Ruta Espiritual a la CG36 I

Una propuesta de oración para obras, comunidades y movimientos que acompañe la Congregación General #36.

Los electores de América Latina que participarán de la próxima Congregación General se reunieron en Chile, como parte del trabajo de preparación a la misma, en noviembre pasado para reflexionar sobre las indicaciones que la Comisión Preparatoria de la CG había compartido.

Se revisó el material producido por las Congregaciones Provinciales señalando que, como Compañía universal, tenemos el deseo de avanzar en la «interconexión de muchas realidades sociales y elaborar una respuesta integrada que uniera nuestra experiencia espiritual, nuestra vida común y nuestro servicio apostólico en el mundo de hoy”.

En comunión con ese deseo, se consideró importante que todo el cuerpo apostólico de América Latina y el Caribe también se integre en una preparación espiritual de la CG, momento privilegiado de discernimiento y elección por parte del cuerpo de la Compañía, a través de sus representantes.

Animados todos bajo el mismo Espíritu, enviados a ‘tanta diversidad de gentes’, pero convocados por el mismo llamado. Es el deseo que iniciemos todos un mismo camino de preparación espiritual hacia la CG36, propiciando en nuestras comunidades y obras un clima de oración y discernimiento para responder al Señor.

Es por este motivo que se propone una ‘Ruta Espiritual Ignaciana hacia la CG36’, por etapas, para compartir nuestro deseo de responder al Señor, con un servicio de hondura afectiva, intelectual y eficaz, en colaboración, en medio de los retos y oportunidades de nuestra historia.

Compartimos, en diferentes entregas, el “modo y orden” propuesto para profundizar la invitación del Señor a vivir una mayor “unión de ánimos” como cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús. En esta propuesta también integramos a colaboradores y consagrados de espiritualidad ignaciana, con quienes compartimos un modo de proceder común.

Llamados a “mantener viva la llama de su inspiración original, de manera que ofrezca luz y calor a nuestros contemporáneos (CG35 D2,1), compartimos la misión de avivar la llama que hemos recibido como seguidores del Rey Eternal, bajo la bandera de la cruz. Poniendo los medios que “juntan al instrumento con Dios” para que todo este proceso “se rija bien de su divina mano” (Const. 834,1)

Pidamos avanzar juntos en esa ruta hacia la CG36 por la cual hoy el Espíritu “reconfigura”, ilumina, alumbra y hace arder la vida de nuestra Compañía de Jesús.

‘Ruta Espiritual Ignaciana #1’ – Adaptación

La primera de estas Propuestas contiene 3 momentos de oración compartida, a partir del llamado ‘Coloquio frente a Cristo en la Cruz’ de los Ejercicios Espirituales:

«Imaginando a Cristo Nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio: cómo de Creador ha venido a hacerse hombre y de vida eterna, a muerte corporal, y así murió por mis pecados.

Otro tanto mirándome a mí mismo preguntarme qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo, y viéndole así, colgado en la cruz, pensar en lo que se sugiera.» [EE 53]

1er Momento: Contemplando nuestro caminar hasta el presente ¿Qué agradecemos al Señor? ¿Qué fortalezas ofrecer?

2do Momento: Contemplando el presente de nuestras obras y misión: ¿Dónde estamos? ¿Qué conversión necesitamos?

3er Momento: Escuchando las llamadas para el futuro: ¿Cómo afectarnos y señalarnos más de ellas? ¿Qué desear?

Al comenzar esta Ruta, invoquemos al Señor que nos conceda ‘grande ánimo y liberalidad’ en el trayecto.

 

E. Sicre SJ: La Familia que Dios Quiere

En este texto, el jesuita Emmanuel Sicre, reflexiona sobre la institución del matrimonio y la familia a la luz de los Evangelios y la exhortación apostólica ‘Amoris Laetitia’.

Por Emmanuel Sicre, SJ

“Yo Seré Tu Dios, Tú serás mi pueblo” Ex 20,2

La actualidad del tema de la familia no radica en la crisis en la que se encuentra. De esto hay un muy buen análisis en la reciente Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia (AL), del papa Francisco, en el capítulo II: “Realidad y desafíos de las familias” [31-60]. La cuestión de la familia es un hecho social institucionalizado siempre en movimiento desde sus orígenes históricos (y mitológicos), hasta las nuevas configuraciones que hoy se ven en nuestro contexto contemporáneo. Por esta realidad perenne de la familia nos invita a la reflexión una y otra vez.

Desde el ámbito cristiano dicha reflexión toma características distintivas que la convierten en un valioso aporte a la realidad social. ¿Es acaso la familia, desde su inicio en el compromiso de los esposos, hasta la gran familia humana en la que todos estamos insertos, un lugar donde Dios se manifiesta? Por supuesto que sí. Ante esta evidencia, ¿qué tiene que decir la propuesta de Jesucristo, como cima de esa manifestación, al matrimonio, a la familia como núcleo de la sociedad, y a la gran familia que somos los seres humanos?

Desde la tradición del Antiguo Testamento (por ejemplo, Os 2,19) el tema de la esponsalidad, constitutivo de la familia, se viene elaborando en relación al Pueblo de Dios. Los escritos de los profetas, entre otros, manifiestan la experiencia del amor conyugal que es imagen del amor salvador de Dios, constituyendo un sacramento de alianza entre Dios y su Pueblo. Así es como se va perfilando la identidad del amor en la familia desde la esponsalidad en la tradición judeocristiana, donde la relación Iglesia-Cristo es fuente desde la que el matrimonio funda la familia.

Sin embargo, como afirma el jesuita psicólogo y teólogo Carlos Domínguez Morano, “la posición de Jesús frente a la familia resulta sorprendente e incluso desconcertante. Acostumbrados como estamos a considerar la familia como una institución intocable, muchos textos de los Evangelios suponen unos choques estridentes para nuestra sensibilidad. Perdemos de vista que, para Jesús, la familia no es (como muchas veces para nosotros) lo más sacrosanto, ni un espacio que hay que defender a toda costa como una obligación absoluta y sagrada”.

Ante un cuestionamiento como este surge entonces la pregunta: ¿cuál es la familia que Dios quiere?

La respuesta pareciera clara cuando pensamos tanto en la familia núcleo de la sociedad como en la familia humana. En efecto, Amoris Laetitia señala que “en la familia humana, reunida en Cristo, está restaurada la “imagen y semejanza” de la Santísima Trinidad (cf. Gn 1, 26), misterio del que brota todo amor verdadero (AL, 71). Por eso el amor matrimonial encuentra su fundamento en el Dios-Familia.”

