Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,30-34):
En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.» Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
Pedir sensibilidad para escuchar el clamor de las gentes y no pasar de largo
Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: “vengan también ustedes aparte, a un lugar solitario para descansar un poco”. Pues los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6, 30-34).
El evangelio del domingo pasado nos había mostrado que Jesús envía a sus discípulos a predicar y expulsar demonios. En este evangelio, ellos regresan para contarle a Jesús todo lo que han hecho. Él los acoge, tal vez, entendiendo el esfuerzo que supone la misión e invitándolos a descansar un poco. Alcanzan a irse en una barca a un lugar aparte, pero llega la multitud antes que ellos y ya no es posible el descanso. Jesús siente compasión de toda la gente porque los ve sin nadie que los guie y se pone a enseñarles.
Este texto es la antesala del primer relato de la multiplicación de los panes que meditaremos la próxima semana. Por ahora digamos que, para la misión, no es suficiente el envío -aunque sin él nadie puede atribuírsela. Para la misión es imprescindible mirar la realidad, comprenderla y responder a ella. Es necesario tener en cuenta a los destinatarios que, en este caso, Jesús describe como ovejas sin pastor. En otras palabras, quien realiza la misión ha de tener un oído en la realidad y otro en la Biblia, como han dicho algunos teólogos, porque hay que captar al Dios que acontece en la historia y se compromete con ella.
Digamos algo más: la misión reclama todas las fuerzas de los discípulos, todo su tiempo, toda su persona. En eso consiste la evangelización: en dar buenas noticias a la gente que tiene tanta incertidumbre, tanta dificultad, insatisfacción, necesidades vitales, situaciones difíciles. Pero no daremos buenas noticias si no conocemos las necesidades que las requieren.
La enseñanza que ofrece Jesús no tiene nada que ver con doctrinas, con temas, con mandatos, como a veces lo hacen muchos evangelizadores. Tiene que ver con las vidas de esas multitudes que necesitan una orientación, un horizonte distinto.
¿Cuáles son las necesidades de nuestros contemporáneos? ¿Qué necesitan las personas hoy en su vida concreta para que el evangelio sea una palabra de liberación y esperanza? Estamos muy preocupados porque se van alejando más y más personas de la Iglesia, pero no tomamos en serio las reformas urgentes que se precisan en “sujetos, estructuras, procesos y acontecimientos sinodales” como se está diciendo en el sínodo de la sinodalidad, para responder a los desafíos actuales. Conviene, entonces, agradecer la confianza que el Señor ha tenido al enviarnos en misión, pero, también, pedir la sensibilidad adecuada para escuchar el clamor de las gentes y no pasar de largo, ignorándolo. Por el contrario, responder con todo lo que podemos, con los mismos sentimientos que tuvo Cristo, siempre dispuesto a atender a las multitudes que le siguen.
Podría parecer que escuchar es deber exclusivo del que tiene que aprender. Pero no. Es también necesario para quien quiera enseñar y ayudar. Cuando amamos a alguien le llegamos a conocer más profundamente y deseamos ayudarle, para unirnos cada vez más a él. Y para eso nos damos cuenta de que debemos escucharle. Claro que esto pide confianza y lleva su tiempo.
I
Escuchar, para los que forman a otros, requiere un “tiempo educativo”, necesario para dar paso en el otro a un nuevo conocimiento, que comporta un cambio de disposiciones y de actitudes.
Durante ese tiempo, la autoridad ha de compaginarse con la atención y la cercanía, la paciencia y la misericordia. La relación entre estos dos polos, la autoridad y la cercanía o el cariño, se decide en la profunda relación entre la verdad y el amor.
El educador debe aprender a escuchar. La realidad personal de sus alumnos (sus vidas en sus contextos) pide ser escuchada y “obedecida”, es decir, atendida, reflexionada, respondida. Y no solo al principio o en una aislada actividad, sino continuamente y como dimensión de toda la tarea educativa. De esta manera el educador aprende y solo se puede educar si se aprende, entre otras cosas, a escuchar. Y si es atendido y escuchado, aunque no se dé cuenta, el que aprende también enseña al que le educa.
Muchas cosas se aprenden o profundizan solo cuando se escuchan de los demás, o incluso cuando uno mismo las expresa a otros. De ahí la importancia de la familia y de los grupos en toda tarea educativa.
II
Pues bien, como sucede con el conocimiento propio del amor, la fe es una escucha personal, unida a la adhesión, a la búsqueda de unión y al seguimiento (cf. Jn 1, 37; 10, 3-5).
La Biblia presenta la fe ante todo como un don de Dios, y también como “escucha” por parte del hombre. El conocimiento de la fe –como se observa desde Abrahán– está ligado a la alianza de un Dios fiel. El Dios vivo establece una relación de amor con el hombre y le dirige la Palabra que interpela personalmente a quien escucha.
Por eso San Pablo dice con expresión que se ha hecho clásica: fides ex auditu, “la fe nace del mensaje que se escucha” (Rm 10, 17). La fe es confianza y respuesta, que proviene del fiarse de Dios y por tanto de escucharlo. Y así estar disponible para para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios (cf. encíclica Lumen fidei, nn. 13 y 29).
Porque la fe es escucha es también respuesta, que se traduce en coherencia de vida ante Dios y en forma de anuncio dirigido a otro. Así el cristiano colabora, con su palabra, en la transmisión de la fe. Ahora bien, la primera “palabra” es la autenticidad, la coherencia de la propia vida.
