Día del Sagrado Corazón: El Estilo de Jesús

La fiesta del Sagrado Corazón nos invita a volver la mirada hacia Jesús para preguntarnos cómo es su modo y cómo podemos vivirlo e imitarlo en el mundo de hoy.

Por Javier Rojas SJ

¿Qué hacer para derribar la corteza de la indolencia, la indiferencia, y la apatía que cubre el corazón del hombre?

En el corazón del ser humano hay bondad, hay deseo de Dios, capacidad de amar, y esa pizca de “locura” que hace al ser humano una persona capaz de hacer grandes cosas por los demás. Sin embargo, ¿qué nos pasa? ¿Por qué cuesta tanto a algunos cristianos salir del propio “querer y sentir” y mirar al que está sufriendo cerca suyo? ¿Cómo es posible que muchos cristianos sigan creyendo que seguir a Jesús es cumplir unas cuantas normas? ¿Dónde quedó el deseo profundo de imitar la manera de vivir de Jesús?

Cuando contemplamos el evangelio, vemos a Jesús que se acerca al que sufre. Su amor es compasivo. Está dispuesto a acortar la brecha que existe entre las personas que sufren y la vida que Dios quiere para ellos.

Para Jesús el amor es compromiso con la dignidad humana y no sólo palabras. Su amor también es gratuito. Está dispuesto a brindar su ayuda, dedica tiempo para estar con los que sufren, presta oídos para escuchar a los demás, y no teme quebrantar la ley cuando está en juego la dignidad humana.

Por último, el amor de Jesús está llenas de palabras inclusivas y acogedoras. Las palabras de cercanía y ternura que Él dirigía a las personas enfermas, les devolvía la salud. Su manera de hablar directa y firme, pero también suave y tierna, transmitían compasión, aceptación y misericordia. Las personas se sentían curadas por Jesús porque a través de sus palabras se sentían entendidas por Él.

Y nosotros, ¿Cómo procedemos? Necesitamos recuperar ese estilo de vida que tenía Jesús y ejercer el poder sanador que también tienen nuestras palabras y gestos cuando muestran compasión, aceptación y misericordia ante sufrimiento de los demás. Para Jesús la compasión es la manera de proceder de Dios. No es una virtud más, sino su estilo de vida. No se puede aspirar a ser santos sino se procede con compasión y misericordia.

 

24 de Mayo: Nuestra Señora del Camino

Nuestra Señora del Camino o Madonna della Strada es la Patrona de la Compañía de Jesús. Fue la primera imagen ante la cual San Ignacio de Loyola y los otros fundadores de la Compañía oraban en Roma.

También fue imagen de María que se honraba en la primera Iglesia que tuvo a cargo la naciente Compañía de Jesús recién fundada. Su día conmemorativo ayuda a recordar a los jesuitas que son peregrinos, inspirándose en uno sus fundadores que eligió ser llamado “el Peregrino”.

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 21 de Mayo

Evangelio según San Juan 14, 15-21

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.

Reflexión del Evangelio – por Fabio Solti SJ

En este evangelio de Juan de este domingo Jesús en su palabra, nos invita a reflexionar diferentes cuestiones:

Por un lado, acentúa el tema del amor: “Si me aman cumplirán mis mandamientos”. ¿Qué nos querrá decir Jesús con esto? ¿A qué mandamientos se refiere?Seguramente se refiere a ese mandamiento que reza “les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” de Jn 13,34, puesto que todos los mandamientos hacen síntesis allí. O, dicho de otro modo, a partir del amor surge todo obrar plenamente humano. Nuestra humanización viene de allí. La invitación de Jesús es a examinarnos en el amor, discernir en él y colocar el resultado en nuestro obrar. El movimiento es contracultural, es de adentro hacia afuera: si me aman (en nuestra interioridad), cumplirán mis mandamientos (el obrar surge solo: derrame consecuente con lo que siento por el que me amó primero).

En segundo lugar, me gustaría poner énfasis en las palabras de Jesús que continúa diciendo que conocemos al Espíritu porque habita entre nosotros: una invitación a recordar que somos templo del Espíritu, casa de él. Él tiene en nosotros su “morada” y se queda con nosotros. ¡Vos sos morada del Espíritu, yo soy morada del Espíritu, nosotros somos morada del Espíritu! ¡Qué hermoso es sabernos habitados por aquel que es vida y vida en abundancia!