Pero, ¿qué sucede cuando la familia como núcleo de la sociedad entorpece, nubla la familia humana negando su propio cimiento? Si la familia que los esposos fundan sintiera hondamente el llamado a ser parte de la gran familia humana y a la cuidara como propia, es posible que nuestra sociedad pudiera gozar de un bienestar más universal y menos excluyente. Por esto, quizá, la pastoral matrimonial tendría que orientarse desde su principio y fundamento, que es el amor de Dios por el hombre, por la humanidad entera que constituimos todos los seres de la tierra sin distinción. Y no tanto sobre el amor de los esposos que probará su fecundidad en la invitación que Dios le hace a vivir el Reino, ad intra y ad extra, podríamos agregar. Porque “la familia es el modo en que cada sociedad y civilización se perpetúa, un punto esencial para la continuidad de la historia”, y si la historia no siente el consuelo de Dios que le viene del amor aprendido en la familia, es posible que perpetúe una civilización de muerte más que una de vida. Una sociedad donde los que llegan al mundo querrán irse pronto.

Es necesario, entonces, asumir de a poco que “Jesús vino a traer un nuevo orden de relación humana al que los “lazos de carne” quedan supeditados. Queda inaugurado un nuevo modo de filiación que desplaza el orden biológico. Una nueva comunidad, la del Reino, se sitúa en el centro y son los lazos del espíritu los que se imponen sobre los “lazos de la carne”. En este sentido, el Evangelio es claro y muestra que la familia es el punto de partida para asumir las responsabilidades para con el mundo, trabajando por la justicia, la paz y el bien común.

Si la familia cristiana no es fuente de ciudadanía, por ejemplo, no hay posibilidades de que existan sociedades más fraternas, porque falta el elemento aglutinador. Si la familia cristiana forma guetos sociales, exclusivismos de clase, o marginaciones culturales, no podemos esperar que el individualismo arrasador actual disminuya, ni mucho menos que sea cuestionado por un testimonio de fraternidad universal.

Por eso, Carlos Domínguez Morano señala lúcidamente que “los lazos familiares […] van a ser utilizados por Jesús como modelo y referencia reveladora de lo que debe ser la nueva familia comunitaria. Casi todas las relaciones familiares y las relaciones humanas que tales situaciones implican, son asumidas por Jesús como situaciones ejemplares que le sirven para iluminar el significado del mensaje” del Reino.

Con esto, la relacionalidad del hombre, en tanto dimensión antropológica constitutiva, queda afectada por una apertura de sus vínculos de padre, madre, hijo y hermano. Al exigirle un tipo de relación familiar con todos los hombres, aparece una perspectiva desde la que se puede hablar entonces de una ética de la familia que quiere ser cristiana. Es decir, la ampliación de las relaciones humanas del núcleo familiar debiera dar la constitución de una gran familia humana. En la medida en que se camine hacia esta familia escatológica planteada por el mensaje de Jesucristo es que se podrá compartir un horizonte esperanzador y utópico de fraternidad.

La familia que Dios quiere es la que lo tiene a él como Padre misericordioso. Y que en el símbolo de la fiesta convoca a todos sus hijos para que se sienten a la mesa del banquete. Donde ya no haya más dolor ni sufrimiento, porque estos han sido vencidos por su nuestro Hermano mayor, Aquel que nos regaló la gracia de la filiación con su muerte y su resurrección.

Reflexión del Evangelio, Domingo 12 de Septiembre

Evangelio según San Lucas 15, 1-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido’. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido’. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.

Reflexión del Evangelio – Por Emmanuel Sicre SJ

La liturgia nos propone hoy meditar sobre las parábolas de la misericordia que Lucas pone en boca de Jesús: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida, y la del hijo perdido (más conocida, esta última, como la del hijo pródigo o el Padre misericordioso).

El hecho de que estemos en el Año de la misericordia corre el riesgo de que se nos convierta en un tema más de nuestra vida cristiana, haciéndole el juego al mal espíritu que querrá apartarnos del nervio del mensaje de Jesucristo. Es decir, la misericordia de Dios. Por eso, meditar las parábolas de la misericordia tiene como condimento que estaremos asumiendo el centro de nuestra vida cristiana una vez más.

Pero, ¿qué tal si a eso le sumamos la riqueza del día del maestro?

 Pienso que de estas dos cosas no se escapa nadie: la misericordia recibida y el haber sido conducidos por el Maestro Cristo en el camino de la fe.

 Por un lado, vemos que la misericordia se vuelca sobre aquello que parece perdido, que ya no sirve, que se acabó, que se fue. Sin embargo, el evangelio nos muestra que ante lo que parece ya dado de baja, el Señor siempre saca de su corazón infinito la posibilidad de darle salud a sus hijos. Entonces encuentra la oveja, la moneda y el hijo. Nosotros hemos sido bendecidos con esta misericordia cada vez que una pertecita de nuestra vida se nos va de las manos, y al clamarle al Buen Dios ayuda y auxilio viene a restaurarnos la vida y a animarnos en el camino. ¿El fruto de esta acción de Dios? La alegría de todos, la fiesta grande, la reparación del vínculo. Nada que ver con la tranquilidad de spá que muchas veces compramos ingenuamente.

 Por otro lado, el Maestro está ejerciendo su rol de docente cuando nos cuenta tras cuentitos para hablarnos del amor del Padre. Tres relatos tramposos que nos dejan pensando, pero cómo es posible, aquí debe haber un error. Sí, es el error que delata nuestra limitación humana, y nuestra pequeñez que no puede creer que Dios sea bueno, que sea amable, que sea bello. Siempre queremos que se parezca a nosotros para no tener que deberle nada. Sin embargo, la generosidad del Dios se Jesús se nos ofrece con tanta claridad que nos cuesta decirle sí. Y si pensamos en el día de hoy puede venirnos a la memoria aquél maestro, aquella docente que obró con nosotros misericordiándonos, perdonándonos, yéndonos a buscar cuando estábamos perdidos.

Entonces, nos damos cuenta que Dios ha estar allí, en tantos docentes que como el Maestro, van a buscar lo que parecía perdido. ¿Cómo no agradecer? ¿Cómo no dejarse misericordiar? ¿Cómo no dejar que sea el Padre el que nos abra la puerta a la alegría compartida?