Que la palabra, especialmente la del educador en la fe, deba acompañarse y, más aún, ser precedida por la vida, es reflejo de la “pedagogía divina”. Dios se ha comunicado a los hombres “con palabras y con obras” (Concilio Vaticano II, const. Dei Verbum, 14). Y Jesús “hizo y enseñó” (Hch 1, 1). Así los acontecimientos de la historia de la salvación (por ejemplo en el pueblo de Israel), y más todavía los hechos de la vida de Jesucristo, son como las primeras “palabras” de Dios, que luego son explicadas por los profetas y sobre todo por Jesús, que es la misma Palabra hecha carne.
De esta manera las obras realizadas por Dios y especialmente por Cristo manifiestan y confirman las realidades que la doctrina o las palabras significan. A su vez, las palabras proclaman y esclarecen el misterio contenido en el obrar divino.
Por ejemplo, el paso del mar Rojo era prefiguración de la salvación que Cristo ha traído por el Bautismo, sacramento que nos hace hijos de Dios en su Hijo, tal como el mismo Cristo nos enseñó al querer ser bautizado por Juan y al hablarnos de renacer del agua y del Espíritu (Jn 3, 5).
Palabras y hechos, hechos y palabras. Por eso las enseñanzas del educador en la fe no pueden desvincularse de la autenticidad y coherencia de su vida cristiana y de su conducta. De nada serviría un catequista o un profesor de Religión que enseñara una cosa diferente de la que vive o intenta vivir. La educación en la fe, como parte de la evangelización, es al mismo tiempo testimonio y anuncio, palabra y sacramento, enseñanza y compromiso.
Que la fe es escucha significa que procede de otro y no de uno mismo. Como respuesta, la fe forma parte de un diálogo; diálogo con Dios y diálogo con los demás. La fe cristiana abre a la oración y se manifiesta también a la hora de confesar o profesar la fe: sólo se puede responder “creo” en el contexto del “creemos”; es decir en el “nosotros” de la familia de Dios que es la Iglesia (cf. enc. Lumen fidei, n. 39).
La confianza entre las personas es fundamental en la vida humana y sin ella no existiría la sociedad. En el ámbito de la fe cristiana, el que escucha reconoce los contenidos de la fe, es decir, el conocimiento propio de la fe que le lleva al amor a Dios y al prójimo. Todo ello lo acoge en libertad y lo sigue en obediencia (del latín: ob-audire, saber escuchar). Por eso San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26). El Magisterio de la Iglesia es fiable porque él mismo se fía de la Palabra de Dios que escucha, custodia y expone (cf. Lumen fidei, 49; Dei Verbum 10).
La fe requiere un tiempo para que la Palabra sea anunciada y sea escuchada. Es el tiempo del seguimiento, de la escucha y de la respuesta. Es el “tiempo educativo” de la fe, el tiempo que requiere hacerse cargo de la verdad, del bien, de la belleza. El educador de la fe debe ser paciente y misericordioso. Saber esperar, perdonar, recomenzar una y mil veces, pedir luces para acertar, rectificar cuando sea necesario, siempre buscando el bien y nada más que el bien para aquellas personas que se le confían.
III
“Escucha Israel” (cf. Dt 6, 4) es el origen de la oración judía de la Shemá, recogido en la Biblia. También Jesús escucha y aprende de María y José. Luego escucha a los discípulos para enseñarles, a los enfermos y desvalidos, pobres y pecadores, para ayudarles. Escucha en silencio a Pilatos y a los que le maltratan. Y siempre escucha, ante todo, a su Padre en el diálogo de la oración. Jesús, que es Palabra eterna del Padre, quiere escucharle siempre, para unirse a Él por el Amor y manifestar ese amor al mundo.
Siguiendo el ejemplo de Jesús y unido a Él, el educador en la fe –padre o madre de familia, catequista, maestro o profesor, formador– debe escuchar diariamente a Dios en la oración. Así puede discernir Su voluntad, Sus caminos, Sus lecciones, para uno mismo y para los demás.
Y de esta manera se comprueba, sobre todo aquí, en la educación de la fe, que todos enseñan y todos aprenden. Unos y otros “obedecen” en distintos modos. El educador es un referente especial, por sus dones y formación, que le hacen más responsable ante Dios, la Iglesia y la sociedad.
Decíamos que muchas cosas se aprenden o profundizan solo cuando se escuchan de los demás, o incluso cuando uno mismo las expresa a otros. Esto es aún más importante en la educación de la fe, puesto que la fe viene en gran parte por el oído. Y se recibe, se vive y se transmite en la familia de Dios, la Iglesia. Y tiene consecuencias culturales, sociales y eclesiales. Hay que aprender a escuchar sobre la fe en familia.
Escuchar a los demás, para poder ayudarles, forma parte de escuchar a la realidad con el fin de comprenderla. Y aquí se trata de hacerlo siempre desde la fe, en la fe, escuchando al Espíritu Santo para secundar sus inspiraciones.
