478 años de la Fundación de la Compañía

Compartimos con ustedes la Palabra de la CPAL de este mes, en que se celebran los 478 años de la Fundación de la Compañía en España.

Por José Francisco Magaña Aviña, SJ

El día 27 de este mes celebraremos los 478 años de la fundación de la Compañía. Este recuerdo es motivo de agradecimiento e invitación para profundizar en nuestra vocación en el contexto actual latinoamericano.

Aún antes de la fundación de la Compañía San Ignacio tuvo muy claro que lo central era “ayudar a las almas”, es decir, servir a las personas; por eso en el Examen -guión para el intercambio de deseos entre quien que quiere ser jesuita y la Compañía- dice:

“El fin de esta Compañía es no solamente atender a la salvación y perfección de las ánimas proprias con la gracia divina, más con la misma intensamente procurar de ayudar a la salvación y perfección de las de los prójimos” (Const. 3)

La pasión por servir al pueblo desde un principio puso en riesgo a la seguridad de los jesuitas; su seguridad física, de honor, pero también de posibles equivocaciones; hay como un eco de la pasión de San Pablo dicho de una manera que casi parecería sinsentido pero que expresa hasta donde llega su amor por el pueblo y por Jesús:

“Por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera yo mismo ser un proscrito, separado del Mesías” (Rom 9,3).

Para cuidarnos “de nosotros mismos”, de nuestras propias trampas ante la realidad, San Ignacio nos puso el discernimiento cotidiano, el examen, las dos banderas, la contemplación para alcanzar amor. Son ayudas para no perdernos en nuestras propias ambigüedades al encontramos en el servicio. De esos riesgos nos tenemos que cuidar personalmente y también como comunidades y Cuerpo Apostólico.

Pero además están los otros riesgos que vienen con nuestra misión. En la CG 36 hacíamos un especial recuerdo y oración por nuestros hermanos en situaciones de guerra (expresado en el mensaje Testigos de amor y reconciliación). En América Latina el Cuerpo apostólico también se enfrenta a esos peligros al servir como “Compañeros en una misión de reconciliación y justicia” en situaciones como las de Honduras, Venezuela, Nicaragua, así como en nuestros demás países ante diferentes expresiones de violencia e injusticia. Como CPAL estamos articulándonos para responder de una manera más solidaria y eficaz ante esas situaciones.

La muerte violenta de nuestro hermano el P. Carlos Riudavets Montes, SJ, que servía en la Amazonia Peruana, es una dolorosa afirmación de la misión de la Compañía expresada más arriba. En la homilía del sepelio del P. Carlos, el P, Juan Carlos Morante, Provincial del Perú -volviendo a la experiencia de la Storta, en la que Ignacio escuchó que Cristo en Cruz le decía “quiero que tú nos sirvas”-afirmaba que:

“Nuestro servicio a Cristo y a la Iglesia, bajo la bandera de la cruz, es el foco central de nuestro carisma y misión. Nuestro hermano Carlos recibió la gracia de compartir el amor de Cristo a los pobres y marginados de la sociedad y, en el momento final de su vida, le tocó cargar más de cerca la cruz de su Señor. Por eso también, ha recibido la gracia de compartir más plenamente la gloria de su resurrección. Que su ejemplo y su testimonio nos reconforten y nos animen a seguir entregando nuestras pequeñas vidas en el servicio de nuestros hermanos”.

Salvación propia, gracia divina y servicio a los demás siempre han ido juntas. Ahora la CG 36 nos invita a vivirlas en discernimiento, colaboración y trabajo en red para servir mejor. Este es el reto que tenemos como Cuerpo Apostólico en América Latina.

Fuente: Jesuitas Latinoamérica 

Aprender a Encontrarnos

Podemos aprender a encontrarnos o aprender a desencontrarnos: la cultura y la educación que recibimos nos llevan a un camino o al otro.

Por María Luisa Caparrós

En una sociedad donde todo se compra y se vende, donde todo va a gran velocidad, hasta las relaciones y los encuentros se mercantilizan y entran en una lógica consumista. El cultivo de relaciones verdaderas, duraderas y profundas, la cultura del encuentro, aparecen como algo contracultural que pueden ser una de las claves para transformar nuestra sociedad.

