Reflexión del Evangelio – Domingo 23 de Abril

Evangelio según San Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”. Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Reflexión del Evangelio – Por Marcos Stach SJ

Lo nuevo y la alegría de la Pascua.

 La figura ha pasado y ha llegado la realidad: en lugar del cordero está Dios, y en lugar de la oveja está un hombre, y en este hombre está Cristo, que lo abarca todo. (Melitón de Sardes, Obispo).

 La Pascua está ya cumplida. Siempre viene a interpelar nuestra realidad, nuestro modo de vivir la presencia del Resucitado, “que lo abarca todo”. El mundo, que parece estar pendiente de otras cuestiones, no vislumbra la Pascua, se contenta con el chocolate, mientras que a nosotros se nos ofrece la fiesta del cordero manso y silencioso.

 Es bueno volver los ojos al misterio de la Resurrección del Señor. Solemos empapar la vida con la rutina. Pero la Resurrección no es una “costumbre” que repetimos cansinamente. Ante el golpe de la Cruz, la rutina pareciera la escapatoria inevitable en los Apóstoles: seguimos a un maestro y ahora todo terminó, queda volver a retomar el trabajo, el tedio y la vida ordinaria. En este domingo de la Octava de Pascua, leemos el Evangelio de la aparición del Resucitado a Tomás (Jn. 20, 19-31). La comunidad que va a buscarlo ya es consciente de que la rutina no se deja ganar por el Resucitado, quien irrumpe traspasando puertas, paredes, ventanas y corazones endurecidos por el miedo o el dolor. Y ellos quieren hacérselo saber a Tomás, que ciertamente está golpeado por el dolor y la frustración.

 Pero lo que quisiera puntualizar en esta reflexión, a cuento de rutinas desavenidas por la Pascua, encuentra un eco que me parece de valor inestimable. Hace un tiempo leí la cita inicial que tomo de la Homilía Pascual de Melitón de Sardes, escrita en el siglo II que se compuso originalmente a modo de præconium o pregón, con entonación lírica, precisamente para la Pascua. Me importa e impresiona su contenido: viene a decirnos que ya no nos queda más que la realidad de la Resurrección. Su apariencia (anterior) está disuelta. Es lo que nos anuncia la Pascua: Cristo resucitó de entre los muertos y cambia todo, no hay espacio para el tedio de la rutina en aquellos que creen en la Resurrección. Ya no existe la figura sino la realidad: vivimos pascualmente; porque paradójicamente la Resurrección es para nosotros, aunque con frecuencia nos dejemos ganar por el abatimiento o la desesperanza como le ocurrió a los Apóstoles. Si vemos la consecución que marca Melitón, el “paso” se da del cordero a Dios y del hombre a Cristo. Parece que el énfasis se pone en que la Pascua, como paso o trayecto de la figura a la realidad o de la oveja a Cristo, impone la mediación del hombre: En la humanidad de Cristo Resucitado estamos todos y cada uno en concreto. Le pertenecemos y no hay vuelta atrás.

 Es comprensible que la Resurrección sea un misterio que nos desborde y que desafíe nuestros prejuicios, que cuestione nuestros hábitos o nuestras comodidades: el Resucitado nos abre la puerta de la alegría y de ahí no hay ni vuelta ni escapatoria. Nos pone en movimiento, nos saca a anunciar que esta fiesta, de sabroso cordero, es para todos. No podemos quedarnos quietos ante tamaña alegría. Es lo que San Ignacio nos hace pedir en la cuarta semana de Ejercicios: gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor (EE n. 221). Cristo resucitado nos trae la realidad nueva y exclusiva, esa que ya está dada con su Pascua y que nos sumerge, como el bautismo, en lo Nuevo que se constata por los verdaderos y santísimos efectos (EE. n. 223) de la Resurrección y que estamos llamados a profundizar cada día un poco más, por el efecto de su alegría, porque la muerte está bien muerta y la Vida que se nos regala es exuberante: Esta es la Pascua del Señor y vale vivir alegremente agradecidos por su novedosa realidad.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

Para leer en tiempo de Pascua: ‘La piedra que era Cristo’

Aprovechando el tiempo de Pascua, compartimos un texto del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985) que forma parte de su último libro, que narra una vida de Jesús más centrada en las experiencias que en los hechos: La piedra que era Cristo

En la celebración de la Resurrección de Jesús, transcribimos para quienes no lo conozcan sus tres últimas páginas:

María Magdalena no se ha movido de su sitio al pie de la cruz. Uno de los soldados de Pilato alancea al crucificado en un costado y de la herida sólo fluyen las últimas gotas de sangre y el agua de la muerte. Dos servidores del muy rico y generoso José de Arimatea descienden el cadáver y se lo llevan a enterrar en un huerto cercano. María Magdalena y las cuatro mujeres que la acompañan los siguen hasta el sepulcro y se marchan luego a sus casas, a preparar perfumes y aromas para ungirlo.