LA ORACIÓN de las mujeres judías representa un vasto campo de verdad en la literatura hebrea y abre cuestiones complejas. De orígenes antiguos, rastreables ya en la Torá. El ejemplo más arcaico sea el cántico de Miriam acompañado por el coro femenino con danzas y tambores que sigue al cántico de Moisés después de que el pueblo judío cruzara el Mar Rojo (Éxodo 15,20-21). Otras dos mujeres lograron elevar cánticos al Señor como ningún hombre lo hizo jamás: la profetisa Débora tras la victoria sobre Sísara (Jueces 5,1-31), y Ana que suplicó al Señor poder ser madre (Samuel 1,13). Esta súplica silenciosa en la que la desesperación de la mujer se revela en el movimiento de sus labios, viene seguida de una posterior oración de alabanza por el nacimiento de su hijo Samuel, el futuro profeta, que inspirará la súplica de la mujer en busca de un hijo y que tiene su precedente en las invocaciones de matriarcas estériles, empezando por Raquel (Génesis 30,6).
Desde el principio, la oración femenina ha tenido un papel significativo en el ámbito público y en el privado y se ha caracterizado por sus temas y estilos personales. A las antiguas oraciones de alabanza y súplica se suman las vinculadas a las mitzvot (mandamientos) dirigidas específicamente a las mujeres, así como los hombres se reservan para otras cuya ejecución debe ser a una hora o parte del día establecida. Así, por ejemplo, las mujeres no están obligadas a usar el talleth ni a ponerse tefilín (ambos accesorios litúrgicos) precisamente porque son mitzvoth relacionados con momentos específicos del día. Hay excepciones en las que las mujeres cumplen mandamientos litúrgicos en momentos específicos: la participación en el seder de Pesaj, la lectura de la Meguilat Esther en Purim y el encendido de las luces de Janucá.
Encendido de las velas
A ellos se suma la oración vinculada al encendido de las velas de Shabat, la primera festividad mencionada en la Torá y observada hasta por el Señor (Génesis 2,3). Es la mujer de la casa quien tiene el honor de cumplir esta mitzvá, a diferencia del hombre que da la bienvenida al Shabat participando en la oración en la Sinagoga. Como explica el Talmud, la mujer tiene el privilegio de acoger el sábado en su hogar.
Mi madre bendice las velas como en el cuadro de la lituana Antonietta Raphaël (1895-1975), la pintura más representativa de este momento femenino íntimo y doméstico. La obra, creada en 1932, plasma el instante más solemne de la mujer judía cuando enciende las luces que consagran la entrada al Shabat. En el lienzo, Antonietta Raphaël expresa un doble homenaje: A su madre Chaya y a la tradición que se convierte en base sólida y fundamento de su futuro, emblema de una religión que se transformará a lo largo de su vida de mandamiento a recuerdo. La obra ofrece una mirada conmovedora de la tradición y la espiritualidad femenina dentro de la familia judía.
La figura de la madre que perpetúa este antiguo ritual representa una profunda conexión con la historia y la cultura del pueblo judío que transmite sus valores e identidad a través de generaciones. En el centro de la imagen está la figura de la madre, cuyo rostro está iluminado por la luz de las velas que simbolizan el carácter sagrado y la tradición del Shabat. Las manos levantadas en gesto de oración, mientras su mirada parece absorta en el profundo significado de este antiguo ritual, representa el momento de conexión espiritual y gratitud hacia el Creador por el regalo del Shabat.
El detalle de la ventana al fondo desde donde se ve el sol de poniente, momento en el que la luz del día da paso a la noche, resalta el significado temporal de la ceremonia del encendido de las velas que marca el descanso sagrado y la renovación espiritual. La obra de Antoinette Raphaël captura magistralmente la esencia y la belleza de un momento tan significativo en la vida judía y transmite una sensación de paz, continuidad y devoción. A la dimensión doméstica e íntima, que hace de la oración de la mujer un momento privado e individual, pasamos a la dimensión pública y de sinagoga donde la mujer no tiene obligaciones. Su presencia no es marginal.
La madre
Maurycy Gottlieb (1856-1879) un año antes de su muerte, creó uno de los cuadros más representativos de su joven vida. Se trata de Judíos orando en la sinagoga de Yom Kipur, hoy conservada en el Museo de Arte de Tel Aviv. La artista, que fue una gran protagonista de la pintura judía polaca, logró plasmar con maestría toda la solemnidad del día del Kippur, ocasión en la que el pueblo judío hace teshuvà (“retorno”, arrepentimiento) mediante un ayuno de 25 horas acompañado exclusivamente de oración. La obra gira en torno a la imagen de la propia Gottlieb, que se representa a sí misma en tres momentos diferentes de su vida, son las mujeres retratadas al fondo las que dominan con su presencia.
En el conjunto de rostros podemos ver a la mujer amada por la artista, Laura Henschel-Rosenfeld, que aparece dos veces. Arriba a la izquierda está de pie con la mirada dirigida al espectador, como si nuestra presencia la hubiera distraído. Sostiene el libro de oraciones cerca de su pecho, con los dedos entre las páginas. La volvemos a ver a la derecha con la mirada inclinada hacia otra mujer a la que le susurra algo.
Probablemente sea la madre que, a pesar de mirar hacia nosotros, está absorta en la lectura del libro que tiene en la mano. El equilibrio armonioso del gran lienzo se debe a la disposición piramidal de las figuras masculinas lo que da al cuadro una sensación de estabilidad y orden visual dictado por la fuerte simetría de la composición, trazada por la columna que continúa en la imagen de la Torá en manos de uno de los asistentes. Esta disposición se ve contrarrestada por la posición horizontal de las mujeres que aparecen detrás, pero más arriba que los hombres en primer plano. Además de dar una armonía a la obra, podría tener un significado más profundo, en el que la oración de la mujer es percibida por la artista como una culminación imprescindible, no solo para la función litúrgica, sino para la existencia misma del hombre.
