Servicio de la fe y Universidad jesuita

“¿Cómo ha evolucionado la perspectiva sobre el `servicio de la Fe´ en las instituciones educativas de la Compañía de Jesús en América Latina en los últimos años?”.

Por Ernesto Cavassa, S.J.

Una carta del P. General sobre “los jesuitas destinados al apostolado intelectual” (24 de mayo de 2014) nos recordaba la “larga tradición de compromiso con el apostolado intelectual que tiene la Compañía de Jesús”, dentro de la cual se inscribe el servicio que algunos brindamos en las instituciones de educación superior, sean propias de la Compañía o encomendadas a ella.

El trabajo universitario no agota el llamado apostolado intelectual; sí es, sin embargo, una de las modalidades en que éste se ejerce. En América Latina, según los datos del Informe para la elaboración del Proyecto Apostólico Común de la CPAL (2010), la actividad universitaria de las 30 instituciones de AUSJAL, comprendía unos 250,000 estudiantes, 20,000 profesores y alrededor de 260 jesuitas, aunque no todos a tiempo completo.

Se me ha pedido que desarrolle en este artículo la pregunta siguiente: “¿Cómo ha evolucionado la perspectiva sobre el `servicio de la Fe´ en las instituciones educativas de la Compañía de Jesús en América Latina en los últimos años?”. El pedido ya advertía de la complejidad del tema y la dificultad para tratarlo de modo exhaustivo. Para acotarlo, me remito a algunos documentos oficiales de la Compañía que han hablado del “servicio de la fe” en estos años. De otra parte, lo circunscribo a las instituciones educativas universitarias y a tres preguntas que me han surgido ante esta propuesta. A pesar del cliché que nos suelen colgar a los jesuitas (“siempre responden con otra pregunta”) me parece que ellas pueden ayudarnos a explorar algunos aspectos subyacentes en el tema solicitado.

¿Servicio a la fe o servicio a la misión?

La expresión “servicio de la fe” (diakonia fidei) nos remite a nuestra tradición. La Compañía fue fundada para la “propagación de la fe”, según la Fórmula del Instituto (1550). La Congregación General (CG) 32 (1975) formuló la misión de la Compañía de Jesús hoy en términos de “servicio a la fe y promoción de la justicia”. La expresión puede dejar la impresión de que se trata de dos términos en paralelo, con objetivos diferenciados, unidos solo por la partícula conjuntiva. No fue esa la intención de la Congregación. El decreto 4 sobre “Nuestra misión hoy” afirma que “la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios” (n° 2). Como vemos, la frase es más compleja e integradora que el lema que la intenta resumir.

Tal vez por ello no fue fácil la asimilación de la misión así concebida. Para ello, fue necesario superar la división entre los abanderados de la fe y los promotores de la justicia. Es interesante, en este sentido, el balance que expresa el P. Kolvenbach en Santa Clara (6 de octubre del 2000), veinticinco años después de la promulgación del decreto 4. Retoma la autocrítica de la CG 34: “reconocemos que no todo ha ido bien…dogmatismos e ideologías nos han llevado a veces a tratarnos más como adversarios que como compañeros” (d. 3, n° 2) para reconocer que “nosotros, los delegados de la CG 32, no éramos conscientes de las dimensiones teológicas y éticas de la misión de servicio propia de Cristo. Si hubiésemos prestado más atención a la diakonia fidei, quizá hubiésemos evitado algunos malentendidos provocados por la expresión “promoción de la justicia”. ¿Y qué se entiende –según el P. Kolvenbach- por diakonía fidei?: “Con ella se refiere a Cristo, el Siervo sufriente que lleva a cabo su diakonia en un servicio total a su Padre hasta dar la vida por la salvación de todos”.

Y eso fue lo que, de hecho, ocurrió. La Compañía aprendió en los años subsiguientes lo que ya había captado premonitoriamente el P. Arrupe: el decreto 4 implicó en muchos casos incomprensión, ruptura con antiguas relaciones, persecución y, para varios de nuestros compañeros, el martirio.

El sector universitario –al inicio, reacio a los cambios- mostró a lo largo de estos años su modo particular de asumir y desarrollar este “servicio a la fe del que la promoción de la justicia es una exigencia absoluta”. En palabras del P. Kolvenbach: “Es ya un estereotipo repetir que la universidad no es una torre de marfil y que no es para sí misma sino para la sociedad. Más allá de la teoría, el sentido profundo de esta afirmación lo dio el testimonio de Ignacio Ellacuría y sus compañeros, asesinados en la UCA de El Salvador, que con su vida demostraron la seriedad del compromiso de ellos y de su Universidad con la sociedad. Pocos hechos como éste han causado tanto impacto y se han prestado a tanta reflexión en nuestras universidades en estos últimos años” (Monte Cucco, 27 de mayo de 2001). El decreto 17 de la  CG 34 (1995) sobre “la Compañía y la vida universitaria” es el cierre de todo un proceso de veinte años en los cuales la Universidad jesuita aprendió lo que significaba en este continente el “servicio de la fe”. Un servicio sellado con sangre.

Esa misma Congregación General nos define desde entonces como “servidores de la misión de Cristo” (decreto 5). Este decreto –clave para el modo de entendernos- nos habla del importante aporte que ha significado el compartir la vida de los sectores populares para nuestra fe: “nuestro servicio, especialmente el de los pobres, ha hecho más honda nuestra vida de fe, tanto individual como corporativamente: nuestra fe se ha hecho más pascual, más compasiva, más tierna, más evangélica en su sencillez”. ¿Cómo ha evolucionado, pues, el servicio a la misión? En la medida en que nos hemos vinculado más estrechamente a los pobres hemos entendido mejor nuestra fe, nuestra misión, la justicia que brota del Evangelio.

El mismo documento habla también de la misión haciendo una adecuada distinción entre misión y ministerios. Podemos –dice- estar en diversos ministerios (social, pastoral, educativo, de gobierno, etc.) pero “todos tenemos una misma misión”. El decreto avanza además otro punto: “nuestra identidad es inseparable de nuestra misión” (n° 4). La misión brota de la identidad. ¿Y cuál es nuestra identidad? Ser “compañeros de Jesús”. “La misión de la Compañía brota de la continua experiencia de Cristo Crucificado y Resucitado que nos invita a unirnos a Él en la tarea de preparar al mundo para que sea el Reino de Dios consumado” (n° 6). Misión, identidad, Jesús…son términos correlativos que van a marcar toda actividad apostólica. Si algo ha evolucionado en estos años es la conciencia de una mayor integración de estos aspectos en el servicio que realizamos. La última Congregación General ha seguido reflexionando sobre los mismos y ha incluido también el de “comunidad” (CG 35, d. 2, n° 19).

Esta mejor comprensión de la integralidad de la misión se ha reflejado en el modo como AUSJAL se ha percibido a sí misma, especialmente en los últimos años. No por azar se ha priorizado el acento sobre la “identidad y misión” de  nuestras instituciones. Los seminarios realizados entre los años 2002 y 2005 son la mejor expresión del modo como las Universidades en América Latina han sabido recoger los planteamientos que la Compañía ha venido realizando sobre su misión hoy. La conciencia de tener que responder a ella desde nuestras obras apostólicas es hoy un dato asumido. El reto es, más bien, lograr que identidad y misión sean asumidos cada vez más por toda la comunidad universitaria.

¿Pastoral universitaria o descubrimiento del Dios presente y activo en la realidad?

No es extraño vincular espontáneamente “servicio a la fe” en las universidades jesuitas a la llamada “pastoral universitaria”, entendiendo ésta como un conjunto de acciones orientadas a promover y fomentar la fe cristiana principalmente entre los jóvenes. La pastoral universitaria comprende, por ello, actividades litúrgicas, catequéticas, sacramentales; en algunos casos, ofrece conferencias y encuentros sobre religión, cultura, sociedad y, en vinculación con medio universitario, suele proponer experiencias que vinculen al estudiante con la realidad social del entorno.

