Dónde Encontrarse Hoy con Jesús

Un texto que enumera e invita a reflexionar sobre los ‘lugares’ y actitudes que son hoy punto de encuentro con Jesús.

Por Pedro Trigo SJ

Después de resucitar, Jesús de Nazaret sigue llamando discípulos para compartir su vida y proseguir su misión. También a nosotros nos llamó. Pero la situación es distinta. Como dijo el ángel a las mujeres, “Jesús no está aquí” (Mc 16,6), no está en este mundo. La diferencia entre la resurrección de Jesús y las demás que él obró estriba en que las otras consistieron en una vuelta de la persona a esta vida. Por eso los resucitados volvieron a morir.

En cambio, Jesús fue resuci- tado por su Padre a una vida nueva: vive humanamente la misma vida divina en el seno de la comunidad divina. De ahí, la súplica ardiente de las primeras comunidades: “ven, Señor Jesús”. Los cristianos nos sabemos dirigidos al encuentro con Jesús, por eso no tenemos aquí morada permanente. Entonces ¿cómo estar con él, si él no está aquí?

Hay que reconocer que a los cristianos no se los forma para que vivan su cristianismo en la comunidad cristiana, para que se hagan cristianos en ella ayudándose unos a otros. Pero, si está abierta a los pobres, la comunidad cristiana está capacitada para abrirse con todo el ser y recibir a Jesús.

Por eso se imponen estas preguntas: ¿quién está hoy con Jesús? ¿Cómo se está hoy con Jesús? Éstas son las preguntas de quienes quieren estar siempre con él para ser así auténticos enviados suyos.

Los sacramentos de Jesús son cuatro y van en orden porque cada uno es puerta para el siguiente

Primer sacramento de Jesús

El primero se da independientemente del conocimiento que se tenga de la persona histórica de Jesús de Nazaret y por eso todos tienen acceso a él. Está expresado en el mensaje de Jesús a través de la representación del juicio final, que trae Mt 25. Lo que se haga o deje de hacer a los pobres (hambrientos, sedientos, gente sin ropa, enferma, encarcelada o inmigrante) se hace o deja de hacer a él. De eso depende la suerte eterna.

Así pues a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la primera respuesta, una respuesta absoluta, es: quien ayuda a los pobres. Por tanto también se puede decir que quien hoy no ayuda a los pobres, no está con Jesús. Esto se aplica tanto a creyentes como a no creyentes, o a creyentes de cualquier religión; se aplica universalmente. (…)

Hay, sin embargo, una diferencia respecto del tiempo de Jesús: es la movilidad social basada en el desarrollo de los medios productivos. En tiempo de Jesús un pobre muy frecuentemente lo era durante toda su vida y debía ser ayudado siempre. Por eso la importancia de la limosna. Sin embargo hoy, sin descartar de ningún modo este tipo de ayuda, la ayuda más decisiva es la capacitación inicial y laboral y proporcionar empleo y seguridad social. Luchar por todo eso es de modo eminente ayudar a los pobres ya que es posibilitarlos que dejen de serlo.

Segundo sacramento de Jesús

El segundo sacramento es el de la comunidad cristiana: donde dos o tres se reúnen en su nombre, Jesús está en medio de ellos (Mt 18,20). En medio no es un lugar, por ejemplo, el centro. Recordemos que no está aquí. En medio es en lo que los media. Él está entre nosotros. Si entre nosotros no hay nada, porque cada uno estamos al lado del otro, pero sin ningún lazo que nos una, no hay comunidad, no está Cristo. Pero tampoco está en cualquier lazo. Si los lazos son cerrados, si no están abiertos estructuralmente a los pobres, no hay comunidad cristiana sino comunidad de carne y sangre, espíritu de cuerpo. Podremos entendernos muy bien y estar muy a gusto entre nosotros, pero entre nosotros no está Jesús.

(…) Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la segunda respuesta es: quien vive en una comunidad cristiana, es decir, en esas relaciones mutuas, abiertas estructuralmente a los pobres.

Hay que hacer notar que en su nombre no se refiere sólo a los cristianos. Nombre en la Biblia alude a la realidad de la persona que es llamada así. Por tanto reunirse en nombre de Cristo es convocarse para proseguir su misión, que es hacer de este mundo el mundo fraterno de las hijas e hijos de Dios. Jesús está entre los que se unen para luchar solidariamente por la justicia, por la inclusión de los pobres y los diferentes, para conseguir que haya más vida y que sea más humana. Así pues, Jesús está entre quienes prosiguen su misión con su mismo Espíritu.

Tercer sacramento de Jesús

El tercer sacramento es el de la palabra de Dios, sobre todo los evangelios, que son su corazón, cuando se la escucha discipularmente, es decir, abriéndose de corazón a ella para que dirija la propia vida. La Biblia no es Palabra de Dios cuando se la estudia o cuando se la lee para que confirme decisiones tomadas. No lo es porque la relación es de un sujeto a un contenido. Pero cuando la comunidad se abre con sinceridad, porque no quiere oír lo que la halaga o la confirma sino lo que su Maestro tenga a bien decirle, entonces es Jesús el que se hace presente en la Palabra. Lo es porque la relación es de sujeto a sujeto: del Maestro y Señor, a los discípulos.

Como la palabra pertenece a otra época y cultura, exige una mediación. Por eso la lectura tiene dos momentos: en el primero la comunidad o el discípulo se trasladan a Palestina y al tiempo en que sucedieron los acontecimientos y los contempla amorosamente, empapándose por connaturalidad de la mentalidad, de las actitudes, del modo de relacionarse de Jesús. Esto requiere de mediaciones para contemplar realmente la escena, para que sea ella la que se vaya abriendo y dando de sí y no la comunidad la que se proyecte en lo leído. Después regresa adonde está reunida y se pregunta qué le ha querido decir el Señor.

Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la tercera respuesta es: el que escucha la Palabra, sobre todo los evangelios, como discípulo, contemplándola para dirigir con ella su vida y para que ella le dirija cada día su misión. (…)

Cuarto sacramento de Jesús

El cuarto sacramento es el de la Cena del Señor. Jesús se nos entrega en el pan y el vino como verdadero alimento para que, recibiéndolo y viviendo de él, podamos hacer nosotros lo mismo, es decir, para que podamos entregar a los demás esa vida que él nos dio. Comulgando así, tiene pleno sentido celebrar la Cena del Señor, celebrar su vida entregada y entregada la noche en que lo iban a entregar a la muerte, entrega amorosa de sí venciendo del odio de los jefes que lo iban a matar, de la traición de un discípulo, de la negación de otro, del abandono de todos.

Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la cuarta respuesta es: quien lo recibe en la Cena del Señor, abriendo todo su corazón para que Jesús tome posesión de todo su ser y lo capacite para hacer él lo mismo: para entregarse a los demás como su Maestro; más precisamente, para entregar a los demás esa vida recibida de él.

La comunidad cristiana estructuralmente abierta a los pobres, que se lleva mutuamente en su fe, en su amor fraterno y en su vida cristiana, que se reúne para que la Palabra, sobre todo los evangelios, lea sus vidas y marque su misión, está máximamente capacitada para abrirse con todo el ser y recibir a Jesús en el pan y el vino y dar a los demás esa vida de Cristo recibida, haciendo lo mismo que él en su nombre.

No es ocioso, sin embargo, preguntarse si celebramos la Cena del Señor en este sentido preciso o un acto de culto, un sacrificio ritual como lo hacían las religiones contemporáneas a Jesús, como lo hacía concretamente el judaísmo hasta la destrucción del templo, como lo hacían en Indoamérica tanto las religiones campesinas como las religiones imperiales. Parecería que para la mayoría la Eucaristía no es la Cena del Señor sino un rito que celebra el cura, a petición de interesados, para que interceda por ellos o más todavía por sus familiares difuntos, o para que dé gracias por algún acontecimiento.

¿Por qué la llamamos la Cena del Señor? Porque la hacemos por encargo suyo y para hacer memoria de él, porque nos convoca su Espíritu y sobre todo porque en ella él se hace presente y se nos entrega como alimento para que, viviendo de él, hagamos nosotros lo mismo: prosigamos su historia y su misión. Al comulgar todos de él, al vivir todos de la misma vida, nos hacemos cuerpo del Señor, parte unos de otros, verdaderos hermanos en Cristo y nos comprometemos a expandir esa fraternidad universal.

Para comprobar si realmente celebramos la Cena del Señor habría que preguntarnos por sus frutos, porque, como dice Pablo a los corintios, se pueden poner los signos sin celebrar la Cena del Señor. ¿Es suficientemente visible que vamos viviendo progresivamente la vida de Cristo y que por eso cada día vivimos un poco más entregando esa nuestra vida a los demás, desde el privilegio de los pobres y acogiendo a los tenidos como pecadores?

Teología Hoy

La misericordia en San Francisco de Asís

La experiencia de la misericordia en el proceso de conversión y la opción de vida que hizo un hombre tan conocido y admirado: San Francisco de Asís.

Por Mikel Hernansanz, OFM

Otoño de 1226. Asís. Francisco es trasladado a su ciudad natal desde Siena, donde ya los médicos de la época apenas han podido hacer nada por él. Prácticamente ciego a consecuencia del sol ardiente que sufrió en Damieta, cuando trató de reconciliar al sultán de Egipto con las huestes cristianas. Apenas unos pocos días antes de su muerte, pidió a un hermano que escribiera los trazos gruesos de una vida que comenzaba a apagarse, como si quisiera acudir más ligero al encuentro con su Señor, tan deseado por él. Aquel escrito, biografía y testamento, comienza precisamente así:

“El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, la gracia de comenzar a hacer penitencia: Cuando estaba todavía en pecados, me parecía extremadamente amargo ver leprosos; pero el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después esperé un poco y dije adiós al mundo que había vivido hasta entonces”.

Francisco de Asís no conquista la misericordia, más bien se encuentra con ella, la recibe, “es conducido” hacia ella. Su camino no iba en esa dirección. Es verdad que momentos como el que Francisco recoge en este texto no se improvisan. Atrás queda una búsqueda ardiente por parte de un hombre al que se le han caído todos los sueños. Ni logró ser un gran caballero, ni triunfó como hijo de comerciante en Asís, ni gozó de una salud de hierro. La misericordia brota en Francisco en una situación de rompimiento. Derrotado en la batalla de Perusa, enfermo, encarcelado, comienza un camino que va “de insatisfacción en insatisfacción”, de “búsqueda en búsqueda”. En este mismo relato recuerda Francisco el desconcierto de aquellos tiempos: “Y nadie me revelaba qué tenía que hacer”hasta que la misericordia de Dios se coló por las grietas de su fragilidad vital.

Dos hechos se van a convertir en las luces que alumbrarán toda su vida: el encuentro con el Cristo de la pequeña ermita de san Damián y este otro encuentro que acabamos de referir, con el leproso. Variaciones sobre un mismo tema: la misericordia recibida y la misericordia practicada.

En el encuentro con el Crucificado de san Damián (1205), Francisco comienza a abismarse de la misericordia inabarcable que Dios ha tenido con sus criaturas. Un Dios que se encarna en Belén y que va a la cruz por nosotros es algo que a Francisco le pasma y que, durante toda su vida, no dejó de sorprenderle hasta dejarle sin palabras. Y este asombro incontenible será el origen de todos sus poemas, de sus cantos de alabanza, de su hermanamiento con toda la naturaleza, de su tarea de reconstruir iglesias, de reparar la Iglesia, de su pobreza amada. Cruzará dos palos en forma de violín para cantar semejante derroche de misericordia. Quizá fue esta luz la que permaneció encendida en los momentos en los que las cosas se le pusieron muy negras en su vida y en la vida de los hermanos. Que, ciertamente, los hubo.

El otro encuentro, el del leproso, sucedió ese mismo año. Y fue la chispa que prendió todo el combustible que su larga búsqueda iba almacenando en su interior. Francisco habla de un “antes” y un “después”. Aunque todo fuera asentándose poco a poco. Habla de que lo “amargo” de antes se le volvió ahora “dulzura del alma y del cuerpo”. Y en medio, un Dios que le fue condiciendo hacia aquel beso que Francisco dio a un leproso anónimo, en las afueras de Asís. ¡Aquel beso! La misericordia recibida se le tornó en misericordia practicada, concreta, encarnada.