La oración doméstica femenina adquiere una función más compleja que la oración pública. Según la Torá la esfera pública es la del compromiso, donde la persona es llevada a asumir un papel, a ponerse una máscara. Pensemos en una de las heroínas judías más famosas de la historia, Esther, que significa “oculta”. Habiendo entrado en la corte y en el corazón del rey persa Asuero, a quien había ocultado su identidad, Ester invocó al Señor para que salvara a su pueblo del plan mortal de Amán.
El análisis de la oración de las mujeres judías a través de las obras de arte de Raphaël y Gottlieb nos ofrece una perspectiva fascinante sobre la dualidad y complejidad de este aspecto de la tradición judía. Desde antiguas súplicas silenciosas hasta expresiones públicas, emerge el papel fundamental de la mujer en el ámbito doméstico y en la educación de los hijos. A través de la práctica y la memoria, la oración femenina se convierte en un puente entre el pasado y el presente, uniendo generaciones y subrayando la continuidad milenaria del pacto con el Señor.+
*Artículo original publicado en el número de abril de 2024 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva
En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió:
—«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Marcos 6, 7-13
¿Cómo podría la Iglesia recuperar su prestigio social y ejercer de nuevo aquella influencia que tuvo en nuestra sociedad hace solamente algunos años? Sin confesarlo quizá en voz alta, son bastantes los que añoran aquellos tiempos en que la Iglesia podía anunciar su mensaje desde plataformas privilegiadas que contaban con el apoyo del poder político.
¿No hemos de luchar por recuperar otra vez ese poder perdido que nos permita hacer una «propaganda» religiosa y moral eficaz, capaz de superar otras ideologías y corrientes de opinión que se van imponiendo entre nosotros?
¿No hemos de desarrollar unas estructuras religiosas más poderosas, fortalecer nuestros organismos y hacer de la Iglesia una «empresa más competitiva y rentable»?
Sin duda, en el fondo de esta inquietud hay una voluntad sincera de llevar el evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pero ¿es ese el camino a seguir? Las palabras de Jesús, al enviar a sus discípulos sin pan ni alforja, sin dinero ni túnica de repuesto, insisten más bien en «caminar» pobremente, con libertad, ligereza y disponibilidad total.
Lo importante no es un equipamiento que nos dé seguridad, sino la fuerza misma del evangelio vivido con sinceridad, pues el evangelio penetra en la sociedad no tanto a través de medios eficaces de propaganda, sino por medio de testigos que viven fielmente el seguimiento a Jesucristo.
Son necesarias en la Iglesia la organización y las estructuras, pero solo para sostener la vida evangélica de los creyentes. Una Iglesia cargada de excesivo equipaje corre el riesgo de hacerse sedentaria y conservadora. A la larga se preocupará más de abastecerse a sí misma que de caminar libremente al servicio del reino de Dios.
Una Iglesia más desguarnecida, más desprovista de privilegios y más empobrecida de poder sociopolítico será una Iglesia más libre y capaz de ofrecer el evangelio en su verdad más auténtica.
15 Tiempo ordinario – B (Marcos 6,7-13)
14 de julio
Por iniciativa del ARSI y con el acuerdo de la CPAL, se celebró el 1er Encuentro de responsables de los archivos de la CPAL, en Bogotá (Colombia), del 25 al 27 de junio de 2024. Asistieron el P. Raúl González Bernardi, director administrativo del ARSI, el P. Cristhian Espinal (CAR), el P. Leopoldo Galdámez (CAM), el P. José Méndez (MEX), el P. Roberto Barros (BRA), el Hno. René Cortínez (CHI), el Hno. Fernando Breihl (ECU), la Sra. María Elena Rojas (PER), la Sra. Shirley Echenique (VEN), el P. Jorge Salcedo y el P. Jairo Bayona (COL). No participaron representantes de las provincias de ARU, BOL y PAR.
Tres líneas temáticas orientaron el desarrollo del encuentro:
Abrir la aproximación del cuidado de nuestro patrimonio documental y de nuestros archivos, a la mirada más amplia y compleja del patrimonio cultural.
Incentivar la optimización de nuestros recursos comunes, como es el caso de los avances y experiencia acumulados en distintas provincias en materia de conservación, prevención, restauración, descripción archivística, o también en el ámbito de la formación profesional a través de nuestras universidades.
Resignificar el concepto de archivo, con el fin de realizar una puesta en valor de colecciones generalmente olvidadas, como es el caso de los acervos fotográficos, entre otras.
Algunos elementos evaluados a tener en cuenta en adelante:
Profundizar en la formación en gestión documental, preservación, descripción, digitalización, conservación de documentos y de patrimonio cultural.
Considerar alternativas de formación aprovechando los recursos de nuestras universidades: maestrías en archivística, programas de formación continua, pequeños cursos y charlas virtuales, pasantías en archivos; fomentar los talleres en las diferentes áreas de la archivística.
Considerar formación en ATOM y otro tipo software de gestión documental, así como la gestión de archivos digitales.
Considerar la conformación de bases de datos compartidas en la web: inventarios de colecciones, resultados de proyectos, entre otros.
Proponer realizar alianzas entre provincias y/o archivos, incluyendo las oficinas de comunicaciones para mejorar la difusión de nuestros trabajos.
En la evaluación final se propuso la realización de un segundo encuentro en dos años (2026), en otro país de América Latina (por ejemplo en Brasil).
