El Papa convoca el Sínodo para la Amazonía del 6 al 27 de octubre

Este lunes 25 de febrero, la Secretaria General del Sínodo de los Obispos dio a conocer que el Papa Francisco ha convocado la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica, del domingo 6 al domingo 27 de octubre de 2019, para reflexionar sobre el tema “Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”.

 Asimismo, en el Instituto M.S. Bambina, el Seminario de estudio sobre el tema, se llevó a cabo el “Hacia el Sínodo Especial para la Amazonía: dimensión regional y universal”, en preparación del Sínodo para la Región Panamazónica, del 25 al 27 de febrero de 2019.

 El primer día se examinaron algunos aspectos eclesiales y pastorales a la luz de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. En la segunda jornada se abordaron temas relacionados con la promoción de la ecología integral en la perspectiva de la Encíclica Laudato si’. El último día hubo una síntesis de las cuestiones surgidas durante el encuentro y una comunicación sobre el camino de preparación para el Sínodo.

Discurso del Papa al finalizar el Encuentro sobre ‘la protección de los menores en la Iglesia’

Compartimos el discurso completo del Papa Francisco al finalizar el encuentro sobre la protección de menores en la Iglesia. 

Queridos hermanos y hermanas:

 En la acción de gracias al Señor, que nos ha acompañado en estos días, quisiera agradeceros también a vosotros por el espíritu eclesial y el compromiso concreto que habéis demostrado con tanta generosidad.

 Nuestro trabajo nos ha llevado a reconocer, una vez más, que la gravedad de la plaga de los abusos sexuales a menores es por desgracia un fenómeno históricamente difuso en todas las culturas y sociedades. Solo de manera relativamente reciente ha sido objeto de estudios sistemáticos, gracias a un cambio de sensibilidad de la opinión pública sobre un problema que antes se consideraba un tabú, es decir, que todos sabían de su existencia, pero del que nadie hablaba. Esto también me trae a la mente la cruel práctica religiosa, difundida en el pasado en algunas culturas, de ofrecer seres humanos —frecuentemente niños— como sacrificio en los ritos paganos. Sin embargo, todavía en la actualidad las estadísticas disponibles sobre los abusos sexuales a menores, publicadas por varias organizaciones y organismos nacionales e internacionales (Oms, Unicef, Interpol, Europol y otros), no muestran la verdadera entidad del fenómeno, con frecuencia subestimado, principalmente porque muchos casos de abusos sexuales a menores no son denunciados, en particular aquellos numerosísimos que se cometen en el ámbito familiar.

De hecho, muy raramente las víctimas confían y buscan ayuda. Detrás de esta reticencia puede estar la vergüenza, la confusión, el miedo a la venganza, los sentimientos de culpa, la desconfianza en las instituciones, los condicionamientos culturales y sociales, pero también la desinformación sobre los servicios y las estructuras que pueden ayudar. Desgraciadamente, la angustia lleva a la amargura, incluso al suicidio, o a veces a vengarse haciendo lo mismo. Lo único cierto es que millones de niños del mundo son víctimas de la explotación y de abusos sexuales.

 Sería importante presentar los datos generales —en mi opinión siempre parciales— a escala mundial, después europeo, asiático, americano, africano y de Oceanía, para dar un cuadro de la gravedad y de la profundidad de esta plaga en nuestras sociedades. Para evitar discusiones inútiles, quisiera evidenciar antes de nada que la mención de algunos países tiene el único objetivo de citar datos estadísticos aparecidos en los informes mencionados.

 La primera verdad que emerge de los datos disponibles es que quien comete los abusos, o sea las violencias (físicas, sexuales o emotivas) son sobre todo los padres, los parientes, los maridos de las mujeres niñas, los entrenadores y los educadores. Además, según los datos de UNICEF de 2017 referidos a 28 países del mundo, 9 de cada 10 muchachas, que han tenido relaciones sexuales forzadas, declaran haber sido víctimas de una persona conocida o cercana a la familia.

 Según los datos oficiales del gobierno americano, en los Estados Unidos más de 700.000 niños son víctimas cada año de violencia o maltrato, según el International Center For Missing and Exploited Children (ICMEC), uno de cada diez niños sufre abusos sexuales. En Europa, 18 millones de niños son víctimas de abusos sexuales.

 Si nos fijamos por ejemplo en Italia, el informe del “Telefono Azzurro” de 2016 evidencia que el 68,9% de los abusos sucede dentro del ámbito doméstico del menor.Teatro de la violencia no es solo el ambiente doméstico, sino también el barrio, la escuela, el deporte y también, por desgracia, el eclesial.

 De los estudios efectuados en los últimos años sobre el fenómeno de los abusos sexuales a menores emerge que el desarrollo de la web y de los medios de comunicación ha contribuido a un crecimiento notable de los casos de abuso y violencia perpetrados online. La difusión de la pornografía se está esparciendo rápidamente en el mundo a través de la Red. La plaga de la pornografía ha alcanzado enormes dimensiones, con efectos funestos sobre la psique y las relaciones entre el hombre y la mujer, y entre ellos y los niños. Un fenómeno en continuo crecimiento. Una parte muy importante de la producción pornográfica tiene tristemente por objeto a los menores, que así son gravemente heridos en su dignidad. Los estudios en este campo documentan que esto sucede con modalidades cada vez más horribles y violentas; se llega al extremo de que los actos de abuso son encargados y efectuados en directo a través de la Red.

Recuerdo aquí el Congreso internacional celebrado en Roma sobre la dignidad del niño en la era digital; así como el primer Fórum de la Alianza interreligiosa para Comunidades más seguras sobre el mismo tema y que tuvo lugar el pasado mes de noviembre en Abu Dhabi.

 Otra plaga es el turismo sexual: según los datos de 2017 de la Organización Mundial del Turismo, cada año en el mundo tres millones de personas emprenden un viaje para tener relaciones sexuales con un menor. Es significativo el hecho de que los autores de tales crímenes, en la mayor parte de los casos, no reconocen que están cometiendo un delito.

 Estamos, por tanto, ante un problema universal y transversal que desgraciadamente se verifica en casi todas partes. Debemos ser claros: la universalidad de esta plaga, a la vez que confirma su gravedad en nuestras sociedades, no disminuye su monstruosidad dentro de la Iglesia.

La inhumanidad del fenómeno a escala mundial es todavía más grave y más escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética. El consagrado, elegido por Dios para guiar las almas a la salvación, se deja subyugar por su fragilidad humana, o por su enfermedad, convirtiéndose en instrumento de satanás. En los abusos, nosotros vemos la mano del mal que no perdona ni siquiera la inocencia de los niños. No hay explicaciones suficientes para estos abusos en contra de los niños. Humildemente y con valor debemos reconocer que estamos delante del misterio del mal, que se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús. Por eso ha crecido actualmente en la Iglesia la conciencia de que se debe no solo intentar limitar los gravísimos abusos con medidas disciplinares y procesos civiles y canónicos, sino también afrontar con decisión el fenómeno tanto dentro como fuera de la Iglesia. La Iglesia se siente llamada a combatir este mal que toca el núcleo de su misión: anunciar el Evangelio a los pequeños y protegerlos de los lobos voraces.

