”. “Creas en lo que creas tienes que ser tú mismo de todos modos”. “Hay que gozar de esta vida porque después no hay nada”. “Cuando yo le pedí a Dios que no se llevara a fulano, no me hizo caso”.

Son pensamientos muy respetables y ciertamente lógicos. Sólo que al quebrarse el vínculo de la experiencia con el misterio o al referirla sólo a lo posible, la vida en relación con lo divino -lo que está más allá de nosotros- se vuelve más exigente porque todo recae sobre las fuerzas del hombre.

Los que no saben si creen o no

Y entre los que dicen creer -comúnmente llamados: teístas o fideístas- y los que dicen no creer o que no se puede creer -conocidos como: ateos y agnósticos- están quienes no saben si creen o no. A quienes podríamos identificar como “nini”: ni creen, ni no creen. Por lo general, han recibido muy poca comunicación espiritual, o religiosa, o de lo trascendente y gozan de una ignorancia muda.

Algo oyeron de los que dicen creer, algo de los que no creen, y parece que la cosa no es tan fácil, así que han dejado para otro momento el problema de creer. Se debaten, por lo general, entre lo que ven afuera de sí mismos y lo que les pasa en su experiencia de aquello que no comprenden de la vida. Pero prefieren no preguntar. El problema pareciera que no es tanto con un Dios, cuanto con la posibilidad de experimentarse a sí mismos como seres espirituales, capaces de trascender, de ser tocados por el misterio de la vida.

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Creer

Ante esta realidad humana nos preguntamos, entonces ¿qué es creer? Y cada vez que lo hacemos entramos en conflicto con aquello a lo que se dirige nuestra creencia -¿cuál Dios?; y el modo en que la recibimos -¿familiares, escuela, Iglesia? Por esto, la fe siempre está purificándose, es decir, en tensión, en proceso.

Sin embargo, pienso que la pregunta para saber si estoy creyendo o no, es si estoy abierto o no. En este sentido, aclaremos al menos dos cosas.

Por un lado, si un cierto estado de pregunta existencial –no neurosis- por aquello que me trasciende es parte de mi vida, entonces estoy viviendo esa apertura. Si me dejo cuestionar por la realidad respecto del misterio, o si pregunto por las cosas que no tienen explicación, voy de camino a ser una persona creyente.

Y, por otro, creer supone confiar en otro –en lo que dice o hace. Fiarse, apoyarse en lo que es para mí, descansar en cierta seguridad honda, una especie de “porque sí” sano, liberador y contenedor. Un tener fe en las personas o en las cosas sin sospechar todo el tiempo de que me quieren hacer daño. Por eso, si en nuestra relación con las personas hemos padecido engaños y desilusiones muy hondas, quizá cueste más creer.

¿Por qué creer, entonces? Porque cuando podemos fiarnos crecemos humanamente, nos desplegamos como hombres y mujeres, nos abrimos al mundo y desafiamos la realidad con un poco más de arrojo, somos capaces de percibir lo vital en nosotros latiendo con toda su intensidad. Creer nos expande a la posibilidad una vida más fecunda, más llena de amor, de esperanza para uno y para el mundo.

Fuente: Blog Pequeñeces

El mundo cuando conversas

Para reflexionar sobre la capacidad de entrar en diálogo con las personas que nos rodean: una llamada que se profundiza y difunde progresivamente a lo largo y ancho del mundo.

Admiro a la gente que tiene capacidad de conversar. No a los charlatanes, de verborrea incesante pero a veces hueca. Tampoco a quienes se escuchan a sí mismos, y entienden que el otro es únicamente público. Admiro a esos otros que son capaces de compartir historias, bucear en sus vidas, comunicarse desde la alegría y el dolor, desde la palabra y la mirada… no necesariamente con conversaciones trascendentes o profundísimas. A veces es el comentario de la última noticia, la narración sencilla de lo ocurrido en la jornada o la pregunta sincera por el otro. Y es que cuando conversas de verdad, cuando compartes un poquito de ti y del otro, parece que el mundo es más cálido.