Raúl González Bernardi SJ. Director Administrativo del Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI)
*El ARSI se dedica a la custodia y preservación documental, comunicación de registros y datos y a la promoción de investigaciones sobre la historia de la Compañía de Jesús y tiene su sede en la Curia General de la Compañía de Jesús en Roma.
Las redes sociales han llegado para quedarse. Son una realidad para millones de personas en todo el mundo e influyen en el modo de actuar, vivir, pensar y discernir. Crean, incluso, nuevas profesiones como influencer, en general, o youtuber, en particular.
Las redes sociales mueven, en conjunto, miles de millones de seguidores y de valores, tanto económicos como morales. Dudo que haya alguna persona que esté leyendo este texto que no haya por lo menos oído hablar de Facebook, YouTube, el antiguo Twitter (ahora X), Instagram, TikTok, BeReal, Snapchat, WhatsApp, Telegram y Threads.
Seguro que muchos, o en su caso todas y todos ustedes, usarán por lo menos dos de estas plataformas, con distintos fines. Uno de éstos podría ser compartir sobre la vida, o la fe en los demás y en Dios.
«Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de Cristo», nos recuerda la apertura de Gaudium et Spes. Así que, en esta realidad de las redes, que están para quedarse, también tiene lugar la presencia de la Iglesia. Hay que recordar que fue por estos medios que, mientras duró el confinamiento por covid–19, hubo continuidad en el encuentro con Dios y con la comunidad.
Así, más que un análisis sobre las redes sociales —del que no me siento con competencia para tal—, intentaré hacer una reflexión sobre los desafíos que como Iglesia nos plantean, sobre todo en estos tiempos de diálogos y reformas importantes dentro de la Iglesia católica, como lo es el Sínodo de la Sinodalidad.
Sínodo y mundo digital
Meses antes de la etapa continental fui contactado por miembros del Dicasterio de la Comunicación para difundir una encuesta en mis redes, invitando a mis seguidores a contestar una serie de preguntas sobre la Iglesia.
Los organizadores buscaban explícitamente perfiles personales de todo el mundo, que se podrían considerar como influencers católicos por la relación cercana con su público y por la variedad de creencias de quienes les siguen. El objetivo era conseguir las mayores respuestas posibles, alcanzando incluso a personas alejadas de la Iglesia para percibir su visión y sentir, como deseaba inicialmente el Sínodo.
El proyecto se llamó La Iglesia te escuchay fue creado por la Red Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL), institución fundada por el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales y el Consejo Episcopal Latinoamericano en 1992. La metodología fue diseñada por iMisión y el equipo Delibera.
La RIIAL, junto a otras instituciones que se han ido sumando, han hecho eco de los discursos de Benedicto XVI y acogieron la llamada del papa Francisco de poner la Iglesia, en actitud samaritana «de escucha y servicio», a disposición de quien sufre y necesita la ternura y misericordia de Dios.
La Iglesia te escucha fue apoyada por la Secretaría General del Sínodo y acompañada por el Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede. La iniciativa, según el sitio web del Sínodo digital, explica lo siguiente:
Nace de la convocatoria del Santo Padre a toda la Iglesia a realizar el Sínodo de la Sinodalidad, con la intención de llevarlo también a los ambientes digitales, para que nadie quede excluido del proceso sinodal, y nadie quede sin tener la posibilidad de ser escuchado ni de dar su aporte a la Iglesia, aunque no se mueva en las instituciones presenciales. Por ello es, por decirlo de alguna manera, una parte complementaria de la actividad sinodal presencial en el mundo digital. Nace [igualmente] de los dos grandes principios del papa Francisco: ser Iglesia de salida e ir a las periferias existenciales.
Hay muchísima gente del Pueblo de Dios que no participa en las instituciones eclesiales, y desde dentro se percibe la necesidad de comprender un poco más el porqué. Por ello, este proceso de escucha fue dirigido sólo y exclusivamente a quienes se encuentran en los ambientes digitales, que no participan en las instituciones eclesiales presenciales.
Los ambientes digitales son ya considerados parte de la realidad humana y han crecido en los últimos años, tornándose poliédricos, complejos e inmensamente numerosos, como refiere la misma página web del Sínodo digital: «Allí se comunican, aprenden, crean arte, se informan, compran y venden, se conocen y rezan en entornos digitales. Tienen ciertamente una vida física y un domicilio en un sitio geográfico, y muchos van a la misa los domingos, pero su centro de gravedad eclesial no está en una parroquia concreta, y no se sienten ligados a una comunidad presencial, sino virtual».
Por no haber manera de llegar a esas personas por las vías ordinarias de acercamiento, este proyecto ha contribuido a hacer posible la «participación de todos», como el papa Francisco deseó desde el inicio del Sínodo.
Del diálogo al «no juicio»
Después de haber lanzado el cuestionario, nosotros, influencers católicos, fuimos invitados a motivar la participación en la encuesta a partir de publicaciones. Sabíamos que sería un desafío, ya que, para mantener la confidencialidad y la credibilidad, los participantes tendrían que completar algunos pasos que no son muy rápidos e intuitivos, sobre todo para quienes utilizan más el celular que la computadora. Sin embargo, después de haberlo explicado, por lo menos de mi parte y de acuerdo con lo que vi que los demás compartieron, hubo muy buenos comentarios a la iniciativa, incluso de quienes se sentían más lejos de la Iglesia.