 Quisiera reafirmar con claridad: si en la Iglesia se descubre incluso un solo caso de abuso —que representa ya en sí mismo una monstruosidad—, ese caso será afrontado con la mayor seriedad. De hecho, en la justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de Dios, traicionado y abofeteado por estos consagrados deshonestos. El eco de este grito silencioso de los pequeños, que en vez de encontrar en ellos paternidad y guías espirituales han encontrado a sus verdugos, hará temblar los corazones anestesiados por la hipocresía y por el poder. Nosotros tenemos el deber de escuchar atentamente este sofocado grito silencioso.

 No se puede, por tanto, comprender el fenómeno de los abusos sexuales a menores sin tomar en consideración el poder, en cuanto estos abusos son siempre la consecuencia del abuso de poder, aprovechando una posición de inferioridad del indefenso abusado que permite la manipulación de su conciencia y de su fragilidad psicológica y física. El abuso de poder está presente en otras formas de abuso de las que son víctimas casi 85 millones de niños, olvidados por todos: los niños soldado, los menores prostituidos, los niños malnutridos, los niños secuestrados y frecuentemente víctimas del monstruoso comercio de órganos humanos, o también transformados en esclavos, los niños víctimas de la guerra, los niños refugiados, los niños abortados y así sucesivamente.

 Ante tanta crueldad, ante todo este sacrificio idolátrico de niños al dios del poder, del dinero, del orgullo, de la soberbia, no bastan meras explicaciones empíricas; estas no son capaces de hacernos comprender la amplitud y la profundidad del drama. Una vez más, la hermenéutica positivista demuestra su proprio límite. Nos da una explicación verdadera que nos ayudará a tomar las medidas necesarias, pero no es capaz de darnos un significado. Y hoy necesitamos tanto explicaciones como significados. Las explicaciones nos ayudarán mucho en el ámbito operativo, pero nos dejan a mitad de camino.

 ¿Cuál es, por tanto, el “significado” existencial de este fenómeno criminal? Teniendo en cuenta su amplitud y profundidad humana, hoy no puede ser otro que la manifestación del espíritu del mal. Si no tenemos presente esta dimensión estaremos lejos de la verdad y sin verdaderas soluciones.

 Hermanos y hermanas, hoy estamos delante de una manifestación del mal, descarada, agresiva y destructiva. Detrás y dentro de esto está el espíritu del mal que en su orgullo y en su soberbia se siente el señor del mundo y piensa que ha vencido. Esto quisiera decíroslo con la autoridad de hermano y de padre, ciertamente pequeño, pero que es el pastor de la Iglesia que preside en la caridad: en estos casos dolorosos veo la mano del mal que no perdona ni siquiera la inocencia de los pequeños. Y esto me lleva a pensar en el ejemplo de Herodes que, empujado por el miedo a perder su poder, ordenó masacrar a todos los niños de Belén.

 Y de la misma manera que debemos tomar todas las medidas prácticas que nos ofrece el sentido común, las ciencias y la sociedad, no debemos perder de vista esta realidad y tomar las medidas espirituales que el mismo Señor nos enseña: humillación, acto de contrición, oración, penitencia. Esta es la única manera para vencer el espíritu del mal. Así lo venció Jesús.

 Así pues, el objetivo de la Iglesia será escuchar, tutelar, proteger y cuidar a los menores abusados, explotados y olvidados, allí donde se encuentren. La Iglesia, para lograr dicho objetivo, tiene que estar por encima de todas las polémicas ideológicas y las políticas periodísticas que a menudo instrumentalizan, por intereses varios, los mismos dramas vividos por los pequeños.

 Por lo tanto, ha llegado la hora de colaborar juntos para erradicar dicha brutalidad del cuerpo de nuestra humanidad, adoptando todas las medidas necesarias ya en vigor a nivel internacional y a nivel eclesial. Ha llegado la hora de encontrar el justo equilibrio entre todos los valores en juego y de dar directrices uniformes para la Iglesia, evitando los dos extremos de un justicialismo, provocado por el sentido de culpa por los errores pasados y de la presión del mundo mediático, y de una autodefensa que no afronta las causas y las consecuencias de estos graves delitos.

En este contexto, deseo mencionar las “Best Practices” formuladas, bajo la dirección de la Organización Mundial de la Salud, por un grupo de diez agencias internacionales que ha desarrollado y aprobado un paquete de medidas llamado INSPIRE, es decir, siete estrategias para erradicar la violencia contra los menores.

 Sirviéndose de estas directrices, la Iglesia, en su itinerario legislativo, gracias también al trabajo desarrollado en los últimos años por la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores y a la aportación de este encuentro, se centrará en las siguientes dimensiones:

  1.  La protección de los menores: el objetivo principal de cualquier medida es el de proteger a los menores e impedir que sean víctimas de cualquier abuso psicológico y físico. Por lo tanto, es necesario cambiar la mentalidad para combatir la actitud defensiva-reaccionaria de salvaguardar la Institución, en beneficio de una búsqueda sincera y decisiva del bien de la comunidad, dando prioridad a las víctimas de los abusos en todos los sentidos. Ante nuestros ojos siempre deben estar presentes los rostros inocentes de los pequeños, recordando las palabras del Maestro: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!» (Mt 18,6-7).
  2. Seriedad impecable: deseo reiterar ahora que «la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso» (Discurso a la Curia Romana, 21 diciembre 2018). Tiene la convicción de que «los pecados y crímenes de las personas consagradas adquieren un tinte todavía más oscuro de infidelidad, de vergüenza, y deforman el rostro de la Iglesia socavando su credibilidad. En efecto, también la Iglesia, junto con sus hijos fieles, es víctima de estas infidelidades y de estos verdaderos y propios delitos de malversación» (ibíd.).
  3. Una verdadera purificación: a pesar de las medidas adoptadas y los progresos realizados en materia de prevención de los abusos, se necesita imponer un renovado y perenne empeño hacia la santidad en los pastores, cuya configuración con Cristo Buen Pastor es un derecho del pueblo de Dios. Se reitera entonces «su firme voluntad de continuar, con toda su fuerza, en el camino de la purificación. La Iglesia se cuestionará […] cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios. Se buscará transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo no solo del cuerpo de la Iglesia sino también de la sociedad» (ibíd.). El santo temor de Dios nos lleva a acusarnos a nosotros mismos —como personas y como institución— y a reparar nuestras faltas. Acusarnos a nosotros mismos: es un inicio sapiencial, unido al santo temor de Dios. Aprender a acusarse a sí mismo, como personas, como instituciones, como sociedad. En realidad, no debemos caer en la trampa de acusar a los otros, que es un paso hacia la excusa que nos separa de la realidad.
  4. La formación: es decir, la exigencia de la selección y de la formación de los candidatos al sacerdocio con criterios no solo negativos, preocupados principalmente por excluir a las personas problemáticas, sino también positivos para ofrecer un camino de formación equilibrado a los candidatos idóneos, orientado a la santidad y en el que se contemple la virtud de la castidad. San Pablo VI escribía en la encíclica Sacerdotalis caelibatus: «Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y externamente, como es la del sacerdocio célibe, excluye, de hecho, a los sujetos de insuficiente equilibrio psicofísico y moral, y no se debe pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza» (n. 64).
  5. Reforzar y verificar las directrices de las Conferencias Episcopales: es decir, reafirmar la exigencia de la unidad de los obispos en la aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación. Ningún abuso debe ser jamás encubierto ni infravalorado (como ha sido costumbre en el pasado), porque el encubrimiento de los abusos favorece que se extienda el mal y añade un nivel adicional de escándalo. De modo particular, desarrollar un nuevo y eficaz planteamiento para la prevención en todas las instituciones y ambientes de actividad eclesial.
  6. Acompañar a las personas abusadas: El mal que vivieron deja en ellos heridas indelebles que se manifiestan en rencor y tendencia a la autodestrucción. Por lo tanto, la Iglesia tiene el deber de ofrecerles todo el apoyo necesario, valiéndose de expertos en esta materia. Escuchar, dejadme decir: “perder tiempo” en escuchar. La escucha sana al herido, y nos sana también a nosotros mismos del egoísmo, de la distancia, del “no me corresponde”, de la actitud del sacerdote y del levita de la parábola del Buen Samaritano.
  7. El mundo digital: la protección de los menores debe tener en cuenta las nuevas formas de abuso sexual y de abusos de todo tipo que los amenazan en los ambientes en donde viven y a través de los nuevos instrumentos que usan. Los seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas, agentes pastorales; todos deben tomar conciencia de que el mundo digital y el uso de sus instrumentos incide a menudo más profundamente de lo que se piensa. Se necesita aquí animar a los países y a las autoridades a aplicar todas las medidas necesarias para limitar los sitios de internet que amenazan la dignidad del hombre, de la mujer y de manera particular a los menores: el delito no goza del derecho a la libertad. Es necesario oponernos absolutamente, con la mayor decisión, a estas abominaciones, vigilar y luchar para que el crecimiento de los pequeños no se turbe o se altere por su acceso incontrolado a la pornografía, que dejará profundos signos negativos en su mente y en su alma. Es necesario comprometernos para que los chicos y las chicas, de modo particular los seminaristas y el clero, no sean esclavos de dependencias basadas en la explotación y el abuso criminal de los inocentes y de sus imágenes, y en el desprecio de la dignidad de la mujer y de la persona humana. Se evidencian aquí las nuevas normas “sobre los delitos más graves” aprobadas por el papa Benedicto XVI en el año 2010, donde fueron añadidos como nuevos casos de delitos «la adquisición, la retención o divulgación» realizada por un clérigo «en cualquier forma y con cualquier tipo de medio, de imágenes pornográficas de menores». Entonces se hablaba de «menores de edad inferior a 14 años», ahora pensamos elevar este límite de edad para extender la protección de los menores e insistir en la gravedad de estos hechos.
  8. El turismo sexual: la conducta, la mirada, la actitud de los discípulos y de los servidores de Jesús han de saber reconocer la imagen de Dios en cada criatura humana, comenzando por los más inocentes. Solo aprovechando este respeto radical por la dignidad del otro podemos defenderlo del poder dominante de la violencia, la explotación, el abuso y la corrupción, y servirlo de manera creíble en su crecimiento integral, humano y espiritual, en el encuentro con los demás y con Dios. Para combatir el turismo sexual se necesita la acción represiva judicial, pero también el apoyo y proyectos de reinserción de las víctimas de dicho fenómeno criminal. Las comunidades eclesiales están llamadas a reforzar la atención pastoral a las personas explotadas por el turismo sexual. Entre estas, las más vulnerables y necesitadas de una ayuda especial son ciertamente las mujeres, los menores y los niños; estos últimos, necesitan todavía de una protección y de una atención especial. Las autoridades gubernamentales deben dar prioridad y actuar con urgencia para combatir el tráfico y la explotación económica de los niños. Para este fin, es importante coordinar los esfuerzos en todos los niveles de la sociedad y trabajar estrechamente con las organizaciones internacionales para lograr un marco legal que proteja a los niños de la explotación sexual en el turismo y permita perseguir legalmente a los delincuentes.

Permitidme un agradecimiento de corazón a todos los sacerdotes y a los consagrados que sirven al Señor con fidelidad y totalmente, y que se sienten deshonrados y desacreditados por la conducta vergonzosa de algunos de sus hermanos. Todos —Iglesia, consagrados, Pueblo de Dios y hasta Dios mismo— sufrimos las consecuencias de su infidelidad. Agradezco, en nombre de toda la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que no solo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por los escándalos de unos pocos —pero siempre demasiados— hermanos suyos. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos.

Finalmente, quisiera destacar la importancia de transformar este mal en oportunidad de purificación. Miremos a Edith Stein – santa Teresa Benedicta de la Cruz, con la certeza de que «en la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado». El santo Pueblo fiel de Dios, en su silencio cotidiano, de muchas formas y maneras continúa haciendo visible y afirmando con “obstinada” esperanza que el Señor no abandona, que sostiene la entrega constante y, en tantas situaciones, dolorosa de sus hijos. El santo y paciente Pueblo fiel de Dios, sostenido y vivificado por el Espíritu Santo, es el rostro mejor de la Iglesia profética que en su entrega cotidiana sabe poner en el centro a su Señor. Será justamente este santo Pueblo de Dios el que nos libre de la plaga del clericalismo, que es el terreno fértil para todas estas abominaciones.

 El resultado mejor y la resolución más eficaz que podamos dar a las víctimas, al Pueblo de la santa Madre Iglesia y al mundo entero, es el compromiso por una conversión personal y colectiva, y la humildad de aprender, escuchar, asistir y proteger a los más vulnerables.

 Hago un sentido llamamiento a la lucha contra el abuso de menores en todos los ámbitos, tanto en el ámbito sexual como en otros, por parte de todas las autoridades y de todas las personas, porque se trata de crímenes abominables que hay que extirpar de la faz de la tierra: esto lo piden las numerosas víctimas escondidas en las familias y en los diversos ámbitos de nuestra sociedad.

Fuente: Vida Nueva Digital

Federico Lombardi: «La Iglesia está herida en su credibilidad»

Federico Lombardi SJ, ex portavoz de dos papas, es el encargado de moderar la cumbre anti-abusos convocada por Francisco que se está llevando adelante en el Vaticano del 21 al 24 de febrero.

En entrevista con el portal Religión Digital, reconoció que los escándalos hirieron a la Iglesia en su «credibilidad», afirma que la formación es clave para la prevención y pide que se «respete» el código canónico que ya establece normas anti-pedofilia.

¿En qué marco se convoca este encuentro histórico sobre la cuestión de los abusos en la Iglesia?

