¡Oh buen Jesús, óyeme!

Claro, Tú siempre lo haces, aunque no te lo implore.

Estás siempre atento a mi súplica y a mi agradecimiento.

Conoces mis necesidades, mis carencias y mis fallas. También conoces mis dones, mis aciertos y mis luces.

Oyes mi voz entre todas las que se alzan hacia ti, porque me conoces y me amas en lo individual. Me oyes con amor y compasión ya que conoces mis afanes.

Siempre me oyes, aunque me sienta solo y crea que mis palabras se las lleva el viento. Oyes mi voz por encima del incesante ruido frenético de mi vida apurada. Me oyes aunque mis peticiones, cuestionamientos, dudas y reclamos sean más frecuentes que mis agradecimientos. Me oyes incluso cuando la opresión de la injusticia dificulta la salida de mi voz. Oyes mi llanto ante la tragedia y la desigualdad que sembramos en el mundo.

Quiero aprender a escuchar como Tú.

Quiero aprender a escuchar a mi prójimo. A no gritar por encima de sus palabras, ni ahogar su voz con mis prejuicios y mis pendientes. Quiero aprender a oír sus palabras con solidaridad, compromiso y encuentro.

Quiero aprender a escuchar como Tú.

Quiero aprender a escucharme y estar atento a mis palabras. Que sean siempre de aliento y consuelo. Que lo que oiga salir de mi boca no cause dolor. Que no sean palabras de desánimo o calumnia que separen.

Jesús, soy yo quien necesita oírse, quien necesita escucharse, ya que Tú siempre lo haces.

Frederick Armstrong

Pasión de Cristo, confórtame

La Real Academia Española de la Lengua define el verbo «confortar» de la siguiente manera: «animar, alentar, consolar a una persona afligida».

A mi hermana, que tiene 25 años, le diagnosticaron esclerosis múltiple hace dos meses. Empezó a ver borroso por el ojo izquierdo. Los médicos le dijeron que sería estrés, quizá algo de cansancio. Pero lo que parecía un síntoma inocente e inofensivo acabó convirtiéndose en el motivo de un montón de pruebas que acabarían concluyendo una noticia fatal.

Cuando la vida te pega una sacudida como esa hay pocas cosas que te conforten. La impotencia te reconcome por dentro. ¿Por qué ella? ¡No es justo! ¿En base a qué? ¡Si ella es una buena persona! ¿No le puede tocar esto a alguien que se dedique a hacer el mal?

Pero los conocidos, sobre todo los conocidos íntimos, intentan confortar. Los hay de todos los colores. Están los que te dicen que les llames cuando quieras para desahogarte, porque menuda desgracia, qué horror. En el extremo opuesto se encuentran quienes te dicen que menuda bendición, que seguro que la enfermedad te va a acercar a Dios y que qué suerte que vas a poder ofrecer tu sufrimiento por los pecados del mundo. Y entre las dos posturas límite, infinidad de posiciones intermedias que reconocen que la esclerosis múltiple no es una buena noticia pero te animan a asumir la situación como se pueda y a extraer de ella todo lo bueno que pueda traer.

Se tarda un poco en dejar de estar enfadado con el mundo tras un diagnóstico así. En tu cabeza sigue resonando el «¿por qué ella?» que no te deja dormir por las noches. A medida que pasa el tiempo, sin embargo, notas cómo, lentamente, vas serenándote por dentro. La esclerosis múltiple no es ni una desgracia por la que romper a llorar desconsoladamente hasta el fin de tus días ni una bendición por la que aplaudir y dar gracias con una sonrisa de oreja a oreja. La esclerosis múltiple es una enfermedad como muchas otras que merodean por ahí.

La enfermedad existe y nos puede tocar a cualquiera. Comporta dolor, sufrimiento, cansancio. A nadie nos gusta sentir dolor, sufrir o estar cansados. Por eso es legítimo la rebeldía y el rebote (al menos, temporal) cuando a uno le comunican que está enfermo. Pero, en algún momento del proceso de aceptación de la enfermedad, si se es creyente, se ha de poner la mirada en la Pasión de Cristo. Él, que era el Hijo de Dios, que podría haberse descolgado del madero, quiso asumir el sufrimiento humano hasta el final, sin ahorrarse ni una gota de sangre.