Ahora bien, Jesús termina sus palabras diciendo que lo veremos porque el permanece vivo. Acá podemos unir las dos ideas primeras. Por un lado, si el otro es habitado por el mismo espíritu que yo, entonces nos sabemos hijos de un mismo padre: hermanos en Cristo. Palabra tan sagrada que me hace una invitación y un llamado al respeto y la acogida que desde el discernimiento y desde el amor me convoca a un actuar ético-fraterno. Allí descubro a Jesús que permanece vivo cumpliendo su promesa de no dejarnos desamparados. Allí descubro el Reino, que Él sigue prometiendo, haciéndome tierra fértil adhiriéndome verdaderamente a la Palabra.

Porque a Jesús no se llega directo, sino oblicuo: a través del otro.

¡Qué hermoso sabernos con la libertad y la responsabilidad de continuar una misión que tantos empezaron y ahora nos toca a nosotros continuar!

Que el Espíritu nos regale la gracia para hacernos virtuosos discípulos de su Amor.

 ¡Dios nos Bendiga!

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

“Dios me clavó el visto”: Rezar y No Tener Respuestas…

Cómo pensar la relación con Dios, la oración de un modo maduro y auténtico.

Por Emmanuel Sicre, SJ

No resulta una experiencia atípica el hecho de que nos dispongamos a la oración y pareciera que fuera en vano. Insistir por compartir con Dios la vida, poner los medios para rezar, prepararse, pedirle por algo que deseamos o, al menos, intentar elevar el corazón hacia Él y nada.

Muchos experimentan a menudo que rezar no sirve para nada, que no pasa nada, que parece siempre un monólogo absurdo donde “me quedo hablando solo”. Sequedad, vacío, mutismo, no hacen más que boicotear nuestro deseo de acercarnos a Dios.

¿Será que Dios no existe o que sólo fue una ilusión de un momento de mi vida? ¿Será que estoy haciendo algo mal y por eso no me habla? ¿Será que no soy para estas cosas? Son algunas de las preguntas que nos surgen.

Dios no usa whatsapp

Estamos tan acostumbrados a la inmediatez de la comunicación que hemos perdido la capacidad de esperar. Esto daña, como es lógico, la capacidad de desear porque realmente no sabemos qué deseamos, sólo queremos cosas, personas, momentos, emociones, pero su fugacidad no hace más que acelerar nuestra sensación de vacío y meternos en una dinámica frenética ante lo que nos pasa alrededor.

Tanto vivir así nos volvemos o insensibles al punto de ignorar lo que estamos sintiendo verdaderamente, o hipersensibles al punto de que todo lo que sucede nos afecta y quedamos como tironeados por las emociones en un vaivén incontrolable. Si bien aquí hay un cierto grado de caricatura de la situación, lo cierto es que no siempre estamos afinados a la hora de escuchar nuestro interior. Esto significa que nos cuesta entrar a nuestra “habitación secreta” para conversar con lo que nos pasa. Y resulta que es ahí donde Dios está esperándonos como un huésped en nuestro propio ser.

La clave para encontrarnos con Dios es, entonces, entrar lentamente y con el deseo, abierto por la respiración y la paciencia, a la habitación propia donde vive el Espíritu de Dios que está esperándonos para tomar contacto y configurarnos con el rostro del Cristo que somos.

Dios está viviendo en nuestras emociones, sentimientos y acciones

Si queremos de verdad encontrarnos con Dios podríamos comenzar entrando por alguna de estas tres puertas al preguntarnos: ¿qué estoy experimentando interiormente? ¿Cómo se llama esto que vivo en este momento de mi vida? ¿Cómo me deja lo que hice?

Al demandarle a nuestro mundo de adentro alguna de estas tres preguntas podremos empezar un diálogo que comienza con nosotros mismos quizá, y poco a poco va tomando la voz de nuestra propia conciencia donde tiene su sede el Dios de Jesús.

Cuando esto sucede comenzamos a escucharnos a nosotros mismos diciéndonos cosas que realmente necesitábamos escuchar. ¡He ahí la voz de Dios comunicándose con nosotros! Sucede también que se puede experimentar la comunicación de Dios con el silencio del mundo mental que se acalla, se calma y se serena provocando en nuestro cuerpo una sensación de levedad, de cierta pacificación al sentirnos escuchados, que redunda en alegría, paz y calma no inventadas sino regaladas. ¡He aquí la presencia de Dios haciendo con nosotros lo que más le gusta: amarnos!