El encuentro se da en un marco de una historia larga de abusos por parte de miembros de la Iglesia, en los que han aparecido nuevas crisis recientes, en particular en Estados Unidos con el caso de Theodore McCarrick o el informe de Pennsylvania. También estuvo la cuestión de Chile, que involucró al papa Francisco pesonalmente a raíz de sus encuentros con los obispos de ese país. Y es importante el modo en el que el Papa habló de este tema, con las dos cartas al pueblo de Dios, en junio a Chile y en agosto en modo universal. Y se destaca el concepto de ese pueblo de Dios en camino, de involucrar su solidaridad espiritual para afrontar los problemas de la comunidad de la Iglesia.

En este contexto, la convocatoria a los presidentes de las conferencias episcopales tiene un significado, no solo para responder a las crisis que se siguen manifestando y muestra que se trata de un problema global de la Iglesia difundido no sólo en algunos países, sino que apunta además a un modo de afrontarlo como pueblo de Dios, y movilizarlo a través de sus pastores y sus representantes.  Los presidentes de las conferencias llegarán, también como representantes de los otros obispos de sus países, que son los pastores de las comunidades eclesiales. Hay un motivo para la contiuidad del problema en varios países, y también la vía de la convocatoria de los presidentes de las conferencias episcopales como signo de movilización del conjunto del pueblo de Dios como comunidad que debe reaccionar solidariamente. La Iglesia debe escuchar y afrontar este problema.

La Iglesia tiene un largo marco normativo sobre la prevención y castigo a los abusos. ¿Hace falta hacerlo cumplir más?

El tema es que si bien hay que entender a cada una de las realidades con su contexto, hay una disposición universal dentro de la Iglesia que ya legisla sobre este tema y es el derecho canónico, con las normas que han sido renovadas por Benedicto XI así como los procedimientos que ha establecido la Congregación para la Doctrina de la Fe para las investigaciones, denuncias y procesos, que establece con claridad los procedimientos por este tipo de crímenes. Son reglas claras para toda la Iglesia porque tienen que ver con el modo de ser sacerdote y de ejercitar el ministerio. Y valen para todo el mundo. En la Iglesia está considerado un crimen el abuso a menores por parte de sacerdotes globalmente, eso es igual para todos. Lo que sí puede ser diverso es la relación con la cultura y los aspectos de cada país. Y las líneas-guía de las conferencias episcopales deben tener en cuenta esas diferencias de cultura y de legislación de cada país. En ese sentido se puede decir que una guía normativa común sobre los abusos ya existe, que son los artículos del derecho canónico, y lo que es necesario ahora es que todos la respeten y la pongan en práctica en el contexto de sus países.

No hay que esperar entonces granes cambios legislativos sobre el tema…

Como expresó el Papa, se trata también de ayudar a los obispos a entender más claramente qué hacer y cómo deben actuar. El encuentro puede ser muy útil en esto. Hay algunas conferencias episcopales con mucha experiencia, que se ocupan del tema hace años. Es en esa dirección que se habla de la posibilidad de que se forma una suerte de «Task Force», con expertos, canonistas, de cómo acompañar a las víctimas, que los obispos se sientan acompañados, para formular líneas guías, tratar casos de abusos y dar ayudas. Esta es una idea que ayudaría a muchos obispos como iniciativa práctica. Roma no tiene que hacer las guías para todo los países del mundo, debe haber una suerte de descentralización que permita acada conferencia episcopal actuar de acuerdo a los marcos locales. Sí hay un aspecto común que es la vigencia del derecho canónico para estos crímenes horribles. Y en el sentido de ser una comunidad universal que camina junta y se sostiene junta.

El papa dijo hace poco que ve una Iglesia «herida» por los abusos. ¿Cómo se la sana?

La Iglesia está herida en su credibilidad. Lo sentimos mucho en el punto en que la Iglesia se propone como maestra con autoridad moral y de formación espiritual en la sociedad y esta autoridad queda dañada profundamente por las incoherencias y falsos testimonios de las personas en su interior,incluso con roles importantes, que cometen estos crímenes gravísimos: es un daño grave para la misión de la Iglesia. Y la gran mayoría de sacerdotes que son inocentes sienten ellos también el peso de la enfermedad, porque pesa sobre el cuerpo de la Iglesia como comunidad. Incluso yo lo vivo así esto, es un peso muy grande que daña y debilita la credibilidad de la Iglesia en su servicio moral y espiritual a la gente. Han hecho realmente mucho daño. Esto se sana con una conversión profunda que vaya a las raíces, no es solo poner controles para evitar que estas cosas sucedan. Se trata de tener una buena formación espiritual humana para que disminuya radicalmente, aunque no podemos pensar que todo será perfecto, pero sí que estos casos se vuelvan algo rarisimo y sean enfrentados con decisión. Debemos lograr que la comunidad se sienta segura y jóvenes y niños puedan participar de las actividades de la Iglesia con confianza. Esto requiere de todos modos un trabajo profundo, en el cambio de dejar de defendernos a nosotros y a las institiuiones y pasar a ocuparse antes que nada de las personas, y el rol de la formación de los futuros sacerdotes, obispos, seminaristas, es central para esto. Una autoridad que deba ser entendida como servicio y no como poder.

¿Y qué rol tienen los laicos cercanos a la Iglesia en ese camino de sanación?

En América Latina ya hubo varios casos importantes (Perú, Maciel, Karadima) en los que se vio que en realidad estas son realidades de abusos de autoridad y de poder sobre la conciencia, y que una de sus facetas es el abuso sexual. Por eso es importante involucrar a la sociedad y a toda la comunidad de le Iglesia por renovar las relaciones en su interno.

Debe estar involucrada no solo toda la comunidad, sino que también es importantísimo lograr una mayor participación de la mujer dentro de ese mayor involucramiento del pueblo de Dios. Debemos buscar una mayor participación de las mujeres en el campo de la prevención, del acompañamiento a las víctimas, de la atención sobre las familias. El rol de las mujeres será determinante.

Fuente: Religión Digital 

El Papa: “El Pueblo de Dios espera medidas concretas y eficaces”

El jueves 21 de febrero de 2019 comenzó en el Vaticano el encuentro sobre “La Protección de los menores en la Iglesia”.

 “Nuestro encuentro está cargado por el peso de la responsabilidad pastoral y eclesial que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda, cómo afrontar este mal que aflige a la Iglesia y a la humanidad. El santo pueblo de Dios nos mira y espera de nosotros no simples y obvias condenas, sino medidas concretas y eficaces por disponer”, lo dijo el Papa Francisco este jueves, 21 de febrero, al inicio del Encuentro sobre “La Protección de los menores en la Iglesia”, en el Aula Nueva del Sínodo, en el Vaticano.

Escuchemos el grito de los pequeños que piden justicia

Dirigiéndose a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo y a los demás participantes en este Encuentro, el Santo Padre dijo que, “ante la plaga de abusos sexuales perpetrados por hombres de Iglesia contra los menores, he pensado en interpelarlos a ustedes, Patriarcas, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores Religiosos y Responsables, para que todos juntos nos pongamos a la escucha del Espíritu Santo y con docilidad a su guía escuchemos el grito de los pequeños que piden justicia”.