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

 

Aprender a Abrir el Corazón

Para protegernos de los golpes de la vida, o prevenir sufrimientos por los que ya hemos pasado, tendemos a encerrar lo más íntimo de nuestra persona en el corazón, como si este fuera una ostra. Este texto invita a abrir el corazón y levantar la mirada siguiendo el ejemplo de aquellos que tienen menos cosas para guardar y a las que aferrarse.

Por Fernando Vidal

Los sueños perdidos y las luchas desgastadas hacen que nos encerremos dentro de una ostra en vez de vivir a corazón abierto. Pero los pobres nos ayudan a volver a vivir a corazón abierto una y otra vez. Para no perder la pasión por cambiar la Historia, necesitamos unirnos cada vez con más corazón a los pobres.

Muchas personas sin hogar sufren el Síndrome de la Ostra. Las ostras van acumulando capas conforme pasan los años, forman las valvas o conchas y eso les protege de las adversidades. Primero se cubren con una capa superior. Muchas personas que pasan los días en la calle se protegen de las miradas de los peatones. A veces son miradas recriminadoras; otras veces muestran miedo; las más de las veces son miradas que buscan quién es la persona que sufre así. Y para no ser vistas, las personas sin hogar bajan la cara, se la cubren con las manos, se acurrucan, se protegen entre cartones o incluso prefieren estar de rodillas con la cara contra el suelo. Se ponen gorras, se dejan barbas, suben las solapas… Como la ostra, van echando mantos de ropa y cartón para protegerse de la mirada de la sociedad.

Pero no es sólo la valva superior sino que, internamente, también hacen crecer una inferior que les proteja de sí mismos, de sus recuerdos y sueños. Es difícil estar sin hogar y a la vez recordar quién eras, tu familia, pareja, hijos, el trabajo que tuviste, los sueños de juventud, tu infancia, tu madre, tu padre, quién fuiste, lo perdido y lo anhelado. Así, la persona trata de no verse cara a cara en el espejo, en la memoria ni en los deseos.

Las dos valvas se cierran una contra otra y encapsula a la persona. Lo protege de sí mismo, de los demás y de todos los que se acercan prometiéndole una solución que finalmente no llegará. Cada vez que las Administraciones, ONGs, iglesias, voluntarios o ciudadanos les fallan, se echa una capa más a la valva haciéndola más gruesa. Y el sistema social ha fallado –hemos fallado– tanto a los más pobres –una y otra vez– que esas conchas son muy densas y difíciles de romper.

Cuando estamos con personas sin hogar tratamos de que otra vez nos den una oportunidad de ayudar. Se les pide que abran las valvas y que expongan su intimidad a la intervención social otra vez. Sólo la confianza logra que se abran porque están cansados, decepcionados y cada vez que fracasamos en ellos la vida se les hunde un poco más. Cerrarse como una ostra es un modo de protegerse de los demás y de uno mismo. Tratan de no ceder a la tentación de confiar, ilusionarse, soñar…No abrirse tanto que se les haga daño otra vez.

El síndrome de la ostra lo sufren muchas personas sin hogar pero… ¿no lo sufrimos también mucha otra gente? En nuestra juventud formamos anhelos de cambiar el mundo. Hemos soñado con encarnarnos en un barrio desde el que transformar la comunidad, unirnos a los pobres en amistad y desde ahí iniciar una pequeña revolución, un cambio significativo Hemos apostado por causas, por estilos de vida alternativos, hemos forjado compañerismo y hemos puesto nuestras vidas al servicio de cambios cualitativos… que no llegan. “La lucha por la Justicia es una larga cabalgada”, dice siempre mi amiga Fátima Miralles. Y muchos entre esos soñadores ceden al peso de la frustración, el cansancio o el escepticismo… También se forma una ostra alrededor.

Por un lado se forma una valva interna que trata de olvidar los sueños de cambiar el mundo, se evita examinar la propia vida… No se soportan las contradicciones, las cesiones… A veces es difícil diferenciar entre la tolerancia compasiva con los propios límites y la autocomplacencia. La indignación por la injusticia, los deseos de entrega y las ganas de luchar son ahogadas bajo la valva inferior de la ostra.

Y también nos defendemos con una capa externa hecha de escepticismo, condescendencia, suspicacia, amargura, resignación, impotencia, pesimismo, conservadurismo, desesperanza o falta de fe. Y así nos encerramos en nosotros, a salvo de los sueños y exigencias del compromiso con las causas en las que se juega el destino de nuestro mundo.

Conozco muchas personas que encierran la perla de su vida entre los mantos endurecidos de las ostras y, cuando te acercas para que se abran a nuevos compromisos, los aprietan aún más. Incluso se llega a reaccionar con violencia contra sí mismo y los demás. Y así las perlas de sus capacidades, su personalidad y su vida son enjauladas. Lo más peligroso no es que nuestro corazón esté dentro de una jaula sino que haya una jaula dentro de nuestro corazón.

Para superar el Síndrome de la Ostra está el vivir a corazón abierto. Los años no encierran nuestro corazón dentro de una ostra ni lo endurecen como piedra. Hay que arriesgarse a vivir, aunque tengamos que sufrir decepciones, impaciencias y decepciones.

Aprendamos de las personas sin hogar. Ellos nunca se encierran del todo dentro de “la ostra”: una y otra vez dan su confianza a quien viene a ayudar, buscan luchar por sus sueños y tan sólo necesitan un lugar en el mundo desde el que volver a comenzar. Y aunque pierdan y caigan de nuevo, lo siguen intentando una y otra vez. Lo más llamativo no es su pobreza sino su sabia resistencia para seguir defendiendo la vida sin rendirse jamás.

Con mayor o menor intensidad, todos sufrimos el Síndrome de la Ostra y son los más pobres quienes nos pueden ayudar a no perder la esperanza, a seguir creyendo en que el cambio es posible y a poner toda nuestra fe en la humanidad. Los pobres nos enseñan a vivir cada vez más a corazón abierto. Si pierdes fe en tu poder para cambiar las cosas pídesela a los pobres: ellos en el fondo siempre lo esperan todo de ti.

Fuente: Entre Paréntesis

MISERANDO ATQUE VIII

La misericordia en Jean Vanier

Continuamos publicando textos con que nos ayuden a reflexionar sobre la misericordia desde distintos ámbitos y perspectivas. En esta ocasión, a la luz de la experiencia de Jean Vanier, fundador de la Federación Internacional El Arca, que tiene como misión la acogida de personas con capacidades diferentes.