Nada de lo que nos acongoja y nos preocupa le es ajeno a nuestro Dios, pues Él mismo quiso pasar por la experiencia de sentirse abandonado, maltratado, ninguneado. El sufrimiento, aunque nadie lo elegiríamos si pudiéramos evitarlo, es parte de la vida, es lugar de crecimiento y de encuentro con Dios. Es oportunidad para la confianza y la fidelidad. Es el tiempo del amor hasta el extremo, como el de Jesús en la Cruz.

Confortarse en la Pasión de Cristo es fácil cuando se está sano y todo va bien. Cuando el sufrimiento llama a tu puerta, la identificación con la Pasión de Cristo es bastante más compleja. Pero, también, sin duda, mucho más auténtica y reparadora.

Pastoralsj.org

Uruguay: se acerca la beatificación de Jacinto Vera

La Iglesia de Uruguay se prepara para un gran momento eclesial por la beatificación del obispo gaucho, Jacinto Vera. Será el sábado 6 mayo sobre la Tribuna Olímpica del histórico Estadio Centenario de la ciudad de Montevideo.

En diciembre del 2022, el papa Francisco aprobó el milagro realizado gracias a la intercesión del siervo de Dios. Luego, ante el pedido de los obispos uruguayos, dispuso que la beatificación de Vera se realice en la misma fecha en que se recuerda su fallecimiento, el 6 de mayo.

Ceremonia

El viernes 5 de mayo, en la Parroquia del Sagrado Corazón – Colegio Seminario, se desarrollará la vigilia de oración, en espera de la ceremonia de beatificación. El sábado 6 comenzará un acto artístico con shows a cargo del grupo Texas, desde las 14. A las 15.30 se hará un fuerte momento de oración colectiva, y a las 16 comenzará la celebración de la Santa Misa y el Rito de la Beatificación.

El domingo 7, en la Catedral Metropolitana de Montevideo, se hará la Misa en acción de gracias por la figura del nuevo beato, Jacinto Vera.

El cardenal Daniel Sturla, refiriéndose al impacto que tendrá esta beatificación, reconoció ante los periodistas: “Hay un antes y un después en la historia de la Iglesia en Uruguay ligada a la figura de Jacinto Vera”.

Fuente: vidanuevadigital.com

Agua del costado de Cristo, lávame

Desde sus orígenes, el cristianismo apostó por la bondad de lo material. Mientras otras sectas contemporáneas a él veían con ojos negativos o sospechosos lo que tenía que ver con el cuerpo y con lo físico, los cristianos defendían: «¡la materia es buena!» ¿Cómo no va a serlo, si el mismo centro de nuestra vida, el Hijo de Dios, quiso asumir la condición física de los demás hombres?

El agua es un elemento básico para la vida de todos, porque somos fundamentalmente agua. Físicamente, el agua que salió del costado es el agua que se encuentra en la pleura, junto al corazón. Por eso, cuando en el Alma de Cristo expresamos nuestro deseo de que el agua del costado de Cristo nos lave, no lo hacemos como sádicos puestos debajo de la Cruz, como si quisiéramos mojarnos realmente con lo que cae de Su cuerpo. No es, por tanto, algo que queramos tocar y ver, y dejarnos mojar físicamente. Es el deseo de entrar en comunión con el corazón de Jesús en el momento más doloroso de su vida: su Pasión. Así nos hacemos conscientes de que su muerte nos ha traído la salvación; no sus sufrimientos, como si a más dolor se diese más salvación, sino su amor entregado y atravesado, hasta las últimas consecuencias.