Todo esto es, sin duda, necesario en nuestras instituciones. Pero la profundización en el sentido de misión nos hace ver también que “el servicio de la fe” debe apuntar a algo más; debe llevarnos, en palabras de la CG 34, a “situarnos en lo más íntimo de la experiencia humana” (decreto 2, n° 6) para -como dice la carta sobre el apostolado intelectual- “descubrir a Dios presente y activo en lo más profundo de la realidad, y a compartir ese descubrimiento”.

Ese descubrimiento supone, como dice la CG 35, “una mirada contemplativa de situarse en el mundo, de contemplar a Dios que actúa en lo hondo de la realidad” (d. 2, n° 6). Nada más lejos, por tanto, de “la globalización de la superficialidad” (A. Nicolás, Encuentro Mundial de Rectores, México 2010). El mayor servicio de los que constituyen nuestras comunidades universitarias, según él, es “promover profundidad de pensamiento e imaginación” o, como dice el plan estratégico de AUSJAL: “Frente a esa `globalización de la superficialidad´, AUSJAL debe propiciar la profundidad del conocimiento, a través de tres principios enraizados en la tradición ignaciana: imaginación, creatividad y sentido crítico. De ese modo, nuestro apostolado creativo provoca un proceso dinámico en la búsqueda de respuestas a los problemas reales de nuestro tiempo”. Esa búsqueda de respuestas es, para muchos, una búsqueda de sentido de vida.

El servicio a la fe nos debe llevar, pues, a las búsquedas de sentido que se plantean los jóvenes de nuestras universidades. Para muchos, son “situaciones límite” donde se encuentra “energía y nueva vida” (CG 35, n° 7) o, en términos de la reciente carta del P. General, esas búsquedas nos llevan a “aquellas fronteras que son parte de nuestra condición humana y que no escatima esfuerzos por tender puentes de reconciliación”. El apostolado intelectual y, por tanto, también el que se realiza en la universidad jesuita debe, de acuerdo a estos documentos, contribuir a tender puentes entre la fe y la razón o entre la fe y las culturas, en un momento en el que estos nexos se encuentran debilitados.

¿Cómo llegar a esas experiencias de vida y energía presentes en la realidad, a esas “situaciones límite” que se constituyen en “fronteras” existenciales? La Compañía siempre ha encontrado en los Ejercicios Espirituales uno de los caminos más eficaces. Y, por ello, ha animado a todos los jesuitas (no solo a los expertos en espiritualidad) a dar los Ejercicios (CG 35, d. 3, nº 21). Uno de los temas en los que se ha evolucionado más en los últimos años es en la oferta de Ejercicios en todas nuestras instituciones. Al mismo tiempo, hemos crecido también en una mejor comprensión de lo que son los Ejercicios como experiencia de encuentro en profundidad con uno mismo y de la necesidad de recuperar espacios como éstos en medio del bullicio cultural en que nos hallamos. Además, en muchos lugares, la experiencia de acompañar, orientar o dar Ejercicios ha pasado de manos de los jesuitas a las de laicos, religiosos o sacerdotes diocesanos, dándole una impronta propia.

Sin embargo, siendo los Ejercicios una propuesta indeclinable en el “servicio de la fe”, la práctica de las últimas décadas nos habla también de otro avance fundamental: un modo específico de articular la dinámica de los Ejercicios a la propuesta educativa, que se suele llamar “pedagogía ignaciana”. El énfasis en los procesos, el acompañamiento personalizado, la tutoría, la formación en la experiencia, la relación teoría y práctica en la articulación de los syllabus, la incorporación de las nuevas tecnologías, el enfoque innovador en las carreras a ofrecer, etc. son asumidos desde un “proyecto educativo común” a los diferentes sectores educativos, sean escolarizados o no, formen parte del sector público o privado o se abran a muy diversas modalidades educativas (desde el aula de clase hasta la educación radiofónica). Es interesante notar que esta propuesta resulta atractiva no sólo a quienes comulgan con la espiritualidad ignaciana sino a quienes se sienten atraídos por la misión de la Compañía en nuestras sociedades. Un paso ulterior les puede permitir descubrir que la propuesta educativa está preñada de la dinámica espiritual de los Ejercicios.

En este punto, hay aún mucho por hacer. El mismo concepto de “pedagogía ignaciana” es hoy objeto de debate. Pero la temática envuelta en él ya está en la agenda de las diferentes redes y ha llegado para quedarse. No hace mucho, la Carta de AUSJAL 37 (2012) dedicó el número a plantear la vinculación de la pedagogía ignaciana con la educación superior. En los años recientes, varios eventos internacionales han estado enfocados a explorar este campo. Se ha abierto un “centro virtual de pedagogía ignaciana” como repositorio y fuente de consulta de este enfoque. De este modo, pues, “el servicio a la fe” en nuestras instituciones cuenta con, al menos, dos propuestas en constante crecimiento: los Ejercicios Espirituales y la Pedagogía Ignaciana, cada una con su propia especificidad y ambas, en la perspectiva de la misión común.

¿Experiencias de proyección social o ser “hombres y mujeres para los demás” formados en instituciones de incidencia social?

Unos de los aspectos en los que nuestras universidades han evolucionado más, en la línea de poner en práctica el decreto 4 de la CG 32, es la consolidación del área de proyección social o de responsabilidad social universitaria. En este campo, hay también diversidad de propuestas, desde las experiencias de voluntariado hasta los servicios ofrecidos desde centros próximos al campus universitario o la constitución de redes de centros que incluyen servicios universitarios en espacios populares como son los barrios periféricos urbanos o las comunidades rurales.

Ahora bien, más allá de los servicios y las experiencias puntuales, podemos preguntarnos hasta qué punto la experiencia académica, intelectual o pastoral que ofrecemos en nuestras universidades tocan el corazón de modo que las personas queden marcadas definitivamente por un proyecto de vida concorde con la misión institucional. El P. Kolvenbach solía decir que las Universidades jesuitas se verifican en sus egresados: “el criterio real de evaluación de nuestras universidades jesuitas radica en lo que nuestros estudiantes lleguen a ser” (Santa Clara, 2000).

En esa ocasión, el P. Kolvenbach recordó el emblemático discurso del P. Arrupe en Valencia.  “Ya antes de la CG 32 –dice- el Padre Arrupe había perfilado el significado de la diakonia fidei en el apostolado de la educación cuando, en el Congreso Europeo de Antiguos Alumnos de 1973, dijo: `Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí mismos, sino para Dios y su Cristo, para aquel que por nosotros murió y resucitó; hombres para los demás, es decir, hombres que no conciban el amor a Dios sin amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa´. El discurso de mi predecesor no fue bien recibido por muchos antiguos alumnos del encuentro de Valencia, pero la expresión “hombres y mujeres para los demás” ayudó realmente a que la instituciones educativas de la Compañía se planteasen cuestiones serias que les llevaron a su transformación”.

En efecto, como la expresión “servicio a la fe y promoción de la justicia”, también ésta de “hombres y mujeres para los demás” marcó la educación jesuita, mostrando un objetivo claro. ¿Qué deseamos que nuestros alumnos lleguen a ser en el entorno en el que van a vivir y ejercer su profesión? “Hombres y mujeres para los demás”. Si lo logramos, la educación jesuita ha tenido éxito; si no, hemos fracasado en nuestros objetivos.

Las experiencias sociales, de voluntariado, de formación en la experiencia, cobran auténtico sentido y se hacen sostenibles en la medida en que son acompañadas por procesos académicos de reflexión que consoliden “una solidaridad bien informada” (P. Kolvenbach, Santa Clara, 2000). En el mismo discurso, continúa: “Los estudiantes a lo largo de su formación, tienen que dejar entrar en sus vidas la realidad perturbadora de este mundo, de tal manera que aprendan a sentirlo, a pensarlo críticamente, a responder a sus sufrimientos y a comprometerse con él de forma constructiva. Tendrían que aprender a percibir, pensar, juzgar, elegir y actuar en favor de los derechos de los demás, especialmente de los menos aventajados y de los oprimidos”. Una solidaridad bien informada, por tanto, que sea capaz de formar personas conscientes, compasivas, críticas y comprometidas. Un directorio actualizado de nuestros egresados y del rol que ocupan en la sociedad puede ser un buen indicador de hasta qué punto la formación ofrecida incidió realmente en ellos.