Podemos aprender a encontrarnos o desencontrarnos, la cultura y la educación que recibimos nos llevan a un camino o al otro. Podemos aprender a cultivar relaciones profundas o aprender cultivar relaciones superficiales y con una lógica utilitarista. La buena noticia es que podemos fomentar una cultura del encuentro desde la educación.

El encuentro nos transforma, si no ha habido transformación, no ha habido verdadero encuentro. Podemos decir que la transformación va a indicar la existencia o no de un encuentro. Es decir, el encuentro en sí es algo transformador, tiene un germen revolucionario ya que cambia el orden de las cosas…

Nos acercamos a este tema del encuentro como a tierra sagrada, descalzándonos. Porque para el encuentro “hay que descalzarse” de ideas preconcebidas. Y, desde un punto de vista educativo, hay que descalzarse de la unidireccionalidad de la enseñanza y bajar al suelo de la dinámica relacional y horizontal.

“Solamente en una epifanía de los rostros de los sujetos en el encuentro podemos ofrecer una pedagogía liberadora”. (Gustavo Río)

La pedagogía del encuentro nos sitúa en las coordenadas de lo cotidiano, en lo del día a día, en rostros, en miradas, en gestos, en palabras, en maneras, en personas concretas con circunstancias concretas. Nos sitúa en el “aquí y ahora”, en un “tú”, un “yo” y un “nosotros/as” concreto. En ese “tú” y ese “yo” concreto hombre, mujer, de esta cultura o de esta otra, es donde sucede el encuentro.

La pedagogía del encuentro nos pone en un paradigma de cercanía, de proximidad, de concreción y sobre todo en un paradigma de relaciones. Porque el encuentro es sobre todo relación, y la relación sólo puede ser concreta.

La pedagogía del encuentro no es un contenido o un proceso más; es ser con otros, creando relaciones de crecimiento en las que nos responsabilizamos de nuestros propios proyectos de vida. La pedagogía del encuentro moviliza todas las energías de una comunidad y de la persona, considera a la persona como protagonista de su propio crecimiento.

Es una pedagogía de los vínculos y del compromiso. Una pedagogía donde la perspectiva feminista y la coeducación tienen un gran aporte; es una pedagogía de los cuidados, donde los detalles cuentan y donde las personas concretas con sus necesidades y su contexto específico se sitúa en el centro, una pedagogía que busca crear vínculos y compromete… Es una pedagogía de la acogida y de la hospitalidad, donde también la educación intercultural, nos introduce una perspectiva de valores y actitudes necesaria; es una propuesta pedagógica de la atención plena y del estar presentes, con una atención intencional y un sí al otro/a.

La pedagogía del encuentro aporta un enfoque necesario para que la educación responda a los actuales retos globales con una perspectiva transformadora.

La educación entendida como experiencia de encuentro y transformación, se ancla en una ética de máximos, que no se conforma con “hacer las cosas bien” ni con cumplir el “expediente” o hacer “lo correcto”. Así entendida es una experiencia de éxtasis y entrega que busca responder a la realidad y transformarla desde la praxis cotidiana.

Fuente: Entre Paréntesis

 

“Una vida, lo que un sol, vale”

Mientras haya uno solo, de mis hermanos y hermanas al borde del camino, tendré que detenerme hasta que se ponga de pie.

Por Daniel Ziloni SJ

En el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos invita a contemplar un momento preciso de la historia, como la entendemos o buscamos comprender los cristianos. En algún instante tuvo que haber sucedido, sobre todo por lo que entendemos sobre el devenir de los acontecimientos, desde nuestra perspectiva cristiana. Hubo un momento en el que Dios decidió exponerse, abandonar su lugar y transgredir las leyes divinas, como eran entendidas en la época de Jesús, para venirse con nosotros; manifestó así una costumbre suya ya atestiguada en el Antiguo Testamento, la de poner manos a la obra por el clamor de sus hijos.