A partir de aquí mi reflexión se basa en el informe final de la encuesta, enviada al Secretariado del Sínodo, que publicó la RIIAL. El cuestionario tuvo un tiempo de ejecución de dos meses y medio. Fue lanzado en siete lenguas, en 115 países, por 244 influencers, con 110 mil respuestas completas y más de 200 mil propuestas al Sínodo.
Dentro de esta comunidad de «evangelizadores digitales» con una misión compartida encontramos una diversidad de perfiles: un 27% son sacerdotes, un 10% son religiosas y un 63% son catequistas y laicos comprometidos. Cada uno de ellos aporta diferentes estilos y sensibilidades eclesiales, lo que enriquece la variedad de mensajes y enfoques presentados en las plataformas digitales. En conjunto, han logrado alcanzar una audiencia de aproximadamente 20 millones de seguidores, consolidando así su influencia en el ámbito digital.
Junto a los bautizados y los creyentes activos en su fe destaca la presencia significativa de individuos alejados de la práctica religiosa, así como agnósticos y ateos, quienes siguen a estos evangelizadores y se sienten motivados a responder a la convocatoria de participar en este proyecto.
En los espacios digitales nos encontramos con personas heridas que expresan sus preguntas existenciales y que atraviesan situaciones de periferia y alejamiento, así como diversas experiencias de fe. Entre ellos, hay mujeres y hombres de diferentes edades, que aguardan expectantes, a veces sin saberlo, el anuncio de salvación.
El 58% de los encuestados tiene menos de 40 años y el 84% afirma haber tenido un encuentro personal con Dios. Muchos de ellos se identifican como «sólo digitales», lo que significa que no participan en actividades eclesiales presenciales.
«La internet ha permitido llegar a las profundidades de la vida de muchos fieles, brindando un espacio para la expresión, el diálogo y la consulta».
Desde la perspectiva de la fe católica se distinguen tres principales grupos: los creyentes practicantes, quienes representan el 50% y se caracterizan por su compromiso activo y satisfactorio con la Iglesia; los católicos alejados, que conforman el 40% y son aquéllos que han perdido su conexión con la fe, ya sea por decisiones de la institución religiosa o por falta de interés, aunque muchos expresan el deseo de volver a acercarse, pero se sienten excluidos, y, finalmente, los agnósticos y ateos, un 10% minoritario, quienes han abandonado toda relación con la Iglesia católica y prefieren vincularse con otras organizaciones religiosas y filantrópicas, encontrando afinidad con influencers que transmiten mensajes más cercanos y acogedores.
El «no juicio» emerge como un tema recurrente en las respuestas, especialmente entre aquéllos con situaciones personales complejas, como relaciones de pareja no convencionales o diferentes orientaciones sexuales, quienes abogan por el respeto a la dignidad de cada individuo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Se demanda que la Iglesia se comprometa con las controversias sociales, fomente el diálogo y promueva la verdad de Cristo sin prejuicios, enfatizando la importancia de la escucha y la cercanía para un diálogo abierto.
Las respuestas reflejan un profundo cuestionamiento hacia la postura de la Iglesia respecto a la vida personal de los fieles, evidenciando una actitud crítica y de sufrimiento. Las experiencias individuales compartidas revelan un sentimiento generalizado de negatividad hacia la institución, influenciado por una percepción comúnmente dura.
La era digital ha facilitado la autoexpresión y ha acercado tanto a los distantes, quienes se sienten protegidos por el anonimato y más libres para expresarse, como a los cercanos, quienes están motivados a participar. La internet ha permitido llegar a las profundidades de la vida de muchos fieles, brindando un espacio para la expresión, el diálogo y la consulta, destacándose como una herramienta valiosa para la evangelización; aunque sea sólo una parte del todo, ha sido decisiva en este proceso.
Después de esta encuesta se decidió usar preferencialmente la designación de misioneros digitales. Hubo algunos encuentros con ellos, donde nos reunimos alrededor de 250 personas con la finalidad de redactar un texto que se enviaría al Secretariado del Sínodo, como síntesis del discernimiento de esta etapa continental desde el mundo digital.
El texto completo se puede encontrar en sinododigital.com; sin embargo, presento aquí algunas de las propuestas conclusivas:
• Acercar lo distante: la digitalidad permite reducir las distancias entre creyentes y no creyentes, entre sacerdotes y fieles, posibilitando relaciones de mayor igualdad, incluso a acortar las distancias generacionales.
• Pensar la «pastoral digital»: reconocer que existe y actúa, para así dejar de hablar en un lenguaje monocultural y abrir paso a una escucha dialogante con la múltiple expresión intercultural de la diversidad; todo desde el envío por parte de los responsables eclesiales, a través del acompañamiento y la formación.
• Construir redes: ampliar las oportunidades en el acompañamiento presencial si fuera necesario, y generar vínculos con otras comunidades del espacio digital, facilitando la experiencia eclesial de comunicación y comunión.
• Abrir camino para la comunión: promover la participación y la misión con reconocimiento de la presencia del Espíritu, pues en el espacio digital la mujer y el hombre de hoy pueden encontrarse con Dios y sentirse invitados a la comunión eucarística.
La Oficina de Prensa de la Santa Sede publicó este 27 de junio el Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación 2024 con el tema: “Esperar y actuar con la Creación”.