Siendo esto importante, hay que medir también el impacto social de nuestras instituciones. “Parafraseando a Ignacio Ellacuría, pertenece a la naturaleza de toda universidad ser una fuerza social, y es nuestra particular vocación como universidad de la Compañía asumir conscientemente esa responsabilidad para convertirnos en una fuerza en favor de la fe y de la justicia” (Kolvenbach 2000, citando una ponencia de Ellacuría en la misma Universidad, el año 1982). Continúa Kolvenbach: “Todo centro jesuita de enseñanza superior está llamado a vivir dentro de una realidad social (la que vimos en la “composición” de nuestro tiempo y lugar) y a vivir para tal realidad social, a iluminarla con la inteligencia universitaria, a emplear todo el peso de la universidad para transformarla. Así pues, las universidades de la Compañía tienen razones más fuertes y distintas a las de otras instituciones académicas o de investigación para dirigirse al mundo actual, tan instalado en la injusticia, y para ayudar a rehacerlo a la luz del Evangelio”.

En esa línea, nuestras universidades han trabajado con fuerza su concepción y estilo de “incidencia social”. Después de la CG 35, se ha desarrollado una red global de instituciones jesuitas para la incidencia (GIAN, por sus siglas en inglés) en diferentes campos, entre ellos el educativo, para lograr mayor eficacia en una fe que busca la justicia. Una incidencia orientada a influir en prácticas, valores, ideas y políticas que promuevan relaciones más justas y equitativas en la sociedad, basadas en el peso social que una universidad jesuita tiene en América Latina. Si bien nuestras instituciones han avanzado en esta tarea, es indudable que aún queda mucho por hacer a nivel nacional y, sobre todo, regional. También en este punto, aún no hemos extraído todo el provecho de ser una red significativa en el mundo universitario latinoamericano, que se puede potenciar aún más con una mejor relación con las redes de educación básica, organizadas en FLACSI y en la Federación Internacional de Fe y Alegría. El “servicio de la fe” que busca la justicia debe plantearse constantemente cómo ser más eficaz en un mundo cada vez más globalizado e inter-relacionado.

Conclusión

¿Cómo abordar, por tanto, esta relación universidad jesuita y servicio de la fe? En palabras de la CG 34 una universidad de la Compañía tiene que ser fiel, al mismo tiempo, al sustantivo ‘universidad’ y al adjetivo ‘jesuita’. Por ser ‘universidad’ se le pide dedi­ca­ción a “la investigación, a la enseñanza y a los diversos servicios derivados de su misión cul­tural”. El adjetivo ‘jesuita’ “requiere de la universidad armonía con las exigencias del servicio de la fe y promoción de la justicia establecidas por la CG 32, Decreto 4” (cfr. CG 34, d. 17, n. 6-7).

Estos años posteriores a la CG 32 hemos, sin duda, evolucionado en nuestra manera de integrar “el servicio a la fe” en nuestras instituciones educativas y, de modo particular, en nuestras universidades. En la medida en que nos hemos comprometido en el modo de entender nuestra misión hoy, hemos aprendido que “el servicio de la fe” en nuestras instituciones universitarias es más complejo, rico e integrador de lo que puede parecer a primera vista. Es lo que he intentado mostrar en este apretado artículo. Los frutos conseguidos nos confirman que el camino emprendido, aunque difícil y costoso, ha sido el adecuado para responder a los retos de nuestras sociedades latinoamericanas y a su demanda de una educación de calidad para todos.

La tarea, sin embargo, sigue abierta y desafiante en la medida en que en el mundo actual “se está haciendo más fácil conformarse con algo menos que la fe y que la justicia”, como bien dice la CG 34 (d. 2, nº 11). La “misión de esperanza” (CG 35, d. 2, nº 8) nos debe llevar, pues, a fortalecer el servicio de la fe sabiendo que en ello se juega también la realización de la justicia evangélica.

Fuente: Jesuitas Lationamérica

La Pedagogía Ignaciana en la Educación Superior Jesuita

El Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana presenta la propuesta pedagógica para la educación superior jesuita, a través de un recorrido de las directrices trazadas en discursos de los Padres Generales y en documentos de la Compañía durante las últimas cuatro décadas. Además, se ofrece una selección de referencias sobre el tema y documentos que muestran cómo las universidades asumen el sello pedagógico ignaciano en sus programas de enseñanza, investigación y servicio/vinculación.

  1. Un modelo educativo-pedagógico transformador                  

En 1979, el P. Pedro Arrupe, en su charla a los jesuitas de México, “Universidad y educación jesuítica hoy”, resaltaba la necesidad de promover una transformación en las universidades que fermente la formación de los alumnos como “hombres para los demás”, para que sean agentes multiplicadores de cambio; una transformación sustentada en la investigación sobre los problemas humanos y de la realidad social como “apostolado intelectual” al servicio del pobre y por la justicia. Y en todo ello, comunicar “el espíritu que nosotros debemos tener, que es el ignaciano… Lo específico nuestro será aquello que se deriva de la especificidad del carisma ignaciano, traducida en vida académica, en educación, etc.” Así trazaba Arrupe, hace 40 años, las líneas básicas del modelo educativo-pedagógico ignaciano para las universidades jesuitas, al presente recogidas en sus planes estratégicos con variadas propuestas programáticas para su concreción; pero que no pocas divergencias causaron por entonces en la Compañía de Jesús, como lo analizó el P. Peter-Hans Kolvenbach, en 1985, en su discurso “La universidad jesuítica hoy”, dirigido a los rectores reunidos en Frascati-Italia, en el que ratificó  y explicó el sentido misional de dichas líneas.

Luego, en 1986, se publica el documento “Características de la educación de la Compañía de Jesús”, que reafirma el modo ignaciano de proceder (inspiración, valores, actitudes, estilo…), en procura de una formación integral con orientación al compromiso por la justicia desde la dimensión de fe que la impregna. Kolvenbach, al promulgar este documento, pidió a las universidades la adaptación de lo aplicable de sus directrices pedagógicas y, en discurso posterior, “Características de nuestra educación” en Georgetown-USA, 1989, aportó variadas pistas para hacerlo, entre ellas el uso de los valores como punto de partida para la reformulación de los planes de estudio, la dinámica Fe-Justicia como foco apostólico en todas las políticas institucionales y la práctica de la pedagogía jesuita.   

En 1993, la Compañía publica el documento “Pedagogía Ignaciana: Un planteamiento práctico”. Allí Kolvenbach expresa el objetivo último de la educación jesuita en la fórmula de “las 4 Cs”: la formación de hombres y mujeres conscientes, compasivos, competentes y comprometidos. Como “modo de proceder en la práctica pedagógica” se propone el Paradigma Pedagógico Ignaciano (PPI), camino para el conocimiento y transformación de la realidad, personal y social, con cinco momentos en interacción derivados de la estrategia de los Ejercicios Espirituales: contexto, experiencia, reflexión, acción y evaluación. A la luz de este documento, las universidades revisaron sus proyectos educativos e impulsaron acciones para la formación del profesorado en la pedagogía ignaciana.

En su conferencia del 2000, “Servicio de la fe y promoción de la justicia”, Santa Clara-USA, Kolvenbach ahonda en el alcance de esta opción y las características de la universidad ideal del Siglo XXI: describe los rasgos del alumno que se desea formar, el rol del profesor en la enseñanza y la investigación, y el modo de proceder que se debe reflejar en políticas y estrategias fundamentadas en la espiritualidad ignaciana; todo ello para convertirla en “fuerza social” en favor de la justicia. En el 2001, con su discurso “Universidad y carisma ignaciano”,  Monte Cucco-Italia, avanzó un paso más en el enriquecimiento de la propuesta educativa-pedagógica universitaria, al esbozar la raíz de su “por qué” en el magis y el “para qué” en cuatro objetivos que constituyen los componentes de la “persona completa” y, por tanto, de la “enseñanza integral”: práctico-profesional, cívico-social, humanista y religioso, elaborando sobre una afirmación del P. Diego de Ledesma recogida en versiones de la Ratio Studiorum. En su último discurso sobre la educación superior jesuita, dirigido en el 2007 “Al Consejo Directivo de la Universidad de Georgetown” , Roma-Italia, profundiza en esos objetivos con sus implicaciones para la enseñanza, la investigación, el servicio y la organización universitaria, acuñando expresiones en latín: utilitas, iustitia, humanitas y fides;  formulación, ampliamente divulgada luego como el “Paradigma Ledesma-Kolvenbach”.