De este modo, cuando pedimos que esa agua nos lave no hacemos sino actualizar lo que ya había dicho Dios por sus profetas: «derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará». Es el amor de Dios, que, con el costado abierto, sigue siendo fuente (nunca mejor dicho) de algo nuevo, renovador y purificador a la vez. Además, la Iglesia vio desde el principio en ese costado abierto el origen de los sacramentos: el Bautismo (por el agua) y la Eucaristía (referencia a la sangre). Ese costado abierto, por tanto, se convierte no sólo en herida desde la que recibir, sino en puerta por la que entrar al corazón de Dios.

Rodrigo Sanz Ocaña, sj

Fuente: pastoralsj.org

Sangre del costado de Cristo, embriágame

En la Bahía de Cádiz, mi tierra, existen los vinos «generosos». Estos vinos toman ese nombre porque pasan por una elaboración sofisticada, con grandes esfuerzos de tiempo para lograr sacarles lo mejor de sí. Pero si no se tiene cuidado pueden subir más de la cuenta.

Los amigos de Jesús fueron testigos de un mensaje exigente y embriagador. ¿Qué pensarían ellos en las bodas de Caná cuando vieron las tinajas de agua transformadas en vino bueno? De hecho, este gesto del maestro logró prolongar la fiesta. Sin duda la gente que se quedó hasta el final pudo probar el mejor vino. Y no sólo quedarían contentos, sino saciados de algo más. Quizá no todos entendieron de lo que se trataba. Hoy como ayer hay que acoger la generosidad de Dios para poder recibir la alegría verdadera.

Sin embargo, a veces podemos sentir que la tinaja de nuestra vida está vacía o llena de incertidumbres. En el mundo de hoy no es difícil caer en cierto pesimismo, ya sea por divisiones tontas que hacemos (que incluso nos llevan a guerras), ya sea por las dificultades que nos toca vivir. En estos momentos, levanta tu mirada hacia la cruz y verás que Jesús puede llenar tu vida de esperanza: porque ¡él no se desentiende de ti!

Sabemos que la Cuaresma nos invita a preparar la fiesta de la Pascua.

Por eso pongamos atención en las personas que están a nuestro alrededor y nos dicen: «haced lo que él os diga». Llenemos nuestras tinajas de agua fresca ahogando todo aquello que nos quita la paz. Y confiemos que Jesús es capaz de ‘embriagar’ de amor todo aquello que hagamos. Pues la espera de Dios trasformará el agua de nuestras vidas en un vino generoso.

Iñigo Merello, sj

Fuente: pastoralsj.org

Cuerpo de Cristo, sálvame

Muchas veces voy a misa solo por costumbre, por hábito o simplemente porque cumplo un rol dentro de ella, ya sea en el coro, en la liturgia o en la participación con la comunidad a la que pertenezco. Esta parte de la oración del Anima Christi nos propone entrar en la profundidad de lo que significa comulgar. Es una oración devota, medieval, con un lenguaje que probablemente no entiendo o me cuesta acoger.

«Cuerpo de Cristo, sálvame» parece una súplica o una «orden» a Dios. Quizá desde la desesperación. Quizá desde la necesidad de salvación, es decir, de Vida (con mayúsculas), esa que sólo Él nos puede dar. De Vida plena y verdadera.

Recibir el cuerpo de Cristo, recibir en mi interior la carne de Jesús, no es solamente cumplir con un rito. Comulgar significa reconocer la necesidad que tenemos de que Él transforme nuestra vida. Que Su cuerpo en mi cuerpo sea una fuente de salvación. Es reconocer el deseo de vivir aquello que decía Pablo «no soy yo quien vive sino es Cristo que vive en mí» (Gál 2, 20).

Ser consciente de esto convierte el acto en una verdadera transformación interior. Es verdad, no es que siempre caigamos en la cuenta y seguramente lleva un camino que recorrer. Por eso tanto ayuda vivir con sentido el momento final de agradecimiento en la liturgia de la misa, entre la comunión y la conclusión. Ese instante que ya sea con silencio o con cantos podamos dialogar íntimamente con Aquel que acaba de unirse también físicamente conmigo.