Cada 1 de septiembre se celebra la Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación, un momento especial para reflexionar sobre nuestro papel como guardianes del mundo natural. Este año, el tema «Esperar y actuar con la Creación» nos invita a renovar nuestra esperanza y nuestro compromiso de salvaguardar el medio ambiente, inspirándonos en la Carta de San Pablo a los Romanos (8, 19-25). El apóstol nos recuerda que vivir según el Espíritu significa abrazar una cierta esperanza, arraigada en la fe en Cristo, que nos impulsa a una acción concreta y amorosa.
El mensaje del Papa comienza con una pregunta que nos invita a reflexionar: «Comencemos, pues, con una pregunta sencilla, pero que puede no tener una respuesta obvia: cuando somos verdaderamente creyentes, ¿cómo es que tenemos fe? Como nos enseña San Pablo, somos creyentes porque el Espíritu Santo habita en nuestros corazones, permitiéndonos vivir con creatividad y caridad. Este Espíritu nos libera del miedo, nos hace hijos de Dios y nos da la fuerza para afrontar los retos de la vida con amor y esperanza.
La Jornada de oración nos invita a transformar nuestra fe en acciones concretas por el bien de la creación. Es una llamada a la conversión profunda, que nos lleva a pasar de la arrogancia de la dominación al cuidado amoroso de nuestra casa común. En un mundo marcado por la injusticia y el sufrimiento, nuestra esperanza cristiana no es una ilusión, sino una fuerza real que nos anima a trabajar por un futuro de paz y armonía.
Unidos en la fe y en la acción, podemos marcar la diferencia. Cuidar de la creación no es sólo una responsabilidad ética, sino un compromiso teológico que implica a toda la creación. Juntos, podemos dar testimonio del amor de Dios mediante gestos concretos, ayudando a construir un mundo en el que la humanidad y la naturaleza vivan en armonía.
Frente a la muerte, la esperanza de cada ser humano es puesta a prueba. No solo eso, sino que cuando se trata de la enfermedad y la muerte de un joven, la misma vida parece tambalearse en el borde de lo incomprensible. Y sin embargo, existen testimonios que penetran en la oscuridad de la razón como un rayo de sol y calientan el corazón de quienes han dejado de esperar. La vida de Carlo Acutis es uno de esos rayos de sol.
Carlo se enferma a los 15 años, en los primeros días de octubre de 2006. Todo hace creer que es una gripe, pero, después de realizar los exámenes clínicos, los médicos pronuncian su diagnóstico: «Es una leucemia fulminante». El 12 de octubre, Carlo deja este mundo. Su cuerpo es velado por un continuo peregrinaje de personas que lo han conocido. La misa de exequias está llena. Los mismos padres dicen que, junto a un dolor desgarrador – que solo quien da la vida puede entender – sienten una paz, signo no de «un fin», sino de «un con-fín» para vivir con su hijo Carlo.
Pero hay más. Desde el momento en que Carlo deja esta vida, no cesan de llegar testimonios, relatos, recuerdos y correos electrónicos de muchas partes del mundo que tienen un denominador común: para aquellos que lo encuentran, Carlo sigue viviendo más allá del límite de la vida. Basta con escribir en un motor de búsqueda «Carlo Acutis» o en sus perfiles en Facebook para constatar los numerosos contactos y blogs en todos los idiomas que hablan de él; incluso el sitio web dedicado a él ha tenido aproximadamente 180.000 visitas. No solo es la red la que está difundiendo la figura de Carlo, sino también el «boca a boca» de los grupos juveniles eclesiales. El ejemplo de Carlo ya es considerado en muchas diócesis italianas como el símbolo de centros juveniles y centros vocacionales. Y en poco tiempo la figura de Carlo ha sobrepasado las fronteras nacionales.
Francesco Occhetta @laciviltacattolica
Enlace al artículo completo t.ly/YkT7O
*En el último consistorio de Cardenales, el Papa Francisco anunció que la canonización de Carlo Acutis se realizará ‘en fecha a determinar’, (probablemente durante el Jubileo de 2025).
Consistorio Ordinario Público de Cardenales 1 de julio de 2024
El sabio Qohelet decía: «No hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay acaso algo de lo que se pueda decir: “Mira, esto es una novedad”? Esto ya ocurrió en los siglos que nos precedieron» (Qo 1,9-10). Sin embargo, todos nosotros inevitablemente olvidamos lo que sucedió tiempo atrás, y por eso ciertos fenómenos nos parecen inusuales, excepcionales, sin comparación; en su supuesta anormalidad, se convierten en fuente de angustiosa preocupación. Entre estos eventos sorprendentes e inquietantes podemos incluir las oleadas migratorias que, desde África, el Cercano Oriente y Europa Oriental, se están volcando en estos años, como una marea imparable, hacia territorios de esperanza, hacia lo que nosotros, europeos, consideramos «nuestra» tierra.
Ahora bien, al observar detenidamente, no hay casi ninguna región o nación que en su historia no haya visto llegar, a veces desde muy lejos, caravanas o grupos étnicos enteros con la intención de establecerse en tierras extranjeras, consideradas oasis favorables. «Nuestra» Europa, en particular, es el resultado de un proceso milenario de invasiones, éxodos de poblaciones y mezclas; a su vez, ha producido grandes flujos migratorios hacia otros continentes, especialmente hacia las Américas y Australia, pero también hacia África y, en parte, hacia Asia. Quienes partían estaban convencidos de honrar el derecho de toda persona a la supervivencia y al bienestar, y en ciertos casos se enorgullecían de contribuir con su trabajo y su cultura al progreso civil de la humanidad. Es necesario, por tanto, tener en cuenta la historia, incluso la más remota, con su aporte de sabiduría, para interpretar correctamente la particularidad, considerada dramática, del momento presente.