María Magdalena subirá de nuevo al Gólgota, guiada por la sed de volver a ver al amado de su alma. Él ha resucitado y ella lo sabe. La historia de Jesús no puede concluir en tanta derrota, tanta desolación y tanta tragedia estéril. Es necesario que él se imponga a la muerte, que él venza a la muerte como ningún hombre la ha vencido jamás, de lo contrario será una fábula inútil su vida maravillosa, y la semilla de su doctrina irá a consumirse sin germinar, entre peñascos y olvido. Él ha anunciado la presencia del reino de Dios, y el reino de Dios nacerá de su muerte como nacen de la noche las lámparas insólitas del alba. Con su resurrección, Jesús de Nazaret vencerá al odio, a la intolerancia, a la crueldad, a los más encarnizados enemigos del amor y la misericordia. Junto con él resucitarán todos aquellos a quienes él amó y defendió: los humillados, los ofendidos, los pobres cuya liberación jamás será cumplida si él no logra hacer añicos las murallas que tapian su muerte.

María Magdalena encuentra desquiciadas las piedras de la tumba y no halla en el recinto del sepulcro el cuerpo de Jesús. La discípula se sienta perpleja sobre la hierba del jardín que se extiende alrededor de la roca donde fue enterrado el Maestro. De pronto oye unos pasos, y una voz que ella supone ser la del jardinero le dice: «¿Por qué lloras mujer? ¿A quién buscas?» Ella le responde: «Han tomado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto; si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo correré a buscarlo.» Pero no es el jardinero el que habla sino el propio Jesús; nunca vio nadie sobre la tierra algo más blanco que la blancura de su ropaje; en sus ojos fulgura la luz intemporal de quien se ha asomado por un instante a la eternidad; a causa de esa mirada ella no lo había reconocido. Entonces la voz de Jesús dice: “¡María!”, y ella responde: “¡Maestro!”, y quiere echarse a sus pies para besarlos. Pero Jesús la detiene y le dice: “No me toques porque aún no he subido al Padre. Anda a decir a mis hermanos que me has visto.”

En la noche corre a dar aviso a los apóstoles, tal como Jesús se lo ha ordenado. Tan solo María Magdalena sabe dónde se esconden. Se esconden en las afueras de Jerusalén, en una casa con las puertas atrancadas, abatidos por una pena sin esperanza. Ella les da la buena nueva, les cuenta el prodigio que ha visto, pero ninguno de los once la cree. Tomás, el marinero de la barba bermeja y cuadrada, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mis dedos en los huecos que esos clavos dejaron, si no palpo la herida del costado, no creeré.»

Bartolomé, el que se sabe de memoria el Eclesiastés, dice que las mentiras y la fantasía de las mujeres les han extraviado siempre el camino a los hombres. María Magdalena repite entre sollozos las palabras que Jesús le ha dicho en el jardín, pero ellos se obstinan en no creerle. Finalmente logra persuadir a Pedro, tan sólo a Pedro, a quien Jesús le ha encomendado la continuidad de su obra y le ha dado las llaves de las épocas futuras.

Pedro, consciente ya de la fuerza universal que brotará del pecho de Jesús resurrecto y glorificado, acompaña a la mujer hasta el Gólgota. El más preeminente de los apóstoles de Cristo y la más rendida de sus discipulas, suben juntos a ver el sepulcro vacío y las mortajas abandonadas. Por el camino en ascenso, María Magdalena le va diciendo a Pedro:

Ha resucitado para que así se cumplan las profecías de las Escrituras y adquiera validez su propio compromiso. Ha resucitado y ya nadie podrá volver a darle muerte. Aunque nuevos saduceos intentarán convertir su evangelio, que es la espada de los pobres, en escudo amparador de los privilegios de los ricos, no lograrán matarlo. Aunque nuevos herodianos pretenderán valerse de su nombre para hacer más lacerante el yugo que doblega la nuca de los prisioneros, no lograrán matarlo. Aunque nuevos fariseos se esforzarán en trocar sus enseñanzas en mordazas de fanatismo, y en acallar el pensamiento libre de los hombres, no lograrán matarlo. Aunque izando su insignia como bandera se desatarán guerras inicuas, y se harán llamear hogueras de tortura, y se humillará a las mujeres, y se esclavizarán razas y naciones, no lograrán matarlo. Él ha resucitado y vivirá por siempre en la música del agua, en los colores de las rosas, en la risa del niño, en la savia profunda de la Humanidad, en la paz de los pueblos, en la rebelión de los oprimidos, sí, en la rebelión de los oprimidos, en el amor sin lágrimas.

Fuente: Entre Paréntesis

Domingo de Gloria: Ha resucitado Cristo, mi Esperanza

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Rafael Stratta SJ

“Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado. He visto a los ángeles, testigos del milagro, he visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea”.

(Tomado de la secuencia de Pascua)

A partir de hoy, domingo de Gloria, la liturgia nos invita a rezar con la secuencia de Pascua, una oración muy antigua que se lee en las misas antes del Evangelio. Estas palabras son como la puerta de acceso al relato de resurrección, y en ella se “cita” a la primera de los testigos del hecho: María Magdalena.

Siempre me ha consolado el testimonio de esta gran mujer. Ante la pregunta por el dato –qué viste- responde por el Quién. Sólo unos pocos signos le bastan para hacer la declaración de su vida: “resucitó Cristo, mi esperanza, quien me mantiene viva, quien me ha dado vida”. En este domingo de Pascua se hace patente este dato: Dios es amor y también es esperanza. Dios es el sostén amoroso donde se apoya nuestra vida, pero también es el horizonte abierto de gracia que quiere contar con nuestra libertad para elegir siempre la vida.

El camino de madrugada de “la magdalena” refleja muy bien la realidad de la Pascua, que es a la vez “paso” –camino- de la muerte a la vida y “comienzo” –madrugada- de algo nuevo. La gloria de Dios de este domingo no sólo se da por el milagro ocurrido, sino también por lo que viene. Por esto la esperanza y la misión son dos compañeras inseparables.

San Ignacio de Loyola, cuando invita a rezar en los Ejercicios Espirituales con los relatos de resurrección, recalca que es bueno considerar “cómo la divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra ahora tan milagrosamente” por sus efectos. Jesús se muestra plenamente como aquel hombre atravesado de divinidad, y plenamente también como ese Dios atravesado por la humanidad. La divinidad se muestra en la Vida, en la consolación. Y su primera consecuencia no es otra que la misión: el Resucitado “precederá a los discípulos en Galilea”.

El domingo de Gloria es consecuencia de una lucha entre la muerte y la vida. Hablar del “sepulcro del Cristo viviente” es dejar en claro que la vida y la esperanza de hoy no eximen de la lucha contra la muerte y la desesperanza, son un llamado a enfrentarlas y a combatirlas en nuestras Galileas de todos los días, en nuestras tierras de misión cotidianas. Así como no se entiende el amor separado de la esperanza (Dios es ambos), tampoco se puede separar la resurrección de la misión, el Resucitado glorioso y Sufriente crucificado son el mismo Cristo. Ambas caras forman parte del mismo milagro: la acción de Dios que nos regala Vida y Esperanza, frente a la muerte y el dolor que evidentemente no tienen la última palabra.

Uno de los Padres de la Iglesia, San Ireneo, se ha hecho muy conocido por una frase que ayuda a vivir este domingo de Pascua: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. La resurrección conjuga de la mejor manera esta frase, por eso hablamos de “Domingo de Gloria”, pues el Hombre está vivo, y los hombres pueden ver en ese mismo Hombre a Dios en su plenitud. ¿Dinos qué viste?… He visto al Cristo viviente.

 

Sábado Santo: detenerse en el Silencio de Nuestras vidas

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Franco Raspa SJ

Jesús ha muerto. Atrás quedaron sus enseñanzas y sus discípulos. Su madre, aún con los ojos puestos en su hijo escucha la confesión de fe del soldado romano, mientras ve como la multitud desconcertada se aleja en silencio. El Hijo de Dios es trasladado hacia la tumba, y allí, yace como el más muerto de los muertos. Aquel, que estaba destinado a vivir, descansa envuelto en lienzos perfumados.