Fuente: Pastoral SJ

Soledades y malas compañías

Para reflexionar sobre las buenas y malas compañías y nuestra capacidad de bien o mal acompañar.

Por Nacho Boné SJ

“Mejor solo que mal acompañado”, dice la sabiduría popular. Aún podríamos decir mejor: ¡Qué dura es la soledad hueca y sinsentido, qué cruel y hasta corrosiva la mala compañía! No insisto más ni hacen falta muchos ejemplos. A mí al menos, me basta con pensar en algunas visitas de la soledad, esa “amante inoportuna” a la que canta Sabina, y en algunas veces que acompaño, incluso a los buenos amigos, y quedamos con un sabor de boca amargo o más hundidos en ciertos desalientos y desesperanzas.

Pero más interesante, más fuerte y más verdadera es la experiencia contraria: la experiencia de la buena compañía que abre esperanzas, que nos acerca a los otros y que es tan propia de nuestro Dios. Seguimos al Señor de la Buena Compañía que nos acompaña y nos enseña a “bienacompañar”. Esto se ilumina al releer la historia de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) y, con ellos, al releer también nuestra propia historia de compañías y soledades.

Dos personas se “malacompañan” en dirección a Emaús, se alejan de los otros y van haciendo más profundas las heridas, más amarga la frustración, más argumentada su desesperanza. ¿Me suena a algún encuentro que me haya dejado, o haya dejado en el otro, un poso de temor, de inseguridad, de una tristeza más densa? ¿Me reconozco en algún modo de malacompañar profundizando en lo oscuro, dando la razón en los pesimismos y reforzando la elección de la queja o del cinismo como actitudes vitales? Sin embargo estos discípulos, son alcanzados, sin reconocerle, por el Señor de la Buena Compañía. Se pone a caminar con ellos y crea un ambiente cálido donde se pueden destapar las heridas y airear los fracasos. Se pone a caminar con ellos que venían huyendo, con miedo, frustrados, confusos. Se acopla a sus tiempos y a sus ritmos y les da confianza y seguridad. Camina con ellos y ofrece un espacio seguro, el único punto de partida para cualquier crecimiento y para escoger caminos nuevos. ¿Puedo recordar encuentros que crean ese ambiente de seguridad, de incondicionalidad, de paz verdadera? ¿No está lleno de esta seguridad mi encuentro con el Señor? ¿No he experimentado que sólo crezco cuando encuentro y ofrezco espacios seguros, no amenazantes? ¿No lo he visto también en los demás, en su fe y en su vida? Lentamente Jesús contrasta a los de Emaús con más firmeza y les desvela el sentido en la adversidad, cura algunas heridas, da argumentos y vías a la esperanza. Les va retando para que, como decía Benedetti, la soledad y la frustración sean una llama para encontrarnos en un intercambio de optimismos y confianzas: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza”. Ser “bienacompañados” les transporta a un lugar más allá de lo que parecía sólo frustración y fracaso. ¿Será esta la nueva perspectiva del Espíritu de Dios, será el regalo de lo nuevo…? ¿He experimentado alguna vez este giro hacia la Vida en los encuentros con otros y con el Señor? ¿No es este regalo lo más propio de Dios y su modo único de acompañarnos? ¿Será la vida verdadera acompañarnos para buscar y hallar juntos esta nueva perspectiva de gracia?

Los de Emaús aprenden a leer su propio corazón y a entender donde les lleva el Espíritu, qué caminos personales deben seguir. De huir y malacompañarse, aprenden a ser buena compañía el uno para el otro y dan un giro, vuelven hacia donde están los otros necesitados de consuelo, vuelven hacia donde está la comunidad… Terminan unidos, bienacompañados y bienacompañando. Y nosotros, tampoco caminamos ni solos ni malacompañados, caminamos desde, en y hacia la mejor compañía…

Fuente: Pastoral SJ

José, el hombre que Ama y Cree

A pesar de tener mucho renombre, no sabemos mucho de la persona de San José, el esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Sin embargo, en base a lo poco que nos cuenta la biblia, esta reflexión nos invita mirar dos características indudables de este hombre: su amor por María y su fe.