Dios está habitando lo real

También hay que decir que Dios está habitando en todo lo que es real, es decir, en la realidad del mundo, de la historia, de la vida personal y colectiva. Por eso, se hizo carne, “para habitar entre nosotros”. Cuando somos capaces de adiestrarnos en tomar conciencia de lo que vivimos en nuestro mundo interior de la mano de Dios, podemos prestar atención a los signos del mundo exterior que nos hablan de Él ya por semejanza, ya por contraste.

Una injusticia que nos duele no hace más que gritarnos la necesidad de su presencia salvadora entre nosotros. Una pobreza indigna no hace más que reclamarnos en la conciencia que Dios quiere asistir al que se encuentra solo y desamparado a través de nuestra solidaridad. Una ignorancia violenta nos enseña a ver que si Dios no es recibido puede haber mucho dolor, daño y cerrazón. Una pareja que se ama más allá de las dificultades no hace más que revelarnos a Dios sosteniéndonos. Un padre o madre que se desviven por sus hijos no hace más que mostrarnos de lo que es capaz el amor de Dios. Un hombre arrepentido por sus errores no hace más que manifestarnos cuán poderosa puede ser la misericordia de Dios derramada en la conciencia de quien busca perdón.

Y así cada uno tiene la tarea de distinguir dónde Dios le “habla” en la realidad bajando a su habitación interior y viendo cómo le afectan estas realidades para descubrir a Dios habitando la realidad y trabajando por y con nosotros a cada instante. ¡Esto es orar con lo real!

Dios está hablando en su palabra

Sabemos, además, que si queremos encontrar a Dios en un lugar privilegiado es en la Escritura que habla de Jesús. En efecto, cuando lo vemos predicar el Reino, sanar enfermos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los atados por el pecado, amar hasta el extremo quedamos conmovidos y hasta confundidos de cómo es posible que Dios hecho hombre venga a buscar lo que estaba perdido, desplazado, marginado. ¡Qué hermoso diálogo podría brotar con Dios desde la incomprensión de su lógica tan a contramano de la nuestra!!! ¡Qué bello sería dejarse enseñar por su vida y despertar el Cristo que duerme en nosotros esperando salir para compartirse entre los demás!!!

Así, si deseamos conocer a Dios la puerta que es Jesús nos permite entrar en el misterio de la vida en abundancia que nos ha sido prometida y que tanto anhelamos cada vez que descendemos a nuestra intimidad para hablar con él.

Entonces, más allá de la sensación de que “Dios nos clava el visto”, quizá esté en nosotros insistir en que es necesario crecer en una linda amistad con él y dejar de lado la pretensión de que es un dios manipulable que juega al “te doy para que me des”. Si nos animamos a un Dios como el de Jesús veremos que se nos dará Él mismo y con esto podremos decir con el espíritu en calma y el cuerpo dispuesto: “tu amor y tu gracia me bastan”.

Fuente: Blog Pequeñeces.

Resurrección es Tenerte Cerca

La amistad y la cercanía como modos de experimentar la Resurrección en la vida cotidiana y los tiempos más difíciles.

Por José Ignacio García Jiménez, SJ

Porque la soledad, el miedo o el cansancio llegan cuando quieren y como quieren. Llegan sin preguntar. Unas veces despacito, poquito a poco, como la puerta que se abre lentamente para que también despacio se vaya metiendo el frío del desánimo por el cuerpo. Otras veces llegan de golpe; la soledad, el miedo o el cansancio, entran como elefante en cacharrería y me tumban, me hunden. Hasta ahí he llegado.

Por eso es tan importante tenerte cerca. Poder hablar, compartir, llorar, mirar y sentirte cerca. Porque me escuchas con increíble paciencia. Nunca te excusas para responder, siempre tienes tiempo, nunca tienes prisa. Antes leías aquellas tristonas cartas, ahora skype, el móvil o el mail ponen en directo lo que a veces son historias repetidas, los problemas de siempre, aunque yo me esfuerce porque suenen nuevos. Pero lo mejor son los cafés. Un paseo y un café, lo más parecido a un trocito de cielo, aquí en la tierra.

La amistad es el sacramento de Jesús resucitado. La amistad nos sumerge en una realidad más profunda, más densa y más santa. No es ya mi vida limitada, estrecha, es la vida compartida. La amistad nos llena de una luz que no ciega, transparenta. Ya no más oscuridad sino verdad y confianza. La amistad rompe el gran maleficio, nunca más solo. Gracias por estar cerca.