El P. Adolfo Nicolás, en su conferencia del 2008: “Misión y universidad: ¿Qué futuro queremos?”, Barcelona-España, reflexiona de qué manera las dimensiones del Paradigma Ledesma-Kolvenbach pueden definir el “espíritu universitario”, esto es los valores que permitan inspirar futuros deseados. Posteriormente, en el Encuentro Mundial de Rectores de Universidades Jesuitas, México 2010, discierne sobre el tema “Profundidad, universalidad y ministerio académico: Desafíos a la educación superior jesuita de hoy”: frente al contexto de la globalización, resalta la necesidad de encontrar maneras pedagógicas creativas para fomentar la profundidad de pensamiento y la imaginación transformadora en los estudiantes; del abordaje de temas tocantes a la fe, la justicia y la ecología desde la universalidad; y de la renovación del ministerio académico (apostolado intelectual) entendido como “mediación entre fe y cultura”.

En los distintos discursos del P. Arturo Sosa Abascal al mundo universitario aparecen frecuentes referencias a las realidades y tendencias del entorno (políticas, sociales, culturales, económicas, éticas, ecológicas, tecnológicas, etc.), con sus oportunidades y desafíos, de los cuales deriva implicaciones para la renovación del sentido misional y la pedagogía jesuita hoy. Propone mirar a la universidad como un “proyecto de transformación social para generar vida plena”, con capacidad creativa para anticiparse a su tiempo. En este sentido, ha venido reflexionando sobre estrategias que recomienda acentuar, como las siguientes: a) la promoción de la misión apostólica evangelizadora para la reconciliación (entre los seres humanos, con la creación y con Dios), la justicia social y la sustentabilidad ecológica, en diálogo con las culturas y las religiones; b) la formación de hombres y mujeres con conciencia de ciudadanía universal, comprometidos con la justicia, la reconciliación y el cuido de lo público como bien común; c) la comprensión de la utilitas como la incidencia real de la propuesta educativa jesuita en la transformación de la sociedad; d) el fomento de las experiencias de responsabilidad social, vinculadas al currículo, aplicando la pedagogía ignaciana; e) el reconocimiento de la acción política universitaria, para la defensa de los derechos humanos y la construcción de democracias; f) la profundización del apostolado intelectual para crear ambientes de búsqueda de la verdad y de alternativas a los problemas humanos; g) la incorporación lúcida en la nueva cultura digital; h) el desarrollo de políticas inclusivas que alcancen a los marginados y de una cultura de salvaguarda de las personas vulnerables;  i) el fortalecimiento del trabajo en colaboración y en redes. Los discursos del P. Sosa sobre educación universitaria se encuentran en este enlace al CVPI. Se recomienda la lectura de “La universidad fuente de vida reconciliada”, Encuentro Mundial de Universidades encomendadas a la Compañía de Jesús, Loyola-España, 2018; y “La universidad ante los desafíos de la sociedad: Pertinencia del enfoque universitario ignaciano de responsabilidad social universitaria”, Córdoba-Argentina, 2018.

  1. Referencias sobre la pedagogía ignaciana en la educación superior

Como lecturas generales proponemos: «La Pedagogía Ignaciana y su fuerza impulsora: Los Ejercicios Espirituales» de Luiz Fernando Klein, S.J; “Paradigma Pedagógico Ignaciano” de Luis Granados Ospina S.J.; “Aportes de la Pedagogía Ignaciana a los desafíos del futuro” de Jesús Montero Tirado S.J.; “El Paradigma Universitario Ledesma-Kolvenbach” de Melecio Agúndez SJ; y, también, la publicación “Liderazgo ignaciano: Nuestro modo de proceder”, producida por la Red de Homólogos de Pastoral Universitaria de AUSJAL, en la que se vincula la propuesta formativa de las 4 Cs con el PPI y el discernimiento ignaciano.

Con recomendación especial para su estudio presentamos la versión digital ampliada del libro: “Pedagogía ignaciana y currículo. Implicaciones en la formación de los jóvenes en la educación superior”, resultado del trabajo colaborativo de la Red de Homólogos de Educación de AUSJAL, coordinado por Javier Loredo Enríquez. Esta versión incluye el contenido de la edición impresa (publicada en 2018 por la Universidad Iberoamericana Puebla con la Iberoamericana México, la Iberoamericana León y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente) y más una introducción que da cuenta del propósito de la obra, la estrategia seguida y la estructura de los distintos apartados. En este documento el lector encontrará valiosas pistas para concretar y transparentar la pedagogía ignaciana en los procesos formativos y de construcción del conocimiento.

  1. Documentos que muestran cómo las universidades AUSJAL asumen la pedagogía ignaciana

La mayoría de las universidades, hoy día, tienen planes estratégicos que dan cuenta de su identidad y la visión de su proyecto académico en la docencia, la investigación, el servicio/vinculación y la gestión; presentamos dos ejemplos de reciente formulación: “Universidad Iberoamericana México-Tijuana y “Universidad Católica del Uruguay”. En casos, se tienen documentos que explicitan el modelo educativo/formativo/pedagógico; ejemplos: “Universidad Centroamericana El Salvador”, “Pontificia Universidad Católica de Ecuador” y “Universidad Alberto Hurtado”. Hay también universidades que vienen desarrollando interesantes propuestas pedagógicas para profundizar la integración curricular vinculada a la práctica/servicio de los estudiantes; ejemplo bien documentado es la experiencia del “Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente”. Además, en todas se han elaborado propuestas para la formación de los estudiantes en la dimensión espiritual; un ejemplo es la del Centro Ignaciano de la “Universidad Iberoamericana México”. Y cabe destacar el esfuerzo que se realiza desde la AUSJAL, para contribuir a la formación integral de los estudiantes con el “Programa de Liderazgo Universitario Latinoamericano (PLIUL)”. 

Otra línea común, asumida con mayor o menor grado de sistematicidad en todas las universidades, es la formación del personal en la identidad y la propuesta pedagógica institucional, complementada con la oferta pastoral en espiritualidad ignaciana. Un ejemplo de programa consolidado es “Cardoner, Sentido Javeriano” de la Pontificia Universidad Javeriana Bogotá. Otro ejemplo con una programación estructurada, que incluye la formación de iniciación y diplomados en diversas especialidades académicas, es el de la “Universidad Centroamericana”

Para cerrar este Boletín, algunos comentarios. Los documentos institucionales producidos por AUSJAL y las universidades de la red, publicados en sus páginas web, dan cuenta de un significativo proceso de búsqueda y elaboración de propuestas que explicitan el sentido de su misión y las características que las distinguen como instituciones jesuitas. Pero, la generación de una cultura con el sello de la espiritualidad y la pedagogía ignaciana, en todos los procesos académicos y en la organización, sigue siendo un horizonte y reto que las obliga a profundizar mucho más en la concreción de sus propuestas.

Por otra parte, hay nuevos desafíos trazados por el P. Arturo Sosa, que necesitan ser asimilados y traducidos en la enseñanza, la investigación y el servicio/vinculación, para potenciar la acción reconciliadora y transformadora de las universidades en la sociedad. En algunas planificaciones recientes se plantea como prioridad la generación de un modelo educativo y una cultura de innovación; en casos se habla de la innovación como una línea estratégica de trabajo. Importante, en estas búsquedas, es que no se pierdan de vista y se adapten, con fidelidad creativa y criterios claros de pertinencia social, las directrices fundamentales del modelo educativo-pedagógico ignaciano para la educación superior jesuita. En tal sentido, invitamos a reflexionar sobre los planteamientos de David Fernández-Dávalos S.J., en su conferencia “La calidad académica como pertinencia social”. 