Francisco recuerda muy bien aquel beso. Porque marcó el arranque de lo nuevo en su vida. “Practiqué misericordia” recuerda. La misericordia cambió sus sentidos (lo amargo se hizo dulce), cambió sus valores (animando a sus hermanos a “gozarse, cuando conviven con personas socialmente viles y despreciables, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos del camino”), cambio su modo y lugar de vida (“no sólo acudió a ayudarles sino que comenzó a morar entre ellos”). Descubrió bajo los harapos del leproso a una persona tan frágil como él, tan “bienamada” como él. Descubrió bajo su fragilidad la debilidad que Dios siente por sus hijos vulnerables. Descubrió la misericordia y, desde entonces, su deseo no fue otro que tratar de acogerla, agradecerla, cantarla y ponerla en práctica.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Nueva Propuesta de Ejercicios en la Vida Cotidiana

Las propuestas para acercarse a la espiritualidad ignaciana se multiplican a lo largo y ancho del mundo. No sólo por su expansión geográfica, sino también por su modo adaptación al estilo de vida actual, ayudando a las personas a, verdaderamente, ‘encontrar a Dios en todas las cosas’.

Desde hace unos años en España se extiende una nueva manera de hacer los Ejercicios en la vida ordinaria: los Itinerarios de Iniciación y Profundización en la experiencia de Dios. Su objetivo es ayudar al ejercitante a hacer la experiencia del encuentro y unión con Dios en la propia vida. Los Ejercicios son escuela de oración: con esta nueva manera la experiencia se hace más profunda y fructífera y repercute más en la vida personal y comunitaria del ejercitante.

Unas 1100 personas los han seguido durante este año en España. Esta nueva manera de hacerlos no es exclusiva de la Compañía de Jesús, algunos sacerdotes y religiosas ya la han puesto en marcha en sus diócesis y plataformas apostólicas, y además de presencial, también se puede realizar online.

Para sus impulsores la novedad de los itinerarios es que ayudan “a buscar una espiritualidad que no aísle del mundo, sino que ayude a vivir en él”. De esta manera “desde la espiritualidad ignaciana y partiendo de la realidad de la persona, ésta experimenta, por una parte, que la oración transforma la vida y, por otra, descubre que hay una nueva manera de mirar, oír, tocar gustar y sentir. Descubre que nos lo jugamos todo en lo cotidiano, en las relaciones de familia, en el trabajo, en la relación con los amigos…en nuestra manera de estar en el mundo”.

La experiencia de los guías.

Para Reyes Terry, coordinadora de los Itinerarios en Sevilla, quienes se acercan son “personas que buscan a Dios, que quieren experimentarlo en sus vidas y tratan de responder a la invitación que Jesús nos hace en medio de los quehaceres cotidianos: rema mar adentro”. Los grupos presenciales, nos dice, “no son grupos para aprender a rezar, ni de reflexión, ni siquiera de oración. Son algo más. Son Ejercicios Ignacianos inspirados en los Ejercicios que daban San Ignacio y sus primeros compañeros y tienen un claro objetivo, alcanzar la experiencia personal de una relación con Dios”. Para ella, “el papel del guía es fundamental, propone pautas para la reunión de grupo y enmarca la materia de la semana. Escucha, anima, alienta y ayuda a reconocer la presencia de Dios”.

Origen y evolución

Este proceso comenzó el curso 1999-2000 en el Centro de Espiritualidad jesuita de Salamanca donde se empezaron a elaborar y practicar los primeros Itinerarios. En total son 5 itinerarios que se pueden realizarse en unos siete años.

Para hacer los presenciales se forman grupos de unas 8 personas. Una vez a la semana se reúnen y, dirigidos por un guía, analizan cómo les ha ido la semana, cómo han seguido los ejercicios de oración propuestos.

Las Carpetas que contienen los ejercicios propuestos son editadas por la Editorial Sal Terrae, actualmente del Grupo de Comunicación Loyola, se están traduciendo al euskera, al portugués, al vietnamita y se muestra interés en Estados Unidos para hacerlo al inglés.

Un día, los promotores de esta iniciativa se preguntaron por qué no llevar los ejercicios espirituales a nuevos destinatarios en internet, aprovechando los recursos de los Itinerarios. Hace dos años comenzaron a ofrecerlos desde una plataforma Moodle donde los ejercitantes se descargan cada semana sus ejercicios. Para acompañar la experiencia, en lugar de contrastarla con un grupo, se tiene una entrevista semanal por Skype con el acompañante.

Esta modalidad online la siguen unas 90 personas, un tercio de ellas desde Latinoamérica.

Fuente: InfoSJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 7 de Agosto

Evangelio del domingo – Lucas 12, 32-48.

Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón. Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.

El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más”.

 Reflexión del Evangelio – por Maximiliano Koch SJ

Vivir el camino que Jesús nos propone, en algunos casos, puede ponernos de cara a muchas incertidumbres e incomodidades.

 A nosotros –que nos gusta gozar de las cosas buenas de la vida- se nos pide que nos preparemos y nos mantengamos en vela, a la espera de un “novio” que vendrá en algún momento de la noche. Es más: se nos pide que renunciemos a los proyectos de ser dueños y señores de nuestras vidas para ponernos en el lugar de servidores y administradores de los bienes de Otro. Debemos despojarnos de nuestro yo para dejar que sea Otro quien entre en nuestras vidas. Ni siquiera podemos controlar el tiempo en que vendrá, puesto que irrumpirá cuando menos lo esperemos.

 El mensaje resulta tan incómodo que no es fácil incorporarlo, sobre todo cuando resuenan palabras como: “vendan sus bienes y denlos como limosna”, porque “allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón”.

Deberíamos reconocer sin más que, en lo secreto –y no tan secreto-, dudamos que esto sea realmente así, que sea esto lo que el Señor nos pide. Ciertamente nos sentimos más cómodos con textos en los que Jesús nos regala su paz o nos llama “amigos” sin pedir nada a cambio. Pero, en este caso, Jesús resulta tan insistente que no podemos “esquivar el bulto”: a lo largo de su relato ha puesto tres imágenes –la del servidor a la espera del novio; la del dueño de casa que no sabe a qué hora llegará el ladrón; y la del administrador fiel y previsor- para decirnos algo que contradice nuestro estilo de vida posmoderno, repleto de búsquedas de seguridades económicas y sociales.