Fuente: Pastoral SJ

Descubren que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son buenos para la Salud

Científicos de Estados Unidos descubrieron que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, podrían generar “cambios significativos” en el cerebro generando mejoras en la salud.

Los investigadores del Instituto Marcus de Salud Integrativa de la Universidad Thomas Jefferson analizaron las respuestas cerebrales de los participantes de un retiro y publicaron sus resultados en el documento Religion, Brain and Behaviour (Religión, Cerebro y Comportamiento).

El estudio, financiado por el Instituto Fetzer, incluyó a 14 participantes entre 24 y 76 años.

El Dr. Andrew Newberg, director de investigación, dijo que “dado que la serotonina y la dopamina son parte de la recompensa y sistemas emocionales del cerebro, nos ayuda a entender por qué estas prácticas resultan en experiencias emocionales poderosas y positivas”.

“Nuestro estudio mostró cambios significativos en los transportadores de dopamina y serotonina luego del retiro de siete días, lo que podría ayudar a los participantes en las experiencias espirituales que describieron”, indicó.

La dopamina es conocida como el “químico del placer”, pero está involucrada en una amplia gama de funciones cerebrales, desde el control de la atención hasta el movimiento.

Por su parte, a la serotonina se le llama a menudo la “hormona para sentirse bien” y está involucrada en la regulación emocional y el estado de ánimo.

Las observaciones posteriores al retiro revelaron disminuciones en el transportador de dopamina y en el enlace del transportador de serotonina, lo que podría generar que más neurotransmisores estuvieran disponibles para el cerebro.

Después de la Misa de la mañana, en el retiro, las personas pasaron la mayor parte del día en silencio, orando y reflexionando, además de reunirse a diario con un director espiritual.

A su regreso a la vida cotidiana, los sujetos de estudio también completaron una serie de encuestas que mostraron mejoras notables en su percepción de la salud física, la tensión y la fatiga.

También informaron de una mayor sensación de auto-trascendencia que se relaciona con el cambio de la dopamina vinculante.

El Dr. Newberg expresó que, de alguna manera, el “estudio plantea más preguntas de las que responde”.

“Nuestro equipo tiene curiosidad acerca de qué aspectos del retiro causaron los cambios en los sistemas de neurotransmisores y si diferentes retiros producirían resultados diferentes. Esperemos que los estudios futuros puedan responder a estas preguntas”, concluyó el especialista.

Fuente: Church Pop

Amores Virtuales

La inmersión de las Nuevas Tecnologías en nuestras vidas ha influido en el modo en que relacionamos generando algunas tensiones con el tiempo y el espacio que necesitan los procesos afectivos.

Por Marta Porta, HVN

Muchas veces cuando comenzamos a experimentar las cosas del amor, casi todo sucede en línea. Comienza con un me gusta, sigue con un chat. Entonces hablemos del fenómeno virtual en el mundo afectivo. Más particularmente en las relaciones amorosas que nacen, se crean o se sostienen en la red. Creo que asistimos a una innegable construcción. Está entre nosotros y nos atraviesa. El gesto más cariñoso puede expresarse en un mensaje y la indiferencia más fría puede sentirse en el silencio de un visto. La palabra puede tener una fuerza poderosa para armar o desarmar un vínculo cuando cliqueamos «enviar». Señales con una fuerza imparable que cuelgan las relaciones en la nube y nos atrapan en un mundo afectivo potencialmente imaginario donde casi todo es posible.

Pero, ¿qué sucede con el amor? El necesita expresarse realmente. Los sentidos (ver, tocar, gustar, oír, oler) son las puertas que abren a los afectos. Son las primeras «palabras» de nuestro lenguaje afectivo.

El deseo de amar a un otro de carne y hueso distinto de mi implica salir de lo virtual para entrar en el mundo real del corazón humano. Donde las emociones y los afectos no son sólo ilusiones. Allí la frustración, esa experiencia de que las cosas no suceden como las imaginamos, nos incómoda, nos entristece. En el corazón nos encontramos heridos y vulnerables, pero también dignos y capaces de amar y ser amados. Allí, en lo escondido y profundo del corazón que se deja tocar por el amor aparece nuestra verdadera identidad. Allí se da lo posible, que alguna vez quizás sea doloroso.