El dolor, el sin sentido, la angustia, la tribulación, la violencia hace que todos nosotros elevemos nuestro corazón, desde las profundidades viscerales de cada uno invocando a alguien presencia, acción, una mano tendida, una mirada, algo que suceda y nos salve.

Lamentablemente no escasean los motivos para clamar a Dios, nuestra cultura contemporánea parece haber insistido en la construcción de ambientes y rincones existenciales donde somos esclavizados:

  •  Niños esclavos trabajando en talleres textiles
  •  Jóvenes sin capacidad de expresar claramente sus ideas y sentimientos porque no han completado los ciclos mínimos de socialización que tiene la sociedad en los itinerarios educativos
  • Familias deshechas y niños solos
  • Mujeres compradas y vendidas; migrantes engañados huyendo de países donde son perseguidos por razón de su religión, porque es imposible conseguir comida o porque la guerra ha arrasado la geografía
  • Los casi 5.000 niños abortados en uruguay cada año
  • Las madres uruguayas que abortan
  • Hombres, en general, viviendo en las calles de nuestras ciudades

Y cuando tenemos la experiencia de recibir la visita de Dios en nuestras vidas nos resulta clara su presencia poderosa, abrazando nuestra miseria, sin salir disparando; tendiendonos la mano, como un luchador constante, sin descanso, buscándonos durante toda la historia hasta encontrarnos; habitándonos, en la profundidad y hondura de nuestro ser.

Sentimos que para Dios, para el que vamos conociendo, cada vida vale, toda vida vale. Resuena en nosotros la invitación a sumarnos al camino del Señor, a la lucha por la vida de todos los seres humanos; en nuestras palabras Jesús nos dirá una y otra vez:

Lo que yo quiero y deseo es superar todo lo que impide la vida de todos, sólo así llegaré a cumplir la razón de mi vida, aquello por lo que fui enviado a esta historia.

Mientras haya uno solo, de mis hermanos y hermanas al borde del camino, tendré que detenerme hasta que se ponga de pie.

¿Querés sumarte a este camino, a esta construcción, a esta lucha?

1 Lecturas recomendadas para orar:

“Las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez del mundo llena de hombres y como viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad, que la segunda persona se haga hombre, para salvar a género humano y así venida la plenitud de los tiempos, enviando al ángel San Gabriel a Nuestra Señora…”

Ejercicios Espirituales, Texto Autógrafo, nro. 101

“Polvo de Estrellas” es una canción de Jorge Drexler, inspirada en un escrito del sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal.

Fuente: Fundación Jesuitas Uruguay

Bienaventurados los Normales

Pero la vocación, con todo, es algo ‘normal’, lógico: lo es si uno se toma en serio las cosas en la vida.

Por Sergio Gadea, SJ

Hace unos días, en una audiencia privada, el papa Francisco respondía a una pregunta sobre el discernimiento vocacional de los jóvenes. “El primero de los criterios es ser normales. Que sepan trabajar, si están estudiando, que sepan estudiar, que tomen con responsabilidad su vida en el momento en que se encuentran”, decía. Y el segundo “acompañarlos. En el camino hay tantas sorpresas… Estén atentos a las sorpresas. Hay que ayudarles a mirar a la cara a las sorpresas. Si hay dificultades: resolverlas de frente, a la cara. Ayudarles a alejarse de toda forma de hipocresía. La hipocresía en la Iglesia es una peste: digo una cosa y hago otra. La hipocresía de la mediocridad”.

Pero, ¿qué es ser normal? No me voy a meter en el terreno resbaladizo de definir la normalidad… Además, hablando claro, una vocación no deja de ser un hecho que rompe con la cadena causal de los hechos, digamos, normales. Pero la vocación, con todo, es algo ‘normal’, lógico: lo es si uno se toma en serio las cosas en la vida. Si uno no se conforma con las medias tintas. Y, sobre todo, si Dios juega un papel verdaderamente importante. El amor lo da todo y lleva a entregarlo todo. Por eso, si nos relacionamos con un Dios que es amor lo propio es que estemos llamados a darlo todo. Eso es lo normal.