Fuente: Pedagogía Ignaciana

Pachacutí 2019

Del 1 al 7 de julio alrededor de 500 jóvenes de los Colegios de la Compañía de Jesús de Uruguay, Argentina, Chile, Paraguay y EEUU vivieron la experiencia Pachacutí 2019 bajo el lema ¨Él te convoca¨.

Pachacutí es un campamento de trabajo que se realiza en distintos destinos de Uruguay, en el que los estudiantes realizan servicios que consisten principalmente en construcciones y reparaciones de viviendas, escuelas y capillas. El nombre del campamento proviene del guaraní y su significado es “mundo al revés”, lo que refleja el sentido que se le busca dar a esta semana.

Es una experiencia de apertura a Dios con el objetivo de «dar vuelta el mundo», poniendo sus manos al servicio de los demás, y sus vidas al encuentro con los otros.

Fuente: FLACSI.Net

Una canción sobre una Experiencia

El campamento de trabajo “Pachacutí” (Mundo-al-revés) se realiza cada año Uruguay, durante las vacaciones de invierno. Participan alrededor de 500 jóvenes voluntarios, pertenecientes a los últimos años de secundario de los colegios jesuitas de Uruguay (Seminario, San Ignacio y San Javier), además de algunos invitados de colegios jesuitas de Argentina y Chile. Durante una semana se dividen en grupos de alrededor de 15 alumnos, coordinados por una dupla de exalumnos cada uno, para colaborar con su trabajo en tareas de construcción o mantenimiento a lo largo del país.

Una canción que la acompaña

Parte de la tradición del Pachacutí es la “Pacha-canción” (todo lo relativo al Pachacutí es referido con el prefijo “Pacha”). Cada año los alumnos componen un nuevo tema que acompaña la experiencia y expresa el espíritu que se vive. 

Este año la realización de la canción cambió respecto a años anteriores, en los que se encomendaba exclusivamente a alumnos del último año del secundario. La participación de alumnos de cuarto y quinto implicó un cambio de perspectiva al momento de encarar la composición. No es solamente la canción de los que ya vivieron la experiencia, sino también de los nuevos, que se dicen a sí mismos “sé más o menos qué es, me dijeron que está bueno, pero que te morís de frío, y la verdad es que no tengo tanta idea”. Es por esto que la canción comienza “va a salir el sol, vale la pena preguntar si con tanto miedo no es mejor quedarse acá”.

Otros elementos que se intentaron tener en cuenta fueron el coloquio con Jesús, el lema del año y el deseo de que el espíritu de servicio trascienda la experiencia. El diálogo entre Jesús y los participantes del Pachacutí quedó más plasmado en el pre-estribillo: “yo te llamo a este lugar, a mi Reino ir a buscar”. El lema “Él te convoca” tiene un lugar central en el estribillo. Con la frase “nunca dejes que se apague esta llama que nos arde” está el deseo de llevarse el Pachacutí a la casa. No dejar que la experiencia de servicio se quede solo en esta semana de las vacaciones.

“Es mi respuesta” – Canción del Pachacutí 2019 

A-B-G#m-A-B

                     C#m

Va a salir el sol

                G#m

vale preguntar

                       A

si con tanto miedos

            F#m.                 B

no es mejor quedarse acá.

 

                      C#m

En mi comodidad

                             G#m

sin lanzarme a andar

                       A

pero para qué es la vida

F#m.                B

si no es para dar

 

C#m- B- A- B

E

Siento al despertar

                   B

frío en la piel

                            A

Vos me das la fuerza

                 F#m.       B

que me invita a volver

               C#m

a esta misión

                  G#m

a otra realidad

                      A

Lo desconocido

                    F#m.               B

es donde me llamas a amar

F#m.                           B

Yo te llamo a este lugar

F#m.                       G#7

a mi Reino ir a buscar

 

ESTRIBILLO

A#m.  F#. C#.

Es mi respuesta

  G#.        A#m

darme a ti

Fm.        F#.   

en esta fiesta

G#.       A#m. F#.  C#

Pachacuti

G#.                   A#m. F#. C#

Quien nos convoca

G#.                 A#m. F#. C#

Dios nos convoca

G#.             C#sus4

Él nos convoca

                     C#m

Ir a construir

                G#m

para los demás

                       A

y así agradecerte

         F#m.                  B 

Fe y Alegría: “El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”

El año pasado, Fe y Alegría Uruguay celebró sus diez años. En esta nota, te contamos algo de la historia y de la laborar actual de la obra, de la que participan más de 2.000 jóvenes participan de una gama muy variada de propuestas.

“En Fe y Alegría estamos convencidos de que la educación es el medio para la transformación de los pueblos en sociedades verdaderamente libres y capaces de construir un mundo más fraterno”, dice Martín Haretche, director nacional de Fe y Alegría Uruguay. Esta obra se inició en Venezuela en el año 1955 como una respuesta a las necesidades educativas de las poblaciones más pobres. Actualmente tiene presencia en 24 países de toda Latinoamérica además de África y Europa.

El Padre Vélaz, sacerdote jesuita fundador del movimiento, decía que las escuelas de Fe y Alegría comienzan donde termina el asfalto. De esta manera, en muchos países se transformó en un aliado muy importante del Estado para impartir educación en aquellos lugares de muy difícil acceso; como por ejemplo en comunidades indígenas o campesinas alejadas donde no siempre es fácil acceder a una escuela. A nivel global, hoy en día más de un millón y medio de alumnos, de los más diversos orígenes culturales y religiosos, participan directamente en la organización. “El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”, decía San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús.

15 centros educativos y 26 unidades educativas en el país

En Uruguay, Fe y Alegría se fundó en el año 2008 impulsada por el entonces Provincial de los Jesuitas, el P. Juan José Mosca. Comenzó con un grupo de cinco centros educativos que ya existían, en su mayoría de educación no formal: clubes de niños, CAIF y Centros juveniles en convenio con el INAU que compartían la preocupación por las carencias de la educación en los sectores más desfavorecidos. Actualmente nuclea una red de 15 centros educativos, en su mayoría gestionados directamente por la Asociación Civil Fe y Alegría Uruguay; pero también, hay centros asociados que participan de los programas educativos de Fe y Alegría y que mantienen una independencia administrativa.

Cada uno de esos centros incluye más de una unidad educativa. Por ejemplo, el Centro La Esperanza cuenta con un CAIF, un Club de Niños, un Espacio Adolescente y un FPB, una propuesta de formación secundaria con capacitación en oficios que desarrollan en alianza con la UTU. En total son 26 unidades educativas, de las que participan más de 2.000 niños, niñas y adolescentes en una gama muy variada de propuestas, entre CAIF, colegios, clubes de niños, centros juveniles y programas de capacitación laboral.

Martín es director nacional de Fe y Alegría desde el año 2009, casi desde los comienzos en Uruguay. “Me toca un trabajo muy variado, sobre todo en lo que hace al trato con las personas. En un mismo día uno puede estar pensando un plan de trabajo con un grupo de educadoras o conversando con algunas familias, y al rato estar reunido con autoridades políticas firmando un convenio de colaboración. También me toca reunirme con empresarios que apoyan nuestros proyectos educativos y con las comisiones directivas que llevan adelante nuestros centros”, comenta. Cabe destacar que las comisiones directivas están conformadas por profesionales que, de manera honoraria, ponen a disposición su tiempo, su experiencia y sus conocimientos para garantizar una gestión de calidad que impacta directamente en la propuesta educativa del centro.