Discutamos de manera sinodal, sincera y profunda

“Nuestro encuentro – señaló el Pontífice – está cargado por el peso de la responsabilidad pastoral y eclesial que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda, cómo afrontar este mal que aflige a la Iglesia y a la humanidad. El santo pueblo de Dios nos mira y espera de nosotros no simples y obvias condenas, sino medidas concretas y eficaces por disponer. Es necesario ser concretos”.

Parresia, coraje y de concreción

Iniciamos, pues, nuestro camino, armados de fe y del espíritu de máxima parresia, de coraje y de concreción, alentó el Papa Francisco a los participantes. “Como ayuda, quisiera compartir con ustedes algunos criterios importantes formulados por las diversas Comisiones y Conferencias Episcopales – los han enviado ustedes, dijo el Papa, y yo los he enumerado un poco – son líneas guías para ayudarnos en nuestra reflexión que les serán entregadas a ustedes. Son un simple punto de partida, que viene de ustedes y regresa a ustedes, y que no quita la creatividad que debe existir en este encuentro”.

Sanemos las graves heridas de este escándalo

Antes de concluir sus palabras introductorias, el Papa Francisco agradeció en nombre de todos a la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a los miembros del Comité Organizador por el excelente trabajo realizado con gran compromiso en la preparación de este encuentro. “Finalmente – concluyó el Papa – le pido al Espíritu Santo que nos sostenga en estos días y que nos ayude a transformar este mal en una oportunidad para la conciencia y la purificación. Que la Virgen María nos ilumine para buscar curar las graves heridas que el escándalo de la pedofilia ha causado tanto en los pequeños como en los creyentes”.

Fuente: Vatican News

Argentina y Uruguay optan por un Apostolado de Migraciones

La Red Jesuita con Migrantes LAC completa el mapa. La Provincia Argentina-Uruguaya ha institucionalizado en Servicio Jesuita con Migrantes como sector apostólico. 

 Por: Javier Cortegoso Lobato – Coordinador de la Red Jesuita con Migrantes de Latinoamérica y el Caribe

En un breve paseo con Julio Villavicencio SJ, que estaba dándome un recorrido por el Colegio del Salvador en Buenos Aires –donde se encuentra también la Curia Provincial y varias obras como Fe y Alegría-, no pasaban más de cinco minutos sin que alguien nos parase; jesuitas o laicos, que le daban la enhorabuena a Julio por su nuevo destino, o le ofrecían la referencia de alguien que le podía echar una mano, o le contaban algo que ya se venía haciendo, o le pedían una colaboración para llevar la dinámica de Hospitalidad a un colegio.

 El pasado 5 de febrero, apenas unos días después de la asunción real por parte de Rafael Velasco SJ, del destino de Provincial de ARU (Argentina y Uruguay), se hacía pública la circular que contenía una noticia esperada en la Red desde hace mucho tiempo: La constitución de un Apostolado del Servicio Jesuita a Migrantes en la Provincia. La creación del SJM ARU como apostolado, dependiente directamente del Provincial, explica que la Migración Forzada es una prioridad apostólica que convoca transversalmente a toda la misión de la Compañía. La explicación es fácil, me decía Rafael, “se trata de optar por los pobres”, es decir se trata de reconocer que la realidad migrante es uno de los clamores que como cuerpo apostólico debemos escuchar, dejar que nos conmueva y ordenar nuestra acción-opción-misión de construcción de Justicia y Reconciliación.

 La buenísima noticia se completa con el nombramiento de Julio Villavicencio SJ como delegado de este apostolado. Julio tiene una vocación temprana, profunda y cercana hacia la realidad de las migraciones. Los que le conocemos, aunque sea un poco, irremediablemente le queremos. A su tremenda calidad humana se le une un indiscutible don para acompañar y una manera de mirar la realidad que es amorosa y que, consecuentemente, busca la justicia.

 El primer paso del SJM en ARU está siendo reconocer lo que ya existía de trabajo de acompañamiento de Migrantes, como la experiencia, de algunos años ya, en la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en San Miguel, barrio del Gran Buenos Aires con enrome presencia de población migrante, o en Regina Martyrum, más reciente, con población venezolana. Desde ahí se irá construyendo el nuevo SJM ARU, proyectando su crecimiento desde la mirada al contexto, entendiendo dónde puede aportar valor o presencia y en una clave de articulación con otros actores de Iglesia y Sociedad Civil que tienen experiencias consolidadas. El reto del SJM será liderar esa transversalidad que la migración exige de la Compañía en todos los niveles y sectores y desde todas sus presencias.

 El SJM ARU es ya parte de la RJM, ya empezamos este diálogo con un encuentro la semana pasada en Buenos Aires tanto con Rafael como con Julio. Será clave, en el planteamiento de estos primeros meses, conocer la experiencia de otras obras de la RJM en otras provincias, especialmente de los SJM y SJR. Desde nuestra perspectiva era vital incluir a Uruguay y Argentina en el mapa de la red, pero no tanto por la ambición de completarlo, sino por el convencimiento de que una misión que quiera ser adecuada a la complejidad y extensión del fenómeno migratorio requiere, entre muchas otras cosas, la continuidad en la atención que supera barreras geográficas y de gobierno.

Argentina y Uruguay son países con largas historias de migración que explican su identidad. Los flujos migratorios en la región viven también los cambios acelerados por las crisis y las dinámicas migratorias en América Latina. En Argentina por ejemplo, la migración tradicional de las últimas décadas, la constituían bolivianos, paraguayos y peruanos, colombianos en menor medida; sin embargo en los últimos dos años la población venezolana se ha convertido en el grupo de arribos más numeroso. Como consecuencia de la crisis humanitaria en Venezuela, se ha dado también el cambio de perfil, llegan personas mucho más vulnerables, de un nivel de pobreza alto o extremo, con muchas menos capacidades para su integración y lo hacen tras larguísimas rutas por tierra, atravesando Brasil o la ruta Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.

 En esos encuentros cortos, en el colegio del Salvador, reconocí una muestra de Hospitalidad y Acogida de este apostolado de las Migraciones por parte de otras obras de la Provincia. Estas personas, de Fe y Alegría, de la Universidad Católica de Córdoba o del propio Colegio, se iban encontrando con Julio, se paraban delante, le tendían la mano y formaban nuestra H (#SoyH), hablaban de un apostolado que reconoce su Historia, que contempla la Herida, que rezuma Humanidad y que pretende dejar Huella en el acompañamiento. Me parece una metáfora adecuada y un signo de esperanza para este nuevo comienzo.

 Como Red Jesuita con Migrantes LAC, esta felicidad por las buenas noticias, se transforma en puesta a disposición absoluta para acompañar este trabajo, porque o lo hacemos juntos y juntas, o no estamos siendo responsables con la realidad que nos llama.