Creo que este texto suscita temor e intranquilidad porque pensamos que todo lo que Jesús nos pide, es una condición para merecer su amor, para alcanzar la salvación. De hecho, ha sido Él mismo quien cuestiona dónde tenemos puesto nuestro corazón y la alternativa no parece permitir escapatoria: está junto a Dios o está junto al mundo.

Pero es el mismo texto el que ha anticipado una respuesta. Ha comenzado diciendo una frase que pasa desapercibida, pero que da verdadero sentido a todo lo que se menciona posteriormente: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”.

Bajo este horizonte, todo lo que ha dicho Jesús sale de la órbita de las obligaciones y condiciones: nada tenemos que hacer para merecer a Dios. El Reino ya se nos ha dado porque Él lo ha querido y lo ha hecho gratuitamente. Dios habita entre nosotros y nuestras actitudes –aun las que se alejan de su proyecto- no cambiarán este hecho. Por lo tanto, no necesita que nos despojemos de todo ni seamos simples servidores o administradores como condición de su oferta: sólo pide que acojamos los regalos que nos ha hecho. Nuestro amor, nuestro lugar como servidores que confían en su Dios, se transformará en una respuesta ante lo que ya se nos ha dado.

Quizá sea esto lo que quiebra nuestra forma de pensar porque, ¿cómo se nos puede regalar algo bueno sin una doble intención? Y, sin embargo, Jesús ha insistido por activa y por pasiva que el “Reino de Dios está aquí”, animándonos a que lo experimentemos.

Para hacerlo, para acoger lo que Dios nos ofrece, serán necesarias actitudes profundas y no siempre sencillas, tal como nos advierte el texto del Evangelio:

  • Como aquél que se atreve a vender todos sus bienes, tendremos que vivir con la despreocupación de quien sabe que ya lo ha recibido todo: su esfuerzo y voluntad no son necesarios para alcanzar el Reino;
  • Como aquél que se reconoce como administrador y no como dueño de la propiedad, tendremos que vivir sin la apetencia de apropiarnos del mundo, objetos y personas, sino con la conciencia de ser servidores y seguidores de aquél que se inclinó a lavar los pies de sus amigos;
  • Como aquél que se atreve a servir al novio, tendremos que vivir según sus tiempos, trabajando por mantener la casa limpia y la comida caliente, pero sabiendo que la fiesta sólo estará completa cuando él abra la puerta.

Acoger el Reino que se nos ofrece tiene una profunda recompensa: Jesús nos ha asegurado que Él mismo “recogerá su túnica, nos hará sentar en la mesa y se pondrá a servirnos”. Sólo basta que pongamos nuestro corazón al lado del suyo.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Reflexión del Evangelio – 31 de Julio

Evangelio según San Lucas 12, 13-21.

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.

Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.

Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

 Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

“Y dijo a la gente: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…”

Reflexión – Por Julio Villavicencio SJ

El Evangelio del domingo nos invita a regresar sobre lo importante.

Cuento un caso que me paso no hace mucho con un habitante de la calle que tengo el honor de ser su amigo. Hacía muchos días que no lo veía, y un día reapareció. Charlamos un rato y realmente la había pasado muy mal. La vida en la calle es ciertamente muy dura, y uno está expuesto a toda clase de cosas. Entre lágrimas y abrazos él me dijo algo que me impactó, me comentó que estuvo varios días con la idea de suicidarse, de tirarse debajo del Transmilenio (transporte público de la ciudad de Bogotá). Ya sabía incluso en que lugar lo iba a hacer y todo. No se lo había contado a nadie porque no quería que lo detuvieran.

No sé bien lo que pasó con él, pero algo pasó por su cabeza y tuvo que ver con una iglesia a dónde él pasaba para rezar. Algo en una de esas visitas le hizo sentir, pensar, creer, todo junto, que no podía perder la esperanza en Dios. “Hermano, no puedo perder la esperanza en Dios. Si yo que no tengo nada, de nada, pierdo la esperanza en Dios, no me queda nada”. Por dentro yo pensaba, ciertamente que si Carlos pierde la esperanza en Dios, no le queda absolutamente nada a qué agarrarse o aferrarse. Perdió a su familia, no tiene casa, la vida lo despojó de proyectos y el dolor le ha marcado con un vició con el cual tiene que lidiar todo los días de su vida. En verdad, si Carlos pierde su esperanza en Dios, ha perdido lo único que le quedaba, todo.

En el fondo, me quedé pensando que esto es así para cualquiera de nosotros.

Todo lo que hemos construido depende de Dios. Ésta es la base, el horizonte y lo que nos envuelve. Al final de cuentas, aquello que Carlos había experimentado con un realismo brutal, es la verdad de todos nosotros. Si perdemos la esperanza en Dios, no nos queda nada. Pero tenemos una ceguera, esta tiene que ver con que nosotros no somos como Carlos. Tal vez tenemos un montón entre lo que tenemos y la esperanza en Dios. Tenemos casa, familia, amigos, dinero, proyectos.

Tenemos tanto entre la vida que vivimos y aquel hilo que sostiene todo lo que somos, que tal vez perdemos esa conciencia. Y ahí es donde comenzamos a poner nuestra vida dependiendo de nuestros bienes, de aquellas cosas o personas que nos pertenecen o creemos que nos pertenecen. A veces creemos que no solo las cosas materiales nos pertenecen, también las personas. Entonces no nos despedimos de las personas cuando mueren, las perdemos (como si alguna vez hubieran sido nuestras).

No animamos a los hijos a hacer sus caminos, los queremos siempre a nuestro lado. No aceptamos la ruptura en alguna relación que ya no iba más, sino que entendemos que hemos perdido a esa persona. Y así, nuestra vida está tan llena de “bienes” que nos hacen sentir bien, que creemos que ahí está puesta nuestra esperanza. Pienso que las personas en nuestra vida, y las cosas que vamos logrando y nos alegran el corazón son importantes, pero lo son porque nos transmiten la esperanza. La esperanza de que al final de todo, detrás de todo, está la esperanza de Dios. Y está ahí, en lo cotidiano, es lo que experimento en una caminata matinal hacia la universidad, es el sol cuando sale y me calienta las mejillas y recuerdo mi niñez en Mendoza. Es el abrazo de Carlos después de nuestra charla y su “gracias”. Son los mates compartidos con los compañeros jesuitas.