Por Javier Sánchez Villegas

«He descubierto la vía del corazón en el Arca, donde la persona y la vida de relación ocupan el primer lugar. Ser bueno y dulce con cada persona no me ha resultado fácil. Entré en la Marina con trece años, una edad en la que uno es muy impresionable. Allí fui formado para ser rápido, competente, eficaz, y esto es lo que llegué a ser. Cuando era oficial, e incluso después de haber dejado la Marina, era una persona bastante rígida, centrada en la eficacia, el deber, la oración, el deseo de hacer el bien y de seguir mis estudios filosóficos y teológicos. Mis energías se volcaban más hacia actividades y metas concretas que hacia las relaciones.»

Jean Vanier (Ginebra, 1928), fundador de las comunidades del Arca y de Fe y Luz, es el que habla.

Ser misericordioso es entrar en relación

Efectivamente, en 1963, Jean Vanier descubre un mundo ocultado e ignorado. Visitando instituciones, asilos, hospitales psiquiátricos, conoce el mundo de las personas enfermas y de los deficientes mentales, un mundo de desolación y de locura. Las personas estaban escondidas, marginadas, lejos de la sociedad, para que no se las viera… Ellas eran la vergüenza de sus familias, y el mundo no las tenía en cuenta ni las consideraba, dado que, según su criterio, no tenían nada que aportar a la sociedad. «Todas ellas parecían hambrientas de amistad y de afecto; se acercaban a mí, preguntándome con palabras o con la mirada: “¿Me amas? ¿Quieres ser mi amigo?”».

Este mundo de dolor y sufrimiento no dejó impasible a Vanier. Al año siguiente, decidió ir a vivir con dos personas con una deficiencia. A partir de ahí, fue experimentando y comprendiendo lo que es la misericordia: vivir en el amor. Ella es el centro y la clave para poder establecer relaciones de autenticidad en el seno de la comunidad. Así, esta puede convertirse en un espacio en el que la persona con una deficiencia puede dar y recibir, en el que es plenamente reconocida como persona. “Tú tienes lo que yo no tengo, yo tengo lo que a ti te falta”.

Para Vanier, amar a alguien no consiste primeramente en hacer algo por él sino en estar presente para revelarle su belleza y su valor, su unicidad, la luz oculta en él, el sentido de su vida. Es ayudarle a tener confianza en sí mismo. Es comunicarle una esperanza y un deseo de cambiar y de crecer. Esta comunicación de amor, si exige una palabra, es fundamentalmente no verbal; se realiza a través de actitudes, una mirada, una sonrisa, gestos…

Amar es dejar también que el otro toque mi pobreza y proporcionarle el espacio necesario para que me ame. En el amor, yo también me reconozco pobre, vulnerable, limitado… necesitado del otro. Y solo su amor puede restaurar mi caos interior, igual que el mío podrá restaurar el suyo.

Misericordia es vivir en comunión

Ser misericordioso, sin embargo, es ir todavía más lejos. No consiste simplemente en hacerse amigo de los pobres, sino en identificarse con ellos. Es despojarse de las vestiduras, como lo hizo Jesús, para lavar los pies del hermano y hacerse uno con él. Amar es comprender, es celebrar, es ayudar al otro a asumir la responsabilidad de su vida. Es perdonar, orar juntos… En definitiva, amar es entrar en comunión, corazón con corazón.

El núcleo de la misericordia es precisamente este: el corazón, la vía del corazón. Es aceptarse, en primer lugar, a uno mismo tal y como es y aceptar a los demás como son. Un corazón que ama no intenta imponer nada por la fuerza, sino que está a la escucha de aquello que cada uno está llamado a ser. No juzga, no condena. Se convierte en perdón, se hace compasivo, ve la presencia de Dios en los demás y se deja conducir por ellos hacia tierras sin explorar. Es un corazón que nos llama a crecer, a evolucionar y a llegar a ser plenamente humanos. Esta es la gran verdad de las personas: solo se puede vivir amando, entregándose al otro hasta el extremo, como Jesús.

Solo desde una experiencia profunda de la misericordia de Dios en tu vida es posible ser misericordioso: «Como el Padre me amó, yo os he amado…». Como consecuencia, hay que ir a la fuente del amor para poder amar. Hay que dejarse inundar por el Espíritu del Dios-misericordia para ser puro reflejo de la misericordia en relación a los demás.

Fuente: Entre Paréntesis

 

800 años de Misericordia Dominica

La misericordia nos identifica como cristianos, porque es una característica fundamental del Dios en que creemos. Sin embargo, hay carismas dentro de la Iglesia que la toman como estandarte y ven su historia como atravesada especialmente por ellas. Este es el caso de la Orden de los Predicadores (‘Dominicos’), fundados por Santo Domingo de Guzmán.

Por Fr. Vicente Niño Orti, OP

Coinciden en este año 2016 dos jubileos de profunda identidad para la Familia de la Orden de Predicadores -la Familia Dominicana-, el Año de la Misericordia que el Papa Francisco ha convocado para toda la Iglesia, y el Jubileo por el 800 aniversario de la Aprobación en 1216 de la Orden de Predicadores por el papa Honorio III.

Para mucha historia dan 800 años, para mucha vida vivida con una identidad que enriquece a la Iglesia desde la misión de la Predicación, que asumimos los dominicos como nuestra razón de ser. Una Predicación que, tal como soñó e ideó santo Domingo de Guzmán, desde la comunidad, el estudio y la contemplación del Misterio de Dios encarnado en Jesucristo y en la humanidad, pretende ser una predicación de la Gracia y el Amor, de la Misericordia de Dios, que en dominicano llamamos Compasión.

La Compasión que es uno de los rasgos más significativos en la vida de santo Domingo Guzmán, que ya siendo estudiante en la universidad de Palencia, se dejó conmover por el sufrimiento que una severa hambruna asolaba la castilla del siglo XII, y que le movió a la activa compasión –bien diferente de la lástima que nada hace– vendiendo sus más preciados bienes para fundar una especie de institución-limosna que tratase de ayudar a los que más sufrían.

Una compasión que llevó a Domingo a dejar seguridades y prebendas de clero acomodado, para dedicarse a la predicación itinerante, en pobreza, por el sur de Francia. Una compasión que le llevó a instituir una Orden que fuese y se llamase de Predicadores, para que el mensaje de amor de Dios por el mundo, llegase a todos los rincones de la tierra.

Compasión y Misericordia que ha estado presente, siguiendo los pasos de Domingo, en la misión de todos los dominicos en estos ocho siglos, y con significativos momentos.