Pero, ¿cómo estar seguro de esta vocación? Un consejo (que lo dice el papa): dejarse acompañar, lo cual empieza por ser honesto con uno mismo. Para esto hay que tener dos cosas claras. La primera: que una cosa es «lo que uno quiere» y otra cosa es «lo que Dios quiere». El tema pasa por hacerlas coincidir. De ahí, el segundo asunto: no es lo mismo «querer lo que uno quiere» que «querer lo que Dios quiera». Por muy buenas que sean nuestras intenciones, lo primero no deja de ser un ejercicio que muchas veces nos hace vernos con nuestras autosuficiencias, con la competitividad y las falsas proyecciones de uno mismo, lo cual es agotador. Esto tiene que ver con tantas carreras mal elegidas y tantos trabajos que no son coherentes con el sentido que aspira a tener la propia vida.

“Querer lo que Dios quiera” nos puede asustar y remover pero, sin embargo, se relaciona con la mejor versión de uno mismo, con encontrarle un sentido a las dificultades del día a día y con una paz y una alegría de fondo que pocas veces se dan con la primera opción. La clave se encuentra en el servicio. Dios quiere que sirvamos, sin hipocresías; y nosotros, solos, podremos creer que lo que buscamos es servir cuando en realidad también nos buscamos a nosotros mismos: «la hipocresía de la mediocridad».

Lo normal, aunque parezca mentira, no es conformarse con lo mediocre. Lo normal es que queramos devolver lo que hemos recibido. Y hacerlo con pasión. Lo normal es que aspiremos a la felicidad que se nos promete al darlo todo. Y lo normal es que eso empiece por la vida cotidiana, con aquello a lo que se dedica la vida. Y por quién se gasta. Bienaventurados, pues, los normales, porque ellos encontrarán el sentido de sus vidas.

Por Pastoral SJ

 

El Silencio en la Era Digital: una Aproximación Educativa

Cada vez hay más experiencias de distinto género en lugares muy distantes que ponen en valor el papel del silencio, la meditación, el mindfulness, la respiración pausada, el yoga, el paseo entre árboles (shinrin-yoku), el simple contacto sin finalidad con la naturaleza.

Por Saunier Ortiz

Llevo una temporada cavilando sobre la falta de silencio que sufren mis hijos, tan rodeados por los hipermedia, tan conectados. Curioseando en la web (sí, yo también), por estas cosas de que a veces uno se siente raro al reflexionar sobre lo que siente, me he topado con un artículo del periódico The Guardian que recensiona un libro del famoso explorador noruego Erling Kagge; su título: Silence in the Age of Noise. Interesado por la opinión de alguien alejado de las cuestiones educativas, lo he leído con detenimiento. Me he sentido bastante identificado con sus impresiones iniciales (tenemos hijos co-generacionales) y con los sentimientos que las siguen. No ando tan desencaminado, pienso.

Medito hace algunos años. Mirar hacia dentro no me ha impedido seguir profundizando en lo que la tecnología significa para mi metodología de trabajo docente. Es más, ha acentuado mi necesidad de proyectarme con ella de forma adecuada hacia la sociedad que me rodea tal como es. Silencio, tecnología y sociedad son, a mi entender, un trinomio que debe entenderse poco a poco. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lograr aunar aspectos aparentemente tan distantes? ¿Cómo hacerlo siendo inexpertos para unas circunstancias sociológicamente nuevas? ¿Cómo llegar a los centenials (Y) y táctiles (T) para que descubran el valor de la desconexión, la no-inmediatez y el silencio?

Nuestros jóvenes, adolescentes y púberes son curiosos, pero no les interesan las mismas cosas que a nosotros. Indagan en lo que les llama la atención; consumen lo que les atrae; se quedan donde encuentran acicates, espacio compartido con sus iguales, tendencias de su momento, preguntas que se hacen y respuestas que entienden. En el fondo, nada muy distinto de lo que hacíamos los baby boomers, pero con envoltorios distintos. También nosotros fuimos tecnológicamente diferentes a juicio de nuestros antecesores, pero lo hemos olvidado. Y también fuimos extraños en un mundo “ordenado”.