Finalmente, en el día de San Ignacio, de esto se trata de recibir el amor y la gracia de Dios como lo único importante. Es experimentar esta presencia y sentir “esto me basta”. Es el mensaje que encontró Ignacio y nos transmitió. El peregrino sabía que detrás de todo, está la esperanza de Dios y se decidió a encontrarla. Su horizonte fue “Encontrar a Dios en todas las cosas” y es lo que aún hoy, los jesuitas y las personas que nos acompañan en nuestra espiritualidad intentamos hacer, y sin darnos cuenta, Dios nos encuentra a nosotros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Misericordia y protestantismo

Así como hemos compartido material que nos permite conocer cómo se viven la misericordia en otras religiones no-cristianas, hoy la invitación es a conocer más de esta característica universal del Dios en que creemos y cómo se la concibe dentro de otras ramas del cristianismo.

Por Alfredo Abad Heras. Pastor de la Iglesia Evangélica Española (IEE)

¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso? (Martín Lutero)

Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.

Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios o Oecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.

Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.

Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.

Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio (reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino (reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.

Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen (1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.

Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana

Fuente: Entre Paréntesis

 

Hay en cada ser humano un aliado del bien perfecto

Quienes pertenecemos a ámbitos religiosos donde nos sentimos a gusto y se vive un alto nivel de identificación corremos el riesgo de cerrarnos en nuestro círculo y distanciarnos progresivamente de las instancias de encuentro con otro diferente. Quizás una cuestión para reflexionar de cara al modo que tiene Jesús de acercarse a la alteridad…

Por Miguel García-Baró

Debemos resistir a la tentación de conceder que, cuando se está inmerso en lo religioso, la capacidad de reflexión y de razonamiento disminuye muchísimo. Y es tentación fuerte, porque una y otra vez vemos que el tan habitual exceso de identificación de sí mismo con lo que se toma por el credo religioso de una comunidad impide argumentar. Impide, en realidad, escuchar lo que el otro dice. Simplemente es el Otro, y ya con eso basta. No habiendo de veras oído, no cabe realmente hablar en respuesta, sino vociferar o hacer gestos de rechazo y repudio.

Viene esto al caso de rememorar cómo se atrevía a pensar Edmund Husserl que volverse un hombre filósofo es darse a sí mismo un giro más radical que el que hay en una conversión religiosa; y viene también al caso de andar meditando el autor de estas líneas sobre el primer texto completo que nos ha legado la filosofía clásica de Atenas: el diálogo platónico que la tradición llama Hipias menor.

En estas pocas páginas se discute el más actual de los problemas, y con una profundidad y un sentido del humor y de la verdad que se echan de menos muy frecuentemente en el ensayo contemporáneo. El problema al que me refiero es el de la equiparación de todos los saberes; lo cual comporta la creencia de que en la vida no se dan misterios.

Lo primero que en Hipias menor se nos dice es que la cuestión de cuestiones es cómo vivir bien la vida, porque es evidente que podemos lograrla o malograrla. Lo segundo: que el aparente sentido común consiste sobre todo en una serie de afirmaciones y valoraciones rotundas que, en un principio, sumerge en su corriente a todo el mundo. Esta corriente tan poderosa –tercera enseñanza- cambia por completo de aspecto cuando alguien, en vez de dejarse llevar por ella, formula una pregunta de verdad, o sea, se para y hace que se pare de alguna manera el río de la vida diaria. Entonces las seguridades cotidianas se convierten en un errar de creencia en creencia, sin sitio en que detenerse. Ha intervenido la reflexión, es decir, el pensar sobre las cosas, en vez de darlas por ya pensadas y archisabidas.

El ejemplo socrático es contundente: todo el mundo cree saber justo lo más importante, es decir, en qué consiste la vida óptima. Todos dirán que lo realmente bueno es poder hacer lo que uno de verdad quiere, en el momento en que lo quiera (y ser capaz de repetir esta maravilla indefinida e infaliblemente).

El azar nunca proporcionaría la seguridad de no errar; tiene ésta que basarse en el saber. Ahora bien, el problema está en que los saberes nos dan la capacidad doble – y ambigua – de acertar siempre y, también, necesariamente, la de fallar siempre, si esto es lo que queremos. El mejor médico es el mejor envenenador, el mejor matasanos. ¡Que sane y no mate en cada caso concreto no lo debe a la medicina! Si el médico, además de buen médico, gracias a la medicina, es buena persona, empleará solo para el bien su arte.

El problema sube, pues, un nivel: hay que saber cuándo se debe querer hacer algo mal y cuándo no. Pero la dificultad se repite: todo saber parece que ha de serlo de los contrarios máximamente opuestos. Conocer cómo es la vida óptima coincidirá con conocer cómo es la vida pésima; y lo que es más grave: el mismo saber es el que interviene cuando se opta por una cosa o por la opuesta.

Y ¿qué mueve el optar? Si decimos que es un cierto saber, la paradoja surge de nuevo. Pero si decimos que esta opción es nada más que una capacidad, pero no un saber, entonces nos metemos en el temible problema de que los poderes son tanto mayores cuando permiten hacer algo mal adrede…

Solo queda abierta una posibilidad, por difícil que sea concebirla: que un último poder de nuestra existencia (o un último saber; o un saber que es también un poder) solo sea capaz de bien o solo sea saber del bien, sin saber ni poder el mal.

He ahí casi descubierto por la filosofía –o sea, por el argumento y el análisis de la vida tal como siempre es para todos– un último rincón de nosotros mismos, radicalmente secreto, que es, por así decirlo (con palabras inspiradas en Emmanuel Levinas y en Simone Weil), cómplice del bien perfecto. Algo más íntimo que nuestra intimidad.

No está mal como inicio de la historia de nuestra filosofía. Y no me digan que la filosofía no tiene nada que ver con la religión. Si me lo dijeran, regresaría a la primera línea de hoy.

Entre Paréntesis

 

La misericordia: “amor visceral”

Vivir la misericordia al estilo de Jesús es comprometerse desde lo más profundo con el dolor del otro y el propio. Y confiar en que Dios actúa también en esas realidades.