La propuesta educativa

Una vez que Fe y Alegría asume o instala un nuevo centro, rápidamente comienza a trabajar con el sistema de gestión que los jesuitas aplican en sus colegios. Básicamente consiste en un modelo de autoevaluación que ha sido adaptado al contexto en el que se desarrollan sus actividades. A partir de aquí cada lugar determina sus propuestas de mejora en las que trabaja durante todo el año. Fe y Alegría ha encontrado un modo de ser, de proceder y de examinarse, que en buena medida está inspirado en la espiritualidad ignaciana, que permite articular una propuesta educativa de calidad con una gestión profesional, eficiente y descentralizada. Esto nos permite rapidez en la toma de decisiones y la capacidad para adaptarnos a los diferentes contextos en los que trabajamos para dar mejores respuestas a las necesidades de las comunidades”, reflexiona Martín.

Todos los años Fe y Alegría promueve y financia, para sus educadores, capacitaciones en cursos que van desde talleres de arte hasta posgrados o maestrías en educación. Por ejemplo, el año pasado 16 maestras y educadoras de diferentes centros viajaron a Buenos Aires, Argentina, para el primer ciclo de formación en la metodología de Nazareth Global Education.

Se procura que los educadores reciban formación constante.

Metodologías de trabajo de vanguardia

“Para nosotros lo importante no es que nuestros centros sean los mejores, sino que la educación pública sea cada vez mejor (…). Tenemos que decir que la apertura que se ha logrado a través del INAU, para la gestión de la educación no formal, es un ejemplo mirado y admirado desde muchos otros países. El plan CAIF es un ejemplo donde el Estado y la sociedad civil organizada llevan adelante una política pública educativa con gran éxito”, señala Martín.

Prueba de esto es el hecho de que el método Vaz Ferreira, que atiende a la primera infancia y que comenzó a ser implementado por Fe y Alegría hace tres años en un centro CAIF, hoy se impuso en los CAIF de todo el país. Lo mismo pasa con el programa de Crianza positiva, que elaboraron en conjunto con la Universidad de Montevideo (UM) y la fundación chilena América por la Infancia.

El director explica que “en estos años también podemos decir que hemos logrado el reconocimiento y apoyo de parte de las autoridades públicas, en especial del INAU o de la Intendencia de Canelones, quien nos declaró como una institución de interés departamental. Pero también trabajamos con el MIDES, la UTU, la OPP, el MTOP entre otros organismos públicos”.

La fe es nuestro motor, lo que nos mueve”

Todos los años la directiva nacional organiza encuentros para los educadores, retiros u otros planes de formación que apuntan al crecimiento espiritual. “En los centros donde no hay convenios con el Estado podemos hacer esto de un modo explícito. En donde hemos firmado convenios, los respetamos, aunque no son pocos los casos en que tanto educadores como jóvenes o familiares nos piden que compartamos con ellos también nuestra vivencia de la fe y así lo hacemos”, puntualiza Martín.

Y agrega: “La fe es nuestro motor, lo que nos mueve. Todos los días nos preguntamos qué quiere Dios de nosotros, desde dónde Dios nos está llamando. Como organización jesuita, el discernimiento forma parte de nuestro ADN. Es desde ahí que entendemos todo lo que hacemos. Sabemos que no hay nada más liberador y esperanzador que una profunda experiencia de encuentro con Dios. Esto es lo que transmitimos porque así entendemos que debe ser una educación integral… de lo contrario, nos quedaríamos con una educación a medias”

Cuentas claras

En el año 2018, aproximadamente el 60 % del presupuesto de Fe y Alegría provino del Estado; básicamente a partir de los convenios con el INAU, pero también del MTOP y la Intendencia de Canelones. El resto de los ingresos proviene de donaciones: del aporte de las familias, de fundaciones locales y del exterior, de empresas nacionales, de personas particulares que deciden apoyar alguno de los proyectos y de eventos solidarios. El manejo de los fondos requiere una total transparencia. Sus balances son anualmente auditados y se comparte esta información con todos sus donantes. Para este año 2019 comenzaron a trabajar en un proceso de auditoría interna pensando en que en un mediano plazo se puedan certificar todos los procesos administrativos.

Esta forma transparente de manejar los recursos, sumada a los resultados educativos, hicieron que el año pasado el Parlamento incluyera a Fe y Alegría en la lista de organizaciones que pueden recibir donaciones con beneficio fiscal de parte de las empresas. Este hecho les ha abierto las puertas para que nuevas empresas se vayan sumando a esta propuesta educativa, afirman desde la dirección de la obra.

Fuente: Fe y Alegría Argentina

Hablemos de violencias

En el marco de nuestro compromiso por una universidad libre de violencias, la Universidad Católica de Córdoba (UCC) creó la Comisión de Bienestar Universitario, un organismo interdisciplinario que tiene como objetivo prevenir, atender y concientizar sobre casos de violencias de género. Su coordinadora, Beatriz Ergo, cuenta sobre su experiencia en este tema,  la importancia de esta iniciativa dentro de la institución y de los desafíos que tienen por delante como Universidad y como sociedad.

¿Cómo nace tu interés por temas relacionados con problemáticas de género?

Yo estudié psicología en la Universidad de Massachusetts en los ’80 y luego una maestría en la Universidad de Leslie, en Cambridge. Mi interés surge, entre otras cosas, porque en esa década Estados Unidos presentaba altos índices de violencia de género por lo que atravesaba una etapa de reformulación de las leyes y una profunda reflexión en torno a estos temas. En ese contexto, comenzaron a dictarse en las Universidades materias obligatorias específicas sobre género, y sobre la mujer en particular. Durante mi práctica universitaria trabajé en el Instituto Correccional de Mujeres Frahmingham en Massachusetts, donde surgieron los diez primeros casos de mujeres que fueron absueltas por condenas de asesinatos, por entenderse que eran en defensa propia. Fue un hito importante, que se sumaba al debate sobre la legalización del aborto y un gran activismo por diversas causas como las primeras marchas de la comunidad gay, la legalización del aborto, licencias de maternidad y paternidad, etc.

Similar a lo que está ocurriendo ahora en nuestro país.

Sí, muy parecido. Esto impactó en mi modo de pensar la psicología. Transité, como mujer y psicóloga, una profunda concientización sobre las problemáticas de género.

¿Por qué esta Comisión?

Porque la Universidad considera que el bienestar universitario tiene que ver con la convivencia basada en el respeto y  en la equidad, derechos humanos y valores que en situaciones de violencia de género son transgredidos. Ninguna institución escapa al llamado de hacer una reflexión de cuáles son esas problemáticas, las posturas que la originan, qué herramientas y recursos tiene para abordarlas y cómo fomentar su reflexión y concientización. Por eso la Comisión es interdisciplinaria, lo cual es un valor porque no se centra en una sola mirada sino que quienes la conformamos podemos aportar conocimientos, experiencias y competencias necesarias para llevar a cabo un verdadero trabajo interdisciplinario, que es lo que el abordaje de las problemáticas de género requieren.

¿Cuáles son sus principales objetivos?

Por sobre todo la concientización en cuanto a la equidad de género. La reflexión y el replanteo de prácticas respecto a inequidades que han estado normalizadas por mucho tiempo y que ya ha dejado de ser así. Nuestro objetivo  es concientizar, educar,  prevenir e intervenir, cuando la situación lo amerita, sobre problemáticas que aluden a asimetrías de poder basadas en cuestiones de género.

¿Hoy somos más conscientes de lo que antes no nos incomodaba tanto?

Sin duda. Existen francas transgresiones, no necesariamente intencionales, pero por cierto en muchos casos «naturalizadas» que aluden a cuestiones de género y hoy estamos frente a una sociedad, sobre todo de jóvenes, que afortunadamente ya han transitado un camino de concientización al respecto.

¿Por qué la importancia de esta comisión?

El trabajo por delante es relevante porque debemos tener la capacidad de mirarnos como institución, repensar y reflexionar sobre cuestiones de género, tomar posturas e intervenir en pos del respeto por la diferencia y la equidad de género en particular.

Es un camino en el que vamos aprendiendo cuál es nuestra cultura organizacional que nos caracteriza como institución y qué queremos lograr. Los valores de la Universidad son nuestra guía y eje y hacia allá apuntamos.

¿Cómo funciona?