Hoy los dominicos, en este año que celebramos los 800 años de nuestro nacimiento, no queremos simplemente mirar el pasado y gloriarnos de lo que fue. Queremos seguir construyendo un mundo y una Iglesia compasiva y dedicada a la misericordia. Se nos dice que somos los frailes “de la manga ancha”, y queremos seguir siendo, como Familia Dominica, esa voz de compasión y de misericordia, que lucha por la dignidad y la justicia, que hace del perdón, la comprensión, la gracia su identidad predicadora; que quiere mirar el mundo con los ojos del Dios del amor, que ven lo bueno, lo hermoso, lo positivo, la huella del Dios de la vida que hay tras cada hecho, que mira con bondad y misericordia, con compasión, comprensión y ternura a cada ser humano, predicando que así, y no de otro modo, es el rostro de Jesús de Nazaret, el rostro de Dios

Fuente: Entre Paréntesis

Cuatro Pasos Clave para el Discernimiento

Con el objetivo de facilitar la comprensión de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, el Padre James Martin SJ explica el significado y modo de proceder que implica el discernimiento ignaciano; considerando que el texto está atravesado por este concepto.

Por James Martin SJ

Una palabra que se repite en la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la familia y el amor es ¨discernimiento¨. Para Jesuitas como el Papa, la palabra no es una frase genérica sino una con un significado específico. Entender el discernimiento, por lo tanto, es la clave para entender el ¨Amoris Laetitia¨, así como también el enfoque general del Papa hacia el cuidado pastoral. Su uso del discernimiento está estrechamente ligado a la idea de la consciencia, también resaltada en este documento, particularmente para aquellos que se enfrentan a decisiones espirituales complejas.

¨Discernimiento¨ en el lenguaje común es la habilidad de juzgar sabiamente y ser capaz de escoger cuidadosamente entre muchas opciones.

Para los jesuitas, como el Papa Francisco; sin embargo, ¨discernimiento¨ significa mucho más. Es la práctica orante de tomar decisiones a partir de herramientas espirituales específicas. La tradición jesuita del discernimiento está enraizada en los Ejercicios Espirituales, el manual clásico de oración escrito por San Ignacio de Loyola, el fundador de los Jesuitas en el siglo XVI. De hecho, uno de los principales objetivos de los Ejercicios Espirituales es enseñar a las personas a poner discernimiento en práctica.

El Discernimiento Ignaciano

Discernimiento para San Ignacio de Loyola significa estar consciente de que Dios nos ayudará a tomar buenas decisiones, aún siendo conscientes de vernos motivados por fuerzas contradictorias o contrarias entre sí. Unas que nos llevan hacia Dios y otras que nos empujan para alejarnos de él. Cualquiera que haya tomado una decisión importante conoce esta experiencia. Nos sentimos impulsados y orientados por una variedad de fuerzas internas: motivos egoístas contra motivos generosos, motivos libres contra los no libres, motivos sanos y saludables contra motivos enfermizos.

Así que el discernimiento es la habilidad de ver claramente cuáles son esas fuerzas; ser capaces de identificar, ponderar y juzgar. Y finalmente escoger el camino más alineado con los deseos de Dios para ti y para el mundo.

Por lo tanto, no es tan simple como seguir a ciegas ciertas reglas y regulaciones. Demás está decir que los Evangelios y las enseñanzas de la Iglesia son esenciales para la formación de nuestra conciencia pero, sobre todo, en tiempos de complejidad uno también debe confiar en los propios impulsos y acciones de Dios dentro de nuestro propio corazón.

¿Cómo se discierne?

Primero, tratar de ser ¨indiferente¨, eso es, libre de todo lo que te retiene para seguir los deseos de Dios. Por ejemplo, si estás discerniendo si vas o no a visitar un amigo enfermo al hospital y estás demasiado preocupado de si te vas a enfermar, no eres ¨libre¨. Algo te está impidiendo el hacer un bien. ¨Indiferente¨ no quiere decir que no te importe, sino que estás libre para seguir los deseos de Dios.

Segundo, pide la ayuda de Dios. El discernimiento no se lleva a cabo por su propia cuenta. Necesitas la ayuda de Dios para escoger el camino correcto. También necesitas partir de la base del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, como un sólido punto de partida. (Es decir, nunca ‘discernirás’ sobre si debes a alguien). Y todo esto debe ser realizado en el contexto de la oración. Pero el intelecto está completamente acoplado también. Como les gusta decir a los jesuitas: “confía en tu corazón, pero usa tu cabeza”.

Tercero, sopesa los variados ¨movimientos¨ dentro de tí mismo, para ver cuál se origina en Dios y cuál no. Para alguien que esté progresando en la vida espiritual, dice San Ignacio, el ¨buen espíritu¨ le traerá apoyo, aliento y paz mental. Piensa en alguien que decide perdonar a otra persona y que siente una sensación de consuelo calmado cuando lo piensan. Lo opuesto es el ‘Mal Espíritu’. Este, causa ansiedad y presenta falsos obstáculos para obstaculizar nuestro progreso espiritual. Esto normalmente se manifiesta como la voz del egoísmo. En el caso de una persona buscando perdonar a otro, el ¨espíritu maligno¨ nos dirá: ¨si tú perdonas, la gente te verá como una alfombra!”.

 Curiosamente, dice Ignacio, para la persona que va en sentido contrario (del bien al mal) las cosas se invierten. El ‘Buen Espíritu’ no nos alienta, sino que más bien nos despierta con un sobresalto. Ese es el aguijón de la conciencia. El ‘Mal Espíritu’ nos alienta al mal comportamiento. ¨No te preocupes. Sigue robándole a la compañía. Todos lo hacen. Continúa…¨ La persona en experiencia en el discernimiento pronto se vuelve experta en identificar estos movimientos sutiles en su corazón.

Cuarto, si no hay una respuesta clara, puedes recurrir a otras prácticas sugeridas por Ignacio. Puedes imaginarte a alguien en la misma situación tuya, y pensar qué consejo le darías a él o ella: esto puede ayudar a disminuir la influencia de nuestros deseos desordenados en el discernimiento. O imagínate qué te gustaría decirle a Jesús en el Juicio Final: esto no funciona con todas las decisiones, pero puede ser clarificador para las decisiones éticas complejas, en particular. O piensa cómo juzgarías tu decisión en tu lecho de muerte: esto puede ayudarte a priorizar lo que es importante en tu vida.

Por último, después de hacer un buen discernimiento experimentarás un sentimiento de lo que Ignacio llama ¨confirmación¨, o un sentido de rectitud. Te sientes en sintonía con los deseos de Dios porque tú estás en su misma frecuencia. Y esto naturalmente trae paz.