En el día de ayer, el evangelio de Juan finalizaba simplemente diciendo “tomaron el cuerpo de Jesús…” y lo depositaron en un “…sepulcro que estaba cerca”. Hoy, Mateo comienza su relato diciendo “Pasado el sábado…”. Pareciera ser que los evangelistas guardan silencio con respecto a este tiempo. Pero ¿qué sucedió? ¿No lo sabían los evangelistas? ¿No les contó Jesucristo a sus amigos lo que acontecería en este período de ausencia? O será que los amigos de Jesús prefirieron reservarse lo sucedido.

En este tiempo de silencio, similar al descenso de vida acontecido en el seno de su madre, las escrituras nos relatan que Jesús desciende aún más todavía. Ahora, al centro de la tierra, al sheol, al lugar de los muertos. De allí, según la creencia judía, no se regresa. Es el fango, la soledad más solitaria. Las tinieblas, en donde no habita Dios. Los muertos, son los refaim, los impotentes que residen en la tierra del olvido. Allí, como Jonás en el vientre del pez, desciende Jesucristo haciéndose solidario con la soledad de los callan.

El abismo que toca Jesucristo en este sábado Santo, se repite cada vez que el Señor baja al hondón de los corazones desesperados. Marcando un límite a la condenación en sí ilimitada. Él, anunciando la vida y rompiendo las ligaduras que nos atan a lo abisal, es quien planta un mojón del cual comienza el camino de retorno. De este modo, Jesús se transforma en el Señor, también del infierno. Porque en último término, lo importante no es tanto el descenso a los muertos, sino más bien el retorno de allí.

No pretendamos adelantar la pascua al sábado santo, no intentemos ponernos delante del Espíritu de Dios. Detengámonos en el silencio de nuestras vidas, y tomemos parte espiritualmente en este descenso. Acompañemos al Señor que desciende en soledad extrema. Participemos de esa soledad. Vayamos nosotros también con Él, abrazando aquellos lugares sin respuestas de nuestros corazones, estando muertos con Dios muerto.

Permitamos que el Señor en este sábado santo, ilumine la soledad más desolada de nuestras vidas. Pero no lo hagamos como si fuéramos simple espectadores de algo que no me atañe. Toma tu vasija en tus manos, y ofrécesela al Señor. Acompaña el obrar de Jesús, confiando que Él pondrá palabras donde hoy, hay temor y temblor.

Sé participe tú también del silencio y oscuridad de este día santo, para que cuando llegue la noche gloriosa, reconozcas tú también a Aquel, que te ha desatado de las ataduras de la muerte.

 

Viernes Santo: Un Dios que Ama sin Negociar su Amor

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Maximiliano Koch SJ

Solemos leer la historia con los ojos puestos en Jesús. Le contemplamos solo, sufriendo, incomprendido. Y tal mirada está muy bien, pero para comprender qué sucedió aquél viernes en que fue crucificado, quizá tengamos que detenernos un momento en los otros personajes, los que le rodeaban, los que lo traicionaron, los que lo abandonaron. Y preguntarnos por qué actuaron así frente al hombre con el que habían compartido vida, proyecto, sueño, alegrías, tristezas.

¿Entregó Judas a Jesús por unas monedas? ¿Pedro le abandonó sólo por miedo? Los demás, ¿se escondían porque temían ser también crucificados? Todo esto es posible. Pero quizá exista una razón más profunda, una razón que a nosotros mismos nos cuesta asimilar dos mil años después de aquél suceso: Cristo, aquél día, con aquella muerte, decepcionó a sus seguidores y amigos. Ese hombre, aquél señalado como el “Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), después de ser humillado e insultado, estaba siendo traspasado en un madero.