Tenemos un área específica de acción, de promoción, concientización y de prevención de todo lo relacionado a violencia de género. Pero no es nuestro foco de acción excluyente. Nos importan todas las problemáticas de conductas de alto riesgo de nuestra población estudiantil. Cada caso reportado es evaluado y en función de esta evaluación, que a menudo denota diferentes grados de complejidad, se determina un curso de acción. Las acciones pueden incluir entrevistas, derivaciones, llamadas de atención y sanciones, dependiendo del caso.

¿Cómo han procedido, hasta ahora, ante determinados casos específicos?

A los fines de preservar la discrecionalidad de los casos, aspecto muy importante para este tipo de trabajo, hemos convocado a las partes y hemos accionado en función de sus reportes, sin dejar de lado que nuestra principal función es la educación y la concientización y no una mera acción punitiva. Esto es así porque la intención de la Comisión es favorecer que decante, de a poco, el respecto por la diferencia y la equidad de género.

¿Cómo se logra?

La concientización y prevención de la violencia de género no se logra solamente a través de estas acciones. Vemos nuestra tarea como educadores, poniendo el acento en concientizar sobre verbalizaciones, actitudes y conductas sesgadas por el género,  que en otro momento de nuestra historia, como sociedad, no hubieran sido llamativas o no hubieran incomodado; y si lo hubieran hecho, no hubieran sido reportadas. Esa etapa ha concluido y estamos en una nueva, construyendo nuevos vínculos, fundados, sobre todo, en el respeto por la diferencia y la equidad de género.

¿Y en qué estado se encuentra hoy?

Las acciones de concientización han tenido lugar de manera casi espontánea, no institucionalizada. De hecho, esta Comisión justamente surgió a partir del interés, la acción y el activismo de alumnos y alumnas que han tenido la importante función de advertir de una necesidad y accionar al respecto.

Se trata de un proceso sociopsicoeducativo. Queremos que en nuestra Universidad se incorpore y asimile la idea de que el respeto, la apertura a la escucha y la reflexión, debe caracterizar la modalidad de vincularnos y que seamos  cada vez más conscientes de que esa herencia cultural y social, sesgada en términos de asimetrías de poder marcadas por el género, ya no encuentra lugar en nuestra sociedad.

¿Cómo se puede contactar con la Comisión?

Uno de los modos es escribir a bienestaruniversitario.vrmu@ucc.edu.ar. También tenemos tres referentes en cada edificio para receptar los reportes. La Comisión tiene reuniones periódicas para conocer estos reportes luego, y se asignan horarios para entrevistas.

¿Cuáles son los pasos que se siguen ante un reporte?

Lo primero que se hace es un análisis de todas las aristas de la situación. Actuamos dentro de un contexto en el que no se deja de lado el contexto de la unidad académica y apuntamos siempre a la concientización y a la educación,  porque más allá de que la situación amerite una sanción, nunca perdemos de vista el propósito de concientizar y educar.

¿Cuáles son los principales desafíos como sociedad?

Son tiempos muy difíciles los que atravesamos porque pareciera que hemos perdido la forma de comunicarnos y vincularnos sin violencia, en todas sus manifestaciones. De hecho yo recuerdo que en Estados Unidos pasó algo similar en los ’80, hasta que después se llegó a cierta estabilidad producto de un cambio en las leyes, de mayores recursos psicológicos, sociales, jurídicos y económicos para las mujeres en situación de violencia. Todavía hay mucho por hacer hasta que lleguemos a un espacio en el que los géneros todos puedan comunicarse desde un lugar de respeto y valoración mutua.

En esa experiencia, ¿cómo viste ese avance?

Yo recuerdo que cuando estudiaba en Estados Unidos, la lucha por la equidad de género fue muy difícil. Como está siendo acá ahora. Por ejemplo, me acuerdo que quienes cursábamos las materias de género en la Universidad, éramos predominantemente las minorías étnicas: latinos, afroamericanos y mujeres. Los grandes ausentes eran los hombres blancos, lo cual era un indicador de que en estas asignaturas, que tenían como objetivo educar y concientizar, al final en ellas solo participábamos los que nos identificábamos como «desempoderados». Esto paulatinamente fue cambiando. Considero que hoy en nuestro país se ha avanzado mucho, en Córdoba en particular. Esta provincia lidera las políticas de género con instituciones como el Polo Integral de la Mujer y distintas ONGs.

¿Y los desafíos como Universidad?

Al ser reciente la conformación de esta Comisión, hay un proceso de aprendizaje en donde los emergentes nos van enseñando, de a poco, si estos malestares tienen que ver solamente con cuestiones de género, u otras violencias,  o con el malestar de estos tiempos posmodernos en donde creo que hay una juventud y adolescencia bastante huérfana, con adultos más desentendidos. La adolescencia es una etapa turbulenta por excelencia dentro de las etapas psicoevolutivas del ser humano, y durante la cual, los adultos tenemos la responsabilidad de acompañar, los padres desde su lugar, los docentes desde otro. Queremos transmitir a nuestros jóvenes que la Universidad provee un espacio para escucharlos y acompañarlos.

¿Por qué una adolescencia huérfana?

Porque creo que los adultos no nos damos cuenta de la magnitud de todas las conductas de alto riesgo para la juventud, desde el consumo de sustancias psicoactivas hasta la sexualidad indiscriminada bajo efectos de alcohol y drogas hasta la desesperante sensación de vacío y de sinsentido. Los adultos creemos, utópicamente, que los adolescentes la pasan bárbaro, que es la etapa de la vida despreocupante, exultante, pero detrás de esto yace mucha angustia, desorientación y sufrimiento. Creo que hacen lo que pueden. Como adultos debemos retomar nuestra función de educadores. Y desde lo académico no se trata solamente de enseñar contenidos sino también, y fundamentalmente, herramientas humanas para la vida. Que pasar por la juventud no signifique pagar un alto precio para el resto de sus vidas, y esto tiene que ver con adicciones, paternidad no deseada, altos riesgos en cuanto a la integridad física, emocional, sexual, etcétera.

Entonces son muchos desafíos.

Creo que estamos ante un enorme desafío de reaprender, reeducar y concientizar de que en muchos caos el bagaje sociocultural que traemos ya no está vigente y que ya no está permitido en nuestra realidad y contexto institucional ni social.

La Comisión es un recurso y busca plantear y abordar que si bien en esta institución hay personas, como en tantas otras, que tengan ciertos prejuicios, en el contexto institucional académico no está avalado ni permitido. Sería utópico pensar que en el corto plazo vamos a poder cambiar una herencia de años marcada por el sesgo de género, pero confiamos en la capacidad de todos los que integramos la UCC de que esto es posible.

Claro, porque esto es parte de la educación.

 Exacto. Nuestros alumnos hoy son los profesionales de mañana. Más allá de la excelencia profesional queremos que sean personas de bien. Es un momento favorable para comenzar a hablar, puede que incómodo también y delicado. Pero los estudiantes ya tienen otra mirada y conciencia sociopolítica. Significa, para los que hoy no somos «jóvenes», en un rol responsable de educador, un aprendizaje, empezar a reflexionar y adquirir una apertura frente a los cambios políticos y sociales. Son los objetivos o logros a los que aspiramos.

Fuente: Universidad Católica de Córdoba

El Colegio del Salvador recibió a los alumnos del Programa de Intercambio

El pasado 6 de junio, el Colegio del Salvador recibió a  Ben, Marc, Tomas, Greyson, Philippe, Brendan y a Mr. Dacque Tirado del colegio jesuita Georgetown Prep- Washington DC.

En las semanas subsiguientes llegaron más alumnos, provenientes del Boston College High School y del Loyola High School, ambos colegios jesuitas de Estados Unidos.

Los participantes del intercambio con los colegios jesuitas de Estados Unidos, vivieron este mes la experiencia de compartir culturas, vivir en casas de nuestras familias, clases de distintas materias y acciones de servicio comunitario.

Este programa de Intercambio se viene llevando a cabo desde hace más de 10 años.

Fernandez Techera SJ sobre los Cambios en la Universidad Católica del Uruguay

El P. Julio Fernández Techera SJ, actual rector de la Universidad Católica del Uruguay, habla de los cambios operados en la UCU con el objetivo de adaptarla a los cambios de la sociedad y el tipo de profesionales que esta requiere hoy.  El video fue emitido por la Oficina de Comunicación de la Conferencia de Provinciales de América Latina y el Caribe (CPAL).