Por Julio Villavicencio SJ

De San José podríamos abordarlo y rezar con su figura desde diferentes aspectos, todos importantes y relevantes para nuestra fe. Sin embargo me gustaría profundizar en dos aspectos que en estos momentos me parecen muy pertinentes y profundos.

Comencemos aclarando que en el Evangelio la figura de José no ahonda en muchos detalles. Es como que nos cuenta lo esencial y luego desaparece de escena. Por eso me gustaría que contemplemos a este José desde el amor y la fe. Dimensiones de su vida que se pueden observar en el Evangelio.

En primer lugar el amor a María. Parece que José está amando a María con mucha seguridad. El puede dudar de ese hijo que María va a tener, de la versión de María, pero de lo que no podemos dudar es que este hombre ama a María. Tanto es así que prefiere huir y abandonar a María, antes que denunciarla por haber quedado embrazada sin que él fuera el padre. Ciertamente que este es un dato que podemos sacar de los Evangelios y contemplar en José. Esa travesía con su mujer, cargándola en un burro, cuidándola y sirviéndola en todo lo que él podía, todos estos esfuerzos hechos por este artesano semita eran inspirados por el amor. José era un hombre lleno de amor y que sabía amar.

En segundo lugar me gustaría profundizar en su fe. José es un hombre aparentemente sencillo. Amaba a María, pero en un primer momento no podía concebir en su cabeza la historia de María. Fue después de un sueño que José creyó en María. Entonces ahí tenemos una característica de José, creyó en sus sueños. José tuvo un sueño del Señor y creyó en él. Tanto creyó en este sueño que toda su vida tomó un rumbo confinado en este sueño. Ciertamente que José no sabía lo que iba a venir, cómo podría llevar a adelante esta aventura y cómo enfrentaría las dificultades de la vida que se le estaba presentando, pero José tuvo un sueño y creyó en él. Creyó en él por el gran amor que sentía. Inspirado por ese amor se animó a creer en su sueño, a creer en Dios y aventurarse a una vida nueva. La vida de la familia del Emmanuel, Dios con nosotros.

En estos dos aspectos que hoy los invito a contemplar en José, creo que podemos sacar mucho provecho para nuestra vida espiritual y familiar. Tal vez pensar y rezar con nuestra propia vida a la luz de José nos hace pensar en cómo está nuestra fe ¿Soy un hombre o una mujer de gestos inspirados en el amor? ¿Creo en el amor para construir mi familia con Dios entre nosotros? ¿ Me animo a aventurarme en la construcción de la familia desde la fe en un mundo mejor, en un mundo donde Dios esté con nosotros?

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

El Miedo de Consagrarse a Dios para Siempre

Emmanuel Sicre SJ reflexiona sobre los miedos, dudas y encrucijadas que pueden aparecer a cualquier persona frente a una decisión que invita a darlo todo.

Por Emmanuel Sicre SJ

Sucede a menudo que quienes se sienten habitados por la pregunta de la consagración a Dios ven que no es tan fácil dar el salto necesario para ingresar a una institución en la que creen que pueden ofrecer todas sus energías para el servicio del Reino.

Miedos, trabas, ignorancias, dudas, interrogantes, impotencia, son algunas de las sensaciones más frecuentes que se experimentan de manera mezclada y confusa. ¿Cómo discernir en medio de la vida lo que oigo de Dios en mi propio corazón? ¿Qué hacer con los temores que me provoca la invitación a darlo todo?

El miedo a la perpetuidad

En primer lugar, se puede afirmar que el miedo a la elección de esta vocación específica no es distinto al temor de quienes han sido llamados al matrimonio. Hay que reconocer que, en la cultura actual, todo lo que suene a “definitivo”, “eterno”, “permanente”, “estático”, “para siempre”, es un poco disonante y raro a la sensibilidad de muchos provocando varios conflictos.

Hoy esto parece algo del pasado. Sin embargo, es necesario que, al asumir los cambios culturales que vivimos, también discernamos qué viene del buen Espíritu y qué es tentación.