Fuente: Jesuitas Latinoamérica

La Escuela de Formación en Identidad Ignaciana reabre sus Inscripciones para este año

La Escuela de Formación en Identidad Ignaciana es una iniciativa de la Conferencia de Provinciales de América Latina (CPAL), que en nuestra Provincia se viene llevando adelante desde el año 2017. De ella participan personas vinculadas a la Compañía de Jesús en distintas partes de Argentina y Uruguay, gracias a que las clases son virtuales, por lo que, quien las dicta, puede hacerlo simultáneamente para distintos grupos.

El Objetivo de la Escuela de Formación Ignaciana es ofrecer un espacio para profundizar en el crecimiento afectivo – espiritual de las relaciones personales, el liderazgo, el trabajo colaborativo y el compromiso apostólico desde los valores ignacianos.

Cada año consta de 7 clases mensuales y presenciales.

Destinatarios

Esta propuesta está pensada para ser realizada por:

– Laicos/as y religiosos/as que trabajan en alguna obra apostólica, jesuita o ignaciana.

– Personas abiertas a una experiencias de fe y compromiso, dispuestas a formarse y a compartir su formación con otros.

– Personas que tengan la capacidad y el deseo de ser agentes multiplicadores de los valores ignacianos.

¿Cómo puedo inscribirme?

Envía un e-mail a colaboración@jesuitas.org.ar o puedes acercarte a los Centro de Espiritualidad adheridos:

 

 

Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús 2019-2029

Al final de los dieciséis meses que duró el proceso en los diversos niveles de la Compañía, damos a conocer las nuevas cuatro Preferencias Apostólicas Universales:

 A. Mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento.

 B. Caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia.

C. Acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador.

D. Colaborar en el cuidado de la Casa Común.

En su carta de confirmación del 6 de febrero de 2019, el Papa Francisco considera que “el proceso que hizo la Compañía para llegar a las preferencias apostólicas universales fue (…) un real discernimiento”. Señala que las preferencias propuestas “están en sintonía con las actuales prioridades de la Iglesia expresadas a través del magisterio ordinario del Papa, de los Sínodos y de las Conferencias Episcopales, sobre todo a partir de Evangelii gaudium”.

El Santo Padre insiste en que “la primera preferencia es capital porque supone como condición de base el trato del jesuita con el Señor, la vida personal y comunitaria de oración y discernimiento”. Añade: “Sin esta actitud orante lo otro no funciona”.

Fuente: Jesuitas Latinoamérica

Palabras Inaugurales – Rafael Velasco SJ

Discurso inaugural del P. Rafael Velasco SJ al asumir como Superior Provincial de Argentina-Uruguay, al inicio del Encuentro de Provincia 2019, el 30 de enero pasado. 

Por Rafael Velasco SJ

Quiero comenzar compartiendo con ustedes las convicciones espirituales que me guían y alientan; algo así como mi propio credo personal

Nuestra Fórmula del Instituto dice: “Procure mientras viviere poner delante de sus ojos ante todo a Dios y luego el modo de ser de este su Instituto que es camino para ir a El…”

Ante todo creo en Dios. Dios Nuestro Señor, que nos ha creado por amor para alabarlo, reverenciarlo y servirlo en nuestros hermanos y hermanas. El Dios que en Jesús se ha hecho carne en las periferias y desde allí mira la realidad; no desde “arriba”, sino desde los costados, desde los que están al margen. Creo, por experiencia, que allí –en las periferias- se domicilia “Su solio Real”. Desde allí Dios Nuestro Señor nos mira y nos llama a ayudarlo a edificar Su Reino: “desde los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los enfermos” (de Mateo 25), desde la mirada compasiva de los buenos samaritanos y los ojos entrecerrados de los apaleados del camino, Nos mira y nos llama desde la mirada expectante de las samaritanas que junto al pozo de la vida siguen buscando el agua viva, Nos mira desde la mirada dolorida de las viudas de Naím y desde la mirada ávida de las hemorroisas que han perdido todo menos la fe…

Creo, en fin en Jesús que transita hoy por nuestras propias “sinagogas, villas y castillos”.

Creo en un Dios en salida, misionero, que por amor se ha costeado el viaje hasta nuestras periferias, que se acerca a todos los que sufren, que es buena noticia y esperanza para todos. Ese Dios nos empuja a sus compañeros a que no nos quedemos cómodos con lo nuestro, con lo ya logrado, con nuestras obras. Es un Dios que sale a buscar, un Dios “en expansión”, no un Dios en repliegue. Un Dios que nos revela Su Esperanza cuando salimos, cuando nos ponemos en camino, cuando arriesgamos, cuando somos cercanos, cuando intentamos una y otra vez.

Creo, desde nuestra fe jesuita, que Dios ya está obrando en la realidad –siempre nuevo y sorprendente- y nos llama para ayudarlo en la obra de Reconciliación y Justicia que Él va tejiendo paciente y laborioso como un obrero. Y creo que nuestra misión tiene mucho de ser discípulos de la realidad, y por eso debemos orar y reflexionar con profundidad para acertar en el modo de colaborar en Su Obra.

Creo que Dios abre caminos cuando nos animamos a cruzar el mar, como lo señala el Talmud en aquel versículo que al describir el cruce del mar rojo afirma que el mar no se abrió cuando Moisés golpeó con el bastón el mar, sino cuando el primer hebreo se lanzó a cruzar. Dios nos abre caminos cuando creemos de verdad en El y nos animamos a dar el primer paso.

Creo firmemente que nuestro Dios se deja encontrar privilegiadamente en los pobres. Sin cercanía real con ellos no hay salvación, Es decir, no hay vitalidad apostólica consistente. Jesús comienza su ministerio proclamando que el Espíritu del Señor está sobre Él “para anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Desde ellos, particularmente, Dios nos revela su rostro.

Creo, como dice san Ignacio a los padres y hermanos de Padua, que “Son tan grandes los pobres en la Presencia Divina, que principalmente para ellos fue enviado Jesucristo a la tierra: «Por la opresión del mísero y del pobre ahora —dice el Señor— habré de levantarme» (Sal 11,6); y en otro lugar: «Para evangelizar a los pobres me ha enviado» (Lc 4,18), lo cual recuerda Jesucristo, haciendo responder a San Juan: «Los pobres son evangelizados» (Mt 11,5), y tanto los prefirió a los ricos, que quiso Jesucristo elegir todo el Santísimo Colegio de entre los pobres, y vivir y conversar con ellos, dejarlos por príncipes de su Iglesia, constituirlos por jueces sobre las doce tribus de Israel (Mt 19,28), es decir, de todos los fieles. Los pobres serán sus asesores. Tan excelso es su estado. La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno. (Carta a los PP y HH de Padua 6 de agosto de 1547)

Creo que Dios nos llama a ser discípulos y amigos de los pobres. Como dice nuestra última Congregación General: “estamos llamados a descubrir a Cristo en los pobres, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos. Esta actitud va contra corriente de lo que es normal en el mundo, en el que, como dice el Quoelet, “la sabiduría del pobre se desprecia y nadie hace caso a sus consejos”. Junto a los pobres podemos aprender lo que significan esperanza y valentía” (D. 1, 15).