Por Julio Fernández Techera SJ

*desgrabado

El proceso de transformación en la Universidad Católica del Uruguay estuvo motivado por que nos dábamos cuenta de que el modelo tradicional de formación de profesionales, no se adaptaba a la realidad. Necesitamos profesionales mucho más versátiles, mucho más capacitados para dialogar con otras profesiones, con otros ámbitos… El modelo tradicional que teníamos no funcionaba de esta manera. ¿Cuál es el modelo tradicional? El modelo napoleónico típico, en el que cada facultad es, de alguna manera, un pequeño reino que tiene todas las cosas necesarias: las carreras, los departamentos, las revistas, los investigadores propios de la profesión para la cual forman.

A su vez, el gobierno central se encarga de la coordinación general de esas facultades.

Esto nos hacía perder muchísima riqueza porque pasar de una facultad a otra era complicado, tomar cursos de otra facultad era complicado. Entonces, la idea nuestra fue pasar de ese modelo Napoleónico a un modelo mucho más unitario donde invitamos al estudiante a vivir una experiencia que sea de toda la Universidad Católica. Donde el estudiante elige un programa académico que está en una de las cuatro o cinco facultades, pero que le permite tomar cursos de distintos programas académicos y puede aprovechar ciertos servicios centralizados de la universidad. Uno de estos servicios es, que en lugar de tener un centro de innovación y emprendedurismo para cada facultad, tenemos un centro que llamamos Ítaca para toda la universidad.

Empezar a Diagramar un Proyecto Común

Hoy, en el centro de innovación y emprendedurismo Ítaca, hay alumnos de ciencias de la salud, de comunicación, de ciencias humanas, además de alumnos de empresas y de las ingenierías que trabajan entre sí. ¿Cómo se logró esto? Para empezar, sacando estos departamentos de las facultades y poniéndolos bajo la égida de la Vicerrectoría de Innovación e Investigación. Esto significó unificar criterios sobre cómo se organiza un departamento, sobre la carrera académica (que no dependiera de cada facultad como pasaba antes); unificando la gestión de las revistas: que ya no fuese por facultad sino que, aunque tuvieran distintas temáticas, tuvieran una administración general. Al mismo tiempo, los posgrados que estaban en las facultades, salieron de ellas y se formaron dos escuelas de posgrados. Una es la Bussiness School y la otra que es la escuela de posgrados, donde están los demás cursos de Maestría que ofrece la universidad.

Cambiar la el modo de ser Universidad

Una vez que cambiamos la estructura, empezamos a construir una cultura nueva que optimiza los recursos académicos pero también los económicos y edilicios de toda la universidad. Ahora tenemos una ‘interrelación’ entre todos muchísimo mayor que la que había antes; pero que aún está lejos de lo que queremos llegar a lograr.

El objetivo de fondo es que la ‘Experiencia UCU’ que hagan los alumnos los 4 o 5 años que pasen allí sea humana, integral, a la que se suman otros servicios que ofrecemos, como el pastoral, los asuntos estudiantiles, el arte, etc.

El cambio también se expresa en el modo de ‘gobierno’ de la universidad. En el modelo anterior, los decanos se reunían con el consejo directivo sólo 2 veces al año. Hoy, esos decanos están integrados al consejo directivo que se reúne semanalmente, y son, junto con los Vicerrectores, el Equipo Directivo de la Universidad.

Juntos hemos pensado. Juntos hemos discutido. Juntos hemos generado esta cultura nueva de la UCU. Además de que, conociéndose ellos pueden compartir aún más su experiencia.

Esto mismo lo estamos haciendo con los directores de los programas de grado, de postgrados, de departamentos, que antes no se conocían… no tenían ninguna relación porque estaban en esas unidades semi-independientes que eran las facultades.

Historias Reales de vida

Cecilia Duarte, integrante del Servicio Jesuita al Migrante (SJM), nos cuenta de este proyecto que se inició en San Miguel, Provincia de Buenos Aires, hace seis años, a modo de prueba. Como los resultados y la recepción del mismo fueron muy positivas, se fueron multiplicando a más instituciones Educativas.

Por Cecilia Duarte

El Proyecto Historias Reales de Vida surgió hace 6 años. La idea básica es que los chicos conozcan la historia de vida de un migrante: que salgan a entrevistar y ahí se acerquen a conocer cuáles son las causas por las que salieron de sus países y vinieron a Argentina; qué cosas extrañan de sus lugares… sus historias, con todo lo que ellas traigan.

La primera instancia del proyecto es una charla, en la que se intenta introducir a los alumnos a la siguiente idea: una persona es una construcción, que sea va haciendo a través de lo que vive; y que, por esto, es imposible conocer a alguien sin conocer su historia. Sin embargo, estamos muy acostumbrado a señalar, hacer suposiciones y dejarnos llevar por ‘prejuicios’ asumiendo, sin conocerla, que una persona es de determinada manera.

Esta primera instancia comienza con una dinámica, tras la cual definimos qué significa el término ‘migrante’, los problemas a los que se enfrentan cuando se van a vivir a otro país o provincia y cómo entra en juego ahí, el SJM. Al finalizar esta presentación, los invitamos a participar del proyecto.

El proyecto está dirigido a alumnos del penúltimo año del secundario y se enmarca en una asignatura llamada ‘Cultura, Comunicación y Sociedad’. Después de la charla introductoria, los chicos trabajan durante dos meses en el marco teórico de la migración, la movilidad humana, etc. con los profesores de la asignatura. Ahora, en algunos colegios, van trabajando el proyecto en más de una materia, por lo que lo abordan de manera transversal e integrada.

Una vez realizadas las entrevistas a través de las que los alumnos conocen la vida de una persona que ha tenido que migrar, puedan contarla de manera creativa. Algunos hacen videos, poemas, se han escrito canciones, pintado murales, esculturas, maquetas. Esta producción se realiza en grupos de 5 personas y la van acompañando los profesores durante 2 meses. Una vez finalizado ese tiempo, los cursos de los colegios que participan eligen a un o una representante por curso, a quienes el Servicio Jesuita con Migrantes convoca a un Coloquio en el Colegio Máximo de San José (en San Miguel). Allí, los chicos comparten la experiencia de haber trabajado en el proyecto y sus producciones grupales. Para la ocasión, se convocan a especialistas en el tema de migraciones que les hacen una devolución.

El intercambio que se genera ese día es muy rico. Porque la mirada de los alumnos va cambiando a medida que transcurre el proyecto. Y al poder compartir esta visión con personas de otros cursos, otros colegios y gente que ni siquiera conocen, se genera un ambiente en el que esa riqueza se multiplica.

Este proyecto es el resultado del trabajo de varias personas, que se sentaron en un inicio y que posteriormente fueron participando y sumando un enfoque distinto que llevó a que hoy la propuesta sea la que es. Tanto miembros del Servicio Jesuita con Migrantes, personas externas al SJM, y profesores que se han comprometido con el mismo y que animan a los estudiantes a realizarlo.

En San Miguel no lo hicimos inicialmente con todos los colegios, sino que fuimos probando cómo era la receptividad de la propuesta. Hoy, lo realizamos en los 5 Colegios Parroquiales de San Miguel y otros 3 que no son Parroquiales, pero en los que trabajan profesores de los colegios parroquiales y nos pidieron que acercáramos la propuesta. Además, este año se sumaron, fuera de San Miguel el Colegio del Salvador, de Buenos Aires; y el Instituto Sagrada Familia, de Córdoba.

La Misión de Ser Puentes

Para Cecilia Duarte, quien forma parte del Servicio Jesuita al Migrante desde hace años, el proyecto es parte de la función que le atribuye a esta obra de la Compañía de Jesús: “creemos que tenemos la misión de ser puentes entre la gente que llega y la gente de acá. Queremos promover en los jóvenes una cultura de la hospitalidad, del encuentro, de acogida del que viene”.