La vocación al sacerdocio, o al matrimonio, en la vida de la Iglesia se concreta en una elección “para siempre” porque lo que viene de Dios es para toda la vida (en su totalidad e integralidad). Por eso la tentación será separar, disgregar, fragmentar, la opción fundamental por Cristo para que seleccionemos qué sí y qué no le entregaremos.

A su vez, el miedo a sostener este compromiso para «toda la vida» está arraigado quizá en una tendencia propia de nuestro tiempo: el narcisismo. El hecho de que pensemos que nos toca a nosotros solos sostener el compromiso parte de una irrealidad insuflada al punto de convertirse en un fantasma.

Lo imposible huele a Dios

Pues sí, si uno piensa que es capaz de sostener esta decisión para «toda la vida», evidentemente, además de miedo sentirá, que es imposible para sus fuerzas. En parte porque es imposible, y en parte porque creemos que sólo depende de nosotros. Hay que ver cómo se conjugan en este diálogo lo que somos con lo que Dios oferta.

A decir verdad, el único que puede hacer posible lo imposible es Dios porque él es el eterno, él es el «para toda la vida” y para toda vida. Él es el que sostiene sus promesas en el tiempo. Él es el que alimenta, nutre, funda y soporta nuestra voluntad.

Lo que nos toca a nosotros es disponer nuestra libertad para que podamos cimentarnos en la Roca Cristo, trabajar en nuestra humanidad herida por el camino y el rece, y abrirnos al vínculo con Dios en los demás, especialmente, con los que somos invitados para amar más. Porque, en efecto, cuando nuestra libertad se siente atraída por algo que la hace más ancha, más amplia, más fecunda, adhiere con mayor intensidad y entonces es capaz de lanzarse, más allá del temor, a la aventura de lo imposible.

Fuente: Blog Pequeñeces

El discernimiento: “Un trabajo diario que nos impulsa a accionar”

Recuperando la vivencia de San Ignacio, el padre Fernando Cervera SJ, explica para Radio María Argentina, cómo surge el concepto de discernimiento, qué significa para la espiritualidad ignaciana, y qué valor puede tener ponerlo en práctica para este tiempo.

¿Quién fue San Ignacio de Loyola?

“En su vida Ignacio de Loyola era un caballero del comienzo del renacimiento español, España vivía todavía en la edad media, entonces los ideales de caballería o propios de otra época todavía estaban vigentes”. “Ignacio respondía un poco a eso, era un noble vasco, peleaba para el emperador cuya corte él frecuentaba”.

El padre Cervera continúa relatando la vida de Ignacio de Loyola, explicando que “aunque llevaba una vida como la de los cortesanos y digamos guerreros de aquella época, aventuras con mujeres y peleas, tenía a la vez un corazón noble, a la vez un corazón entero”.

“Cae herido en una de esas batallas, y en su larga convalecencia muy mal herido, de lo cual quedó mal de una pierna, Ignacio tiene varios momentos de agonía incluso, también tiene algunas visiones, algunas apariciones y experiencia de oración muy fuerte”. “Pero sobre todo descubre lo que sería un poco el germen de la espiritualidad que tiene que ver con el discernimiento”.

El corazón de la Espiritualidad Ignaciana

“El empieza a sentir que cuando lee la vida de los santos y de Cristo él siente una paz muy grande y cuando volvía a los libros que él solía leer, que eran los de caballería, que eran los que se estilaba en aquella época, sentía un entusiasmo primero pero luego una sequedad”.

Le pasa lo mismo, reflexiona el jesuita, cuando pensaba en sus aventuras, en su enamorada, que era la infanta de aquel entonces, la infanta sería como la heredera del reino de España, sentía el encanto y el gusto, pero a la vez después una sequedad fuerte, una inquietud interior, una especie como de ansiedad.

“Esta diferencia de sentimientos a Ignacio lo lleva a pensar: ¿Qué es esto?; ¿A qué responde? y se da cuenta de que es importante escuchar eso”.

Y es así, continúa indicando el padre Fernando, es como él empieza a seguir la vida de los santos y de Cristo, lo cual le empezaba a producir estos sentimientos de mucha paz, y momentos de mucho fervor también, y decir: ¿Por qué yo no puedo vivir eso?, si lo vivió San Francisco, Santo Domingo…, ¿Por qué yo no?