E. Kagge afirma que el asombro es el auténtico motor de la vida. Tiene razón; cuanto más joven, más. ¿Y se pregunta cómo asombrar con lo aparentemente “insignificante” para una generación desde el lugar de una anterior? Responde con un par de ejemplos que se resumen en algo obvio: haciéndolo posible. Probando a hacerlo, sí. Arriesgando.

En casa se me antoja que es difícil hoy en día encontrar la forma de transmitir a nuestros hijos la importancia del silencio que abre a la interioridad. Ser trabajador profesional y progenitor dedicado en esta época es una dedicación circense. Optar, acompañar y dar ejemplo resulta cada vez más una ardua tarea para la que no bastan cualidades y actitudes. Los jóvenes actuales se despegan pronto de la influencia de sus mayores, tienen necesidad de encontrar su propio espacio y no dejan muchos resquicios para intentarlo. Las familias necesitan ayuda en la maraña de necesidades y obligaciones. Y ahí encuentra un nuevo sentido educativo la escuela actual y la educación no formal.

Cada vez hay más experiencias de distinto género en lugares muy distantes que ponen en valor el papel del silencio, la meditación, el mindfulness, la respiración pausada, el yoga, el paseo entre árboles (shinrin-yoku), el simple contacto sin finalidad con la naturaleza,… Desde planteamientos religiosos o no, como forma de rebajar los niveles de ruido o de apaciguar los ánimos, o simplemente para que los más jóvenes ahonden en sí mismos y en el sentido de sus vidas y de lo que acaece, cada vez más educadores descubren que deben ofrecer a los que tienen bajo su cuidado algo más que conocimientos, habilidades personales y recursos sociales. Saben que deben darles alguna herramienta para que se miren a sí mismos, para que se encuentren y gocen (sí, sí) con lo que son, para que descubran lo que les resuena en el corazón. Que tienen que dedicar un tiempo específico al encuentro con el único saber radical que les acompañará siempre y cambiará indefectiblemente: el de sí mismos. Son cada vez más conscientes de que deben comenzar a hacerlo cuanto antes, para que los niños interioricen los hábitos y los encuentren naturales, y que su propia práctica y ejemplo es imprescindible para el éxito de la propuesta.

Los resultados que van siendo poco a poco divulgados demuestran que estas prácticas reducen los niveles de conflicto, mejoran el clima en las aulas, aumentan el bienestar de los alumnos y les dotan de un instrumento valioso para afrontar situaciones de tensión, duda o estrés. Se está investigando sobre las repercusiones en el autoconocimiento personal y la imagen de sí mismos. Y faltan algunos años para poder tener datos acerca de las repercusiones a medio plazo en la salud psíquica de quienes han aprendido a reservar estos espacios y a emplearlos en su vida cotidiana.

Me remito de nuevo a E. Kagge para decir con él que es fácil pensar que la esencia de la tecnología es la tecnología misma. Pero no, lo esencial somos tú, yo, todos. Darse cuenta de ello, ejercitarse en ello, convertirlo en hábito saludable, es una tarea para la escuela de nuestro tiempo; porque si la escuela no educa para la afrontar los problemas reales de nuestro tiempo, no aporta cuanto puede dar. Y más si las prácticas que promueve no son incompatibles entre sí y ayudan a vivir mejor.

Concluyo. Mientras esbozo estas líneas han saltado a la prensa dos noticias relacionadas con esta reflexión. La una habla del impulso que el Dalai Lama quiere dar en India a la enseñanza de la felicidad en las escuelas, algo que viene promoviendo también la Unesco desde hace poco tiempo, y uno de cuyos pilares es la práctica de la meditación en clase. La otra, extraordinaria, nos narra la capacidad de los niños del equipo de fútbol “Los Jabalíes Salvajes” de resistir las durísimas condiciones de encierro en la cueva de Tham Luang gracias a la práctica de la meditación con su entrenador y monje budista. Ambas noticias me reafirman en pensar que tenemos una tarea importante que hacer en nuestros colegios.