El olvido del pasado es un factor de insensatez. Así nos lo dice la Escritura, desde el comienzo de la historia de Israel. La familia de Jacob, compuesta por unas setenta personas (Dt 10,22), para escapar de una carestía persistente, se trasladó a la tierra de Egipto; allí encontró prosperidad, y promovió además la riqueza económica del país anfitrión (Gn 46,31-34; 47,1-10). Pero «asumió el poder en Egipto un nuevo rey, que no había conocido a José» (Ex 1,8). Con el paso de los años se perdió la memoria de aquel inmigrante que había enriquecido a todos con su especial sabiduría. Del olvido surgen sentimientos inadecuados y acciones vergonzosas.
Los egipcios perciben la presencia vital de los hebreos como una amenaza; quien había recibido el estatus sagrado de huésped (hospes) se transforma en enemigo (hostis). El temor de ser superados tiene alguna justificación, debido al número creciente de aquellos que continúan siendo definidos como extranjeros y, por lo tanto, peligrosos; sin embargo, cuando no se controla, el miedo se convierte en un mal consejero. Dado que la autoridad política considera siempre que es sabio y es un deber usar todos los medios para proteger el interés primario de los ciudadanos, el faraón sugiere «tomar medidas sabias» que impidan la proliferación del supuesto adversario (Ex 1,10).
Sabemos que, en la historia de los hebreos, tal directriz operativa tomó la forma de normas que imponían a los inmigrantes condiciones crecientes de servidumbre, con maltratos y humillaciones, hasta la eliminación física de la vida naciente (Ex 1,11-22). El río de Egipto se convirtió entonces en la tumba de los recién nacidos hebreos, como el Mediterráneo se ha «convertido en un inmenso cementerio» para miles de refugiados, entre ellos muchos niños.
La Biblia es un vehículo de memoria: con sus relatos nos hace recordar cómo procesos de miedo inmotivado determinan actos que se presentan oficialmente como medidas necesarias para la protección de los ciudadanos, pero que en realidad son disposiciones insensatas e inhumanas. El aporte de la palabra de Dios es sumamente valioso, porque nos pide identificarnos espiritualmente con el pueblo judío, posicionándonos así del lado de los sin tierra; cada lector de la Escritura está invitado a decir: «Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres» (Dt 26,5).
La Biblia nos pide hacer memoria, asumiendo espiritualmente el estatus del inmigrante, porque en él se entrega un misterio de gracia y un camino de sabia justicia. Intentemos demostrarlo dejándonos guiar por las páginas bíblicas.
Durante su reflexión del Ángelus de este domingo 30 de junio, el Papa Francisco alentó a los fieles a ser ejemplo como Jesús, por lo que pidió no excluir a nadie y a amar a todos sin etiquetas ni prejuicios.
«Hermanos y hermanas, miremos al corazón de Dios, para que la Iglesia y la sociedad no excluyan, no excluyan a nadie, para que no traten a nadie como “impuro”, para que cada uno, con su propia historia, sea acogido y amado sin etiquetas, sin prejuicios, para que sea amado sin adjetivos».
El Pontífice hizo su reflexión, ante miles de personas que iban llegando a la Plaza de San Pedro, tomando el texto del Evangelio (Mc 5,21-43), en el que Jesús se deja tocar por una mujer hemorroísa, a quien cura; y en el que resucita a la hija de Jairo.
“Dos milagros, uno de curación y otro de resurrección. Estas dos curaciones se relatan en un único episodio. Ambas suceden a través del contacto físico. De hecho, la mujer toca la túnica de Jesús y Jesús toma de la mano a la pequeña”, señaló.
Dios siempre nos levanta
El obispo de Roma, explicó que con estos dos milagros se da el contacto físico con personas consideradas impuras, algo que Jesús no teme, antes bien “desafía una concepción religiosa equivocada, según la cual Dios separa a los puros por un lado y a los impuros por otro. En cambio, Dios no hace esta separación, porque todos somos sus hijos, y la impureza no deriva de alimentos, enfermedades y ni siquiera de la muerte, sino que viene de un corazón impuro”.
Agregó que «frente a cualquier situación que pueda abatir al ser humano, enfermedades del cuerpo o el alma e incluso cualquier situación de pecado «Dios no nos mantiene a distancia, Dios no se avergüenza de nosotros, Dios no nos juzga; al contrario, Él se acerca para dejarse tocar y para tocarnos y siempre nos levanta de la muerte».
Dios no discrimina a nadie porque ama a todos
Seguido, alentó a fijar en el corazón la mirada de Jesús: “Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos”.
El Evangelio – señaló el Papa- nos invita a preguntarnos: ¿Nosotros creemos que Dios es así? ¿Nos dejamos tocar por el Señor, por su Palabra, por su amor? ¿Entramos en relación con los hermanos ofreciéndoles una mano para levantarse o nos mantenemos a distancia y etiquetamos a las personas en base a nuestros gustos y a nuestras preferencias?”.
Y concluyó “Nosotros etiquetamos a las personas. Hago una pregunta: ¿Dios, el Señor Jesús, etiqueta a las personas? Que cada uno se responda. ¿Y yo vivo continuamente etiquetando a las personas?”.