Luis Arranz, sj

pastoralsj.org

 

Reflexión: ¿Necesitamos a la comunidad?

El que hay mucha gente que deja de ir a misa, o que no lo considera algo importante es un hecho. A veces, esto desemboca en la vivencia de un cristianismo individual (o a la propia medida), otras tantas, acaba en un alejamiento de la Iglesia y de Dios.

Estas personas no terminan de encontrar al Dios vivo en medio de los ritos, ni en la oración común. Les resultan aburridos, no le ven el sentido, les parece que no aportan nada a su fe. Se quedan en lo externo de todo ello y no son capaces de adentrarse en sus entrañas. Todo un reto para la transmisión de la fe a la próxima generación de cristianos.

¿Es necesario lo comunitario o podemos prescindir de esta parte institucional en aras de una espiritualidad más «libre» y «personal»? Algunos parecen tener claro que ni los sacramentos ni la comunidad cristiana son el camino.

Por novedoso que nos parezca, en realidad esta es la experiencia de los seguidores de Jesús en los primeros momentos de la Pascua. El Evangelio nos presenta a unos discípulos que abandonan la comunidad, puesto que ésta no puede aportarles ya nada. Muerto Jesús, no tiene sentido seguir rezando unidos como él había les enseñado. Si es que quedaba algo de su modo de vivir, podría realizarse en casa, en la vida de siempre. No tenían necesidad los unos de los otros. Después de tantos disgustos, de tanto aguantar el carácter y las manías de los otros, estaba visto que más bien se bastaban a sí mismos.

Pero el Evangelio también nos muestra que el encuentro con el Resucitado produce un cambio en sus vidas. Todos ellos vuelven a la comunidad, que se recompone al poner a Cristo de nuevo en medio, al repetir los gestos con los que él se hace presente, al orar juntos. El Resucitado les hace pasar de la autosuficiencia herida a la necesidad del Otro y de los otros. Y así, la comunidad se recompone con él en el centro.

¿No nos pasará a nosotros algo parecido? ¿No estaremos viviendo a veces una comunidad demasiado preocupada por sus propias heridas y carencias, que se repliega sobre si misma en lugar de abrirse al Resucitado? ¿No estaremos demasiado centrados en nuestra individualidad y sentimiento? Quizá es momento de empezar a buscar de nuevo, o mejor aún, de volver a los sitios donde prometió estar y manifestarse, para dejarnos encontrar por él.

Dani Cuesta SJ

Fuente: pastoralsj.org

Alma de Cristo, santifícame…

En mitad del silencio de una capilla preguntándole al Señor qué me decía a mí esto de Alma de Cristo, santifícame, una notificación saltaba en mi celular. ¡Qué vértigo ser el primero! ¿Quién soy yo para hablar de santidad? Yo, que había dejado de mirar al sagrario para atender al mensaje que me esperaba al otro lado de la pantalla.

Sin duda, el estar delante del Señor era mucho más interesante que el wasap que estaba leyendo. Al ser consciente, guardé mi celular, volví a mirar al sagrario y repetí: Alma de Cristo, santifícame. ¡Lo que estaba haciendo era una petición! El centro de la ecuación no era yo. Por suerte, mi distracción me había colocado en mi lugar de hijo.

Al contemplar la vida de Jesús nos desconcierta su modo de actuar con los demás. ¿Por qué eligió a Judas como uno de los doce si sabía que le iba a traicionar? El padre Arrupe decía: «el ideal de nuestro modo de proceder es el modo de proceder Tuyo». Es decir, que esta santidad a la que soy llamado sólo cobra sentido en la Santidad de Cristo. Pero, ¿acaso soy capaz de vivir como Tú lo haces?

En la lucha insaciable por la perfección y el vivir controlando las circunstancias acabo descubriendo que la santidad no son méritos a conquistar. Más bien, el fruto de una amistad y abandono en Él, que va dando forma a mi identidad como Pedro. No el que lucha por ser un don nadie, sino el que realmente quiere parecerse a Jesús de Nazaret.