Fuente: Entre Paréntesis

 

¿Por qué no nos Volvemos Profetas de la Alegría?

Entonces, tendremos que armarnos de verdad y del optimismo realista que aprendemos de Jesús.

Por Esteban Morales Herrera

En tiempos de dolores y de un mundo fragmentado, urge cuidar y defender la alegría. A toda costa, y sin ahorrar ningún esfuerzo para que la alegría se propague por doquier.

Por momentos parece que la alegría se nos escapara entre las manos, como se escurre el agua. Qué duro es cuando nos abriga la tristeza, el desanimo y el sinsabor. Muchos son los profetas de la tristeza: noticias, estadísticas, gobiernos enemistados, suicidios, la III Guerra Mundial, nuevas pobrezas y exclusiones. ¡Cuánto ruido hacen el mal y la tristeza! Claro, a veces nos hundimos, como en agujeros negros, en tristezas silenciosas, camufladas de buenas razones y del peso del monótono día a día.

Entonces, tendremos que armarnos de verdad y del optimismo realista que aprendemos de Jesús. Sí, verdad, porque sabemos que la fuerza de gravedad de nuestra existencia no ha sido ni serán las tristezas. Así, contaremos las estrellas y respiraremos nuevo entusiasmo sin importar cuán agitada sea la vorágine de nuestros afanes cotidianos. Ser profetas de la alegría es ir contracorriente, combatir tanta pesadumbre y caras largas, apasionarnos cada día más y hacer lío. La profecía se funda en la capacidad de denunciar lo que no funciona de acuerdo a la música del reinado de Dios, ahora bien, necesitamos del discernimiento para enterarnos de dónde está surgiendo la alegría nueva querida por el Señor. Es preciso ver el mundo desde la mirada de Dios y así irradiar gozo como el sol inunda el día.

Te has preguntado, ¿dónde están tus fuentes de alegría? ¿cuándo vibra tu piel, se llena la mirada de brillo y las entrañas se encienden?

Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 12 de Agosto

Evangelio según San Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo?’”. Jesús tomó la palabra y les dijo: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: ‘Todos serán instruidos por Dios’. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

 Reflexión del Evangelio – Por Oscar Freites SJ

Desde hace tres domingos venimos leyendo juntos el capitulo sexto del evangelio según san Juan, y aún nos quedan otros dos domingos más para seguir gustando de sus enseñanzas. Al parecer en medio de estos versículos hay algo bien importante para nosotros, algo que nos tiene que quedar bien claro, una enseñanza que no podemos pasar por alto.

Recordemos, en primer lugar, los pasos que hemos venido dando durante estos domingos. La historia comenzó a orillas del mar de Galilea, para luego trasladarse a una montaña en donde Jesús y los discípulos dieron de comer a una multitud a partir de la sencilla ofrenda de cinco panes y dos peces. De allí, a Cafarnaúm, al otro lado del lago, en donde nuevamente la multitud hambrienta rodeó a Jesús. En esta ocasión Jesús no anduvo con vueltas; apenas la multitud salió a su encuentro no dudó en decirles: “Ustedes me buscan porque han comido pan hasta saciarse”… Parece como sí les dijera: “Ustedes me buscan porque yo hice caso a sus necesidades, a sus pedidos. Pero… ¿realmente desean encontrarse conmigo?, ¿Saben quién soy?… Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo.”

Este tremendo cruce de verdades dejó un poco molestos a todos los que allí estaban, quienes de inmediato comenzaron a murmurar. ¿Quién se cree éste para decirnos esas cosas?, ¿Qué sabe de nosotros?, ¿Cómo viene a meterse así en nuestras vidas?, ¿Quién se cree que es? Y la murmuración comenzó a cumplir sus efectos: dividir, alejar, oscurecer la verdad, distanciar. En medio de la murmuración es muy difícil creer en las verdades que se nos están diciendo. En medio de la murmuración, todos aquellos comenzaron a distanciarse de Jesús.