Por eso debemos optar claramente por ellos, sin excusas ni racionalizaciones. Y una opción implica misionar jesuitas cualificados y asignar recursos. Porque ese servicio apostólico debe ser de calidad y con rigor. No puede ser un servicio “pobre”; debe ser lúcido, con jesuitas valiosos capaces de articular sensibilidad, rigor intelectual y compromiso en la acción y la provincia debe asignar recursos para ello.

Creo que la existencia de hermanos y hermanas nuestros que viven realidades de exclusión y descarte es una bofetada que debe hacernos reaccionar. Y a la vez es una llamada evangélica a salir, a acercarnos como Jesús, a radicalizar nuestro estilo de vida…a convertirnos. Nuestra opción por los pobres debe significar también vivir más solidariamente con ellos en nuestras opciones y acciones, en nuestro estilo de vida y en lo que nos preocupa y nos ocupa.

Somos discípulos del que nació en un pesebre y murió en una cruz, y que no tuvo donde reclinar la cabeza. Somos compañeros del que anunció el Reino de Dios para los pobres. Nuestra fe en Jesús –lo sabemos- exigen de nosotros compromiso y pasión por la justicia. Y nos exige estar en la primera línea, donde se libran las batallas, y no en retaguardias cálidas y seguras. Nuestro Rey Eternal nos marca el camino: “quien quiera venir conmigo ha de trabajar conmigo…para que siguiéndome en la pena me siga también en la gloria” (95).

Creo que la Comunidad (nuestras comunidades) puede llegar a ser un Hogar para el Reino de Dios. Durante años se ha hablado de la comunidad en función de la misión. Desde las dos últimas Congregaciones Generales se habla también de que la comunidad es misión. Comparto esa convicción. El testimonio de cómo vivimos es más fuerte muchas veces que nuestras acciones apostólicas. Jesús les dijo a los que lo seguían: “vengan y vean”. Ellos vieron cómo vivía y se quedaron con él. No fueron a ver sus milagros primero, sino como vivía. Pienso muchas veces que cierta falta de consistencia en materia de vocaciones, además de la dificultad de los tiempos que corren, algo tiene que ver con esto. Trabajamos con esfuerzo y entusiasmo, pero al ver cómo vivimos…ahí las cosas cambian. “¿qué clase de vida tienen si no tienen vida juntos?” dice Tomas Eliot.

Creo que nuestro estilo de vida debería revelar el Dios en el que creemos, el Dios cercano a los pobres y sufrientes, el Dios en salida, el Dios fraterno que se hizo pobre para enriquecernos y ofrece la Salvación y la Buena Noticia encarnado en las periferias…

Creo, también, que nuestras obras apostólicas deberían ser comunidades de vida. Espacios de una vida nueva. Una vida que surge y se alimenta de la vida, de Jesús vivo entre nosotros. En una cultura de la muerte, la gente busca vida, busca espacios de vida. Nuestros colegios, universidades, parroquias, centros de espiritualidad, obras sociales están llamadas a ser espacios de vida en salida.

Y creo que nuestro lugar en nuestras obras es clave: No somos gestores mundanos, somos líderes apostólicos. Compañeros de Jesús y en Jesús. Nuestro modo de llevar adelante nuestras obras apostólicas tiene que tener presente que no solo importa el fin apostólico sino también el modo, el estilo. Nuestras obras deberían ser comunidades de trabajo. Pero no sólo eso, deben ser espacios en los que se vive una misión apostólica en comunidad.

Creo en la mirada Visionaria de Dios. Un párrafo acerca de nosotros: Hay quien afirma que no es verdad que “el amor es ciego”, sino que en verdad el amor es “visionario”; porque es capaz de ver en el otro lo que otros no ven, y que a veces ni el mismo sujeto ve. El amor es visionario porque ve lo más genuino y noble del otro aún contra las apariencias. Así de visionaria es la mirada amorosa de Dios. Él ve lo más genuino y noble que hay en nosotros (más allá de nuestros límites y pecados), y confía en nuestra mejor versión. Es una mirada que alienta, entusiasma y construye. Esa mirada visionaria entra en colisión –no pocas veces- con nuestras miradas heridas por el miedo, enojos, rencores, celos…Esa mirada desfigurada es fuente de desesperanza. De esa mirada surgen desvalorizaciones y descalificaciones y desde ese prisma, hasta pareciera que hay compañeros que ya no tienen lugar, ni remedio. Ese no es un camino de vida. Lo sé por experiencia.

Cuando conectamos, en cambio, con esa mirada Visionaria de Dios, entonces somos capaces de responder con generosidad y fraternidad; desde allí nos vivimos como hombres en misión, capaces de dar con generosidad, más allá de límites, sombras y agachadas personales. Y cuando la misión apostólica es desafiante respondemos mejor aún. Desde esa mirada nos descubrimos y sentimos Compañeros en una misión de reconciliación y justicia.

Le pido a Dios para mí y para todos, apostar cada día por esa mirada Visionaria Suya.

Estas convicciones que comparto con ustedes son las que me alientan y son las que –espero- guiarán y empujarán mis decisiones. Son las que me recuerdan cada día que no debo acostumbrarme.

A modo de aguijón y horizonte de Esperanza termino compartiéndoles una oración de Luis Espinal, compañero nuestro que dio su sangre por Jesús y sus hermanos. Es una oración que procuro rezar con frecuencia, y que cada vez que lo hago, me despierta:

Tenemos el vicio de acostumbrarnos a todo. Ya no nos indignan las villas miseria; ni la esclavitud de los siringueros; no es noticia el “apartheid”, ni los millones de muertos de hambre, cada año.Nos acostumbramos, limamos las aristas de la realidad, para que no nos hiera, y la tragamos tranquilamente.Nos desintegramos. No es sólo el tiempo el que se nos va, es la misma cualidad de las cosas la que se herrumbra. Lo más explosivo se hace rutina y conformismo; la contradicción de la cruz es ya sólo el adorno sobre escote mundano, o la guerrera de un Hitler.Señor tenemos la costumbre de acostumbrarnos a todo; aún lo más hiriente se nos oxida. Quisiéramos ver siempre las cosas por primera vez; quisiéramos una sensibilidad no cauterizada, para maravillarnos y sublevarnos.


Haznos superar la enfermedad del tradicionalismo, es decir, la manía de embutir lo nuevo en paradigmas viejos. Líbranos del miedo a lo desconocido. El mundo no puede ir adelante, a pesar de tus hijos; sino gracias a ellos. Empujemos.Jesucristo, danos una espiritualidad de iniciativa, de riesgo, que necesite revisión y neologismos. No queremos ver las cosas sólo desde dentro; necesitamos tener algún amigo hereje o comunista. Para ser disconforme como Tú, que fuiste crucificado por los conservadores del orden y la rutina.Enséñanos a recordar que Tú, Jesucristo, siempre has roto las coordenadas de lo previsible.