¡Anímate! A cruzar la frontera de la red. A asumir el desafío y la construcción del amor humano.

Es verdad: puede ser más trabajoso. Puede ser más largo. Porque las relaciones necesitan tiempo, lugares, gestos. Necesitan de lo real.

Fuente: Pastoral SJ

Confiar o Perecer

Confiar en Jesús Resucitado para encarar la vida desde la esperanza.

Por Emmanuel Sicre SJ

Si tomas una tela y la miras con detenimiento podrás observar cada uno de los hilos que la forman y le dan resistencia, color y textura. Nuestra vida se parece a esa tela cuando nos damos cuenta de que está entramada con hilos de confianza. Hasta la acción más pequeña está hecha de confianza. Por ejemplo, cuando hablas con alguien confías en que te está escuchando; cuando haces una señal al ómnibus para que pare, confías en que lo hará; cuando comes algo confías en que no te hará daño. Cada cosa que hacemos se apoya en una confianza natural, espontánea, en lo que nos rodea.

¿Cómo aprendimos esto? Con nuestras familias, desde que nacimos nos desarrollamos en un medio que nos permitió desplegar esa confianza. Por ejemplo, confiábamos en quien nos enseñó a caminar en cada paso. Cuando somos niños es cuando más experimentamos esa confianza natural y espontánea en la vida y en el mundo. Por eso, nos entristece o asusta mucho cuando vemos algo feo y doloroso, porque pareciera que esa confianza “como que se rompe”.

A medida que vamos creciendo, los hilos de nuestra confianza se resienten y nos cuesta un poco más creer. Empezamos a sospechar de las personas, de las cosas del mundo y de nosotros mismos. Como si la tela se volviera frágil. Nos parece que todo nos amenaza y eso nos da un poco de temor. Tenemos miedo a que esa confianza a la que nos acostumbramos de niños se pierda del todo. Entonces, nos empezamos a defender de aquello que nos da miedo. Nos defendemos de nuestros padres, o de nuestras amistades, o de nuestras relaciones, porque tenemos miedo de perder lo último que nos queda. Y ni te digo si te enamoraste y se dañó la relación, o si alguna macana que te mandaste hizo que disminuyera la confianza que tus padres te tienen, o si te creíste capaz de algo y no resultó. Todas estas experiencias de alguna manera parecen negativas. Pero en verdad lo que están diciéndote es que hay que dar un paso más en el crecimiento. Y para dar ese paso, tal como cuando eras niño, necesitas de alguien que te dé un entorno de confianza que te asegure algo.

¿Cómo confiar en alguien si siento que nadie me comprende y los que me comprenden están en la misma que yo? Confiar en alguien es animarse a perder alguna seguridad -no toda- para ganar otra. Abrirse a una relación con otra persona teniendo en cuenta dos claves: la certeza de que todos nos equivocamos alguna vez, pero con la esperanza de que lo mejor está por venir. Esa relación, nueva o de siempre, necesita crecer en confianza con gestos concretos: el perdón de los errores, la compasión de nuestras debilidades y la celebración de lo que construimos juntos.

Esta es la confianza a la que nos invita Jesús con su Resurrección: dejar de tener miedo a la alegría que nos da sabernos queridos y querer a otros. Nos estimula a dar el paso del crecimiento, porque la esperanza de que lo mejor está por venir es la principal manera de amar lo que nos rodea y dejar de instalarnos en la queja permanente del niño caprichoso que no sabe ni lo que quiere. Jesús Resucitado te provoca confiar porque más allá de las dificultades de la vida, de los dolores que conlleva la relación con los demás, de la incredulidad, siempre es más fecundo amar que ocultarse y secarse de soledad. Él da testimonio de eso: todos sus amigos traicionaron su confianza y la cruz le dio muerte, pero Dios Padre no quiso que esa muerte de la confianza fuera la última palabra. Entonces resucitó a Jesús para hacernos participar del verdadero espíritu del amor: la confianza plena en la vida que siempre da más y más a quienes se animan a dar pasos y caminar con otros.

Fuente: Blog Pequeñeces

Reflexión del Evangelio – Domingo 14 de Mayo

Evangelio según San Juan 14, 1-12

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le respondió: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

Reflexión del Evangelio – Ignacio Puiggari SJ

Jesús dice de sí mismo que es el camino, la verdad y la vida. Todos nosotros tenemos experiencia de caminos.