Por María Dolores López Guzmán

Es urgente. No hay tiempo que perder. Cada segundo puede ser decisivo. Muchas vidas en juego, un futuro diferente. La misericordia pide paso para ofrecer una alternativa en el modo de tratar la miseria humana. Existen otras opciones: pasar de largo ante la desdicha, hacer oídos sordos, mantenerse al margen, negar nuestra participación en lo que sucede, rebajar su importancia… Pero los pecadores, atrapados por las heridas que han causado, y los maltratados por multitud de causas, seguirán ahí, llamando a la puerta, apelando a nuestra humanidad… y a la de Dios.

Y el Señor ha respondido; porque no existe nadie más Humano que Él, con la misericordia. No se pone a cubierto ni se esconde bajo el silencio o la indiferencia a pesar de recibir constantes acusaciones de ser cómplice con su supuesto mutismo. Respondió de forma contundente hace algo más de dos mil años cuando vino, no para rechazarnos, sino para estar aún más cerca de nuestras debilidades haciéndose uno como nosotros, tan frágil como un niño.

Y responde ahora a través de aquellos que quieren participar de su obra y su vida, en su Cuerpo, convirtiendo las situaciones más desdichadas en su prioridad. Por eso, el papa Francisco nos recuerda que la misericordia no es una idea abstracta, sino una realidad tan concreta como el amor de un padre o una madre que se conmueve en lo más profundo de sus entrañas por el hijo al que tratan con ternura y compasión, indulgencia y perdón. “Amor visceral”, radical y entregado, presente en las situaciones más penosas (Misericordiae Vultus, n.6).

Dios actúa. Lo hace de múltiples maneras, todas ellas atravesadas por la misericordia. Que no es un atributo más que según las circunstancias unas veces aplica y otras no, sino que forma parte de su naturaleza. El Señor no puede no ser misericordioso. Él es así. Y el abrazo es la expresión que mejor condensa su significado; pero no uno de tantos que damos y recibimos en la vida cotidiana, como cuando saludamos a un amigo que no vemos hace tiempo, al despedirnos de un ser querido que ha venido a visitarnos, o para agradecer un regalo estupendo; sino aquel que se ofrece en los momentos en los que la persona está en situación de extrema necesidad, donde la miserabilidad se hace especialmente patente.

Esto sucede en dos contextos dramáticos: cuando el ser humano es acosado por la desgracia (consecuencia de enfermedades, muerte, paro, accidentes…); o bien cuando ofendemos (a otros y a nosotros mismos) y no nos atrevemos a mirar a la cara a nadie por miedo a que descubran en nuestros ojos lo que hemos hecho o deseado. En el primer caso, el abrazo es signo palpable de apoyo, cercanía, compasión, y sostén para que la persona no decaiga. Un “hombro en el que llorar” (nada fácil de encontrar, por cierto). En el segundo, es el símbolo del perdón. Quizás por ello lo empleó Jesús para explicar la maravillosa acogida del padre a su hijo pródigo en su regreso: conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente (Lc 15, 20).

La reacción del padre ante la miseria de su hijo no fue quedarse paralizado por su escandalosa e ingrata conducta; tampoco la palabrería inútil, ni el reproche continuo y legítimo por el daño que le había causado a él, a su hermano, a su casa, a su imagen o a su buen nombre. Fue la espera anhelante, los brazos abiertos huérfanos de contacto por la separación y la distancia que la ofensa había generado. El pecado no estaba en el centro de su mirada, aunque lo rechazara, sino en el regreso de aquel a quien tanto añoraba y que sabía perdido.

Una buena lección de lo que es el “amor visceral” y que nos recuerda que solo hay una cosa que puede impedir a la misericordia actuar, y es no confiar en que, de verdad, es más fuerte que el peor de los males que hayamos cometido. Para Dios no existen los imperdonables. La vuelta es la salida. Por eso lo que al Señor de verdad le importa es que anhelemos su abrazo aunque sea a través de las manos de los otros en esta vida.

Fuente: Entre Paréntesis 

 

¿De Dónde viene el Perdón?

Por Emmanuel Sicre, SJ

La realidad más loca, más difícil y contracorriente que ofrece el cristianismo es la posibilidad de un perdón infinito. Frente a la tendencia natural de todos los seres humanos de condenar para siempre, el Dios de Jesús ofrece un perdón definitivo. No resulta curioso que sea el meollo de la fe porque aún es un misterio que nos trae gustos y disgustos. Es decir, nos cuesta pensar que la persona que merece el peor de los castigos pueda ser perdonada. No entra dentro de la lógica de la meritocracia con la que crecemos, vivimos, nos movemos y existimos, parafraseando a San Pablo.

Los hombres somos muy poco proclives a perdonarnos, preferimos siempre el rencor y la venganza, al dar vuelta la página y ofrecer la mano. Así se cumple el viejo dicho: «Dios persona siempre, el hombre a veces, y la naturaleza nunca».

Sin embargo, no podemos negar en nuestra vida que hemos sido perdonados, desde las pequeñas travesuras de niños, a las andanzas de juventud, y a las más gruesas de la vida en vías a la madurez. Y, siguiendo la sensatez aguda del evangelio, a quien mucho ha pecado, mucho se le perdona.

Eso sí, resultan sorprendente dos cosas en principio paradójicas. Por un lado, que hemos sido perdonados en silencio muchas, tantas, incontables veces… Más de las que podemos imaginar. ¡Cuántos familiares, compañeros de trabajo, amigos, en silencio han preferido comprendernos ante nuestra fragilidad que condenarnos! Es el perdón invisible.

Por otro lado, no hay perdón que se dé si no se pide. Y aquí es donde más nos retobamos. Pedir perdón cuesta porque es reconocer el error, y en la sociedad del éxito eso es un fracaso. No nos entrenan para esto salvo contadas excepciones. (Y no hablo de quienes piden perdón por existir, que es un problema de otro orden). Es el perdón visible.

La fuente del perdón: el vínculo

Pero ¿de dónde viene el perdón? ¿Cuál es su vehículo? ¿Cómo fluye? ¿Por dónde transita su intensidad? Son preguntas que surgen cuando nos atrevemos a pensar en el perdonar, el perdonarse y el ser perdonado.

En verdad, lo primero que se puede constatar es que no hay perdón ni visible ni invisible sin vínculo. Y esto porque la energía regeneradora del perdón viaja por el canal que nos une a los demás, a Dios, a lo que hemos recibido en nuestra vida, y a nosotros mismos. Imaginemos, así, el perdón como algo que viaja por las venas.