Ese hombre no podía ser el Mesías. Porque el Mesías debía ser capaz de liberar al pueblo, como lo hizo Moisés. O llevar a Israel a la gloria, como lo hizo David. Debía ser capaz de librar del dolor, de la injusticia, del sufrimiento, de la angustia. Y, sin embargo, aquél de quien esperaban tantas cosas (Lc 24,21), se desangraba aquél viernes en una cruz, dando bocanadas para respirar todavía un poco más. Un poco más…

Sí… Jesús decepcionó a sus amigos aquél viernes de dolor en Jerusalén. Y en esa decepción, todos sus gestos y palabras quedaron olvidadas o parecieron perder su sentido. El sueño de un reino de Dios, de justicia y amor, colgaba ahora en el Gólgota y los dueños del poder, aquéllos a los que había denunciado, parecían tener la razón: éste no podía ser el Mesías. La muerte de Jesús decepcionó a sus amigos y sus amigos le dejaron solo. Todo se puso en duda… ¿De qué valía morir por un proyecto que no era? Y la duda disipó a los que habían invertido su vida, sueños y esperanzas en aquél hombre.

Y tenemos que reconocer que nosotros tenemos mucho de Pedro, de Tomás, de Judas. Esperamos todavía ese Dios que nos libre del dolor y la injusticia. Y nos decepcionamos cuando ese Mesías no soluciona mágicamente nuestras vidas. Y nos preguntamos qué sentido tiene permanecer junto a la cruz, ser humillados por un mundo que vende al justo por dinero y al necesitado por un par de sandalias (Am 2,6). Y nos alejamos también nosotros, decepcionados, sintiéndonos traicionados porque Dios no es lo que esperamos.

Y Jesús, al igual que cuando fuera tentado en el desierto al iniciar su camino (Mt 4,1-11), rechazó esas expectativas de divinidad. Y nos mostró, aún con dolor y decepción, quién es verdaderamente Dios: aquél que ama sin negociar su amor y aquél que ama entregándose hasta el último aliento. Y este amor de Dios no se impone, no se exige: se ofrece como la alternativa para terminar con las injusticias, la violencia, la indiferencia. Pero chocando con las injusticias, la violencia, la indiferencia, puede tornarse peligroso al hacernos vulnerables. Pero no se puede amar sin hacerse vulnerable y sin que nuestra vida se comparta con los vulnerables. Y la vulnerabilidad absoluta cuelga en el Gólgota, desangrándose, compartiendo los dolores de tantos hombres y mujeres que se desangran en esta tierra. Porque para ellos, como para Jesús y para el amor, parece que no hay sitio en el albergue (Lc 2,7). Y la cruz nos señala, por último, que en el amor no siempre hay éxitos y que la felicidad que promete no está en el resultado, sino en la entrega generosa y absoluta.

 

Jueves Santo: Amar y Servir en Todo

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Agustín Borba Diperna SJ

“…sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”

En aquella cena, Jesús buscó expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás desde el lugar de quien sirve, buscar el bien de los otros por encima del propio y enseñar con el ejemplo de vida.

Amar, servir, buscar el bien, dar testimonio. En esto consistió su vida y su mensaje. Y lo llevó al extremo. Los amó hasta el extremo. Nos amó hasta el extremo.

A lo largo de su vida y de manera especial en aquella última cena, les dio ejemplo de amor y de servicio. Nos enseñó de qué modo quiere que nos vinculemos. Y de qué se trata esto de amar al prójimo. Ciertamente, amar es mucho más que un sentimiento. Es una forma de vida que implica decisiones, cruces y plenitud.

Implica saber de dónde vengo y hacia dónde voy. Jesús, sabiendo que venía de Dios y que a Dios volvía, se puso en acción. Sólo sintiendo la fuerza transformadora de una experiencia de amor que nos excede por completo, nos precede y nos conduce, podemos ponernos en acción con una mirada amplia, esperanzadora y transformadora. Capaz de amar con locura.

Implica vivir el presente. Sin esquivarlo. Jesús vivió el ahora, tomó el pan y lo partió y lo entregó. Amar es decidir vivir lo que me toca vivir hoy. Con alma y cuerpo. Con todo.

Implica servir. Servir a Dios es inseparable de servir al prójimo. Si separamos nuestro amor a Dios y nuestro amor a las personas, ambos amores se vuelven enfermizos. El poder y el amor no se muestran en el dominar sino en el servir. Si el mundo fluye amorosamente de Dios, servir a Dios es inseparable de amarlo y servirlo en su creación. Ahí ve Ignacio el fin del hombre.

El amor se tiene que expresar en el servicio para que no sea puro sentimentalismo, ni un modo de sentirme importante e indispensable. El servicio verifica y purifica el amor. La unión con Dios acontece, según Ignacio, cuando el hombre se une activa y puramente al Dios trabajador, colaborando con Él en la salvación del mundo.