Pero Jesús les va a insistir: “En verdad, en verdad les digo: Yo soy el pan de la vida, crean en mí”. Desde su verdad, Jesús quiere que nos hagamos cargo de nuestra verdad. ¿Por qué buscamos a Jesús?, ¿Por qué queremos estar junto a Él? La verdad de Jesús viene a sacudir profundamente nuestras falsas verdades, nuestros engaños y mentiras; nuestras murmuraciones y descalificaciones.

En verdad, en verdad les digo: crean en mi, pues, Yo soy el Pan en medio de sus hambres, soy el Camino en medio de sus extravíos, soy la Verdad en medio de sus engaños, soy la Vida en medio de sus muertes…

La insistencia de Jesús es constante (en verdad, en verdad les digo), quiere que nos acerquemos a su verdad, a su realidad. Quiere que comencemos a relacionarnos con él desde su verdad, desde lo que realmente es, y no desde lo que nosotros imaginamos o proyectamos que es. Gratuidad, donación, misericordia, entrega, compañía, pequeñez, amor, vida; son algunas palabras que nos pueden acercar a esa verdad.

Quizás estás semanas en donde vamos meditando este capítulo 6 de San Juan, son bien importantes para dejar que Jesús nos diga quién es él, cuál es su misión y qué espera de nosotros. Y esa no es una tarea fácil, no es algo que podamos pasar por alto; porque también supone que nos preguntemos seriamente quiénes somos nosotros, cuál es nuestra misión y qué esperamos de Jesús.

Pidámosle a Jesús, Pan de Vida, que nos ayude en este camino de sincerar nuestras búsquedas, para poder acercarnos verdaderamente a la realidad de Jesús en nuestras vidas.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana

La Amistad Habla de Dios

Sobre la amistad como reflejo de la presencia de Dios en nuestra vida.

Hay cosas en nuestra vida que, de alguna forma, son reflejo de Dios. Tal vez no lo vemos tal y como es, pues siempre es mayor que lo que percibimos. Pero hay algunas formas de vivir, de ser, de estar y de querer, que nos hablan de Dios… Y la amistad es una de ellas.

Me alegro de tener gente cercana. Vidas que se cruzan con la mía. Rutas que hemos recorrido juntos (al menos por un trecho), por senderos que a veces se separan y luego se entrecruzan de nuevo. Me siento afortunado porque hay nombres que forman parte de mi vida, no como un apunte en una agenda, sino como una historia compartida.

Hoy sé que no se puede mitificar la amistad, que a veces es sublime y a veces horrible (o ambas). Sé que no te libra de las batallas (en ocasiones las provoca), y casi siempre se construye desde lo más cotidiano. No te libra de momentos de soledad. Pero es importante darte cuenta de quiénes son ‘tus gentes’.

Fuente: Pastoral SJ

Principio y Fundamento

Principio y Fundamento es abandonarse en Dios, saber que Él tiene la iniciativa. Es querer lo que Él quiera porque todo le pertenece.

No es el título de la última novela histórica de Ken Follet, ni es un documental de la National Geographic sobre el Paleozoico, ni siquiera el nombre artístico del dúo cómico del momento. “Principio y Fundamento” es un fragmento del comienzo del libro de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola [nº 23], por el cual, desde hace casi quinientos años, creyentes de toda latitud y procedencia vienen encontrado y actualizando la Gran Verdad de su vida.

Son dos sustantivos para saborear. Principio: habla de origen, punto de partida, verdad de la cual se deriva todo los demás. Fundamento: es lo que permanece, estabilidad, solidez, razón. Y he aquí el quid de la cuestión: ¿Cuál es mi PyF? Es decir: qué es lo que mueve mi vida; cuál es esa tierra sobre la que pongo mis raíces más hondas; el sentido y la razón que hace que me levante por las mañanas y siga adelante; el motor que me dinamiza e impulsa mi quehacer diario. En definitiva, ¿cuál es esa roca firme sobre la que voy construyendo el edificio de mi realidad?