La exhortación Amoris Laetitia del Papa Francisco está dirigida no sólo a familias e individuos, sino también a los pastores y otros responsables de ayudar a las personas a formar sus conciencias. No todas las personas o pastores harán uso de todas las prácticas tradicionales de discernimiento, pero para ambos, tanto individuos como pastores, la perspectiva global que ofrece el discernimiento —de que Dios nos quiere ayudar a tomar buenas decisiones y que prestando atención a nuestros corazones podemos escuchar la voz de Dios— es algo útil en todos los casos.

“Amoris Laetitia” nos habla una y otra vez sobre el discernimiento y la conciencia. Nos recuerda que mientras las reglas son importantes, en los entornos pastorales se necesita algo más, como es la acción de la gracia de Dios dentro de los corazones de los creyentes, que ayuda a tomar decisiones buenas, saludables y dadoras de vidas.

Fuente: Teología Hoy

Sobre la Violencia en el Mundo…

Análisis de Emilio Alejandro Rufail, docente de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba. Además, es Especialista en estudios Árabes, Americanos-Árabes e Islámicos; en Medio Oriente y África del Norte; y en Seguridad Internacional.

Por Emilio Alejandro Rufail

El mundo vive un tiempo signado por la violencia, la cual se ha convertido en un modo de acción social, político, económico, étnico, cultural y hasta religioso.

Aunque aquí debe hacerse una aclaración imprescindible, la violencia no es patrimonio exclusivo de una religión, una cultura, una etnia ni de una ideología política.

La violencia es parte de la naturaleza humana, y ha acompañado al hombre a través de la historia, siendo empleada muchas veces para dirimir los conflictos al interior de las sociedades y entre los Estados de la comunidad internacional. Sólo basta recordar la dimensión de la tragedia que significó la segunda guerra mundial en términos de vidas humanas.

La violencia hoy

En la actualidad, la violencia no sólo se manifiesta a través de los conflictos armados sino también de diferentes maneras como el terrorismo, y otros múltiples delitos violentos – entre ellos el narcotráfico, el tráfico de armas y personas, el crimen organizado en general y la delincuencia común-, pero también por medio de la violencia de género y la creciente violencia contra todo tipo de minorías, entre otras cuestiones. Ningún país está exento de estos fenómenos.

En los últimos años hemos asistido cotidianamente al terrorismo de signo islamista, practicado por organizaciones como Al Qaeda primero y luego por el Estado Islámico, cuyo surgimiento no es ajeno a los intereses de Estados Unidos y sus aliados. Estas organizaciones luego adoptaron una agenda propia, entre cuyos objetivos incluyen atacar los intereses de esos países a los que considera sus enemigos. En dicho contexto, se inscriben los recientes atentados en varias ciudades europeas.

Estos grupos han captado la atención de muchos ciudadanos del mundo que adhieren a sus causas, incluso se han sumado a sus filas como combatientes terroristas extranjeros, los cuales ponen en vilo la seguridad de Occidente, porque sus países de origen temen lo que puedan hacer una vez que retornen de las áreas de conflictos en Siria e Irak.

Otros, sin un vínculo formal con dichas organizaciones, actúan en su nombre, pero por cuenta propia. Son los llamados lobos solitarios.

Aquí, no podemos dejar de decir que, a pesar de que se esperaría un mayor esfuerzo de la comunidad islámica alrededor del mundo en condenar a estos grupos radicalizados y cortar sus redes de financiamiento, para impedir que se multipliquen, la mayoría de los musulmanes del mundo vive vidas cotidianas alejadas del estereotipo occidental que iguala a musulmán con terrorista.

Motivos Similares

Todos los fenómenos de violencia que aquejan al mundo –incluido el terrorismo- tienen causas particulares, propias, pero comparten una serie de condiciones que propician su propagación.

Las sociedades modernas están repletas de personas que viven en la intemperie, huérfanos de motivaciones para sus vidas, sin sentido de pertenencia, marginados de los beneficios del mundo desarrollado, con escaso o nulo acceso al trabajo y la educación, sin prestaciones de salud, y con ello, sin herramientas que permitan la movilidad social, sin oportunidades para cambiar sus vidas para mejor.

De este modo se convierten en el caldo de cultivo de frustraciones que son aprovechadas por los reclutadores, los nuevos profetas de nuestro tiempo – terroristas, narcotraficantes, etc.- con sus narrativas, que les ofrecen una vida mejor, a través de un trato engañoso, porque generalmente estas personas pierdan sus vidas en el intento, ya que deben emplear la violencia para alcanzar sus objetivos.

 Fuente: Noticias UCC 

Reflexión del Evangelio, Domingo 4 de Septiembre

Evangelio según San Lucas 14, 25 – 33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.»

Por Matías Yunes SJ

Jesús es el acontecimiento central de la venida del Reino. Él mismo, su persona, es la novedad fundamental que todavía estamos descubriendo. Como una fuente inagotable, el rostro del misterio se nos hace siempre nuevo. Esto es lo que al pueblo le resultaba tan escandaloso de Jesús. Venía a ponerse en un lugar que no le correspondía. ¿Cómo tener el descaro de llamarse igual a Dios? Osar autoproclamarse con el poder del espíritu de Dios para sanar y curar. Llamarlo su Padre…

Y es que para el pueblo judío la Ley es su tesoro más sagrado. Ella ha sido el modo como Dios se ha quedado presente en medio de su pueblo, recordando todos los beneficios recibidos de su favor. El pueblo recuerda con memoria agradecida y no espera más que serle fiel a Dios por medio del cumplimiento de lo que él mismo les ha pedido

En este contexto, podemos imaginar lo que habrá sido para ese “gran gentío” que seguía a Jesús, escucharle decir que era necesario amarlo a él por sobre todas las cosas. Incluso más que al propio padre, madre, hermanas, hijos….¡Más que a la propia vida! ¡Un escándalo! Quizás muchos que lo seguían habrán dicho como los atenienses que atendieron a la predicación de Pablo: “¡Otro día te escucharemos!”. Un mensaje demasiado radical para considerar sensato.