Cuando el corazón reconoce la posibilidad del perdón (tanto de acogerlo como de darlo) envía una señal al cerebro recordándole su deber de hacerle espacio a este pensamiento, para que abra las arterias tapadas por las autodefensas y el narcisismo. Por esto sentimos el recurrente remordimiento sano de que hay algo que obstruye el vínculo creando un nudo.También caemos en la cuenta de cuánta distancia puede haber entre el corazón y el cerebro, entre nuestro cuerpo que pide a gritos liberación y nuestra cabeza acostumbrada a vivir en la ilusión de controlarlo todo.

La arteria que nos vincula con el mundo

Cuando se nos tapa la arteria que nos vincula con el mundo que hemos recibido nos volvemos un poco déspotas con la creación y nos adueñamos de la naturaleza pensando que está al servicio de nuestros caprichos. Es el momento cuando no nos duele ver cómo se deteriora el mundo por causa de nuestras acciones y omisiones.

También sucede que perdemos la memoria de las raíces y nos convertimos en un árbol volador. Entonces, nos volvemos arrogantes y despreciativos con los recuerdos de nuestra historia. Los olvidamos intencionalmente tratando de que no aparezcan porque nos molestan, cuestionan o entristecen. Perdemos el vínculo con el tiempo y el espacio generando una especie de ‘inmunidad diplomática’ de nuestra conciencia para que nunca visite esas zonas que no podemos perdonarnos ni dejar que entre el perdón que viene del buen Dios.

 Mother and teenage daughter giving each other a big hug.

Pero cuando el perdón logra atravesar el vínculo que nos une con la creación, con la historia y con el espacio que hemos recibido es que nos sentimos bien donde estamos en ese momento de nuestra vida. El aquí y el ahora se convierten en un espacio oxigenado y digno de ser habitado. Sentimos que no necesitamos nada más, que somos felices con lo que tenemos y no pedimos de más. Reconciliarnos con nuestra historia herida compuesta de lugares y momentos concretos no borra de la memoria las páginas oscuras pero las acepta como son con su función providencial dentro de la trama de nuestra vida, porque nos lleva a comprender que Dios anduvo caminando con nosotros por allí. Así nos sentimos parte de un todo mayor y encontramos nuestro lugar en el mundo.

La arteria que nos vincula con nosotros mismos

La arteria que nos vincula a lo que somos queda tapada y comienza en nosotros un proceso de autodestrucción, autoexigencia y desprecio propio. Es el momento ese cuando odiamos nuestro cuerpo, rechazamos nuestro carácter y sentimos sequedad en nuestro espíritu. Por eso muchas veces comenzamos a desconocernos y a sentir que no somos los de siempre, que algo nos ha velado la capacidad de autopercepción, como si se nos hubiese empañado el espejo. Fruto de muchos estándares no logrados de los círculos en los que nos movemos, y que hemos introyectado. No es fácil descubrir que no nos gusta lo que somos. Y como siempre se nos pega el ser con el hacer, nos cuesta perdonarnos lo que hacemos, y terminamos identificando que somos lo que hacemos.

Sin embargo, cuando se nos da la posibilidad de perdonarnos a nosotros mismos lo que somos, o dejamos que el perdón que viene del Buen Dios mediado en los que nos rodean avance, comienza un momento de autoaceptación hermoso. Nos damos cuenta de que al dejar fluir el perdón se regenera nuestra capacidad de amarnos de verdad, honestamente y sin el falso sentimiento de autoelogio. Descubrimos que somos como somos y que eso está bien, más allá de nuestras fragilidades. Cuando nos perdonamos a nosotros mismos sentimos que somos iguales a los demás y que los comprendemos mejor en sus flaquezas. Sentir cómo el bálsamo del perdón va reconstituyendo nuestra imagen hace que descubramos en el fondo de nuestro ser la imagen de Aquél por el que fuimos creados: Cristo Vivo.

La arteria que nos vincula con los demás

Esta arteria es la más compleja de considerar en algunos momentos de nuestra vida porque por ella circula la energía vital con la que nos movemos en el mundo. Sabemos que nadie vive realmente solo, porque las relaciones nos constituyen de tal manera como personas, que cuando alguien queda completamente solo, abandonado o marginado de su red de relaciones, se le congela su dignidad y muere. A menudo encontramos en nuestras ciudades personas abandonadas de los demás y de sí mismos tiradas en la calle. Bueno, ellos viven la realidad de que, sea por los motivos que sean y que nunca podremos reprochar del todo, se les destrozó su dignidad y por eso sus condiciones son no humanas. Sólo el vínculo de un amor paciente, servicial e incondicional que muchas personas solidarias ofrecen, puede hacer que vuelva a circular la dignidad de un perdón global que les devuelva la vida y los conecte con su función dentro de la creación. Mientras tanto, están ahí cuestionando nuestra capacidad social de perdón y amor a los que caminamos por la calle.

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Y en casa, en el trabajo o el estudio nos pasa algo similar. Dejamos que los rencores, los infantilismos y demás inmadureces nos congelen el vínculo con la persona en conflicto. Es cierto, hay daños que parecieran irreparables, pero también es verdad que, por el mero capricho de pensar que eso no puede ser perdonado, vivimos toda la vida encapsulando el veneno de la posible venganza, o de la autolamentación, e ingiriendo una cápsula diaria de dolor para no olvidarnos de que nos han herido. Con esto lo único que logramos es alimentar un cáncer espiritual que muchas veces se convierte en uno corporal que devine en muerte.

Pero cuando nos animamos a olvidar que lo importante no es nuestro ego herido, o nuestra imagen pertrechada, o nuestra omnipotencia infantil frustrada, sino el vínculo que nos hace dignos seres humanos en relación; todo toma otro color. Surge en nosotros la alegría de entrar conectar con quienes nos rodean. Florece la posibilidad de ser uno mismo sabiéndose aceptado de antemano. Se disuelven los nudos. Transitan las palabras de comprensión y mutua responsabilidad por la vida. Se respira el aire de la paz social. Se cumple la utopía más radical y necesaria: amarnos unos a otros.