El proceso de los Ejercicios Espirituales concluye con el deseo y la petición de poder en la vida “en todo amar y servir”.

En todo amar y servir. Porque en todo, en todas las cosas, podemos buscar y hallar a Dios. En todo momento. En el estudio, en el trabajo. En la familia. En el descanso. En lo agradable y en lo desagradable. En todo y con todo. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo el cuerpo.

¿Qué te sugiere ese “en todo”?

¿Crees que una actitud más servicial puede armonizar un mundo tan fragmentado?

Y en tu vida, servir ¿te acerca más a tu centro? ¿Te acerca más a Dios?

Podemos pensar que cuando Ignacio le pide a María que lo ponga con el Hijo, le está pidiendo que le enseñe a “en todo amar y servir”. Que este deseo también pueda ser tu petición para hoy.

 

10 Características de la Espiritualidad Ignaciana

La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que hacemos otras actividades «más espirituales». No se trata de «…y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar». La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con lo demás y con la creación.

La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

¿Quieres saber en qué consiste la espiritualidad ignaciana? Aquí te contamos 10 características:

  1. Buscar y hallar a Dios en todas las cosas.
  2.  Relación personal con Cristo y amor por la Iglesia.
  3.  Reflexión que lleva a la gratitud, que, a su vez, lleva al servicio.
  4. Contemplación en la acción: acción trascendida por la oración.
  5.  Libertad interior: del conocimiento interno y el discernimiento.
  6.  Fe que promueve la justicia: no hay verdadera expresión de la Fe cuando no hay justicia ni dignidad humana.
  7.  Una visión positiva y comprometida de cómo Dios interactúa constantemente con la creación.
  8.  Para Mayor Gloria de Dios: Alabar a Dios y trabajar con Él en la misión de sanar al mundo.
  9.  Flexibilidad: respetando la experiencia de la vida de las personas.
  10.  Unión de Ánimos: escuchar al Señor que está presente entre nosotros.

 Fuente: Compañía de Jesús España

Mística entre Pucheros

Una reflexión publicada en Cristianisme i Justícia que pone de manifiesto el lado humano de una santa reconocida por su profunda espiritualidad: Teresa de Jesús.

J. I. González Faus SJ

Es conocida la frase de Teresa de Jesús: “también entre los pucheros anda el Señor” (Fundaciones 5,8). Pero la entenderemos mal si pensamos que eso le ocurría a ella sola, porque debía ser de otra pasta.

Pues no: antes que santa, doctora de la Iglesia o mística, Teresa era simplemente un ser humano de carne y hueso, como todos nosotros. Decir esto parece una perogrullada. Pero, si olvidamos esa perogrullada, todas las grandezas de Dios parecen no pertenecer a esta tierra nuestra. Y acabamos creyendo que no nos atañen a nosotros, sino a seres de otra galaxia.

Por eso creo que no es bueno leer a Teresa olvidando sus cartas: ellas tienen una espontaneidad que no podían tener sus otros escritos, expuestos al ojo escrutador de inquisidores y teólogos. En ellas se permite referirse al Nuncio como “Melquisedec”, a los miembros de la inquisición como “los ángeles”, o a los calzados como “los del paño”. Allí confiesa también que “a una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios”. Cuando hacen provincial a un fraile que ha tratado mal a sus monjas comenta con sorna: “debe ser porque tiene más cualidades que otros para hacer mártires”. Y cuando ve a otro fraile muy seguro sobre la admisión de una postulante, porque cree que “en viéndola la conocerá”, le para los pies diciéndole que “no somos tan fáciles de conocer las mujeres”…

Otras cartas reflejan su lucha para conseguir que no se impusieran a las monjas confesores obligados: “que yo temo más que pierdan el gran contento con que nuestro Señor las lleva…”. O expresan su alegría por “que mande nuestro padre que coman carne las dos de mucha oración”: pues considera que todo eso de los arrobamientos “no me parece más oración”. Reconoce también que “mozas con viejas no se pueden hallar bien”; por eso dice a su querido Jerónimo Gracián que se espanta de “cómo no se cansa de mí”. Pero se tranquiliza pensando que eso es una gracia que Dios le concede, para que “pueda pasar la vida que me da con tan poca salud y contento, si no es en esto”. Sus complicidades afectivas con Gracián (con pseudónimos y todo) darían para análisis más detenidos. Pero al menos apuntemos que a veces se pone hasta pesada quejándose porque le escribe poco; otras veces le explica cuánto le apena que tenga dolor de muelas “porque tengo harta experiencia de cuán sensible dolor es” y si tienes una sola dañada “suele parecer que lo están todas”; o le pregunta “si ha caído en ponerse más ropa, que hace ya frío”. Hacia el fin de su vida reconocerá que ha aprendido a gobernar y no es la que antes era: ahora “todo va con amor”, aunque no sabe si ello se debe “a que no me hacen por qué” (no me crean problemas) o a que, por fin, “ha entendido que así se remedia mejor”.