 En la palabra del Evangelio de hoy, lo sensato comienza a ser un poco distinto a lo que usualmente estamos acostumbrados. “Cualquiera que venga a mí y no me ame…no puede ser mi discípulo”; “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. La sensatez del Evangelio pasa necesariamente por el amor. Sin él, los valores del Reino son incomprensibles. Nuestra fe radica en el amor profundo a una Persona, en la entrega de nuestra vida por amor. Este es quizás el fundamento de lo que la segunda parte del Evangelio nos relata. ¿Quién, antes de construir una torre, no se pone a calcular si puede cubrir los gastos para terminarla? Antes de seguir al maestro, ¿comprendo que los cimientos de la entrega de mi vida dependen del afecto puesto en aquel que me llama a caminar con él? Y aquí nos colocamos ante una pregunta engañosa. Una parte de nosotros se sentirá tentada a preguntarse: “¿amo lo suficiente?”, ¿tengo las capacidades para cargar con la cruz?”, “¿seré digno?”.

 Pero la exhortación de Jesús no quiere dejarnos con esa carga en nuestro corazón. Si podemos amar, es porque otro ya nos ha amado y nos sostiene en su amor. Su gracia es la que nos asegura una entrega amorosa y confiada. De nuestra parte queda abrirnos y disponernos activamente para acoger su amor paterno e incondicional. Sólo en él encontraremos la fuerza para seguir al Maestro, sin saber dónde lleva el camino, pero con la seguridad de que vemos sus espaldas y nuestros pies se posan en sus huellas. Pidamos hoy la gracia de ser discípulos. De seguir a Jesús confiados en que su amor despierta en nosotros un deseo grande de entrega, y pidiendo que su Espíritu nos encienda el corazón para más “amarlo y seguirlo”.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

La Espiritualidad de Madre Teresa

Poco se conoce de las experiencias místicas y la relación de la Madre Teresa con Dios. En esta nota del foro Entre Paréntesis, el Padre Brian Kolodiejchuk, miembro de los Misioneros de la Caridad, habla de estas experiencias de la Santa contemporánea.

El Padre Brian Kolodiejchuk fue el postulador oficial de la causa de canonización de Teresa de Calcuta. Al mismo tiempo, es el editor de “Ven, sé mi luz”, una colección de cartas y notas personales que se publicó en 2007, en donde se reveló la lucha de Madre Teresa con décadas de oscuridad interior.

Padre Brian, gracias a Dios por la canonización de la Madre Teresa. Me gustaría hablar con Usted acerca de su “noche oscura”. ¿Puede decirnos cómo vieron la luz, en primer lugar?

Gracias a Dios, los jesuitas tuvieron la previsión de salvar esos documentos. Vienen sobre todo del P. Celeste van Exem, su director espiritual en Calcuta durante los años de la inspiración y los siguientes. Además el arzobispo de Calcuta, Périer, que también era jesuita y luego los jesuitas que vinieron más tarde: el P. Lawrence Pichachy, más tarde cardenal, y luego el P. Joseph Neuner.

Ellos salvaron los documentos. No eran conscientes de que estaban ahí hasta que comenzó el trabajo de recolectar los documentos, antes incluso de que el proceso formal empezase. Cuando comprobamos los archivos de los jesuitas en Calcuta y en la casa arzobispal de Calcuta, aparecieron las cartas.

Estas cartas formaron parte del proceso en sí, y una vez que ocurrió esto, ya solo era cuestión de tiempo cuándo serían reveladas— o bien ahora o, digamos, 50 años más tarde, cuando el material de archivo se abriese. Pero uno de los nueve teólogos que leyó la positio (la vida, virtudes y reputación de santidad) sugirió que se publicasen. En realidad, el archivero de la Provincia de Calcuta usó parte del material en un artículo para Review for Religious, y el P. Neuer también había escrito algo [en la revista india Vidyajyoti], usando algunas partes. Así que pensé que lo mejor sería ofrecer todo lo que teníamos acerca de la oscuridad. Así que Ven, sé mi luz, tiene todo, excepto una o dos cartas que llegaron más tarde.

Ella nunca había hablado de esas experiencias, ¿no es cierto?

Ese es un asunto del que ella nunca habló, y de manera bastante premeditada. Las hermanas o yo mismo le solíamos preguntar sobre “la inspiración” (10 de septiembre de 1946) y ella no decía nada; solo si el Papa en obediencia le dijese decir algo. Tan sagrado era para ella. Así que logró ser una persona muy pública y al mismo tiempo, mantener oculta esta experiencia. El Padre Van Exem le dijo a un jesuita de Calcuta, que le contó a uno de nuestros sacerdotes que el P. Van Exem tenía cinco cajas de materiales. La Madre se mantuvo en su presión para que destruyese todas esas cosas. Ahora estoy seguro de que su perspectiva es otra.

Afortunadamente, tuvieron el sentido de conservarlo, porque revelan una parte muy importante de la santidad propia de la Madre Teresa y un aspecto importante del carisma de las Misioneras de la Caridad. Queremos estar en solidaridad con los materialmente más pobres de los pobres, pero cuando ella vino a Occidente, cada vez más fue diciendo que las mayor pobreza del mundo actual es no ser amado, no ser querido, no ser cuidado. Y esa era su propia experiencia.

Paradójicamente, estaba tan unida a Jesús que pudo compartir sus más grandes sufrimientos en el Huerto y el sentido de abandono en la cruz, como otros santos. La excepcional parte de la oscuridad asociada a la Madre Teresa es esta.

¿Podría describir el tipo de experiencias místicas que tuvo al comienzo de su ministerio?

El principio, el 10 de septiembre, lo que nosotros llamamos el Día de la Inspiración, creíamos que era cosa de un día, una llamada especial. Pero nos dimos cuenta de que era solo el inicio. Incluso entonces, cuando lo escribió, no dijo precisamente lo que ocurrió el 10 de septiembre. En esa primera carta dice lo que pasa: escucha muy clara y distintamente la voz de Jesús, comenzando en el tren el 10 de septiembre. Entonces está de camino a Darjeeling para hacer su retiro. Y continúa. Incluso meses después, en cada comunión Jesús sigue preguntando: “¿Te negarás?”

Esto está conectado a un suceso del que yo no tenía ni idea, que es que cuatro años antes ella hizo un voto privado de dar a Jesús cualquier cosa que le pidiera o, por decirlo de otro modo, no negarle nada. Así que especialmente en la segunda carta hay un mayor sentido de diálogo. La primera cosa que Jesús dice es: “¿Te negarás?”

 Tal como Usted lo entiende, estas locuciones fueron auditivas, lo que es raro en la vida de los santos. ¿Es correcto?

Tuvieron lugar en la imaginación. No fueron externas, como una aparición o algo así. Pero acontecen clara y distintamente, sin formar parte de su meditación matutina, por ejemplo. Ella misma lo llamaba “la voz”. Ella lo dijo muy claro, inconfundiblemente.