La arteria que nos vincula con el Dios de Jesús

Finalmente, la arteria que algunos pueden pensar es la más importante. Pero me atrevo a decir que no. Todas están en la misma línea porque el modo en que nos relacionamos con el mundo, con nosotros mismos y con los demás es el modo en que nos relacionamos con Dios. Porque somos nosotros en tanto vinculares los que entramos en contacto con estas cuatro dimensiones constitutivas de lo que somos. Si alguien destruye la creación, no puede pensar que con Dios se relacionaría de una forma distinta porque las creaturas somos la respuesta a su Palabra creadora. Por lo mismo, si alguien siente odio de sí o a una persona, también odia a Dios porque él habita en cada uno de los seres humanos. En este sentido debemos sospechar de aquella relación con Dios que nos hace amarlo cada vez más a él y menos a los demás. Alguna fuga se está tramando en lo secreto.

Lo curioso del perdón que nos llega por esta arteria ligada al Dios de Jesús es que es un perdón incondicional, infinito y siempre renovable. No se agota. Al ser un don y no una fabricación, de este perdón podemos beber hasta los últimos segundos de nuestra vida. Porque nuestra condición de seres frágiles sólo puede ser sostenida por un perdón de estas características. Entonces, cuando caemos en la cuenta de la abundancia de amor que viene de esta fuente es que todos los demás vínculos se alimentan de allí. He aquí la fundamental retroalimentación de nuestras cuatro dimensiones.

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En efecto, el perdón toca desde estas cuatro puertas al corazón del la mujer y el hombre honestos. Desde la creación el perdón llama a reconciliarnos con el mundo. Desde nosotros mismos el perdón llama para que nos reconciliemos con lo que somos. Desde los demás el perdón pide permiso para crear fraternidad. Desde el Dios de Jesús el perdón llama como un médico que viene a curar las heridas.

Eso sí, al abrir algunas de estas cuatro puertas debemos tener presente que las demás estallarán dejando paso a un tiempo de esperanza y gozo que más de una vez le desearemos a aquellas personas que viven a nuestro alrededor.

 

La dificultad de ser cristiano en la cristiandad

¿Qué significa ser cristiano? Ismael Bárcenas se basa en unos escritos de Kierkergaard sobre los modos de ser del cristianismo para dar su definición de qué significa para él ser cristiano.

Por Ismael Bárcenas Orozco SJ

La cristiandad es esa sociedad que mayoritariamente pertenece a una iglesia cristiana, sea católica, luterana, anglicana, etc. En estos ambientes, hay quien cree que ser cristiano consiste en tener un acta bautismal. También se cree que ser cristiano es cumplir con ciertas reglas, preceptos, devociones y tradiciones. Incluso votar por tal partido político o pertenecer a alguna cofradía. . O no comer carne roja los viernes de cuaresma. O crisparse y dar manotazos en la mesa ante ciertos temas. O tener alguna jaculatoria de muletilla. O colgarse algún escapulario o algún otro detalle externo que lo demuestre. En fin, podríamos tener, dependiendo del país o del lugar, algunos parámetros para decir, por ejemplo, tal persona es muy católica.

Sin embargo, la pregunta sobre qué significa ser cristiano, fue algo que Søren Kierkegaard. Este filósofo, en algunos de sus escritos, inventó dos personajes: Juan Clímaco y Juan Anti-Clímaco. Juan Clímaco se presentaba como alguien que se interesaba por analizar y entender el cristianismo, aunque se reconocía no creyente. En cambio, Juan Anticlímaco sí se reconocía cristiano convencido y se exigía vivir su fe hasta el grado más alto. Ambos decían que ser creyente no es tan fácil.

Juan Clímaco decía que ser cristiano implica una decisión y un apropiarse internamente de lo que se cree que es la verdad. Es importante «qué» crees, pero es más importante el «cómo» lo vives. La fe es un regalo que da Dios y, también, es una decisión. Por su parte, Juan Anticlímaco dice que, en el caso del cristianismo, la fe significa ser discípulo del Maestro, es decir, de Jesús.

Ser cristiano de verdad implica una decisión sería de asumir el riesgo y, a su vez, estar arraigado en una estrecha relación con Dios. Es Jesús quien tiene la iniciativa de salir a buscar y quien, a través de su vida, expresa con callada y sincera elocuencia de los hechos que Él es la verdad. Ser cristiano de verdad significa seguir sus pasos y estar dispuesto a ser injuriado o humillado por su causa. Aquí radica el problema que vive la cristiandad, pues ha hecho del cristianismo algo soso y se ha desmarcado de las dificultades. Aceptar la invitación de Jesús y atreverse a ser su discípulo significa exponerse a perderlo todo a los ojos de los prudentes, razonables y encumbrados. La burla podría caer despiadada sobre la propia espalda. Pensemos en lo irritados que están algunos cardenales ante los gestos de solidaridad y sencillez del Papa Francisco.

Cristo es el Maestro que impulsa, estimula e invita a la interioridad. Otro problema de la cristiandad es que ha eliminado esta relación interna entre el creyente y Dios, y la ha suplido al divinizar usos y costumbres externas. No cumplir alguna de estas costumbres hace que la persona entre en pánico. Pero esto no es temer a Dios, sino a los hombres. Y si alguien no se subordina a lo establecido, será acusado de falsedad. Siempre que un testigo de la verdad convierte la verdad en interioridad, se escandaliza de él el orden establecido.

Juan Anticlímaco enfatiza que el cristiano de verdad debe conformar su vida ante paradigma que es la vida de Cristo en la tierra. La verdad en Cristo era su vida, pues Él era la verdad. Y solamente conozco la verdad, en verdad, si ella se hace verdad en mi vida. Esta sería la prueba que ayuda a palpar la sintonía y relación que hay entre el discípulo y su Maestro, entre el cristiano y Cristo. Y si Cristo sufrió, padeció y fue humillado por la maldad de algunos, su respuesta no fue la venganza, no fue devolver mal por mal. Ante la maldad, la respuesta de Cristo fue la bondad. Esto lo tendrá en cuenta el cristiano que deseará y se obligará a responder con bondad.

Por lo mismo, no es tan fácil ser cristiano en la cristiandad. Creer es decidir dar el salto de fe que significa recorrer el camino. Jesús es el «camino». Peregrinar este camino es lo que realmente nos hace libres. No será fácil, pues como dice una canción: “El que siga un buen camino tendrá sillas, peligrosas, que lo inviten a parar”. Mi oración por el Papa Francisco.

Entre Paréntesis