“Con ese mismo ideal de aventuro comienza este ensayo de una vida espiritual más fuerte. Va a dejar sus armas al pie de la virgen, va a dejar el castillo, se va a ir vestido pobrísimamente a peregrinar buscando a ese Cristo y la vida de santidad”.

“En ese peregrinar es donde va a tener luego las experiencias místicas fuertes, acompañadas de muchísima penitencia, viviendo casi como un linyera… de estas experiencias surgió el núcleo de los ejercicios espirituales.»

El padre Cervera explica que “estos ejercicios son una forma de oración y de encuentro con Cristo que encuentra San Ignacio en su peregrinar, y que él mismo practica”. Destaca también la sabiduría que tuvo San Ignacio de saber escribirlo y poder reproducirlo casi como un manual.

“La experiencia ignaciana va a tener mucho que ver con escuchar los propios sentimientos, los movimientos interiores. Dios nos habla a través de esos sentimientos”.

La riqueza del discernimiento

El padre Cervera explicó que este “trabajito cotidiano” del discernimiento exige de nosotros hacernos cargo de la vida, sentirla, sea agradable, sea desagradable, y desde aquí poder tomar una postura, pero con una ventaja, alguien nos acompaña, alguien nos está abriendo camino.

“Nos podemos equivocar, sin embargo podemos saber qué tengo que corregir o rectificar, lo que sea, uno puede vivirlo espiritualmente bien, aún en nuestros errores”.

Una herramienta es el examen de conciencia, expresó, que incluye hacer una lectura diaria de por dónde estoy yendo. Examinarse, escucharse, detenerse, cinco minutos, ¿Qué estoy haciendo?; ¿Para dónde quiero ir?; ¿Estoy haciendo lo que me propuse?; ¿Por qué reaccioné así?; ¿Por qué me siento tan alegre?

En definitiva, indicó el padre Fernando Cervera, “empezar de acuerdo a esto empezar a pensar desde Dios, leer mi vida desde el evangelio”.

Fuente: Radio María

Horror a Decidir

Como opuesto al deseo de quedarse con y abarcar todo, decidir implica renunciar para hacer más plena la experiencia de aquello por lo que se opta. Para reflexionar de cara a las pequeñas y grandes elecciones de nuestra vida.

Por Charlie Gómez-Vírseda, sj

Definitivamente tengo verdadero pánico a decidir. Y creo que es algo bastante frecuente en nuestro mundo. No sé dónde lo notas tú… Hay gente que se bloquea durante horas con la maleta a medio hacer, incapaces de decidir qué dejan y qué se llevan de viaje. Otros sufren un colapso a la hora de comprar, con dos prendas en la mano a tres pasos del mostrador. Hay quien casi muere al elegir carrera y quien se replantea esa decisión cada vez que los exámenes aprietan un poco…

Yo experimento mi miedo a decidir casi a diario. Lo noto sobre todo cuando me coinciden varios planes y no quiero renunciar a ninguno de los dos. Me imagino en uno de los sitios, luego en el otro… ¡y los dos me parecen imprescindibles! A menudo me produce tal bloqueo que retraso al máximo la decisión, esperando que se hagan compatibles en el último momento o que alguien invente la máquina de la bilocación.

Da igual dónde lo notes exactamente, el miedo a decidir está ahí. El problema es que nos retrata en nuestro temor a renunciar. Porque decidir es básicamente eso: optar por una cosa y renunciar a otras. Y eso nos cuesta mucho. Hay una imagen que me ilumina especialmente en esto: la del árbol y el arbusto. Un arbusto no necesita una verdadera poda; las ramas crecen hacia cualquier lado, pequeñas y abundantes. Sin embargo para que crezca un buen árbol es necesario podar unas ramas y así otras recibirán la savia abundante. Unas ramas se cortan pero gracias a eso, hay otras que crecen fuertes, se robustecen y dan fruto. Tomar decisiones es algo parecido: supone podar y renunciar a cosas para dedicar tiempo y corazón a otras. Pero sólo así crecemos, sólo así damos fruto.

Fuente: Pastoral SJ