Baste como conclusión que la más profunda experiencia mística no es incompatible ni con el sentido común, ni con la ironía o la lucha por lo que se cree justo, ni con un carácter enérgico o una afectividad difícil de controlar y con tendencia posesiva… En una palabra: no es incompatible con ser como somos todos. Una amiga, maestra en grafología, me contó que, cuando vio por primera vez la letra de Teresa, su impresión fue de susto porque traslucía “gran sexualidad y afán de poder”. Después comprendí -me explicó- que las personas no somos nuestro carácter ni nuestras pasiones, sino lo que cada cual hace con esos materiales, y que ahí está la grandeza de nuestra libertad. De hecho, con ese temperamento, Teresa escribe en sus reglas que “la priora sea la primera en barrer”, en aquella época en que tantas prioras (hijas naturales de nobles discretamente camufladas), tenían sus sirvientas que les barrían la celda mientras ellas “contemplaban”. ¿Qué contemplarían?…

Esto permite comprender que “los pucheros” no están sólo fuera de nosotros, sino que el Señor anda también en ese complejo puchero que cada uno somos, donde se puede cocer una humanidad de muy buen sabor. Decir que entre los pucheros anda el Señor no significa sacralizar los pucheros, sino divinizar el trabajo hecho con ellos: simplemente porque ese trabajo servirá para alimentar a otros. De hecho, Teresa se lo dice a las hermanas que han de trabajar en la cocina.

Apasionada y dueña de sí, doméstica y entrañable, perseguida y de buen humor, contemplativa y activa, fue también suficientemente sabia como para entender que si a un rico le dicen que modere su plato para que puedan comer los pobres “sacará mil razones para no entender eso sino a su propósito”: porque a los ricos “sus hechos les tienen ciegos”.

Antaño tuve la paciencia de leerme todas las acusaciones que contra ella se presentaron a la inquisición (aquel famoso Orellana que creía jugarse su salvación eterna si no la acusaba…). Hoy disfruto pensando qué es lo que (en esa otra dimensión del más-allá) sentirá aquel acusador viendo a Teresa doctora de la Iglesia y quedando él como analfabeto teológico. Que es lo que son tantos afanes inquisitoriales, de ayer y de hoy.

 Fuente: Blog Cristianisme i Justícia

Espiritualidad y Cultura: Encuentro con el Oriente

La película Silencio sigue dando de qué hablar y trayendo a la luz temáticas de reflexión. Entre ellas, el encuentro de diferentes espiritualidades y la inculturación de una espiritualidad/religión dentro de un entorno diferente a aquél en el que se ha gestado.

En la comunicación de la experiencia religiosa de unos con otros, y en su apropiación por esos otros pueden surgir conflictos con respecto a las claves culturales desde las que se vive. ¿Es el núcleo de una fe y de una experiencia sobre el sentido último y abarcante de la totalidad de la existencia algo distinto de una cultura, se puede comunicar una fe pura sin el vector de una cultura determinada?

Quiero tocar la relación entre espiritualidad y cultura a la luz de algunas escenas de la película Silencio. Podemos tomar como trasfondo la discusión entre el inquisidor japonés que defendía la fe budista como la propia de su pueblo, la que satisfacía sus necesidades espirituales y la que casaba con la propia sensibilidad cultural. Frente a ella, la fe cristiana que portaban los misioneros jesuitas era, según se presenta en el discurso del inquisidor local, algo que por su carácter extraño nunca arraigaría bien en ese pueblo, y que por consiguiente debía ser prohibida y combatida políticamente como forma de preservar el orden cultural que permitía la sana continuidad del propio pueblo.

Pero esta relación, cruenta en este caso para los misioneros cristianos-europeos y las comunidades cristiano-japonesas perseguidas, ha tenido otras fes y otras comunidades sacrificadas en otros momentos de la historia.