De repente el vértigo se desvanece. Frente a un mundo que me invita a hacerme a mí mismo, Jesús me propone la santidad: el ser hecho por Otro, por el Alma de Cristo. ¡Qué tranquilidad!

Pedro González Fernández

Fuente: pastoralsj.org

P. Rafael Velasco SJ: Saludo de Semana Santa

A TODA LA PROVINCIA

La Semana Santa se nos ofrece como un tiempo de Gracia. Es tiempo para salir de nosotros mismos, para aprender la entrega generosa y humilde de Jesús que “renunciando al gozo que se le ofrecía soportó la ignominia…” (Heb 12,2). Tiempo particular para aprender a sentir con Él y vivir el sacramento de la Entrega (Eucaristía) y del Servicio (Lavatorio de los pies).

Por lo general, en Semana Santa tratamos de acompañar al Pueblo de Dios en sus celebraciones. Por eso es un buen tiempo para descentrarnos, para dejar de lado nuestras pequeñeces cotidianas y salir de nosotros, salir de los propios dolores, de las propias miserias, y tratar de ponernos en el lugar de otros que sufren y se acercan a las celebraciones de Semana Santa -con sus cruces a cuestas- en busca de esa comunión con el Cristo sufriente, y de experimentar algo de la Luz del Resucitado. Se suele acercar mucha gente que carga con vidas duras, biografías pesadas, rutinas desesperantes… Ojalá tengamos tiempo para la escucha sentida, para predicar la Palabra, para celebrar con esas personas la muerte y la Vida del Hijo de Dios.

Que en esta Semana Santa, cada uno particularmente, y todos como cuerpo apostólico de compañeros de Jesús, aprendamos a morir un poco -a lo que Él quiera- para resucitar a Su Amor que se manifiesta en el servicio humilde y cariñoso a las personas que nos son encomendadas.

Que tengamos una buena Semana Santa y una Feliz Pascua.
Dios los bendiga.

Fraternalmente,

Rafael Velasco SJ – Provincial

10 años de Francisco: “Padre Jorge”

Compartimos una nueva reflexión personal tomada de la serie testimonial publicada por la Curia General con ocasión de los 10 años de pontificado del Papa Francisco.

Padre Renzo De Luca SJ, es un jesuita argentino que actualmente es el Provincial de Japón. Al inicio de su vida en la Compañía de Jesús, Jorge Bergoglio era su superior. Su testimonio es la reflexión de hoy sobre los 10 años del Papado de Francisco.

Conocí por primera vez a nuestro Papa Francisco cuando entré a la Sociedad en Argentina. Durante mis casi 3 años allí, el “Padre Jorge” fue mi Rector y vivíamos en la misma casa. Desde el principio, todos quedamos asombrados con su creatividad y su forma multifacética de liderar. Podía dar una conferencia, cocinar para todos nosotros o, de repente, organizar un equipo de rescate cuando una emergencia golpeaba el vecindario. Recuerdo su buen sentido del humor y su ingenioso uso de la ironía para transmitir las lecciones y máximas que quería que aprendiéramos.

Aunque no era el Provincial en ese momento, fue quien más me animó a ser misionero en Japón. Lo recuerdo diciéndonos que en su generación no se les dio la oportunidad de ser misioneros y entonces, ya que tuvimos esta oportunidad, debemos verla como un regalo del Señor. Me alegro de haber seguido ese consejo.

A pesar de su apretada agenda, siempre se mantuvo en contacto y nos animó en nuestra misión. Nos sorprendió bastante cuando se convirtió en obispo y posteriormente en Papa Francisco. Cuando visitó Japón, tuve el privilegio de compartir un tiempo con él, y siento que todavía tiene el mismo espíritu de enseñanza que tenía hace 40 años. Su forma de hablar sigue siendo informal y amigable, por lo que es tan fácil hablar con él como con un amigo o familiar. Oro para que el Señor lo siga bendiciendo y guiando.

Fuente: jesuits.global/es