Y sobre todo, que no nos acostumbremos a ver injusticias, sin que se nos encienda la compasión y la actuación.

Las Bienaventuranzas Argentinas

Una adaptación de Lucas 6, 20-26 a la realidad de la Argentina hoy. 

Por Emmanuel Sicre SJ

Felices quienes no llegan a fin de mes y la siguen peleando,

quienes no temen ser pobres

y comparten su hambre

con quienes están aún peor,

porque saborean la lógica del Reino.

 

Felices quienes por la inflación ya no pueden pagar medicamentos

y encuentran en la fe compartida

la medicina para tanta desesperación,

porque sus lágrimas serán fecundas.

 

Felices quienes sufren sin vergüenza el bullying por hacer el bien,

por no querer hablar mal de los demás

y rechazan las invitaciones

a descargarse violentamente contra la masa,

porque sus actitudes sanarán corazones heridos.

 

Felices quienes padecen adicciones y buscan la salida,

aunque caigan,

quienes los acompañan con amor a pesar de todo

y no juzgan livianamente el dolor del otro,

porque se sentarán a la mesa de quienes luchan y vencen.

 

Pero, ¡ay de quienes idolatran su riqueza y se olvidan

de quienes están desahuciados

por los sistemas deshumanizadores,

porque su egoísmo se convertirá en soledad!

 

¡Ay de quienes la superficialidad los entretiene mágicamente

y los ciega ante quienes sufren,

porque se perderán del sentido de la vida!

 

¡Ay de quienes viven de la mirada de los demás

y no quieren descubrir su propia verdad,

porque no podrán mirarse al espejo con amor!

 

¡Ay de quienes son responsables del Bien de todos en los cargos públicos

y acceden a la corrupción, la coima y la avaricia,

porque los visitará su conciencia y les reprochará tanto dolor!

Haití en llamas, requiere nuestra solidaridad

Desde el 7 de febrero pasado, día en que se celebraba el fin de la dictadura y los dos años de posesión del gobierno actual, la población de Haití reclama vehementemente en las calles la renuncia del presidente Jovenel Moïse.

Por Roberto Jaramillo SJ – Presidente de CPAL 

 Joven emprendedor del norte del país, fue lanzado y promovido a su candidatura por el antiguo presidente Martelly, y asumió su cargo después de contestadas elecciones en las cuales fue necesario retrasar la segunda vuelta. Los dos años que lleva en el poder ha sido una demostración repetida de su incapacidad para gobernar y para administrar.

 “No hay una sola promesa cumplida, ni una sola medida que él haya tomado en beneficio del pueblo haitiano. En todas partes hay miedo e incertidumbre. Las manifestaciones cotidianas se convierten en escenas de violencia y saqueos. La mayoría de las gasolineras son objeto de actos de vandalismo, varias empresas han sido saqueada; los vehículos, principalmente del servicio estatal (S.E) han sido quemados, al igual que algunas instituciones públicas y privadas; la policía está literalmente abrumada por los acontecimientos” nos dicen desde Puerto Príncipe.

 La moneda nacional (gourdes) ha sufrido una fortísima devaluación: la gourde que hace dos años se cambiaba 66 x 1 respecto del dólar hoy está en 83, haciendo la vida imposible en un país donde 10 millones de habitantes sobreviven con menos de dos dólares diarios, los servicios públicos no funcionan, la educación está en crisis, el 63% de la población está desempleada y la violencia en las calles se incrementa. Hoy: la banca está cerrada, el comercio funciona sólo informalmente, no hay servicios básicos de transporte, el agua es escasa, la energía (en las ciudades) es intermitente, las principales carreteras y vías de las ciudades están bloqueadas. Todos reclaman la renuncia de Jovenel Moïse.

 Unos días antes de estallar las protestas fue publicado un informe del Tribunal de Cuentas de la nación que reveló irregularidades significativas en el programa Petrocaribe (de transferencia de más de 4 billones de dólares) entre 2008 y 2016 que involucró a 15 exministros y actuales funcionarios, así como al propio presidente Moïse.

 Desde el 7 de febrero no hay pronunciamiento oficial: ni del presidente o su primer ministro (no se sabe dónde están), ni de las autoridades de seguridad, ni de los organismos internacionales; solo el llamando core group formado por los embajadores de Brasil, Canadá, Francia, España, los Estados Unidos, la Unión Europea y el Representante Especial de la Organización de los Estados Americanos (OEA), especie de tutores del gobierno (con la vara de la financiación internacional para la reconstrucción) hizo una tímida declaración reclamando una salida pacífica y desconociendo absolutamente el clamor y el drama de las calles. El único organismo que se ha pronunciado hasta ahora es la Conferencia Episcopal Haitiana que ayer, martes 13, publicó una breve nota en que dice:

 «Señor, sálvanos que percemos! (Mt 8, 25) Es con este grito alarmante de oración y desesperación de los discípulos a Cristo, que dormía mientras la barca que amenazaba con hundirse, que nos dirigimos a ustedes hoy para decirles que la hora es grave . Debemos despertar para tomar juntos toda la medida del peligro que nos amenaza a todos. Es el momento de unir nuestras fuerzas y nuestras inteligencias para salvar nuestra barca común, Haití, que es nuestro orgullo… Debemos encontrar una solución de sabiduría que tenga en cuenta los intereses superiores de la nación y la defensa del bien común. En este sentido, hacemos un llamamiento a la conciencia ciudadana de las diferentes partes para una decisión patriótica, aunque sea a precio de grandes sacrificios”.

 La falta de comunicación a nivel internacional se repite, también, al interior del país: así el caos se extiende y la anarquía en las calles se transforma rápidamente en violencia. No se sabe qué medidas esté tomando el gobierno (si las hay), no hay informaciones claras sobre articulaciones políticas en curso, no hay un posicionamiento claro de la comunidad internacional.

 ….

“Los compañeros Jesuitas y colaboradores, igual que la población, nos quedamos estancados en las comunidades; es necesario tener mucha precaución. Estamos en constante comunicación. Un compañero que había venido para la consulta ampliada, no ha podido regresar al norte del país. Yo, finalmente regresé esta mañana a casa; hemos cancelado el Seminario que teníamos programado, ya con 27 personas extranjeras presentes. La gran mayoría ha podido regresar a salvo a sus países; las calles daban miedo y estaban desiertas, excepto que las barricadas aún eran visibles y los neumáticos seguían ardiendo. La delegación de la República Dominicana todavía está en casa; tuvieron que dar la vuelta esta mañana pues no pudieron cruzar las barricadas de neumáticos en llamas.

 Pedimos la solidaridad de todos para que no se olvide la existencia de nuestro pueblo y su destino. Confiamos en que el Señor de la vida nos da la gracia de discernir las mejores maneras de estar presentes para que la esperanza finalmente brote en esta tierra. Gracias por su continua solidaridad, su oración y por compartir estas noticias con nuestros amigos y colaboradores” (Jean Denis San Felix, superior del Territorio de Haiti).

 Fuente: Jesuitas Latinoamérica