Como hombres podemos correr el riesgo de creernos el centro del Universo, de sentirnos autosuficientes con vocación de ‘chico/a Loreal’ («porque yo lo valgo»); de tener siempre en los labios el «yo, me, mí, conmigo» o por confidente a nuestro propio ombligo. ¡Incluso estar convencidos de ser la última bebida isotónica que queda en el desierto! Nos agobiamos por el tener y queremos llegar a los taitantos sanos como una manzana. Acumulamos años, dinero, poder, cualidades, carreras, diplomas, seguridades y lo que se tercie.

Ignacio nos invita con su PyF a que reconozcamos ante todo que no vivimos en el aire y que necesitamos anclar nuestro yo en una roca sólida: Dios. ¿Por qué? Porque somos criaturas surgidas de Su Amor. Él, sólo El, nos hace únicos. Irrepetibles. Con sentido. Amados. ¡Y llamados! porque somos «por y para algo», «por y para Alguien». Nuestro centro está más allá de nosotros mismos y nuestro proyecto de vida está en el corazón de Dios desde siempre.

PyFes abandonarse en Dios, saber que Él tiene la iniciativa. Es querer lo que Él quiera porque todo le pertenece. Hacerse indiferente, que no pasota, porque Él es el Absoluto y todo lo demás (incluso salud, dinero o vida) es relativo. ¡Qué maravilla el dejar que otro te lleve! Saber que estás en buenas manos y que amar la realidad es encontrarte el rostro de Dios en ella.

Un hombre iba por el campo y se encontró un Tesoro, le produjo tal alegría que vendió todas sus posesiones para comprarlo. ¡Dichoso este hombre que encontró su ‘Principio y Fundamento’!

Fuente: Pastoral SJ

 

Estar de Vuelta sin Haber Ido

El desafío de acercar a los jóvenes a la Fe en las sociedades contemporáneas.

Por José María Rodriguez Olaizola, sj

Hay montones de jóvenes que pasan de religión. Hoy en día, al menos en España, parece que para muchos es incompatible ser creyente y sobre todo practicante con ser normal. «¿Que aún vas a misa? Ufff, qué colgado». «¿Que estás en algún tipo de grupo para formarte en cosas de fe? Ufff, esto es grave, estás en la secta, te han lavado el cerebro». «¿Que crees en Dios? Qué antiguo (o qué bobo)» «¿Que cómo puedes pertenecer a esa Iglesia?» (normalmente en el esa Iglesia va una simplificación y una caricatura que poco tiene que ver con la complejidad, riqueza y hondura de la iglesia real y sus gentes).

Es curioso, porque en estas latitudes, y en muchos asuntos, hay una tolerancia políticamente correcta –y digo yo que está francamente bien respetar la diversidad de actitudes, orientaciones, sensibilidades, opiniones, etc.– pero luego parece igualmente correcto ser tremendamente intolerante con las creencias del personal. A mí me deja a veces alucinado cómo la gente se mete con otros –incluso amigos, cercanos, etc– por sus creencias. Me duele que a menudo se parte de estereotipos gastados –que, en general, lo que muestran es bastante desconocimiento de lo que de verdad está en juego cuando hablamos de fe–. A menudo te encuentras jóvenes que parecen prematuramente desengañados de todo, escépticos sin motivo, rendidos sin guerra.

El caso es que esto a veces me cuestiona, otras me entristece y otras me provoca. Me cuestiona, porque hay que reconocer, con un poco de autocrítica, los muchos errores que ha habido –y hay– a la hora de transmitir la fe. Me entristece, porque me doy cuenta de que bastantes veces las personas que pasan de religión tienen una visión poco reflexionada, y está fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, antes que en preguntas, búsquedas y opciones serias. Me provoca, porque es un reto ayudar a las personas a abrirse. ¿Cómo ayudar a la gente a darse cuenta de que la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: el amor, la alegría, la soledad, el propio lugar en el mundo, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre las personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…?

¿Cómo ayudar a la gente a adentrarse por el camino de la duda, la búsqueda y la fe, cuando a menudo la actitud es la de quien está de vuelta sin haber ido?

Fuente: Pastoral SJ