La noche oscura aparece bastante poco después de que comience su ministerio. Hasta donde Usted puede saber, pues esto es algo un tanto confuso en Ven, sé mi luz, esto permanece hasta su muerte. ¿Es así como lo entiende?

Así lo veo. Hay un momento recogido en el libro, en 1958, cuando muere Pío XII y, como seguimos haciendo, el obispo tiene una misa rezando por el eterno descanso de su alma. En esa misa, Madre Teresa pide un signo de que Jesús está conforme con el trabajo de las Misioneras de la Caridad. Y en ese momento, se levanta la oscuridad. Ella dice simplemente que Jesús se dio a sí mismo completamente – aunque la unión y la dulzura de esos seis meses pasaron muy pronto.

Quiero compartir con Usted una historia y escuchar su reacción. Un obispo que fue uno de sus acompañantes espirituales me contó esta historia. Me dijo que un día estaba hablando con ella acerca de su sequedad en la oración y ella le contaba cómo no sentía la presencia de Dios. Los dos estaban en Calcuta. Justo entonces, llegó un niño y le echó los brazos alrededor. Y él le dijo a Madre Teresa: “Esa es también la presencia de Dios”. Lo cual me trae la pregunta que siempre he querido hacerle. ¿Cree que es posible que su formación inicial, en cierto modo, le impulsase a privilegiar los movimientos interiores más que los signos exteriores de la presencia de Dios? Porque cuando leo sus diarios y cartas, a veces querría decirle, “¿Estás mirando fuera de ti misma?” ¿Tiene esto algo de sentido?

Es una buena pregunta. Uno de los comentarios que hace en una de sus cartas, pensando sobre todo en sus tiempos de oración, es que dice: “Cuando estoy en la calle puedo hablar contigo durante horas”. Así que sí hay un sentido de que todas esas experiencias se dan más en el plano de los sentimientos. Por ejemplo, ella puede decir: “Sé que mi mente y mi corazón rebotan de nuevo a Jesús”.

Así que está unida a Él a través de la voluntad más que, digamos, por pura fe. Ella ve a su alrededor que todo el trabajo se expande, crece. Ve el fruto de todo ello y ve a la gente reaccionar. Está viendo la generosidad de quienes le ayudan. Así que, para ella, eso también ha de ser presencia de Dios, trabajo de Dios.

Así que ella lo ve. Por otro lado, siempre me he preguntado que quizá sus experiencias místicas desde el principio fueron tan bonitas, que simplemente deseaba tenerlas de nuevo, como haríamos cualquiera.

De modo extraño, hay gente que ha dicho: “¿Quiénes eran su directores espirituales y por qué no le ayudaron más?” No fue hasta 1961, cuando el Padre Neuer le ofrece una sugerencia y le dice: “Esto es el lado espiritual de tu obra”. Eso enciende la bombilla, como dice el propio P. Neuer más tarde. Así, esto le ayudó. Todavía era doloroso y difícil, pero al menos tenía ya tenía algún sentido, asociarse al propio sufrimiento de Jesús, especialmente al sufrimiento interior. Solía decir que Jesús sufrió más en el Huerto que en los sufrimientos físicos en la cruz, y ahora tenemos una idea de por qué decía eso.

Para mí, todo esto la eleva a la categoría de uno de los más grandes santos de la historia, porque otros santos hicieron estas grandes obras con los pobres, pero con consolación. Y ella lo hace con el “depósito vacío”.

Cierto. Quienes estábamos alrededor de ella pensábamos, “No es fácil ser Madre Teresa”, con todos los requerimientos, incluso en un avión la gente se te acerca queriendo hablar, pidiendo un autógrafo o una bendición. Así que pensábamos que, al menos, estaría disfrutando de una vida interior rica que le impulsaba a seguir caminando. Y entonces descubrimos justo lo contrario.

Es asombroso. Me gusta lo que dices, que ella es un modelo para hoy. Es interesante que Dios le dio las gracias que necesitamos hoy, pero también le invitó al sufrimiento que la mayoría de la gente sufre hoy.

Sabemos que los santos surgen para una época determinada, para los tiempos en los que viven. Así que ahí está una de las razones por las que la Madre tuvo esa experiencia. ¿Fue debido a ese fenómeno tan extendido, este modo de pobreza espiritual? Incluso si eres rico materialmente, o en cualquier clase de vida, es una experiencia bastante común en la vida moderna. Vamos tan deprisa, y ya la vida en familia no es lo mismo, que es mucho más fácil tener esa experiencia de soledad, de no ser querido ni cuidado, aparentemente.

Para ir terminando, ¿puede decirnos cómo era estar junto a ella, cómo era personalmente y qué ha significado para Usted?

Bueno, yo la conocí en los últimos 20 años de su vida, así que tuve la versión más melosa de Madre Teresa. Al principio, era muy exigente, sobre todo con las hermanas. Pero lo realmente llamativo era lo maternal que era. Cualquiera que la conociese, aunque fuera brevemente, le llamaba Madre, y las hermanas le llamaban Madre, así que para toda la gente que estaba cerca de ella era simplemente Madre. Realmente, le gustaba ser esa presencia maternal: esa es una de las cosas sorprendentes.

La otra es lo normal que era. A veces, si no sabías cómo era y estabas en el convento, no llamaba la atención de ningún modo, a no ser que te fijases en cómo hacía las cosas pequeñas, como una genuflexión o tomar agua bendita cuando entrabas— las cosas pequeñas en las que podías decir que había un modo especial de hacerlas. Era una santa realista, con los pies en el suelo, muy práctica, muy observadora. A la hora de comer, se daba cuenta de qué hermanas estaban comiendo y cuáles no, lo que se decía, de qué humor estabas… ¡era muy observadora!

¿Cómo se siente acerca de la próxima canonización?

Hablando humanamente, una cosa es el sentido de satisfacción porque ocurre tras todos estos años de trabajo y de espera. Pero pienso que la cosa más positiva es que ahora, a lo largo y ancho de toda la Iglesia, se puede rezar a la Madre más formalmente; veneración publica, decimos, Así que ahora, por ejemplo, su mensaje para nuestro tiempo puede expandirse de un modo incluso más amplio, más fuerte.

También está la otra parte de un santo, que rezan por nosotros. Justo al principio del libro hay una especie de declaración misional: “Si alguna vez llego a ser santa, seré una santa de la oscuridad. Pediré desde el cielo ser la luz para aquellos que en la tierra están en oscuridad”

Y esa misión continúa. E incluso continuará con más fuerza ahora.

Fuente: Entre Paréntesis