Allá en la gran capital del sur, en Buenos Aires, sabemos que estos suelen ser el escenario de grotescos embotellamientos que sacan las palabras menos felices y los peores humores. Más arriba por el Paraná, en Santa Fe las calles sucumben por sus baches y socavones; y hacia el este en Córdoba, por los hinchas de Talleres o de Belgrano cuando ganan algún partido de copa. Del Boquerón sabemos también cómo el barro impide el acceso de la gente, y aquí en Santiago de Chile cómo algunos arreglos parecen interminables

¿Será que en nuestra vida contamos con algo de barro y de baches, embotellamientos y arreglos que parecen nunca acabar?

A veces nos enfangamos mal y caemos en deshonra e indignidad. Alguien, sin embargo, condesciende y con su mano tendida nos abre un camino de paz y de gozo. Es ahí cuando el camino se vuelve encrucijada: ¿acaso debemos seguir el camino del engaño y de la esterilidad? Es cierto, se trata del camino conocido y seguro, pero ¿por qué no dejar sentir al corazón esta senda sin demoras hacia la verdad y la vida? ¿Qué haremos con esta vida finita y limitada sino entregarla y dejarnos llevar por el camino de una belleza diferente? ¿Cuánto podemos fecundar nosotros solos, enfangados y sin Dios? Y el Padre resuena como una certeza cordial que nos anima y seduce para tomar la vía del Hijo.

El camino de la osadía no tiene baches ni deshonra. Es sencillo, sí. Como el pan y como el vino. Como la delicadeza de un juicio que salva o la alegría de una gratitud especial. En esta condescendencia del Padre y del Hijo ocurre el milagro de cuántos caminos abiertos configuran el pulso de una humanidad renovada. Las fantasías del engaño son numerosas, pero el Señor nos ofrece mucho y buscará impactarnos con su amor. Basta que estemos algo atentos y con algunas pocas referencias podamos descifrar la belleza que significa sentirse amado –recibido, mirado, requerido, cuidado, sanado, escuchado-. El eco de nuestro amor brotará entonces por sí solo como el esfuerzo físico de la rosa cuando florece porque florece.

Pidámosle al Señor esta atención y estas referencias junto a la gracia de su impacto y su amor.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Creer en la Risa

La alegría como el modo de vida de los cristianos y la risa como el modo más genuino que tenemos de comunicarlo al mundo.

Por María Dolores López Guzmán

«El tiempo que uno pasa riendo es tiempo que pasa con los dioses» dice un proverbio japonés. Tal es el contento que provoca la risa que uno piensa que debe asemejarse a estar en una compañía divina. La distensión que una carcajada produce en el cuerpo y en el alma es tal que la risoterapia es vista ya como la medicina natural ideal para rebajar el estrés y mejorar el estado de ánimo, que buena falta hace. Sin embargo, no hay talleres de alegría y desconexión que, aun siendo estupendos, estén al mismo nivel que la ‘explosión de gozo pascual’ ante la resurrección. ¡Genial que la primera experiencia del Resucitado haya quedado asociada al regocijo extremo, el júbilo irrefrenable y el alborozo incontenible! Alegría con sabor a reencuentro, satisfacción por una victoria (ante la muerte, nada menos), gloria bendita. Señales ya inconfundibles de la Presencia misteriosa, no siempre palpable, pero probada, del Señor. Desde entonces el ruido de la risa floja, inexplicable y explosiva, nos avisará de que está cerca. Él también rió. Le gustaba la fiesta y la celebración.

Otros creyeron que habían ganado, que la ternura no tenía nada que hacer en este mundo… ¡qué ingenuos! Quien ríe el último… ¡ja! Ese gusto que se siente al final, y que podemos experimentar por adelantado, nadie nos lo va a quitar. La satisfacción de vislumbrar que de verdad ganan los buenos, el Bueno, y lo bueno. Lo mejor de lo mejor.

¿Tristes los cristianos? Naturalmente. Por tanto dolor, injusticia, prepotencia, malhumor, sonrisas superficiales y sardónicas; por tantas cosas contrarias al amor. Pero alegres en el Señor. Seguros de su triunfo, tranquilos por no tener que aparentar lo que no somos, sin miedo a fracasar, prontos para conversar como auténticos hermanos. ¡Qué alegría saberse salvados! ¡Qué gusto infinito poder ser simplemente humanos!

Fuente: Pastoral SJ