A la altura de nuestra historia, es pertinente buscar un aprendizaje de estos procesos. Y ello porque esta relación entre religiones/espiritualidades y culturas en las que se encarnan sigue siendo una cuestión viva, que todavía nos desafía y que no la hemos resuelto satisfactoriamente. Las voces de las plurales víctimas en el pasado nos interpelan también hoy para no repetir historias de desencuentros, de violencias cruzadas y de ingenuidades en la autocomprensión de los que creían portar solo “una fe” independiente e incontaminada por un proyecto político y social que daba por evidente muchas veces la inferioridad de los otros, y la asimetría que debía regir las relaciones entre el centro y las periferias de destino. Una fe que solía identificar experiencia espiritual con mundo cultural propio, y proyectar esa cultura como exigencia ineludible de la propia transmisión de la fe.

Claves del Papa Francisco

Cambiar el modelo de globalización-uniformadora, actuar desde otra lógica geopolítica pluralizante:

“Hoy tenemos más conciencia de lo que significa la riqueza de los pueblos indígenas, justo en la época en que, tanto política como culturalmente, se los quiere anular siempre más, a través de la globalización concebida como una «esfera», una globalización donde todo se uniformiza. Entonces hoy, nuestra profecía, nuestra conciencia, tiene que ir por el lado de la inculturación. Y nuestra figura de globalización no tiene que ser la esfera, sino el poliedro. Me gusta la figura geométrica del poliedro porque es una, pero tiene caras diferentes. Expresa cómo la unidad se hace conservando las identidades de los pueblos, de las personas, de las culturas. Esa es la riqueza que hoy tendríamos que dar al proceso de globalización, porque si no es uniformante y destructivo”.

Recuperar el valor de las culturas negadas:

“En el proceso de globalización uniformante y destructor entra la destrucción de las culturas indígenas, que son en cambio lo que hay que recuperar. Y hay que recuperarlas con la hermenéutica correcta, que nos facilita esta tarea. Una hermenéutica que no es la misma que había en la época de la colonia. La hermenéutica de aquella época era la de buscar la conversión de los pueblos, la de ensanchar la Iglesia…, y por lo tanto se anulaban las independencias indígenas. Era una hermenéutica de tipo centralista, donde el imperio que dominaba era el que de alguna manera imponía su fe y su cultura”.

Tratar a los otros desde “otra hermenéutica”:

“Es comprensible que se pensara así en aquella época, pero hoy es necesaria una hermenéutica radicalmente diferente. Tenemos que interpretar las cosas de otra manera: valorando a cada pueblo, su cultura, su lengua. Nos tiene que ayudar este proceso de inculturación, que fue cobrando cada vez mayor importancia a partir del Vaticano II”.

Aprender de las buenas prácticas “interculturales” del pasado:

“De todos modos, quiero hacer referencia a conatos de inculturación que hubo en los primeros tiempos de las misiones. Tentativas que nacen de una experiencia como la de Pablo con los «gentiles». El Espíritu Santo le inculcó muy claro cómo había que inculturar el Evangelio en los pueblos gentiles. La misma cosa se repite en la época de la expansión misionera. Pensemos, por ejemplo, en la experiencia de Mateo Ricci y de Roberto de Nobili. Fueron pioneros, pero una concepción hegemónica del centralismo romano frenó esa experiencia, la detuvo. Impidió un diálogo en el que las culturas se respetaran. Y esto ocurrió porque se interpretaban con una hermenéutica religiosa lo que eran costumbres sociales. El respeto a los muertos, por ejemplo, se confundía con una idolatría.

Aquí, las hermenéuticas juegan un papel central. En este momento creo que es importante, con esta mayor conciencia que tenemos respecto de los pueblos indígenas, apoyar la expresión, la cultura de cada uno de ellos… y la misma evangelización, que toca también a la liturgia y llega hasta las expresiones de culto”.

Fuente: Entre Paréntesis

Reflexión del Evangelio – Domingo V de Cuaresma

Evangelio del Domingo V de Cuaresma – Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron a decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte ¿y tu vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta luz”. Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo.”

Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con Él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí , no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”: Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? Ella le contestó: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja:”Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque Él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde marta lo había encontrado.

Los judíos estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó Mará adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!”. Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”.

Jesús profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Reflexión – Por José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

Fuente: Teología Hoy